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13 de agosto de 2024

Perú: Lo que el Congreso no se llevó

Natalia Sobrevilla

La victoria de Junín es una herencia para nuestro hermoso pueblo, no para sus corruptos gobernantes

El pasado martes 6 de agosto llegué al santuario de Chacamarca para asistir a la conmemoración de la Batalla de Junín. Fui manejando, acompañada de una doctoranda francesa y una amiga muy treja que no dudó en treparse al auto a pesar de sentirse un poco mal. Subimos por Carabayllo y Canta, a través de una carretera nueva realmente impresionante.

Pasando el Abra la Viuda a los 4724 msnm, más o menos por el bosque de piedras de Huayllay, Carmen comenzó a convulsionar: entre la fiebre y la altura, su cuerpo no daba más. Su malestar nos traía un nuevo recuerdo de la dificultad que entraña remontar esas cumbres que hace doscientos años atravesaron a pie miles de hombres para luchar en Junín. Ya no había vuelta atrás. Llegamos al lago, pasamos Carhuamayo y seguimos hasta San Pedro de Cajas, donde dormimos a 4100 m.

El caldo de gallina casero ayudó, a pesar de que dormir a mucha altura siempre supone todo un reto. En la siguiente jornada, salimos temprano en dirección a la pampa, donde nos sorprendió el tráfico: muchísimas personas habían decidido hacer lo mismo que nosotras y circulaban en peregrinaje hasta el lugar de la conmemoración. Por tanto, nos tomó más de una hora llegar, sorprendidas por el aire de fiesta con que topamos en nuestro punto de destino: colas de familias enteras, abuelas cargando canastas, niños volando cometas, señoras friendo truchas, chanchos enteros para butifarras y, por lo menos, unas veinte pachamancas encendidas al mismo tiempo.

La sorpresa fue aún mayor cuando caímos en cuenta de que resultaba casi imposible alcanzar las tribunas para disfrutar los desfiles. Todo estaba cercado y había un despliegue masivo de soldados y policías. Carmen, bastante recuperada ya, le explicó a un amable oficial que tras el esfuerzo sobrehumano de llegar no podía perderse el evento. Gracias a ello, accedimos a la tribuna más alejada de la oficial, donde tomamos asiento junto a los familiares de los escolares que marchaban, los colectivos shipibos de Puerto Ocopa y Pichanaki, ataviados con sus tradicionales uncus blancos y anaranjados de motivos geométricos. Desde ahí contemplamos cómo marchaban muchos miembros de la comunidad, desde los escolares hasta funcionarios municipales y del gobierno regional. Nuestros compañeros de banca les increpaban: «¡Levanten polvo! ¿Acaso no aprendieron a marchar en la escuela? ¡Fórmense!». Sus expectativas eran altas.

Marcharon también regimientos del ejército y de la policía, algunos con uniformes históricos, otros con los actuales. Casi todos iban de gala, aunque había quienes desfilaban ataviados de comandos con las caras pintadas de verde. Los más recargados con accesorios de camuflaje parecían personajes de La guerra de las galaxias, para solaz de los más chicos. Luego le tocó su turno a los músicos de la Banda Montada, tocando al paso Caballo viejo y dándole con todo a los tambores, clarinetes y demás instrumentos desde sus vistosos corceles, mientras manejaban las riendas de sus monturas con los pies.

Pasaron asimismo las elegantes rabonas, con una puesta en escena que alguien se habrá inventado para la ocasión, pues con seguridad las originales no avanzaban a lomos de ningún cuadrúpedo ni ataviadas con hermosos trajes (tampoco los oficiales iban a caballo, que solo se usaban para las batallas). Las mujeres que siguieron a las tropas hace doscientos años debían de haber lucido mucho menos fastuosas y sin duda no estuvieron presentes en el propio campo de lucha. Pero no importa: en este tipo de festejos, mejor optar por la ficción. A fin de cuentas, se trataba de un desfile y no de una representación.

Desfilaron también oficiales montados de Bolivia, Chile y Colombia. Tres delegaciones de a tres, elegantísimos a caballo, de gala y con banderas imponentes, hicieron aún más evidente la inquietante ausencia de representantes argentinos y venezolanos. Si bien dicho vacío se revela comprensible en el contexto político actual, se trata de los dos actores más importantes en la propia batalla conmemorada. No en vano estuvo Bolívar a su cargo; así como los dos oficiales de caballería que ganaron la batalla, Mariano Necochea (que perdió un brazo y casi no lo cuenta) y Manuel Isidoro Suárez (bisabuelo del buen Borges) habían llegado en 1820 del Río de la Plata con San Martín y lucharon con tesón por cuatro años en los Andes Centrales, jugando un rol esencial en este combate bisagra que cambiaría el curso de la guerra.

