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11 de julio de 2025

Cuba de mis amores

César Hildebrandt

"El socialismo con guarachas y palmeras era una fiesta de la reconstrucción social"

Cuba se está muriendo y eso me entristece. Siento que mi generación muere con ella.

Amé esa revolución desde que tenía doce años y escuchaba en una vieja radio de onda corta las transmisiones de Radio Habana, Cuba, territorio libre de América.

Leía mucho en esos tiempos y todo lo que leía me conducía a admirar a esos barbudos que, salidos de la nada, habían derrocado al gobierno de Fulgencio Batista, marioneta yanqui. Desembarcaron en un yate sobrecargado y sobrevivieron pocos en los primeros dos años. Pero fueron juntando gente, creando apoyos en la capital, desarmando batallones enteros de un ejército que luchaba por un sueldo. Fabricaron su propia leyenda entre tenacidades y riesgos bien librados y todo acabó cuando el dictador huyó el primer día del año 1959 subido en un avión cargado de maletas, dinero sacado del banco central y oro en lingotes.

Los barbudos, entonces, llegaron a La Habana y comenzó la jarana de la revolución. Iba a ser la fiesta inolvidable.

Había que nacer nublado para no sentir cercana la esperanza en aquellos días de multitudes gigantescas y discursos que parecían inaugurar el nuevo mundo. De esas tierras que España había perdido y Estados Unidos conquistado después de una guerra surgida de la mentira, brotaban leyes de reivindicación que las plebes divinas celebraban en las calles. Salían despavoridos de la isla los que creían que el mundo era un casino y que maltratar a los gringos era cosa de pervertidos. Benditos barbudos que tenían la pinta de haber salido del evangelio y no de Sierra Maestra. Maldita era la prensa que los calumniaba y que quería hacer con ellos lo que había hecho con Jacobo Árbenz en Guatemala.

Al principio, todo fue entusiasmo: alfabetización masiva, ingenios adoptados por el Estado ante la fuga de sus propietarios, nuevas gargantas de la canción popular. Cuba cambiaba para bien y de esa isla con silueta de caimán brotaban vientos de vocación planetaria y afán justiciero.

El movimiento que había conducido a Fidel y a Camilo al poder era plural y no obedecía a ninguna de las matrices del marxismo mundial –Moscú y Pekín– y ese era su poder de seducción. El socialismo con guarachas y palmeras era una fiesta de la reconstrucción social, una asamblea gigantesca de energías que tenían como meta la fundación de un país justo y libre. Era como si Lenin hubiese conciliado con la disidencia, con los matices chúcaros y hasta con los mencheviques dispuestos a ceder. Era como si Vladimir no hubiese dejado al gris Stalin administrando lo que debía ser suma de voluntades y no imposición bestial de un mandato heredero del zarismo. El “26 de Julio” era un frente amplio donde lo único que no cabía era Batista y su herencia.

Pero, lentamente, el comunismo empezó a tomar lo que no era suyo, lo que pertenecía a la indignación de los cubanos que habían sido capaces de deshacerse de un régimen corrupto y extranjerizante. Y la estupidez de los norteamericanos, gobernados por un general victorioso, hizo lo suyo. Hasta que llegaron las expropiaciones de las empresas yanquis, alentadas por el comunismo isleño ansioso de agudizar las contradicciones, el mísero bloqueo yanqui, la ola de atentados auspiciados por la CIA, y el intento de invasión en Bahía Cochinos, delicadeza del muy progre Kennedy.

