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29 de junio de 2024

Assange

Ronald Gamarra

Julian Assange finalmente está libre, después de 14 años de persecución y tras cinco años de reclusión en una prisión de alta seguridad (precaución inútil y abusiva contra un periodista), al llegar su defensa legal a un acuerdo con las autoridades judiciales de los Estados Unidos, el país que requería su extradición para sentenciarlo probablemente a cadena perpetua. Según el trato alcanzado, Assange no será entregado a los yunaites, por lo cual las autoridades británicas procedieron a ponerlo en libertad de inmediato.

Assange se somete voluntariamente a la justicia norteamericana, pero no en territorio gringo. Lo ha hecho en una isla de Oceanía, cercana relativamente a su Australia natal, donde aquella justicia tiene jurisdicción. El acuerdo prevé que será sentenciado a una pena que se dará de inmediato por cumplida, pues será equivalente al tiempo que Assange fue recluido en la prisión británica de alta seguridad. De este modo, queda satisfecha la exigencia norteamericana de asumir jurisdicción, pero sin extradición ni juicio, previendo una sentencia compurgada, y se dará el caso por cerrado definitivamente.

Assange saltó a la primera plana de la noticia cuando dio a conocer públicamente, a nivel mundial, cientos de miles de documentos, en particular correos electrónicos, de la administración norteamericana, que revelaban una multiplicidad de manejos dudosos, cuestionables o francamente cínicos sobre el manejo de la política exterior de los Estados Unidos y su involucramiento en hechos que representan graves violaciones de la soberanía de otros países e inaceptables violaciones de derechos humanos.

El universo de información liberado por Assange a través del sitio web WikiLeaks, a disposición libre de todo el mundo, especialmente de los medios de comunicación, representó una revolución desmitificadora acerca de la conducta política del estado democrático más importante del mundo, a la vez la primera potencia política, económica, diplomática y militar. Se trataba, nada menos, del desafío quijotesco lanzado por un individuo, en nombre de la sociedad civil mundial, a la potencia más poderosa del planeta, la cual quedaba cuestionada y al descubierto.

Muy caro ha tenido que pagar Julian Assange su atrevimiento que cabe calificar de heroico. Década y media de persecución en la cual su libertad quedó recortada al máximo, primero buscando un asilo en Suecia, que le fue negado, y en cambio le abrieron investigaciones y procesos; luego amparándose por siete años en la embajada de Ecuador en Londres; finalmente, pasando cinco años en una prisión de alta seguridad británica, pugnando por impedir su extradición para una condena segura en los Estados Unidos.

Cuando empezó esta peripecia, Assange era un hombre joven avanzado en la treintena. Al recuperar la libertad, ya es un cincuentón. Han sido largos años de lucha muy dura que han exigido demasiado de él. Si bien un movimiento de solidaridad se levantó en todas partes del mundo, no siempre fue todo lo fuerte y decidido que pudo y debió haber sido. En particular, los grandes medios de comunicación se mostraron con frecuencia indiferentes o escépticos, adoptando una posición “neutral” en un caso en el cual se jugaba a fondo la posibilidad de ejercer la libertad de prensa.

Finalmente, el gobierno del presidente Biden, evaluando con serenidad el estado de las cosas, se ha decidido por liquidar de una vez un asunto enojoso en el cual hacían el papel de un súper Goliat que blande porrazos torpes frente a un indomable David que abandera la libertad de prensa, particularmente la prensa de investigación. Al dar por cerrado este caso, los Estados Unidos se liberan de una carga que los desprestigia aún más y mantiene vigente la atención mundial sobre las intimidades nada agradables que guardan los WikiLeaks. También se considera que se trata de un gesto de Estados Unidos hacia Australia, que mantuvo siempre una posición a favor de su ciudadano Assange, dada la creciente importancia de la alianza de Estados Unidos con ese país en el contexto de un “cordón sanitario” contra China.

El periodismo verdadero, el que revela verdades y airea secretos malolientes de los que detentan el poder en cualquier país, siempre será acosado, perseguido, reprimido y calumniado. Es natural. Los perjudicados por el periodismo de investigación no son precisamente angelitos, sino gente con pocos o ningún escrúpulo, que se asumen intocables hasta que unos periodistas aparentemente inofensivos, porque no figuran en los rangos del poder, los desenmascaran ante la opinión pública y eventualmente los obligan a afrontar investigaciones y sanciones penales.