Desde el palco oficial asistía al espectáculo su embajador: según me contaron, no le quedó otro remedio que sentarse al lado de Oscorima (el gobernador de Ayacucho), quien para hacerse el gracioso le hizo el ademán de ofrecerle un Rolex. La presidenta brilló por su ausencia, probablemente por temor a ser abucheada, tal y como le sucedió recientemente a la congresista Patricia Chirinos en el bar La Noche de Barranco o a la ministra de Cultura en la inauguración del Festival de Cine de Lima. La Magdalena ya no está para tafetanes y al pueblo ya no le queda paciencia para tolerar a quienes considera hipócritas, corruptos e ineficientes.

Mientras la gente al lado nuestro vitoreaba a los miembros del Ejército nacional, agradeciéndoles sus servicios, el lugar bullía completamente resguardado por oficiales armados hasta los dientes y equipados con chalecos antibalas, cascos e implementos antimanifestaciones, pertrechos que dejaban en claro que los organizadores temían un posible desbordamiento de ánimos y una alteración del orden. Los discursos no podían ser escuchados desde nuestra posición y tampoco supimos quiénes eran los ministros presentes; a pesar de ello, los ciudadanos que nos rodeaban en calidad de público se mostraban contentos de sentirse parte de la conmemoración. Lamentablemente, ese no fue el caso de todos, ya que, debido a lo limitado del espacio en las tribunas, se habilitó otra área para marchar fuera del perímetro, en la que terminaron por desfilar los excluidos. Las personas acabaron haciendo suyas las celebraciones y al final esa fue la sensación que dejó en mí el evento: la población local se apropió así de su propia historia. La fiesta duró toda la noche, se iluminó el obelisco y en el pueblo de Junín hubo concierto.

Nosotras partimos inmediatamente después del desfile, enrumbando a través de una ruta alternativa por la pampa que, gracias a una trocha afirmada, nos llevó a unos parajes hermosísimos y habitados por unas cuantas familias junto a muchas vicuñas, vacas y ovejas. En ese silencio y ante esa belleza de montañas, piedras y lagos a más de 4000 msnm, pensamos en lo que significa ser peruanos en un país donde cada vez resulta más difícil ejercer la ciudadanía y donde, poco a poco, no queda más recurso que el de reclamar el espacio propio, ya sea protagonizando un desfile paralelo o pifiando a quienes nos roban la esperanza de un futuro mejor.

https://jugo.pe/lo-que-el-congreso-no-se-llevo/

26 de julio de 2024

Día de la independencia

César Hildebrandt

En el país inexistente de la presidenta hologramática, el Congreso de los forajidos aplaude y confirma.

La señora que va a Palacio describe centenares de obras supuestamente realizadas, proyectos que serán decisivos, inversiones urgentes que cambiarán la faz de la patria y garantizarán el progreso, el orden y la paz social. (Grandes aplausos).

La aplauden y celebran miembros del partido del mundialmente único analfabeto funcional que ha fundado universidades masivas, la organización heredera de la década sin ley, la fachada de Pepe Luna, lo que sobró de la parrillada de Perú Libre, los felipillos de Vox y un surtido etcétera de arrastrados.

Festejan a Boluarte porque de ese modo le agradecen que se haya prestado a la farsa de este gobierno ilegítimo. La tratan formalmente como presidenta sabiendo que no lo es ni por asomo y que son ellos, representantes del crimen organizado, quienes han reformulado la constitución de 1993 y disparado el desbalance fiscal.

La señora que va a Palacio dice sus mentiras en el discurso ritual del 28 de julio, el ilusorio día de la independencia de esta comarca estrafalaria.

Y hay bandas que tocan marchas, cornetas de recibimiento, talones que suenan a reconocimiento, ceremonias de recibo. Los peruanos amamos la farsa. El gobierno actual es la enésima reencarnación de la locura republicana que creamos hace dos siglos.

Nos libramos felizmente de los españoles y elegimos el desorden. Hemos vivido en él con gran gusto y ahora, después de muchas batallas perdidas, tenemos lo que sembramos: un remedo de país que tiene el 70% de su economía sumergido en la informalidad, una derecha soez que ha borrado la memoria de su complicidad, una izquierda sin padre ni madre que no sabe qué quiere, un crecimiento que depende del precio de los metales.