Entonces todo empezó a irse al demonio. Ante la agresión imperialista, Fidel Castro deja de ser el líder de una revolución excepcional y firma el acta de sujeción que le impone el triunfante Partido Comunista. Las voces variadas se convierten en el coro gregoriano del modelo soviético: un iluminado del que sólo se escribirán hagiografías, una sola voz cantante en la única prensa que será aceptable, los CDR (Comités de Defensa de la Revolución). Llegaron así el silencio cauteloso, el miedo extendido, el nuevo código penal, la educación como fábrica de resignados incapaces de formular preguntas. Stalin ha vuelto a triunfar. Los disidentes terminarán en la cárcel o en el exilio. Carlos Franqui, el campesino que pudo ser un magnífico escritor y dirigió “Revolución”, el diario del gobierno que derrocó a la dictadura batistiana, terminará rompiendo con Fidel y los suyos. Guillermo Cabrera Infante, subdirector de “Revolución”, será considerado traidor en 1968, tras la publicación de “Tres tristes tigres”. Ese mismo año, Castro avala la invasión soviética de Checoslovaquia. Cuba se adhiere sin decirlo al Pacto de Varsovia. Stalin brinda en su tumba. Beria también.

Pero no lo olvidemos: durante largos meses de esperanza y pueblo desencadenado, Cuba fue el ejemplo que encendió a mi generación y abrió un horizonte inédito en el mundo de la guerra fría. El socialismo sin dictadura fue posible en ese breve lapso. 

Todo acabó mal, ya lo sé. Hoy Cuba es una herida dolorosa, una derrota. Se trata de un pueblo dignísimo que es rehén de aquel ejército verde olivo nacido para defenderlo de cualquier intento de intromisión imperial. El socialismo de todos llegó a ser catecismo leninista, paporreta del nuevo hombre que no pudo ser, unanimidades cocinadas en el terror. Stalin en todo su esplendor. Beria sin bufanda. Ceaucescu gritando en un balcón ante una plaza vacía.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 741 año 16, del 11/07/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

4 de enero de 2024

Cuba, 65 años de compromiso y resiliencia

Katrien Demuynck

El 1 de enero de 2023 se cumplirán exactamente 65 años desde que los rebeldes cubanos dirigidos por Fidel Castro lograron la victoria sobre el dictador Batista, apoyado por Estados Unidos. Fue el comienzo de 65 años de construcción de una utopía, una sociedad nueva y mejor, y otros tantos años de resistir los continuos intentos de liquidar la revolución por parte de la superpotencia imperialista del Norte.

En una entrevista que le hicimos una vez a Roberto Fernández Retamar, uno de los grandes intelectuales de la revolución cubana y entonces presidente de la Casa de las Américas, este contaba cómo la victoria sobre la tiranía el 1 de enero de 1959 emocionó a toda la población y la impresión inolvidable que causó la entrada de Fidel y sus combatientes en La Habana una semana después. « Sabíamos que íbamos a tener muchas dificultades por delante. No había que ser muy sagaz para saberlo. Pero también sabíamos que era una extraordinaria oportunidad de cambiar la sociedad y la vida.»

La joven Revolución consiguió mantener fuera a los Estados Unidos. La invasión de Playa Girón, financiada, organizada y dirigida desde EEUU, condujo el 19 de abril de 1961 a lo que los cubanos llamaron con orgullo y razón “la primera derrota del imperialismo en América Latina”.

Pero mientras tanto, se pusieron en marcha todo un engranaje de medidas puestas para llevar al pueblo cubano a través del agotamiento el hambre y la escasez para así rebelarse contra sus líderes revolucionarios. El memorando del Subsecretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos Lester Mallory de abril de 1960 es elocuente. Dado que está claro que la mayoría de la población apoya a Castro y no hay oposición interna, “la única manera posible de extraer apoyo interno es a través de la desilusión y el disgusto basado en el descontento económico y las privaciones”.

Esto condujo a un bloqueo financiero, económico y comercial que ha trastocado por completo la economía cubana hasta el día de hoy. Además, el ex presidente estadounidense Trump incluyó a Cuba en su arbitraria lista de países patrocinadores del terrorismo, con el resultado de que las transacciones financieras internacionales con Cuba son casi imposibles.

