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25 de agosto de 2022

Doble rasero Rushdie-Assange

Jonathan Cook

Muchos de quienes se indignan por el apuñalamiento del escritor indio no han levantado la voz ante una amenaza mucho mayor a nuestra libertad

Nada de lo que voy a escribir debería interpretarse de ninguna manera en detrimento de mis simpatías por Salman Rushdie o de mi indignación por su terrible apuñalamiento. Quienes pusieron una fatwa sobre su cabeza hace más de 30 años, cuando escribió la novela “Los versos satánicos”, posibilitaron este ataque. Merecen todo mi desdén. Le deseo una pronta recuperación.

Pero mi natural compasión por una víctima de la violencia y el respaldo que periódicamente expreso por la libertad de expresión no debería cegarme o cegarnos frente a la palabrería y la hipocresía generadas por su apuñalamiento la pasada semana, cuando estaba a punto de dar una charla en el estado de Nueva York (EE.UU.).

El primer ministro británico Boris Johnson declaró estar “horrorizado de que Salman Rushdie haya sido apuñalado por ejercer un derecho que nunca deberíamos dejar de defender”. Su canciller, Rishi Sunak, uno de los dos pretendientes a la corona de Johnson, describió al novelista como “un campeón de la libertad de expresión y la libertad artística”.

Al otro lado del Atlántico, el presidente Joe Biden subrayó las cualidades de Rushdie: “Verdad, valor, resistencia. La capacidad de compartir ideas sin miedo… reafirmamos nuestro compromiso con todos aquellos valores profundamente estadounidenses en solidaridad con Salman Rushdie y con todos aquellos que defienden la libertad de expresión”.

La verdad es que la inmensa mayoría de quienes claman que este es un ataque no solo contra un prominente escritor, sino contra la sociedad occidental y sus libertades, no han abierto la boca durante los últimos años, mientras se iba desarrollando la mayor amenaza a esas libertades. O, en el caso de los líderes de gobierno occidentales, han conspirado activamente para socavar dichas libertades.

Prominentes figuras u organizaciones que ahora expresan su solidaridad con Rushdie han mantenido la cabeza baja o han hablado a media voz —o incluso, lo que es peor, han actuado como portavoces— de otro ataque mucho más grave: de nuestro derecho a conocer los crímenes masivos que se han cometido en nuestro nombre contra terceros.

Rushdie se ha ganado el rotundo apoyo de liberales y conservadores occidentales por igual, no por haber expresado claramente verdades difíciles, sino por quiénes son sus enemigos.

La verdad que nos muestra el espejo

Si lo que he dicho resulta poco sensible o sin sentido, consideren lo siguiente. Julian Assange ha pasado más de tres años en una celda de aislamiento de una cárcel de alta seguridad en Londres (y, antes que eso, siete años confinado en una pequeña habitación de la embajada ecuatoriana), en condiciones que Nils Melzer, el antiguo experto de Naciones Unidas para la tortura, ha descrito como tortura psicológica extrema.

Melzer y muchos otros temen por la vida de Assange si las autoridades de Gran Bretaña y Estados Unidos consiguen prolongar mucho más la detención del fundador de Wikileaks basada en acusaciones puramente políticas. Assange ya ha sufrido una apoplejía –como señala Melzer, una de las muchas potenciales reacciones físicas que sufren quienes se ven sometidos a un confinamiento prolongado.

Y recuerden que todo esto le está pasando por una sola razón: haber publicado documentos que demuestran que, al amparo de un falso humanitarismo, los gobiernos occidentales estaban cometiendo crímenes contra pueblos de tierras lejanas. Assange se enfrenta a acusaciones bajo la draconiana Ley de Espionaje solo porque hizo pública la espantosa verdad de las operaciones militares occidentales en países como Irak y Afganistán.

Claro que hay diferencias entre los respectivos casos de Rushdie y Assange, pero esas diferencias deberían suscitar más preocupación por la grave situación de Assange que por la de Rushdie. En la práctica, lo ocurrido es exactamente lo contrario.

El derecho a la libertad de expresión de Rushdie ha sido defendido porque lo ejerció para imaginar una historia alternativa de la formación del Islam y cuestionar implícitamente la autoridad de los clérigos y los gobiernos en tierras lejanas.

El derecho de Assange a la libertad de expresión ha sido ridiculizado, ignorado o, en el mejor de los casos, apoyado de forma débil y equívoca porque lo ejerció para sostener un espejo ante Occidente, mostrando exactamente lo que nuestros gobiernos están haciendo en secreto en muchas de esas mismas tierras lejanas.