Y lo más importante: una dramática carencia de ciudadanía. Arriba y abajo, da lo mismo: el concepto del bien común está ausente, el egoísmo rige, la inclinación por la salida fácil y fuera de la ley está a flor de piel.

No somos un gran país, como nos quieren hacer decir. Somos un país mediano que nació como una gran promesa pero que ahora, dos siglos después de la felicidad del parto poscolonial, involuciona sin pausa. Lo dice nuestra política, nuestra cultura, nuestras instituciones, el régimen actual.

Somos el país que dentro de dos años, cuando esta tragicomedia termine formalmente, tendrá que elegir entre zombis y cretinos, entre megalómanos y caudillos de bolsillo, entre ladrones y jefes de cárteles. O entre el fujimorismo y el antaurismo, que son las dos versiones extremas de la decadencia.

No importa lo que diga la señora que va a Palacio. No importa que quienes la aplaudan simulen ser congresistas cuando, en realidad, son carne de presidio. No importa qué prontuarios se hayan esgrimido para ocupar los puestos directivos del Congreso.

El problema del Perú es que somos un país delusorio. Nuestro símbolo patrio no es la cornucopia de la abundancia sino los millones de viviendas sin terminar, las varillas sobresaliendo, los pisos prometidos, los aires que habrán de conocer nuestro empeño apenas se pueda. Para nosotros, el futuro siempre será una coartada. Y la esperanza, nuestro fentanilo.

Lo que deberíamos hacer es declarar nuestra verdadera independencia personal: liberarnos de las taras que nos aturden.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 696 año 14, del 26/07/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

29 de octubre de 2023

Perú: ¿FUIMOS COLONIAS O REINOS?

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Natalia Sobrevilla

Como cada octubre, hemos vuelto a recordar que ya han pasado más de quinientos años desde que los europeos llegaron a América para quedarse. El mes de la Raza, de la Hispanidad y hasta de la Resistencia renueva en cada generación la discusión sobre si el arribo de Cristóbal Colón constituyó un encuentro, un descubrimiento o una conquista.

Los puntos de vista varían y en ocasiones llegan a ser diametralmente opuestos. Para algunos, los europeos en general —y los españoles en particular— trajeron cultura, un idioma y, sobre todo, una religión, y se encargaron de civilizar a las que no eran más que tribus salvajes dedicadas, entre otras perlas, al canibalismo. Para otros, sin embargo, este momento implicó el aniquilamiento de una forma de vida y de ver el mundo, y llevó al exterminio de millones de personas y al forzado traslado de millones de africanos a América. Es difícil encontrar entre estas visiones un punto medio, pero no podemos negar que tan cierto como que la conquista fue violenta y sangrienta, las culturas que encontraron los europeos fueron también dadas a los excesos y exterminios.

En todo caso, lo que se ha venido a debatir en estos días con mayor ímpetu es si lo que existió en la América hispana fueron colonias o se trató más bien de reinos. Quienes buscan reivindicar la presencia de los españoles en estas tierras se han dedicado a estudiar los 300 años en que la Corona ibérica dominó desde California hasta Tierra del Fuego en mayor o menor medida, prestando particular atención a la nomenclatura. Es por ello que arguyen que lo que se vivió en ese período no fue un régimen colonial, porque no hay ningún documento, hasta la Constitución de Cádiz de 1812, en el que se llame colonias o factorías a estos territorios y que precisamente la primera Carta de la Monarquía Hispánica especificó que los espacios americanos no eran ninguna de esas cosas.

Pero, ¿es suficiente quedarse con las nomenclaturas? Efectivamente, el Perú fue un virreinato, así como lo que posteriormente llegó a ser Colombia se llamó el Nuevo Reino de Granada, y Chile se conoció siempre como un reino. Sin embargo, ¿eran realmente reinos con capacidad de decidir, no digamos quiénes los gobernarían ya que se trató de una monarquía absoluta, sino de cómo debían de organizarse sus finanzas? Aquel período se conoce como Colonia, no porque así se hubiesen llamado los territorios, sino porque ninguna de las decisiones relevantes sobre cómo se debían organizar y gobernar esos espacios dependían de quienes ahí vivían, pues las decisiones se tomaban en la metrópolis. No solamente estaba prohibido que estos espacios comerciaran fuera de la Monarquía Hispánica, sino que tampoco les era posible hacerlo entre espacios coloniales. Las finanzas se pensaban para toda la Monarquía y era así que las minas subvencionaban a los puertos.