Esto lo vemos siempre en nuestro país. La represión de la libertad de prensa y de expresión es toda una tradición. Bajo el régimen actual, con este congreso y este gobierno de Dina Boluarte, las limitaciones y ataques a la libertad de prensa se han incrementado exponencialmente, incluyendo el uso de turbas acosadoras contra periodistas en sus propias casas, el lanzamiento de excrementos, la invención de falsedades absurdas como aquella de que “Gustavo Gorriti ha gobernado el Perú en los últimos 20 años y es el propietario del Ministerio Público”. Sus ataques y calumnias no pasarán, y el periodismo de investigación resistirá y triunfará como lo ha logrado Julian Assange.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 692 año 14, del 28/06/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

25 de agosto de 2022

Doble rasero Rushdie-Assange

Jonathan Cook

Muchos de quienes se indignan por el apuñalamiento del escritor indio no han levantado la voz ante una amenaza mucho mayor a nuestra libertad

Nada de lo que voy a escribir debería interpretarse de ninguna manera en detrimento de mis simpatías por Salman Rushdie o de mi indignación por su terrible apuñalamiento. Quienes pusieron una fatwa sobre su cabeza hace más de 30 años, cuando escribió la novela “Los versos satánicos”, posibilitaron este ataque. Merecen todo mi desdén. Le deseo una pronta recuperación.

Pero mi natural compasión por una víctima de la violencia y el respaldo que periódicamente expreso por la libertad de expresión no debería cegarme o cegarnos frente a la palabrería y la hipocresía generadas por su apuñalamiento la pasada semana, cuando estaba a punto de dar una charla en el estado de Nueva York (EE.UU.).

El primer ministro británico Boris Johnson declaró estar “horrorizado de que Salman Rushdie haya sido apuñalado por ejercer un derecho que nunca deberíamos dejar de defender”. Su canciller, Rishi Sunak, uno de los dos pretendientes a la corona de Johnson, describió al novelista como “un campeón de la libertad de expresión y la libertad artística”.

Al otro lado del Atlántico, el presidente Joe Biden subrayó las cualidades de Rushdie: “Verdad, valor, resistencia. La capacidad de compartir ideas sin miedo… reafirmamos nuestro compromiso con todos aquellos valores profundamente estadounidenses en solidaridad con Salman Rushdie y con todos aquellos que defienden la libertad de expresión”.

La verdad es que la inmensa mayoría de quienes claman que este es un ataque no solo contra un prominente escritor, sino contra la sociedad occidental y sus libertades, no han abierto la boca durante los últimos años, mientras se iba desarrollando la mayor amenaza a esas libertades. O, en el caso de los líderes de gobierno occidentales, han conspirado activamente para socavar dichas libertades.

Prominentes figuras u organizaciones que ahora expresan su solidaridad con Rushdie han mantenido la cabeza baja o han hablado a media voz —o incluso, lo que es peor, han actuado como portavoces— de otro ataque mucho más grave: de nuestro derecho a conocer los crímenes masivos que se han cometido en nuestro nombre contra terceros.

Rushdie se ha ganado el rotundo apoyo de liberales y conservadores occidentales por igual, no por haber expresado claramente verdades difíciles, sino por quiénes son sus enemigos.

La verdad que nos muestra el espejo

Si lo que he dicho resulta poco sensible o sin sentido, consideren lo siguiente. Julian Assange ha pasado más de tres años en una celda de aislamiento de una cárcel de alta seguridad en Londres (y, antes que eso, siete años confinado en una pequeña habitación de la embajada ecuatoriana), en condiciones que Nils Melzer, el antiguo experto de Naciones Unidas para la tortura, ha descrito como tortura psicológica extrema.

Melzer y muchos otros temen por la vida de Assange si las autoridades de Gran Bretaña y Estados Unidos consiguen prolongar mucho más la detención del fundador de Wikileaks basada en acusaciones puramente políticas. Assange ya ha sufrido una apoplejía –como señala Melzer, una de las muchas potenciales reacciones físicas que sufren quienes se ven sometidos a un confinamiento prolongado.