El derecho a la vida de Rushdie fue amenazado por clérigos y gobiernos lejanos por cuestionar la base moral de su poder. El derecho a la vida de Assange está amenazado por los gobiernos occidentales porque cuestionó la base moral de su poder.

Víctimas dignas de atención

Si en Occidente viviéramos en sociedades democráticas que funcionaran –en las que el poder no estuviera tan profundamente arraigado como para cegarnos ante su ejercicio– ningún periodista, ningún comentarista de los medios de comunicación, ningún escritor, ningún político dejaría de entender que la situación de Assange merece mucha más atención y expresiones de preocupación que la de Rushdie.

Son nuestros propios gobiernos, no los » locos mulás » de Irán, los que amenazan a la sociedad libre que permitió a Rushdie publicar su novela. Si Assange es aplastado, también lo es la base de nuestros derechos democráticos fundamentales: saber lo que se hace en nuestro nombre y pedir cuentas a nuestros dirigentes.

Si Rushdie es silenciado, seguiremos teniendo esas libertades, aunque, como individuos, nos sentiremos un poco más nerviosos a la hora de decir algo que pueda ser interpretado como un insulto al profeta Mahoma.

Entonces, ¿por qué la gran mayoría de nosotros está mucho más preocupada por el destino de Rushdie que por el de Assange? Sencillamente porque nos han hecho sentir mucha más simpatía por uno de ellos que por el otro.

En última instancia, eso no tiene nada que ver con que uno u otro sea más digno de compasión, más víctima. Tiene que ver con lo mucho que han servido, o no, a los intereses de un discurso occidental que refuerza constantemente la idea de que nosotros somos los Buenos y ellos los Malos.

Rushdie y la fatwa contra él se convirtieron en una causa célebre para las élites occidentales porque el escritor expresaba con sensibilidad literaria una de las creencias modernas más apreciadas por Occidente: que el Islam supone una amenaza existencial para los valores de un Occidente ilustrado. Un hombre nacido en una familia musulmana de la India atacaba la religión que supuestamente conocía mejor. Era un hombre con información privilegiada, que afirmaba lo que otros musulmanes se sentían demasiado acobardados para admitir en público.

Aunque sin duda no era su intención ni su culpa, fue rápidamente adoptado como mascota literaria por los liberales occidentales que promovían su propia tesis del «choque de civilizaciones». Esto no es un juicio sobre los méritos de su novela –no estoy capacitado para hacer esa evaluación– sino un juicio sobre las motivaciones de muchos de sus defensores y sobre por qué su obra ha tenido tanta repercusión en ellos.

Visión racista del mundo

En realidad, esto es cierto para toda la literatura. Consigue su estatus dentro de un entorno cultural, vigilado por las élites mediáticas que tienen sus propios objetivos. Son ellas quienes deciden si un manuscrito se publica o se descarta, si el libro posterior se reseña o se ignora, si se celebra o se ridiculiza, si se promociona o se condena a la oscuridad.

Nos decimos, o nos dicen, que este proceso de depuración se decide estrictamente en función de los méritos. Pero si nos detenemos a pensar, la realidad es que una obra sólo encuentra público si se mantiene dentro de un consenso socialmente construido que le da sentido o si lo desafía en un momento en el que el consenso se está perdiendo y se busca otro alternativo.

George Orwell es un buen ejemplo de cómo funciona esto. El escritor británico prosperó –o al menos su reputación lo hizo– por el hecho de que cuestionó las certezas sobre el «orden natural» que durante mucho tiempo habían impuesto las élites occidentales pero resultaban difíciles de mantener tras dos guerras mundiales en rápida sucesión. Al mismo tiempo, expuso los peligros de un autoritarismo que podía atribuirse fácilmente al principal adversario de Occidente: la Unión Soviética.

La obra literaria de Orwell contiene ideas que hablan de valores universales. Pero esa es sólo una parte de la razón por la que ha perdurado. También se benefició del hecho de que la ambigüedad inherente a esas lecciones universales pudo ser utilizada con fines mucho más específicos por las élites occidentales, que se preparaban para una Guerra Fría a punto de convertirse en el trágico legado de las dos guerras calientes que la precedieron.

Lo mismo ocurre con Rushdie. Su novela cumplió dos funciones: en primer lugar, su tema principal caló en las élites occidentales porque les aseguró que sus prejuicios contra el mundo musulmán estaban plenamente justificados, sobre todo porque la novela provocó una violenta reacción que parecía confirmar esos prejuicios.