Esta capacidad de confundir las cosas con los nombres se aprecia de manera muy clara en la más reciente película de Martin Scorsese, Los Asesinos de la Luna (2023). En ella se narra un episodio verídico pero poco recordado de la matanza en Estados Unidos de los nativos de la nación Osage, que se convirtieron en multimillonarios cuando se encontró petróleo en el subsuelo de las reservaciones a donde se les había obligado a ir. Si bien en teoría ellos eran los dueños del petróleo, porque astutamente negociaron que esos derechos fuesen suyos cuando firmaron un acuerdo con el gobierno norteamericano cuando aceptaron moverse de sus tierras ancestrales, como no se les consideraba capaces de administrar su riqueza todos debían tener tutores blancos que autorizaran cada uno de sus gastos.

No fue hasta 1924 en que los nativos americanos se convirtieron en ciudadanos en los Estados Unidos y en algunos estados esto no fue suficiente para que tuvieran derecho a votar, algo que no se llegó a resolver del todo hasta 1965. Pero lo que vemos en la película es que, si bien en teoría los miembros de la nación Osage eran los dueños del petróleo, era muy poco el control real que lograban ejercer sobre su riqueza. Se trataba, sin duda, de una situación de colonialismo donde los sistemas de control capitalista se organizaban de tal manera que la libertad de los Osage fuera extremadamente limitada.

Otro aspecto apreciable en la cinta es que muchos de los blancos advenedizos que buscaban hacerse de los derechos sobre el petróleo se empezaron a casar con las mujeres de la nación Osage. Es sobre ello y las consecuencias de esos matrimonios por conveniencia que trata la cinta de Scorsese. Para no arruinarles la película y, más bien para animarlos a verla, diré solamente que de una manera magistral el director nos muestra la mísera humana, la explotación y la codicia, así como la fortaleza y resiliencia de quienes se encuentran en una situación subalterna y de coloniaje.

Los primeros españoles que llegaron al Perú hicieron algo muy parecido a los protagonistas de la película y se casaron con las princesas incas con la esperanza de que su posición y jerarquía se respetaran en la nueva organización, dándoles así acceso a sus riquezas. De esta manera nace el mestizaje, pero no se puede realmente pensar que estas relaciones se dieron de una manera horizontal: no se trataba de iguales con los mismos derechos. Es ahí donde radica la colonialidad, en la desigualdad de condiciones.

Con este, mi artículo número 150 en Jugo, le pido a nuestros amables lectores y lectoras que dediquemos un tiempo a pensar juntos en la diferencia que hay entre las palabras que se usan para describir las cosas y la realidad de estas.

https://jugo.pe/fuimos-colonias-o-reinos/

1 de agosto de 2022

Perú: La independencia que no fue

Milcíades Ruiz

Si digo que el 28 de julio celebramos la independencia del virreinato, pero no, la del Perú, y que, tal independencia se la debemos al hijo del virrey, seguramente que no me creerán porque esto, no está en el libreto curricular de la educación peruana.

No es lo que imparten los profesores “clasistas” del inmaculado magisterio. Y si les digo que, esa independencia se la debemos a los chilenos, la fobia me alcanzará. Pero es verdad, aunque usted no lo crea. Lo explico.

En la enseñanza educativa, los profesores siguen diciendo a las generaciones de alumnos, que Túpac Amaru II, fue precursor de la independencia lo cual es aberrante. La gesta que condujo este líder nativo, era contra la opresión colonialista y la recuperación de la patria originaria. En cambio, la independencia del virreinato era una lucha de los colonialistas que buscaban separarse del imperio español y tener su propia monarquía. Túpac Amaru II, no luchó por la independencia de quienes lo descuartizaron.

Sobre la primera confusión, debo decir que, en aquellos tiempos EE UU, era colonia británica y fue un hito histórico su lucha de separación del reino inglés, proclamando su independencia en 1776, con ideales de derechos que no incluían a los nativos, sometidos a exterminio. En esa misma época, en el virreinato del Perú, los nativos no tenían derecho a ser llamados peruanos, lo cual estaba reservado solo a los colonialistas. Se les designaba peyorativamente como “naturales” o “indios” y, estaban prohibidos de educarse, andar a caballo, comprar vino y, realizar fiestas, sin licencia previa.