Y recuerden que todo esto le está pasando por una sola razón: haber publicado documentos que demuestran que, al amparo de un falso humanitarismo, los gobiernos occidentales estaban cometiendo crímenes contra pueblos de tierras lejanas. Assange se enfrenta a acusaciones bajo la draconiana Ley de Espionaje solo porque hizo pública la espantosa verdad de las operaciones militares occidentales en países como Irak y Afganistán.

Claro que hay diferencias entre los respectivos casos de Rushdie y Assange, pero esas diferencias deberían suscitar más preocupación por la grave situación de Assange que por la de Rushdie. En la práctica, lo ocurrido es exactamente lo contrario.

El derecho a la libertad de expresión de Rushdie ha sido defendido porque lo ejerció para imaginar una historia alternativa de la formación del Islam y cuestionar implícitamente la autoridad de los clérigos y los gobiernos en tierras lejanas.

El derecho de Assange a la libertad de expresión ha sido ridiculizado, ignorado o, en el mejor de los casos, apoyado de forma débil y equívoca porque lo ejerció para sostener un espejo ante Occidente, mostrando exactamente lo que nuestros gobiernos están haciendo en secreto en muchas de esas mismas tierras lejanas.

El derecho a la vida de Rushdie fue amenazado por clérigos y gobiernos lejanos por cuestionar la base moral de su poder. El derecho a la vida de Assange está amenazado por los gobiernos occidentales porque cuestionó la base moral de su poder.

Víctimas dignas de atención

Si en Occidente viviéramos en sociedades democráticas que funcionaran –en las que el poder no estuviera tan profundamente arraigado como para cegarnos ante su ejercicio– ningún periodista, ningún comentarista de los medios de comunicación, ningún escritor, ningún político dejaría de entender que la situación de Assange merece mucha más atención y expresiones de preocupación que la de Rushdie.

Son nuestros propios gobiernos, no los » locos mulás » de Irán, los que amenazan a la sociedad libre que permitió a Rushdie publicar su novela. Si Assange es aplastado, también lo es la base de nuestros derechos democráticos fundamentales: saber lo que se hace en nuestro nombre y pedir cuentas a nuestros dirigentes.

Si Rushdie es silenciado, seguiremos teniendo esas libertades, aunque, como individuos, nos sentiremos un poco más nerviosos a la hora de decir algo que pueda ser interpretado como un insulto al profeta Mahoma.

Entonces, ¿por qué la gran mayoría de nosotros está mucho más preocupada por el destino de Rushdie que por el de Assange? Sencillamente porque nos han hecho sentir mucha más simpatía por uno de ellos que por el otro.

En última instancia, eso no tiene nada que ver con que uno u otro sea más digno de compasión, más víctima. Tiene que ver con lo mucho que han servido, o no, a los intereses de un discurso occidental que refuerza constantemente la idea de que nosotros somos los Buenos y ellos los Malos.

Rushdie y la fatwa contra él se convirtieron en una causa célebre para las élites occidentales porque el escritor expresaba con sensibilidad literaria una de las creencias modernas más apreciadas por Occidente: que el Islam supone una amenaza existencial para los valores de un Occidente ilustrado. Un hombre nacido en una familia musulmana de la India atacaba la religión que supuestamente conocía mejor. Era un hombre con información privilegiada, que afirmaba lo que otros musulmanes se sentían demasiado acobardados para admitir en público.

Aunque sin duda no era su intención ni su culpa, fue rápidamente adoptado como mascota literaria por los liberales occidentales que promovían su propia tesis del «choque de civilizaciones». Esto no es un juicio sobre los méritos de su novela –no estoy capacitado para hacer esa evaluación– sino un juicio sobre las motivaciones de muchos de sus defensores y sobre por qué su obra ha tenido tanta repercusión en ellos.

Visión racista del mundo

En realidad, esto es cierto para toda la literatura. Consigue su estatus dentro de un entorno cultural, vigilado por las élites mediáticas que tienen sus propios objetivos. Son ellas quienes deciden si un manuscrito se publica o se descarta, si el libro posterior se reseña o se ignora, si se celebra o se ridiculiza, si se promociona o se condena a la oscuridad.

Nos decimos, o nos dicen, que este proceso de depuración se decide estrictamente en función de los méritos. Pero si nos detenemos a pensar, la realidad es que una obra sólo encuentra público si se mantiene dentro de un consenso socialmente construido que le da sentido o si lo desafía en un momento en el que el consenso se está perdiendo y se busca otro alternativo.