Cuba, como país pequeño, una isla de 11 millones de habitantes, y pobre, está luchando contra la mayor superpotencia de todos los tiempos, y esa no es una lucha fácil. Pero a pesar de estas difíciles circunstancias, la resiliencia del pueblo cubano asegura que a través de todos estos años y hasta hoy se construya la utopía de un mundo mejor. Por nombrar sólo algunos elementos: la isla tiene uno de los mejores sistemas educativos de América Latina, un sistema sanitario gratuito y accesible de alta calidad, así como un nivel de vida digno sin sobrecargar el planeta. Esto último fue reconocido en 2006 por WWF y la Global Footprint Network. Hoy, Cuba tiene un plan climático llamado “Tarea Vida”, que puede servir de modelo para el mundo. La solidaridad internacional de la revolución cubana en los países del sur global, así como en Europa durante la pandemia de Covid y hasta hoy, es impresionante.

Por supuesto, también se cometieron errores y hubo fracasos significativos. Los propios cubanos son los primeros en reconocerlo. Quizás la dirigencia cubana sea la única que alguna vez designó oficialmente un período de su política como: ‘Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas’.

En los últimos años, desde que la pandemia paralizó el turismo internacional a la isla y desencadenó una crisis económica mundial soportada principalmente por las clases trabajadoras de todo el mundo, el pueblo cubano se enfrenta a enormes problemas en su vida cotidiana. Alimentos, medicinas, combustible, vivienda digna, todo está bajo presión. Sobre todo jóvenes intentan emigrar, temporal o permanentemente, en un intento de construirse un futuro personal mejor.

Sin embargo, a lo largo de estos 65 años, nuevas generaciones de jóvenes se han comprometido a seguir trabajando por la utopía. Retamar declino en 1959, a los 29 años, una cátedra en la Universidad de Columbia Nueva York, para ello. Hoy son muchos los jóvenes que no se marchan, sino que siguen trabajando en condiciones a menudo difíciles. Como los jóvenes científicos que trabajan en el CIM (Centro de Inmonología Molecular), donde desarrollaron las cinco vacunas cubanas contra la covid.

O como los jóvenes Randy, Deborah y Danilo, los tres de 31 años, que siguen trabajando cada uno en su campo para superar las dificultades y hacer de Cuba un lugar mejor. Lo hacen, desde la constatación de que aún queda mucho por hacer y mejorar para alcanzar que la utopía, la apuesta de la revolución cubana, se haga realidad. Dan testimonio de ello en el conmovedor documental “Donde están los girasoles”, del joven documentalista Sergio Eguino Viera y la plataforma informativa Resumen Latinoamericano que se convierte así en un emotivo y a la vez motivador regalo de cumpleaños para el pueblo cubano.

Los mismos imperialistas que llevan más de seis décadas tratando de destruir el sueño cubano, hoy están asesinando al pueblo palestino, con la ayuda de sus acólitos sionistas. Gracias Cuba, por ser, en este mundo terrible, un ejemplo de compromiso y resiliencia. Gracias, por seguir trabajando por un mundo mejor, a pesar de todos esos grandes problemas en la vida cotidiana de cada familia cubana. Gracias por demostrar al mundo que sí existe una alternativa contra la destrucción del ser humano y del planeta en interés del despiadado capital.

Fuente: https://redh-cuba.org/cuba-65-anos-de-compromiso-y-resiliencia-por-katrien-demuynck/

24 de diciembre de 2021

Diego, hijo de Fidel

Emiliano Gullo

Diego espera. Lo acompañan Doña Tota, Claudia, Dalma y su preparador físico y amigo, Fernando Signorini. También sus hermanas. Está impaciente. Quizá no era tan buena idea venir hasta Cuba, morirse de calor, depender de las mañas y la burocracia comunistas. Sobre todo cuando, además, la política no le importa tanto. Dalma llora. Tiene apenas tres meses. Y la espera. Y el calor. El protocolo los hizo abandonar las playas de Varadero y aceptar el traslado a una casa de La Habana para –otra vez– continuar la espera. Invitado por la Revolución, hace nueve días que se posterga el encuentro con Fidel Castro. Es julio de 1987. Hace exactamente un año que Diego Maradona es campeón del mundo y dueño para siempre de la historia del fútbol. Pero Diego todavía tiene que trabajar la paciencia. Porque Diego, en Cuba, es un rey que espera.