Bajo la influencia de la independencia de EE UU y de la Revolución Francesa, es que se expande el ideario separatista en los virreinatos, en paralelo con los ideales republicanos. Era el momento en que España estaba por los suelos, sin rey, ni dinero. No estaban pensando en liberar a nativos, ni esclavos. Todo se gestaba en Europa. El principal promotor fue el ex oficial del ejército español y del francés, Francisco Miranda. Había estado en la guerra de independencia norteamericana y, en la Revolución Francesa que, la vivió directamente.

Precisamente en esta ola subversiva, se conoció con Bernardo O’Higgins, prócer de la Independencia de Chile y gestor de la independencia del virreinato del Perú. Era hijo del virrey del Perú, Don Ambrosio B. O’Higgins y O’Higgins, quien fue destituido cuando se descubrió que su hijo Bernardo en Europa, andaba en los afanes separatistas.

Están acreditados, los enormes esfuerzos de Bernardo O’Higgins, para lograr la independencia del virreinato peruano y del alto costo que asumió Chile, para financiar la expedición libertadora. Pidió apoyo al gobierno de Río de la Plata y, a San Martín. El 5 de febrero de 1819, los Ministros Plenipotenciarios del Director Supremo de las provincias Unidas del Río la Plata, Juan Martín Pueyrredón y, del Director Supremo de Chile, Bernardo O’Higgins, firmaron este compromiso compartido.

El acuerdo era que, el gobierno independiente de Perú, deberá reintegrar los gastos de la operación. Ambas partes garantizaban la independencia del estado que se forme en el Perú, cuando la capital estuviese libre, respetando el derecho de propiedad de los amos sobres sus esclavos. Lo demás, es historia conocida, en versión de los colonialistas convertidos en republicanos.

Si en el Perú actual, la presidenta del Parlamento hace distingos entre blancos e “indios”, es porque así está educada, dada su procedencia familiar colonial. Es la cultura colonial que persiste en la república y no es culpa de ella. Es la estructura de poder que los descendientes colonialistas heredaron y lo han mantenido a toda costa. Para esta cultura, los herederos de los dueños originarios del territorio peruano, siguen siendo indios, como los imaginó Colón, creyendo que había llegado a la India.

Hoy, es un escándalo el nepotismo torpe del gobierno actual, pero así empezó la república. El hijo del Conde de San Juan de Lurigancho, Diego Aliaga, quien fuera capitán de la Guardia del Virrey Abascal, y del virrey Joaquín de la Pezuela, regidor del cabildo de Lima, pasó a ser Consejero de Estado en la república y en 1823 Vicepresidente de la República. El Dr. Manuel Pérez de Tudela, regidor realista, pasó a ser congresista constituyente en 1922 y, vocal de la Corte Suprema.

El Conde de Torre Velarde, que había sido regidor del Cabildo realista en 1813, gobernador del Cercado en 1821, pasó a ser Vocal de la Corte Suprema de Justicia. El Conde de la Vega del Ren, José M. Vásquez de Acuña, alcalde, y teniente coronel de milicias pasó a ser Consejero de Estado. El Mariscal de Campo del ejército realista, Juan Pío de Tristán y Moscoso, subalterno de virrey La Serna, habiendo combatido contra la revolución de los hermanos Angulo y Pumacahua, pasó a ser Prefecto de Arequipa, ministro en 1836, y Presidente del Estado Sud Peruano de la Confederación Peruana Boliviana. Pero hay mucho más. (Trazos para una República Equitativa-M. Ruiz- 2013).

Sobre este núcleo aristocrático, se fue erigiendo el nuevo poder dominante de la República del Perú. Ellos coparon el Poder Legislativo, Poder Ejecutivo, Poder judicial y la nueva Fuerza Armada Republicana. Instalado el I Congreso Constituyente fue designado Presidente del Congreso el sacerdote Dr. Francisco Javier de Luna Pizarro que antes había jurado lealtad al rey. Vicepresidente fue el Conde de Vista Florida; Secretarios: Dr. José Faustino Sánchez Carrión y Francisco Javier Mariátegui hijos de colonialistas. Ningún líder nativo tuvo acceso al poder.

Era lógico que esto sucediera si vemos que, el acta de la independencia fue firmada por el Conde San Isidro, Conde de la Vega del Ren, Conde de Las lagunas, el Marqués de Villafuerte, Marqués de Monte Alegre, Conde de Torreblanca, Conde de Vista Florida, Conde de San Juan de Lurigancho, Marqués de Corpa, Marqués de Casa Dávila, etc.