Y en segundo lugar, «Los versos satánicos» aseguró a las élites occidentales contra la acusación de racismo. Rushdie proporcionó inadvertidamente la coartada que tanto necesitaban para promover su visión racista del mundo, la de un Occidente civilizado opuesto a un Oriente bárbaro e inseguro. Sirvió de comadrona para los desvaríos de tratados islamófobos como «Londonistan» de Melanie Phillips* y » What’s Left?» de Nick Cohen**.

Sedición literaria

Durante las dos últimas décadas, hemos vivido las terribles consecuencias de la condescendencia engreída de Occidente, sus posturas salvajes, su violento humanitarismo, todo ello para enmascarar la sed del recurso más preciado de Oriente Medio: el petróleo.

El resultado ha sido la destrucción de países enteros; el fin de más de un millón de vidas, dejando a millones más sin hogar; una reacción que ha desencadenado formas aún más aterradoras de extremismo islamista; un creciente fariseísmo entre las élites occidentales que ha dado paso a un asalto total a los controles democráticos; un afianzamiento del poder de las industrias bélicas y sus grupos de presión; y un implacable debilitamiento de las instituciones internacionales y del derecho internacional.

Y todo esto ha servido como excusa interminable para retrasar la puesta en marcha de soluciones al verdadero problema que aqueja a la humanidad: la inminente extinción de nuestra especie, causada por nuestra adicción al mismo recurso que nos metió en este lío en primer lugar.

Lamentablemente, el ataque a Rushdie y la consiguiente indignación, no harán sino intensificar las tendencias señaladas anteriormente. Nada de eso es culpa de Rushdie, por supuesto. Su deseo de cuestionar la autoridad de los matones clericales entre los que creció es una cuestión totalmente distinta de los fines para los que las élites occidentales han aprovechado su acto personal de sedición literaria. Él no es responsable de que su obra haya sido utilizada para apuntalar y convertir en arma un relato occidental más general y equivocado.

No obstante, el violento atentado de la pasada semana se utilizará una vez más para apuntalar un relato alarmista que da poder a los políticos, vende periódicos y, si somos capaces de ver el panorama global, racionaliza la deshumanización que hace Occidente de más de mil millones de personas, sus continuas sanciones contra muchas de ellas y el avance de las guerras que enriquecen fabulosamente a una pequeña parte de las sociedades occidentales que sigue eludiendo el escrutinio.

Una broma de mal gusto

Esas élites han eludido el escrutinio precisamente porque tienen mucho éxito a la hora de vilipendiar y eliminar a cualquiera que intente hacerles rendir cuentas. Como Julian Assange.

Si creen que Assange se ha buscado él mismo los problemas, a diferencia de Rushdie, que es simplemente una víctima desventurada atrapada en el fuego cruzado de un amenazante «choque de civilizaciones», es porque han sido entrenados –a través de su consumo de los medios de comunicación del establishment– para hacer esa distinción totalmente infundada. Y los que le han entrenado a través de sus relatos dominantes no son una parte desinteresada, sino los mismos actores que más tienen que perder si usted llega a una conclusión diferente.

En el caso de Assange, ha habido un flujo interminable de mentiras y manipulaciones que yo y muchos otros hemos tratado de poner de manifiesto en nuestras plataformas marginales antes de que Google y Facebook, las corporaciones más ricas del planeta, nos hagan caer en el olvido.

Como Melzer señala con lujo de detalle en su reciente libro, las autoridades suecas sabían desde el principio que Assange no tenía nada que responder sobre unas acusaciones sexuales que no tenían ninguna intención de investigar. Pero fingieron perseguirlo de todos modos (y dejaron en el aire la amenaza de su futura extradición a Estados Unidos) para asegurarse de que perdiera las simpatías del público y pareciera un fugitivo de la justicia.

Cualquiera que escriba sobre Assange conoce de sobra al ejército de usuarios de las redes sociales que se empeñan en decir que Assange fue acusado de violación, o que se negó a ser entrevistado por los fiscales suecos, o que se saltó la fianza, o que se confabuló con Trump, o que publicó imprudentemente documentos clasificados sin editar, o que puso en peligro la vida de informadores y agentes.

Nada de eso es verdad —ni, lo que es más significativo, es relevante para la causa que Estados Unidos, ayudado por el gobierno del Reino Unido, está promoviendo contra Assange a través de los tribunales británicos, para encerrarlo por el resto de su vida.

Para Assange, el tan cacareado principio occidental de la libertad de expresión no es más que una broma de mal gusto, una doctrina usada como arma contra él –para, paradójicamente, destruirlo a él y a los valores de la libertad de expresión que defiende, incluyendo la transparencia y la rendición de cuentas de nuestros líderes.