Recién cerca de las 9 de la noche del martes 28 de julio, Maradona recibe la autorización para ingresar al Palacio de la Revolución. Tiene zapatillas deportivas, un jean clarito y una remera azul de rayas horizontales. El abrazo con Fidel es total. Amor súbito. Fidel habla de cocina. Pregunta cosas de fútbol: los penales, la técnica. Sus colaboradores anotan las respuestas. Antes de que todo termine o, mejor dicho, de que todo comience, Diego le pide la espada. Fidel procede al bautismo. Parados frente a frente, el comandante cubano se saca su boina verde y la calza en la cabeza del rey, que mira para arriba mientras se entrega al ritual.

Cuenta el periodista Pablo Llonto que Diego, antes de ese encuentro, ya fantaseaba con la posibilidad de tatuarse al Che. Llonto, amigo de Diego, exdelegado gremial de Clarín y actual abogado de Derechos Humanos, recuerda en una entrevista a Página 12:

Él todavía no era campeón mundial y jugaba en Italia. Hablábamos bastante por teléfono antes de México 86, cuando estaba en Nápoles. En una de esas charlas me contó que por un reclamo de premios para todo el plantel, tuvo una discusión con el presidente del Napoli y en ese conflicto Diego le decía que no iban a jugar y Corrado Ferlaino le preguntó: «Diego, ¿y vos quién te creés que sos? ¿El Che Guevara?». Y él le respondió: «Sí».

Con el tiempo vendría el tatuaje, más viajes a Cuba, la internación en Cuba, la recuperación en Cuba, el amor en Cuba. Con Fidel –desde Fidel–, Diego le da una estructura ideológica a su conducta política. Es cierto que fue el mejor de la historia de su deporte. Está claro también que ese deporte, en su vida, fue solo una actividad más. Porque Diego, además, jugó al fútbol.

La lógica aspiracional que habita ese deporte en la Argentina no fue –ni es– exclusiva de la vida de Maradona. Baste recordar a jugadores como Carlos Tévez, el Kun Agüero o, más atrás en el tiempo, Ariel Ortega y Juan Román Riquelme. Extraordinarios futbolistas que recorrieron con éxito el camino del héroe. Gracias a sus habilidades lograron abandonar la pobreza, rescataron a sus familias de un destino lleno de limitaciones y, después de atravesar una serie de desafíos, lograron imponerse como figuras en el mundo. La pelota como método de ascenso social. Pero entonces, ¿qué diferencia a Maradona del resto? A los ojos de la historia, la diferencia la hizo la política.

Su debut fue el 20 de octubre de 1976 con Argentinos Juniors y su retiro el 25 de octubre de 1997 con Boca. Los 23 años que le siguieron a su jubilación fueron, probablemente, sus años de mayor protagonismo político. Diego no solo fue un símbolo de resistencia. Diego fue un buscador de resistencias. A la máxima peronista «donde hay una necesidad, hay un derecho», Diego podría replicar: «donde haya una lucha, hay Maradona». Con el cuerpo o con la palabra, su intervención en los conflictos fue constante.

El apoyo a los jubilados durante los 90 en Argentina, cuando ese reclamo, sostenido por un grupo de ancianos conducidos por Normá Plá, una mujer incansable y combativa, constituía una de las mayores vergüenzas del Estado nacional. La intervención a favor de Bolivia en 2008, para impedir que la FIFA le quite la localía de 3600 metros de altura en las eliminatorias. La altura, para esa selección que históricamente tuvo menos recursos que las del resto de Sudamérica, era clave para poder soñar con la posibilidad de garantizar algunas victorias y mantener abierta la posibilidad de jugar un Mundial. Cuando explotó el conflicto, Diego le salió al cruce al capo de la corporación. Ya no era Havelange, pero daba igual. Ni Dios, ni Joseph Blatter decidirían dónde se iba a jugar: «ustedes tienen que jugar donde nacieron, hermanos», le dijo Diego a la prensa boliviana.