George Orwell es un buen ejemplo de cómo funciona esto. El escritor británico prosperó –o al menos su reputación lo hizo– por el hecho de que cuestionó las certezas sobre el «orden natural» que durante mucho tiempo habían impuesto las élites occidentales pero resultaban difíciles de mantener tras dos guerras mundiales en rápida sucesión. Al mismo tiempo, expuso los peligros de un autoritarismo que podía atribuirse fácilmente al principal adversario de Occidente: la Unión Soviética.

La obra literaria de Orwell contiene ideas que hablan de valores universales. Pero esa es sólo una parte de la razón por la que ha perdurado. También se benefició del hecho de que la ambigüedad inherente a esas lecciones universales pudo ser utilizada con fines mucho más específicos por las élites occidentales, que se preparaban para una Guerra Fría a punto de convertirse en el trágico legado de las dos guerras calientes que la precedieron.

Lo mismo ocurre con Rushdie. Su novela cumplió dos funciones: en primer lugar, su tema principal caló en las élites occidentales porque les aseguró que sus prejuicios contra el mundo musulmán estaban plenamente justificados, sobre todo porque la novela provocó una violenta reacción que parecía confirmar esos prejuicios.

Y en segundo lugar, «Los versos satánicos» aseguró a las élites occidentales contra la acusación de racismo. Rushdie proporcionó inadvertidamente la coartada que tanto necesitaban para promover su visión racista del mundo, la de un Occidente civilizado opuesto a un Oriente bárbaro e inseguro. Sirvió de comadrona para los desvaríos de tratados islamófobos como «Londonistan» de Melanie Phillips* y » What’s Left?» de Nick Cohen**.

Sedición literaria

Durante las dos últimas décadas, hemos vivido las terribles consecuencias de la condescendencia engreída de Occidente, sus posturas salvajes, su violento humanitarismo, todo ello para enmascarar la sed del recurso más preciado de Oriente Medio: el petróleo.

El resultado ha sido la destrucción de países enteros; el fin de más de un millón de vidas, dejando a millones más sin hogar; una reacción que ha desencadenado formas aún más aterradoras de extremismo islamista; un creciente fariseísmo entre las élites occidentales que ha dado paso a un asalto total a los controles democráticos; un afianzamiento del poder de las industrias bélicas y sus grupos de presión; y un implacable debilitamiento de las instituciones internacionales y del derecho internacional.

Y todo esto ha servido como excusa interminable para retrasar la puesta en marcha de soluciones al verdadero problema que aqueja a la humanidad: la inminente extinción de nuestra especie, causada por nuestra adicción al mismo recurso que nos metió en este lío en primer lugar.

Lamentablemente, el ataque a Rushdie y la consiguiente indignación, no harán sino intensificar las tendencias señaladas anteriormente. Nada de eso es culpa de Rushdie, por supuesto. Su deseo de cuestionar la autoridad de los matones clericales entre los que creció es una cuestión totalmente distinta de los fines para los que las élites occidentales han aprovechado su acto personal de sedición literaria. Él no es responsable de que su obra haya sido utilizada para apuntalar y convertir en arma un relato occidental más general y equivocado.

No obstante, el violento atentado de la pasada semana se utilizará una vez más para apuntalar un relato alarmista que da poder a los políticos, vende periódicos y, si somos capaces de ver el panorama global, racionaliza la deshumanización que hace Occidente de más de mil millones de personas, sus continuas sanciones contra muchas de ellas y el avance de las guerras que enriquecen fabulosamente a una pequeña parte de las sociedades occidentales que sigue eludiendo el escrutinio.

Una broma de mal gusto

Esas élites han eludido el escrutinio precisamente porque tienen mucho éxito a la hora de vilipendiar y eliminar a cualquiera que intente hacerles rendir cuentas. Como Julian Assange.

Si creen que Assange se ha buscado él mismo los problemas, a diferencia de Rushdie, que es simplemente una víctima desventurada atrapada en el fuego cruzado de un amenazante «choque de civilizaciones», es porque han sido entrenados –a través de su consumo de los medios de comunicación del establishment– para hacer esa distinción totalmente infundada. Y los que le han entrenado a través de sus relatos dominantes no son una parte desinteresada, sino los mismos actores que más tienen que perder si usted llega a una conclusión diferente.