Hay pues todavía, una persistente cultura colonialista que nos induce a pensar que la independencia del Perú profundo es un asunto pendiente, para la población ancestral. Para muchos, la mentira es más agradable que la verdad, porque esta, a veces desilusiona. Pero es así, como se establece una dominación social. Se encumbra a los dominadores, a los falsos ídolos, al sistema de dominación y, se inculca a los dominados que su desgracia es por designio divino y no, por efectos del sistema.

Todas las generaciones de peruanos, han sido educadas a conveniencia de los beneficiarios sistema dominante, ocasionando una cultura alienada. En doscientos años de dominación republicana, se han perennizado muchas mentiras históricas. Solamente si rompemos la envoltura del engaño en nuestra formación, es que podremos darnos cuenta de nuestra deformación cultural.

Muchos afroperuanos nacieron esclavos por descendencia. Los libertadores no le dieron libertad. Fue el guano de islas el que proporcionó el dinero para comprar su libertad, 33 años después de la declaración de la independencia (fines de 1854), previo pago a sus dueños. Sin embargo, a sus descendientes, no se les enseña la verdad de su pasado y cantan, “Somos libres seámoslo siempre” sin saber que ese himno, fue escrito para los amos esclavistas.

Queda mucho por decir verdades y bondades de la independencia del virreinato. Disculpen por negativismo de la nota, pero creo que se justifica el planteamiento de que es necesario refundar la república, con una nueva constitución que, reivindique al Perú ancestral. Eso no se puede hacer con el actual régimen político de acceso al poder. ¿Ustedes qué dicen?

Blog del autor: https://republicaequitativa.wordpress.com/

31 de julio de 2020

Desmilitaricemos el Bicentenario

Nelson Manrique

La conmemoración de las fiestas patrias es un momento importante en la construcción de una memoria histórica oficial sobre el proceso de formación de la nación. El tema es acuciante cuando estamos a apenas un año de la que probablemente será la efeméride cívica más importante de nuestras vidas

En el Perú, se conmemora la jura de la independencia en Lima y la ceremonia que ocupa el centro del escenario es el desfile militar. La repetición ritual anual de la ceremonia contribuye a “naturalizar” la importancia de lo que se conmemora. Pero en otros países se rinde homenaje a otros eventos, como el primer grito de la independencia o un hecho de armas decisivo. Tampoco se celebra siempre eventos acontecidos en la capital.  La jura de la independencia que se celebra en Argentina se realizó en Tucumán; en Bolivia en la ciudad de Chuquisaca.

Nuestra conmemoración posterga acciones históricamente mucho más significativas que las conspiraciones patrióticas de Lima, como son el alzamiento de Túpac Amaru II de 1780 (la insurrección indígena más grande de la historia de América), o los intentos separatistas del Cusco (1805), o el de Huánuco (1814), o la batalla definitiva en Ayacucho (1824), cuya proyección es continental.

La jura de la independencia se produjo en varias ciudades de la sierra central un año antes que en Lima, que tampoco era el departamento más poblado del país. De acuerdo a una Matrícula de Contribuyentes de 1836, Lima y Callao tenían 151,718 habitantes, bastante por debajo de los 216,382 del Cusco, y ocupaba el sexto lugar en población. 4 de los 5 departamentos que la superaban eran serranos y hasta en el costeño departamento de La Libertad la mayoría de la población era india. El Perú era un país eminentemente indígena y serrano, las batallas decisivas de la independencia se libraron en la sierra, pero el relato patrio se concentra en el papel de la costa.

Se privilegia el papel de Lima en la independencia para reforzar su preeminencia política, heredada de su papel central en el orden colonial, no por su papel protagónico en favor de la independencia. Jorge Basadre es contundente al escribir sobre la guerra anticolonial: “Desde sus comienzos, el Perú había participado en ella; pero dando su contingente de sangre a la causa española (…) Cuando ya había sido proclamada la independencia de Lima, hombres ilustres o importantes (…) se resistieron a la idea de un Perú que no conviviera con los españoles y echaron al abismo una fuerza política y militar nacional que hubiese sido muy útil, tanto en la lucha final de la independencia, como después de ella” (Basadre, Historia de la República, 1983 I: 63). Según Basadre muchos criollos veían la independencia como una guerra civil en la que podían tomar partido por uno u otro bando. El costo de esa indefinición fue la intervención colombiana con Bolívar, la separación del Alto Perú, la pérdida de Guayaquil y la amenaza sobre Tumbes, Jaén y Maynas (idem).