Hay una razón por la que invertimos tantas energías en preocuparnos por una supuesta amenaza del Islam, en lugar de preocuparnos por la amenaza que tenemos en casa: nuestros gobernantes; por la que Rushdie aparece en los titulares, mientras se condena a Assange al olvido; por la que Assange merece su castigo, y Rushdie no.

Esa razón no tiene nada que ver con la protección de la libertad de expresión, y sí con la protección del poder de las élites que no rinden cuentas y que temen la libertad de expresión.

Proteste por todos los medios por el apuñalamiento de Salman Rushdie. Pero no se olvide de protestar aún más fuerte por el silenciamiento y la desaparición de Julian Assange.

Notas del traductor:

*Periodista y comentarista política británica de religión judía defensora de los valores de Occidente como derivados directamente de la Biblia (“La civilización occidental de hoy solo se podrá rescatar si reafirma sus raíces religiosas… su fundamento en la Biblia hebrea”).

**Periodista y comentarista británico de extrema derecha partidario de la intervención militar en Irak y en Libia y crítico del asilo proporcionado a Assange por Ecuador en 2012.

Jonathan Cook. Ganador del Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Entre sus libros destacan“Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East” (Pluto Press) y “Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair” (Zed Books). Su página web es: www.jonathan-cook.net

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

4 de noviembre de 2020

El capitalismo nos factura doble, primero pagamos y después nos roba el futuro

 

Jonathan Cook

Aquí hay una palabra que corre el riesgo de disuadirlo de seguir leyendo, a pesar de que puede ser la clave para comprender por qué estamos en un lío político, económico y social tan terrible. Esa palabra es «externalidades».

Suena como una definición de economía, un pedazo de la jerga económica. Pero también es la piedra fundamental sobre la que se ha construido el actual sistema económico e ideológico de Occidente. Centrarse en cómo funcionan las externalidades y cómo han llegado a dominar todas las esferas de nuestras vidas es comprender cómo estamos destruyendo nuestro planeta y, al mismo tiempo, ofrecer el camino hacia un futuro mejor.

En economía las «externalidades» generalmente se definen de manera indiferente como los efectos de un proceso comercial o industrial sobre un tercero que no se incluyen en el costo de ese proceso.

Aquí está lo que debería ser un ejemplo familiar. Durante décadas los fabricantes de cigarrillos obtuvieron enormes ganancias al ocultar evidencia científica de que, con el tiempo, su producto podía resultar letal para los clientes. Las empresas se beneficiaron al externalizar los costos asociados con los cigarrillos, de muerte y enfermedad, a quienes los compraban y a la sociedad en general. La gente dio su dinero a Philip Morris y British American Tobacco, ya que estas empresas hicieron que los fumadores de Marlboro y Lucky Strikes estuvieran cada vez menos saludables.

El costo externalizado fue pagado -todavía es pagado- por los propios clientes, por las familias en duelo, por los servicios de salud locales y nacionales y por el contribuyente. Si las empresas hubieran tenido que hacerse cargo de estas diversas cuentas habría resultado totalmente infructuoso fabricar cigarrillos.

Inherentemente violento

Las externalidades no son incidentales en la forma en que funcionan las economías capitalistas. Son parte integral de ellas. Después de todo es una obligación legal de las empresas privadas maximizar las ganancias para sus accionistas, además, por supuesto, del incentivo personal que tienen los jefes para enriquecerse y la necesidad de cada empresa de evitar hacerse vulnerable a competidores más rentables y depredadores en el mercado.

Por lo tanto las empresas están motivadas para descargar en otros tantos costos como sea posible. Como veremos, las externalidades significan que alguien que no es la propia empresa paga el verdadero costo detrás de sus ganancias, ya sea porque esos otros son demasiado débiles o ignorantes para defenderse o porque la factura vence más adelante. Y por esa razón las externalidades -y el capitalismo- son inherentemente violentos.

Todo esto sería muy obvio si no viviéramos dentro de un sistema ideológico, la cámara de resonancia definitiva impuesta por nuestros medios corporativos, que es cómplice de ocultar esta violencia o de normalizarla. Cuando las externalidades son particularmente onerosas o nocivas, como invariablemente lo son de una forma u otra, se hace necesario que una empresa oscurezca la conexión entre causa y efecto, entre su acumulación de beneficios y la acumulación resultante de daño causado a una comunidad, a un país lejano, al mundo natural o a los tres.

Es por eso que las corporaciones, aquellas que infligen las mayores y peores externalidades, invierten una gran cantidad de tiempo y dinero en gestionar agresivamente las percepciones públicas. Lo logran mediante una combinación de relaciones públicas, publicidad, control de los medios, cabildeo político y la captura de instituciones reguladoras. Gran parte del trabajo de los negocios es el engaño, ya sea haciendo invisible el daño exteriorizado o ganando la aceptación resignada del público de que el daño es inevitable.