Estrellas mundiales como Pelé y Michel Platini fueron miembros activos e influyentes en las decisiones de la FIFA. Dos figuras con orígenes disímiles, de distintas clases y distinta formación, pero con el mismo horizonte: servir a la acumulación de riqueza.

¿Alguien se imagina la cara de Platini o de Pelé en una movilización popular? A tres días de la muerte de Maradona, las protestas contra la ley de seguridad aprobada por el parlamento tomaron las principales ciudades de Francia. En París, unos encapuchados sostenían una bandera mientras avanzaban entre los gases lacrimógenos de la policía. La bandera decía en español: «Nació la mano de Dios. Llenó de alegría en el pueblo». A un costado de la tela, un contorno dibujado de Maradona campeón en 1986.

Diego es un protagonista en la política de masas. Su muerte destruyó las comparaciones con otros jugadores de la historia y de la actualidad porque puso de manifiesto su potencia simbólica. Es que la figura de Diego Maradona –como la del Che– construía y construye sentido.

Su trayectoria como futbolista y como técnico es una búsqueda no de épica sino de subversión. Por definición, la subversión tiene una épica inmanente. Pero no toda épica tiene subversión. Fue eso lo que buscó y logró en el Napoli. El Napoli no solo era un equipo que nunca había ganado un campeonato local. Nápoles –la ciudad más grande del sur de Italia– simbolizaba la condena del capitalismo industrial italiano, el abandono estatal, la mafia, el desempleo, la pobreza, la desesperanza: los excluidos. A mediados de los años 1960, el auge de la industria automotriz italiana, anclada en el norte y con FIAT a la cabeza, necesitaba mano de obra para sus fábricas. Desde el sur llegaron miles y miles de trabajadores, que cuando buscaban pensiones y hoteles baratos se encontraban con carteles que decían «non si affitta ai meridionali», o sea, «no se alquila a sureños». Hasta hace no mucho, todavía se podían encontrar algunos de esos carteles colgados.

El fútbol en Italia –como en Argentina y en muchas partes del mundo– cataliza las tensiones sociales. Juventus, equipo multicampeón de Torino y, sobre todo, de la FIAT, recibía a los hinchas del Napoli a mitad de los años 1908 con el canto: «Napolitanos, enfermos de cólera, víctimas de terremotos, nunca se lavan con jabón. Nápoli mierda, Nápoli cólera, son la vergüenza de toda Italia. Napolitanos, trabajen duro, por Maradona van a tener que vender el culo». Ciro Ferrara, compañero de Maradona y figura del Nápoli, después de ganar el primer campeonato de su historia (1986-1987), dijo: «La victoria fue una redención social para la ciudad».

Mucho antes de esa victoria, en 1984, cuando todavía era la nueva joya del Nápoli, Diego recibió un pedido de su compañero de equipo, Pietro Puzone. En su localidad –Acerra, periferia napolitana, pobre y abandonada por el Estado– había un chico que necesitaba operarse el paladar. Diego se puso al frente de la organización y llevó a su equipo a la canchita donde solía jugar el club local. Fue un día de lluvia. La cancha era un pantano. Poco le importaron las puteadas y las amenazas de Corrado Ferlaino, presidente del Nápoli, que se resignó a ver cómo su reciente y millonaria compra metía las patas en pozos de agua y tierra, ponía la pierna con ganas y gambeteaba las patadas para ganar el partido contra el Acerrana. Diego y sus compañeros jugaron con la indumentaria oficial del club y con la energía de una final del mundo. Clavó dos golazos. Se enojó cuando las jugadas no le salieron. Arengó a sus compañeros para asegurar la victoria. No importaba si el partido no daba puntos oficiales para el Campeonato de la Serie A o para la Copa UEFA, ni si los rivales eran figuras exquisitas o el estadio tenía las condiciones profesionales necesarias. Como en Fiorito, como en La Boca, como en La Paternal o en el Camp Nou. Por donde pasara, Diego desplegaba su máquina igualadora.