La opción realista de los criollos provocó adicionalmente la destrucción de la clase dominante peruana. Los militares llenaron entonces el vacío de poder. Todos los presidentes del siglo XIX fueron militares, excepto Manuel Pardo y Nicolás de Piérola, que llegó al poder a través de una guerra civil. Durante el siglo XX el Perú estuvo más tiempo bajo gobiernos militares y cívico militares que bajo gobiernos civiles. Se entiende ahora por qué se forjó el mito de que las Fuerzas Armadas formaron la nación. Hablo de mito porque el ejército peruano no existía cuando se produjo la independencia. Los peruanos combatieron en condición de tropas auxiliares de los ejércitos extranjeros y sólo se creó un ejército efectivamente peruano luego de la expulsión de Bolívar, en 1827. Hubo participación popular a través de las guerrillas y montoneras, pero a esa se le presta muy poca atención.

La oligarquía peruana jugó un importante papel en la consolidación del mito de la forja de la nación como gesta militar. Al cumplirse el centenario de la independencia, durante la década del 20, el Apra y los socialistas desafiaron la hegemonía ideológica oligárquica. Perdida la batalla de las ideas, la respuesta de la oligarquía fue excluir constitucionalmente al Apra y del PC de la escena política, y ampararse detrás del poder de las Fuerzas Armadas, a las cuales se elevó al rango de “instituciones tutelares de la Nación”, lo cual es un contrasentido lógico, porque es pretender que un organismo constitucionalmente no deliberante (es decir, no político) tutele a una institución política por excelencia. Así, las Fuerzas Armadas terminaron convertidas en “el perro guardián de la oligarquía”, como certeramente las definió Juan Velasco Alvarado.

La contrapartida de la exageración del papel de los militares en la construcción de la nación ha sido la permanente minimización de la importancia de la participación popular. Sucede con la guerra de la independencia, pero también con la guerra con Chile. El triunfo peruano en las batallas de Pucará, Marcavalle y Concepción, el 9 de julio de 1882, en que el ejército campesino de Cáceres y las guerrillas del centro derrotaron a una división chilena causándole 600 bajas, es aquí a lo más motivo de una celebración local, mientras que en Chile la batalla de Concepción (en Chile la denominan La Concepción) ha sido erigida en el Día del Recluta o de la Jura de la Bandera; con la misma resonancia simbólica que para nosotros tiene la batalla de Arica.

Comparemos el despliegue militar que preside la conmemoración de nuestras fiestas patrias con la celebración del 4 de julio en Estados Unidos. El ejército norteamericano ha ganado todas sus guerras (exceptuando claro está la pateadura que recibieron en Vietnam), y es la potencia militar más grande de la historia de la humanidad, pero a nadie se le ocurriría sacarlo a desfilar para celebrar el nacimiento de la República. La conmemoración norteamericana es una gran fiesta popular, cuyo actor es el pueblo que construyó la Nación, incluyendo sus ejércitos y sus guerrilleros.

Es hora de desmilitarizar el discurso patrio y reescribirlo incorporando nuestra riquísima diversidad cultural, el gran patrimonio con el cual podremos aportar como Nación a la construcción de un mundo más humano. Comencemos por redefinir el sentido de las fiestas patrias.

CODA: La conmemoración del Bicentenario del año 2021 parece condenada a ser un evento frustrado, protocolar y sin mayor trascendencia. Varios factores apuntan en esta dirección. Los efectos de la pandemia del covid-19­­ se van a extender más allá de julio del año próximo. El país está entrando a una crisis económica de la que tomará tiempo recuperarse. El actual Congreso no parece llamado por el destino para presidir una gran conmemoración. El rumbo que ha tomado el gobierno de Martín Vizcarra, poniendo de premier a Pedro Cateriano, constituye un alineamiento pro empresarial que ya resulta caricaturesco, precisamente cuando la miseria, la enfermedad y la carencia de servicios básicos para las mayorías vienen creando una situación político social explosiva. El nombramiento en el Ministerio de Trabajo de un joven abogado de grandes empresas, que donde hay trabajadores reclamando derechos verá sobrecostos laborales, apuntan a una polarización social de pronóstico reservado. Pretender imponer proyectos mineros que no cumplan con las normas de protección de la población y del ambiente sólo será posible por la violencia y por ese camino Vizcarra terminara su mandato con las manos manchadas de sangre. No existen las condiciones para que esta resulte la ocasión de la cual puedan surgir profundas reflexiones sobre el Perú y su destino.