En ese sentido el capitalismo produce un modelo de negocio que no solo es rapaz sino que también psicopático. Aquellos que buscan ganancias no tienen más remedio que infligir daño a la sociedad en general, o al planeta, y luego encubrir sus acciones profundamente antisociales, incluso suicidas.

Exigencias psicopáticas

Una película reciente -del año pasado- que alude a cómo funciona esta forma de violencia fue Dark Waters, sobre la batalla legal de larga duración con DuPont sobre los productos químicos que desarrolló para hacer revestimientos antiadherentes para ollas y sartenes. Desde el principio la investigación de DuPont mostró que estos químicos eran altamente peligrosos y se acumulaban en el cuerpo. La ciencia abrumadoramente sugirió que las personas expuestas estarían en riesgo de desarrollar tumores cancerosos o tener hijos con defectos de nacimiento.

DuPont obtendría enormes beneficios de su descubrimiento químico siempre que pudiera mantener oculta la investigación. Entonces eso es exactamente lo que hicieron sus ejecutivos. Dejaron de lado la moralidad básica y actuaron de acuerdo con las demandas psicopáticas del mercado.

DuPont produjo cacerolas que contaminaron la comida de sus clientes. Los trabajadores estuvieron expuestos a un cóctel de venenos letales en sus fábricas. La empresa almacenó los productos de desecho tóxicos en tambores y luego los eliminó en secreto en vertederos donde se filtraron al suministro de agua local, matando ganado y produciendo una epidemia de enfermedades entre los residentes locales. DuPont creó una sustancia química que ahora se encuentra en todas partes de nuestro medio ambiente, poniendo en riesgo la salud de las generaciones venideras.

Pero una película como Dark Waters necesariamente convirtió un caso de estudio sobre cómo el capitalismo comete violencia al externalizar sus costos en algo menos amenazante, menos revelador. Repudiamos a los ejecutivos de DuPont como si fueran las hermanas feas de una pantomima en lugar de personas comunes y corrientes, no muy diferentes de nuestros padres, nuestros hermanos, nuestra descendencia, nosotros mismos.

En verdad no hay nada excepcional en la historia de DuPont, aparte del fracaso de la compañía para mantener su secreto oculto al público. Y esa exposición fue anómala, ocurrió solo tardíamente y contra grandes probabilidades.

Un mensaje importante que el final agradable de la película no logra transmitir es que otras corporaciones han aprendido del error de DuPont, no el “error” moral de externalizar sus costos, sino el error financiero de ser atrapados haciéndolo. Los cabilderos corporativos han trabajado desde entonces para capturar aún más a las autoridades reguladoras y enmendar las leyes de transparencia y descubrimiento legal para evitar cualquier repetición, para garantizar que no se les considere legalmente responsables en el futuro, como lo fue DuPont.

Víctimas de nuestros bombardeos

A diferencia del caso de DuPont, la mayoría de las externalidades nunca se exponen. En cambio se esconden a plena vista. No es necesario ocultar estas externalidades porque no se perciben como externalidades o porque se las considera tan poco importantes que no vale la pena tenerlas en cuenta.

El complejo militar-industrial, sobre el que nos advirtió hace más de medio siglo el presidente Dwight Eisenhower, un exgeneral estadounidense, sobresale en este tipo de externalidades. Su poder deriva de su capacidad para externalizar sus costos a las víctimas de sus bombas y sus guerras. Son personas que conocemos y que nos importan poco: viven lejos de nosotros, se ven y suenan diferentes a nosotros, se les niegan nombres e historias de vida como las nuestras. Son simplemente números que los señalan como terroristas o, en el mejor de los casos, como daños colaterales desafortunados.

Las externalidades de las industrias bélicas occidentales nos resultan opacas. La cadena de causa y efecto se oculta hoy en día como «intervención humanitaria». E incluso cuando las externalidades de la guerra golpean nuestras fronteras, cuando los refugiados huyen del derramamiento de sangre, o de los cultos nihilistas succionados por los vacíos de poder que dejamos atrás, o de los escombros de la infraestructura que causan nuestras armas, o de la degradación ambiental y la contaminación que desatamos, o de las economías arruinadas por nuestro saqueo de los recursos locales, aún así no reconocemos estas externalidades por lo que son. Nuestros políticos y medios de comunicación transforman a las víctimas de nuestras guerras y nuestros recursos que se convierten, en el mejor de los casos, en migrantes económicos y, en el peor, en invasores golpeando a nuestras puertas.