Daniel Arcucci, el periodista que más lo conoció, dice en el documental Diego Maradona, de Asif Kapadia: «rabia, bronca y luchar contra la adversidad son los combustibles que ha usado siempre Maradona». Después de Fidel Castro, esos combustibles encontraron un andamiaje ideológico que lo lleva, por ejemplo, a formar el primer sindicato de futbolistas del mundo. Después de Fidel, hay rabia organizada. El sindicato fue un intento fugaz, apenas un gesto simbólico, de identificar al futbolista como un trabajador más allá de los salarios siderales. Si hay un trabajador, hay una patronal. Diego, al armar el sindicato, expone una lectura clasista del fútbol: «el jugador de fútbol es lo más importante y vamos a defender sus reivindicaciones hasta la muerte», dijo en 1997 durante una de las reuniones de la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales (AIFP). Del otro lado de la vereda Maradona estaba Joao Havelange, presidente de la FIFA, una de las multinacionales más poderosas del planeta.

Diego quizá haya sido la persona más fotografiada del mundo. Entre todas esas, aparecen abrazos a Carlos Menem y encuentros con Fernando de la Rua. Pero cuando decidió poner el cuerpo, lo hizo siempre en oposición al bloque hegemónico. La movilización en contra de la IV Cumbre de las Américas, desarrollada en 2005 en Mar del Plata con la concurrencia de George W. Bush, marcó un paradigma en su trayectoria pública. El gobierno de Bush llegaba con la voluntad de imponer un tratado de libre comercio que ponía en riesgo a las economías regionales: el ALCA.

Diego se puso al frente de la Cumbre de los Pueblos, que congregó a Evo Morales, Hugo Chávez, y a una movilización popular que copó la ciudad y se manifestó en contra del tratado y en contra de la presencia de Bush. Diego, Evo –que al año siguiente se convertiría en presidente de Bolivia– y cientos de militantes e intelectuales partieron desde Constitución, en el centro de Buenos Aires, hacia Mar del Plata en una formación de trenes de cinco vagones. Lo llamaron el Tren del Alba.

Durante el Mundial de Fútbol de 2018, en Rusia, profundizó su apoyo a la causa palestina y aprovechó para reunirse con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas. «Este hombre quiere la paz en Palestina. El señor presidente Abbas tiene un país y derecho. Mi corazón es palestino», escribió en su cuenta de Instagram. Era la primera vez que concretaba un encuentro formal con la dirigencia palestina, pero su posición en el conflicto palestino-israelí no era una novedad. Mientras caían cientos de bombas en la Franja de Gaza en julio de 2014, Diego dijo públicamente: «lo que Israel está haciendo a los palestinos es vergonzoso».

Sus últimos años, marcados por el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), lo encontraron con un estado de salud que se deterioraba progresivamente. Con las palabras cada vez más espaciadas, con un relato cojo y patinoso, criticó al entonces presidente de todas las maneras posibles: «Macri no conoce el barro, fue a La Boca y dijo ‘fango’. No, fango, no. Barro, hijo de mamá. Esto es barro, tierra y agua. Acá llovió ayer. Entonces lo que no puedo entender de los argentinos es que lo sigan votando y nos siga hundiendo».

El 13 de octubre de 2020 escribió en sus redes su último disparo contra Macri que decía, entre otras cosas: «yo le pido al pueblo argentino que apoye a este gobierno (el de Alberto Fernández). Que lo haga desde sus casas, desde las redes. Porque este gobierno no es de Alberto y Cristina. Es de todos. Ya no es más el país de Ricachón y sus amigos». Y, en su última intervención pública, remarcó: «tus decisiones le cagaron la vida a dos generaciones de argentinos».

Diego Maradona murió a las pocas semanas, el 25 de noviembre de 2020, el mismo día que murió Fidel Castro cuatro años antes, en 2016. En su crónica de 1987, publicada en la revista El Periodista, Carlos Bonelli –que ayudó a organizar y cubrió el encuentro en La Habana– cita una frase de Diego a la salida del Palacio de la Revolución: «ya le dije (a Fidel) que cuando tenga un rato libre me llame para charlar. Yo me invité solo».