Puede, sin embargo, plantearse una propuesta que recupere positivamente el Bicentenario de la independencia. Que el Perú se comprometa a convocar a un gran evento continental para conmemorar el fin del dominio colonial en América del Sur, el día 9 de diciembre del 2024. Perú sería el anfitrión de un evento que reúna a todos los países que participaron en la gesta libertadora, desde Panamá hasta Argentina, rescatando el verdadero espíritu de la gesta de la independencia. Eso daría cuatro años para preparar, en una dimensión mucho más amplia, una celebración significativa, digna de la magnitud de los hechos a conmemorar.

https://www.leerydifundir.com/2020/07/desmilitaricemos-el-bicentenario/


29 de julio de 2020

La Independencia: una revolución olvidada

Cecilia Méndez G.

Cada 28 de julio la prensa acude a los historiadores para que ofrezcan una perspectiva histórica del momento conmemorativo, casi como un rito, o como una tarea que les toca hacer. Los diarios se visten de banderas, de figuritas de héroes, de anécdotas, los locutores de los noticieros lucen patrióticas escarapelas, izamos la bandera. Ojalá, me digo, que esas banderitas de ocasión sirvan al menos para poner algo de comida en algunas mesas, necesidad apremiante para tantos en esta pandemia.

La ritualización colectiva da sentido e identidad a una colectividad. Como lo estudian la antropología y la sociología, las sociedades se cohesionan con ritos. Pero la ritualización irreflexiva de la nación puede llevar a que estos sentidos se pierdan. O, peor, que se olviden y distorsionen los propios hechos que son materia de conmemoración, y que se instalen otros que nada tienen que ver con aquellos.

En el caso de nuestra independencia, el hecho más olvidado es también el más importante: que fue una revolución. Así la experimentaron y la llamaron quienes vivieron el momento, y hasta años después. Así llaman otros países del continente a sus procesos de independencia, desde Estados Unidos hasta Argentina. ¿Por qué nosotros no? Las revoluciones subvierten ideas y conceptos, rebautizan lugares, cuentan el tiempo nuevo en calendarios revolucionarios. Así lo hicieron los revolucionarios del Cuzco en 1814, una de las revoluciones más olvidadas de nuestro proceso de independencia.

Ellos proclamaron 1814 como “el año primero de la libertad”, y así lo siguieron llamando, veinte años después, los campesinos del distrito de San Miguel, en Ayacucho, que pedían exoneración tributaria en medio de la guerra civil que devastó sus campos en 1834, diciendo que habían dado su sangre por la patria “desde el año 14”. En Lima, el 15 de julio  de 1821, después de la firma de la declaración de la independencia por el cabildo, “botaron el busto y armas del rey a la plaza, que la multitud destrozó a patadas”, como cita el historiador Pablo Ortemberg de una fuente de la época.  Años antes, en 1813, y como reacción a un decreto de las Cortes de Cádiz que abolía el Tribunal de Inquisición, una multitud saqueó dicho local en Lima, y se dedicaron sátiras, y un “epitafio” a ese centro de torturas oficial del Estado español.

Con los años, los actos irreverentes dieron paso a ceremonias acartonadas, misas solemnes, y un desfile militar que poco tiene que ver con el ejército que consiguió la independencia. Lima, rebautizada como “La Ciudad de los libres” volvió a ser llamada “la ciudad de los reyes”. “El Pueblo de los libres” revirtió a su antiguo nombre,Magdalena. La Plaza Independencia volvió a ser la Plaza de Armas.  

Pero el ritual cívico más olvidado ha sido la propia jura de la independencia. Esta tuvo lugar en Lima el 29 de julio de 1821, al día siguiente de la proclama de de San Martín, y luego en muchos otras ciudades y pueblos. San Martín sabía que sin la jura su proclama de independencia no podía tener legitimidad, porque ella se hacía “en nombre de la voluntad de los pueblos”; por la jura, el pueblo se comprometía activamente a defender la independencia. Como lo dice la Gaceta del Gobierno de Lima Independiente: “cada individuo de las corporaciones, así eclesiásticas como civiles” se comprometía a “sostener y defender con su opinión, persona y propiedades, la INDEPENDENCIA DEL PERU  del gobierno español y de qualquiera otra dominación extrangera”. [Mayúsculas y palabras del documento original].

Tal vez defender la independencia de la dominación extranjera suene muy radical para estos tiempos. Pero igualmente radical fue el nuevo lenguaje político republicano que se inauguró con dicha revolución, y que incluye ideas que ocasionaron, y siguen ocasionando, resistencia, como lo es la igualdad ante la ley. Pero, si alguna responsabilidad cívica tenemos los historiadores, es una tarea de memoria de cara al presente.