Instantáneas de la catástrofe

Si ignoramos por completo las externalidades infligidas por el capitalismo a las víctimas más allá de nuestras costas, estamos despertando gradualmente y muy tarde en el día a algunas de las externalidades del capitalismo mucho más cercanas a casa. Partes de los medios corporativos finalmente están admitiendo lo que ya no se puede negar de manera plausible, lo que es evidente para nuestros propios sentidos.

Durante décadas los políticos y los medios corporativos lograron ocultar dos cosas: que el capitalismo es un modelo de consumo sin fin, totalmente insostenible y con fines de lucro. Y que el medio ambiente se está dañando gradualmente de formas perjudiciales para la vida. El daño estaba en las sombras, al igual que el hecho de que los dos están conectados causalmente. El modelo económico es la causa principal del daño ambiental.

Las personas, especialmente los jóvenes, están despertando lentamente de este estado forzado de ignorancia. Los medios corporativos, incluso sus elementos más liberales, no están liderando este proceso, están respondiendo a ese despertar.

La semana pasada el periódico The Guardian publicó de manera destacada dos historias sobre externalidades, incluso si no las enmarcó como tales. Una trataba sobre la filtración de microplásticos de los biberones a los bebés y la otra sobre el peaje que la contaminación del aire está cobrando a las poblaciones de las principales ciudades europeas.

Esta última historia, basada en una nueva investigación, evaluó específicamente el costo de la contaminación del aire en las ciudades europeas -en términos de “muerte prematura, tratamiento hospitalario, días laborales perdidos y otros costos de salud”- en 150.000 millones de libras al año. La mayor parte de esto fue causada por la contaminación de los vehículos, el producto rentable de la industria del automóvil. Los investigadores admitieron que su cifra era una subestimación del verdadero costo de la contaminación del aire.

Pero, por supuesto, incluso se llegó a esa subestimación únicamente sobre la base de métricas priorizadas por la ideología capitalista: el costo para la economía de la muerte y la enfermedad, no el costo incalculable en vidas humanas perdidas y dañadas, y mucho menos el daño a otras personas, especies y el mundo natural. Otro informe de la semana pasada aludió a uno de esos muchos costos adicionales, mostrando un fuerte aumento en la depresión y ansiedad causadas por la contaminación del aire.

La otra historia, sobre los biberones, es parte de una historia mucho más grande de cómo la industria del plástico, cuyos productos son derivados de la industria de los combustibles fósiles, ha estado llenando nuestros océanos y suelos con plásticos, tanto visibles como invisibles. El informe de la semana pasada reveló que el proceso de esterilización en el que los biberones se calientan en agua hirviendo provoca que los bebés ingieran millones de microplásticos cada día. El estudio descubrió que los recipientes de plástico para alimentos arrojaban cargas de microplásticos mucho más altos de lo esperado.

Estas historias son instantáneas de una catástrofe ambiental mucho más amplia que se desarrolla en todo el planeta causada por una sociedad industrializada impulsada por las ganancias. Además de calentar el clima, las corporaciones están talando los bosques que no se queman primero, despojando al planeta de sus pulmones, están destruyendo hábitats naturales y la calidad del suelo y están acabando rápidamente con las poblaciones de insectos.

Las externalidades de estas industrias están, por el momento, impactando más severamente en el mundo natural. Pero pronto tendrán efectos más visibles y dramáticos que nuestros hijos y nietos sentirán. Ninguno de estos electores tiene voz en la actualidad sobre cómo se manejan nuestras “democracias” capitalistas.

Gerentes de la percepción

El capitalismo no solo nos está perjudicando, nos está facturando dos veces: primero sacando de nuestras billeteras y luego privándonos de un futuro. Ahora hemos entrado en una era de profunda disonancia cognitiva.

A diferencia de hace unos años, muchos de nosotros ahora comprendemos que nuestro futuro está en grave riesgo por los cambios en nuestro entorno, el resultado. Pero la tarea de los actuales administradores de la percepción, como los de antaño, es oscurecer la causa principal, nuestro sistema económico, el capitalismo.

El esfuerzo cada vez más desesperado por disociar el capitalismo de la inminente crisis ambiental, para romper cualquier percepción de un vínculo causal, se destacó a principios de este año. Se supo que la policía antiterrorista del Reino Unido había incluido Extinction Rebellion, el principal grupo de protesta medioambiental de Occidente, en una lista de organizaciones extremistas. Bajo las regulaciones relacionadas de «prevención», los maestros y los funcionarios gubernamentales ya están obligados por ley a denunciar a cualquier persona que sospechen que está «radicalizada».

En una guía que explica el propósito de la lista, se pidió a los funcionarios y maestros que identificaran a cualquier persona que hable en «términos fuertes o emotivos sobre temas ambientales como el cambio climático, la ecología, la extinción de especies, el fracking, la expansión del aeropuerto o la contaminación».

¿Por qué Extinction Rebellion, un grupo de desobediencia civil no violento, se incluyó junto con los neonazis y los yihadistas islámicos? Toda una página está dedicada a la amenaza que representa Extinction Rebellion. La guía explica que el activismo de la organización tiene sus raíces en una “filosofía antisistema que busca un cambio de sistema”. Es decir, el activismo ambiental corre el riesgo de hacer evidente, especialmente para los jóvenes, la conexión causal entre el sistema económico y el daño al medio ambiente.

Una vez que se conoció la historia, la policía se apresuró a remar de regreso, alegando que la inclusión de Extinction Rebellion fue un error. Pero, más recientemente, los esfuerzos del establishment para desacoplar el capitalismo de sus catastróficas externalidades se han vuelto más explícitos.

El mes pasado el departamento de educación de Inglaterra ordenó a las escuelas que no usaran ningún material en el plan de estudios que cuestione la legitimidad del capitalismo. La oposición al capitalismo fue descrita como una «postura política extrema», la oposición, recordemos, a un sistema económico cuya búsqueda incesante de crecimiento y ganancias trata la destrucción del mundo natural como una externalidad sin costo.

Paradójicamente, los funcionarios de educación equipararon la promoción de alternativas al capitalismo como una amenaza a la libertad de expresión, así como un respaldo a la actividad ilegal e, inevitablemente, como una prueba de antisemitismo.

Trayectoria suicida

Estas medidas desesperadas y draconianas para apuntalar un sistema cada vez más desacreditado no están a punto de terminar, al contrario, empeorarán mucho.

El establishment no se está preparando para renunciar al capitalismo, la ideología que lo enriqueció y empoderó, sin luchar. La clase política y mediática lo demostró con sus implacables y sin precedentes ataques durante varios años contra el líder de la oposición laborista Jeremy Corbyn. Y Corbyn estaba ofreciendo solo una agenda socialista democrática reformista.

El establishment también ha demostrado su determinación de aferrarse al statu quo en sus implacables y sin precedentes ataques contra el fundador de Wikileaks, Julian Assange, quien está encerrado, aparentemente indefinidamente, por revelar las externalidades, las víctimas, de las industrias de guerra de Occidente y los psicópatas comportamientos de los que están en el poder.

Los esfuerzos para poner fin a la trayectoria suicida de nuestro actual sistema de “libre mercado” sin duda pronto serán equiparados con el terrorismo, como ya ha insinuado la estrategia Prevent. Deberíamos estar preparados.

No puede haber escape del deseo de muerte del capitalismo sin reconocer ese deseo de muerte y luego exigir y trabajar por un cambio total. Las externalidades pueden parecer una jerga inocua, pero ellas y el sistema económico que las requiere nos están matando a nosotros, a nuestros hijos y al planeta.

La pesadilla puede terminar, pero solo si nos despertamos.

28 de octubre de 2017

Las verdaderas razones por las que Trump abandona la UNESCO

Jonathan Cook

A primera vista la decisión tomada la semana pasada por el gobierno de Trump, seguida inmediatamente por Israel, de abandonar la agencia cultural de Naciones Unidas parece extraña. ¿Por qué penalizar a un organismo que fomenta el agua potable, la alfabetización, la preservación del patrimonio y los derechos de las mujeres?

La afirmación de Washington de que la UNESCO tiene prejuicios contra Israel oscurece los verdaderos ‘crímenes’ que la agencia ha cometido a los ojos de Estados Unidos.

El primero es que en 2011 la UNESCO se convirtió en el primer organismo de la ONU en aceptar a Palestina como miembro. Eso colocó al pueblo palestino en camino para mejorar su estatus en la Asamblea General un año después.

Cabría recordar que cuando en 1993 Israel y la OLP firmaron los Acuerdos de Oslo sobre el césped de la Casa Blanca, el mundo asumió que el objetivo último era crear un Estado palestino.

Pero parece que la mayoría de los políticos estadounidenses nunca recibieron ese memo. Bajo la presión de los poderosos lobistas de Israel, el Congreso de EE.UU. aprobó apresuradamente legislación para impedir el proceso de paz. Una de esas leyes obliga a EE.UU. a cancelar la financiación a cualquier organismo de la ONU que admita a Palestina.

El segundo crimen del organismo tiene que ver con su rol en seleccionar los lugares de patrimonio de la humanidad. Ese poder ha demostrado ser más que irritante para Israel y los EE.UU.

Los territorios ocupados −supuestamente el lugar de un futuro Estado palestino− están llenos de tales sitios. Las reliquias helenísticas, romanas, judías, cristianas y musulmanas no sólo son una promesa de recompensas económicas derivadas del turismo, sino también la posibilidad de controlar la narrativa histórica.

Los arqueólogos israelíes –que en la práctica son el ala científica de la ocupación− están interesados fundamentalmente en excavar, preservar y destacar las capas judías del pasado de la Tierra Santa. Esos vínculos con el pasado han sido utilizados para justificar la expulsión de la población palestina y para construir colonias judías.

La UNESCO, por el contrario, valora todo el patrimonio de la región, y se propone proteger los derechos de las y los palestinos vivos, no sólo las ruinas de civilizaciones muertas hace tiempo.

En ninguna parte la diferencia entre ambas agendas ha resultado ser más intensa que en la ciudad ocupada de Hebrón, donde decenas de miles de palestinos/as viven bajo la bota de unos cientos de colonos judíos y los soldados que los cuidan. En julio, la UNESCO enfureció a Israel y a EE. UU. nombrando a Hebrón como uno de los pocos sitios de patrimonio de la humanidad "amenazados". Israel calificó a la resolución de "historia inventada".

El tercer delito es la prioridad que la UNESCO da al nombre palestino de los sitios patrimoniales que se encuentran bajo la ocupación beligerante israelí. Según lo entiende Israel, mucho tiene que ver con cómo se identifican los sitios. Los nombres influyen en la memoria colectiva, dando significado y sentido a esos lugares.

El historiador israelí Ilan Pappé acuñó el término "memoricidio" para referirse a la política israelí de borrar los rastros del pasado palestino, después de haber despojado a ese pueblo de las cuatro quintas partes de su tierra natal en 1948 −lo que los palestinos denominan su nakba o catástrofe.

Israel hizo algo más que arrasar 500 ciudades y pueblos palestinos: en su lugar, implantó nuevas comunidades judías con nombres hebraizados destinados a usurpar los antiguos nombres árabes. Saffuriya se convirtió en Tzipori; Hittin fue suplantado por Hittim; Muyjadil se transformó en Migdal.

Un proceso similar de lo que Israel llama "judaización" está en marcha en los territorios ocupados. Los colonos de Beitar Illit amenazan a la población palestina de Battir. Cerca de allí, las y los palestinos de Susiya han sido desalojados por una colonia judía que lleva el mismo nombre.

Las apuestas son más altas en Jerusalén. La gran plaza del Muro de las Lamentaciones –ubicada debajo del complejo de la mezquita de Al Aqsa− fue creada en 1967, después de que más de 1.000 personas palestinas fueran desalojadas y su barrio (el Magrebí) fuera demolido. Millones de visitantes cada año deambulan por la plaza, ajenos a ese acto de limpieza étnica.

Los colonos, ayudados por el Estado de Israel, continúan cercando lugares cristianos y musulmanes con la esperanza de apoderarse de ellos.

Ese es el contexto de los informes recientes de la UNESCO que subrayan las amenazas a la Ciudad Vieja de Jerusalén, incluida la negativa de Israel a permitir que la mayoría del pueblo palestino ejerza su derecho a rezar en su sagrada mezquita de Al Aqsa.

Israel ha presionado para que Jerusalén sea eliminada de la lista de sitios patrimoniales en peligro de extinción. Junto a EE.UU., ha desatado un frenesí de indignación moral, reprendiendo a la UNESCO por no priorizar los nombres hebreos utilizados por las autoridades de ocupación.

La responsabilidad de la UNESCO, sin embargo, no es salvaguardar a la ocupación ni reforzar los esfuerzos de judaización que lleva a cabo Israel. Está allí para respaldar el Derecho Internacional y evitar que Israel haga desaparecer al pueblo palestino.

La decisión de Trump de abandonar la UNESCO está lejos de ser solo suya. Sus predecesores han estado peleando con el organismo desde la década del Setenta, a menudo por su negativa a ceder a la presión israelí.

Ahora Washington tiene una apremiante razón adicional para castigar a la UNESCO por permitir que Palestina se convierta en miembro: necesita convertir al organismo cultural en un caso ejemplarizante para disuadir a otras agencias de seguir sus pasos.

La falsa indignación de Trump ante la UNESCO, y su desprecio hacia los importantes programas globales del organismo, sirven como un recordatorio de que Estados Unidos no es un "intermediario honesto" para forjar la paz en Oriente Medio. Más bien es el mayor obstáculo para alcanzarla.  

Traducción: María Landi.