En el caso de Assange, ha habido un flujo interminable de mentiras y manipulaciones que yo y muchos otros hemos tratado de poner de manifiesto en nuestras plataformas marginales antes de que Google y Facebook, las corporaciones más ricas del planeta, nos hagan caer en el olvido.

Como Melzer señala con lujo de detalle en su reciente libro, las autoridades suecas sabían desde el principio que Assange no tenía nada que responder sobre unas acusaciones sexuales que no tenían ninguna intención de investigar. Pero fingieron perseguirlo de todos modos (y dejaron en el aire la amenaza de su futura extradición a Estados Unidos) para asegurarse de que perdiera las simpatías del público y pareciera un fugitivo de la justicia.

Cualquiera que escriba sobre Assange conoce de sobra al ejército de usuarios de las redes sociales que se empeñan en decir que Assange fue acusado de violación, o que se negó a ser entrevistado por los fiscales suecos, o que se saltó la fianza, o que se confabuló con Trump, o que publicó imprudentemente documentos clasificados sin editar, o que puso en peligro la vida de informadores y agentes.

Nada de eso es verdad —ni, lo que es más significativo, es relevante para la causa que Estados Unidos, ayudado por el gobierno del Reino Unido, está promoviendo contra Assange a través de los tribunales británicos, para encerrarlo por el resto de su vida.

Para Assange, el tan cacareado principio occidental de la libertad de expresión no es más que una broma de mal gusto, una doctrina usada como arma contra él –para, paradójicamente, destruirlo a él y a los valores de la libertad de expresión que defiende, incluyendo la transparencia y la rendición de cuentas de nuestros líderes.

Hay una razón por la que invertimos tantas energías en preocuparnos por una supuesta amenaza del Islam, en lugar de preocuparnos por la amenaza que tenemos en casa: nuestros gobernantes; por la que Rushdie aparece en los titulares, mientras se condena a Assange al olvido; por la que Assange merece su castigo, y Rushdie no.

Esa razón no tiene nada que ver con la protección de la libertad de expresión, y sí con la protección del poder de las élites que no rinden cuentas y que temen la libertad de expresión.

Proteste por todos los medios por el apuñalamiento de Salman Rushdie. Pero no se olvide de protestar aún más fuerte por el silenciamiento y la desaparición de Julian Assange.

Notas del traductor:

*Periodista y comentarista política británica de religión judía defensora de los valores de Occidente como derivados directamente de la Biblia (“La civilización occidental de hoy solo se podrá rescatar si reafirma sus raíces religiosas… su fundamento en la Biblia hebrea”).

**Periodista y comentarista británico de extrema derecha partidario de la intervención militar en Irak y en Libia y crítico del asilo proporcionado a Assange por Ecuador en 2012.

Jonathan Cook. Ganador del Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Entre sus libros destacan“Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East” (Pluto Press) y “Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair” (Zed Books). Su página web es: www.jonathan-cook.net

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

27 de abril de 2022

La extradición de Assange garantizaría la impunidad de los crímenes de lesa humanidad

Isabella Arria

El juicio contra Assange revela el enseñamiento, la inquina y la preocupación de Washington contra quien reveló al mundo los crímenes de lesa humanidad cometidos por sus fuerzas armadas en Afganistán e Irak.

El juez británico Paul Goldspring, en una visita de siete minutos a la prisión de Belmarsh, ordenó que el caso de extradición de Julian Assange se traslade a la ministra del Interior, Priti Patel, en lo que supone un paso más para la entrega del comunicador australiano a Estados Unidos, donde se busca condenarlo a 175 años de prisión bajo cargos de espionaje. Assange siguió el fallo por videoconferencia desde la prisión.

Goldspring autorizó oficialmente la extradición a Estados Unidos donde deberá enfrentar cargos de espionaje. El caso pasará ahora al ministerio británico del Interior para que tome una decisión, aunque el fundador de Wikileaks aún tiene opciones para apelar. La Corte Suprema británica denegó el mes pasado autorizar una apelación de Assange contra el fallo de una corte inferior sobre su extradición.

Rechazando en marzo el permiso para apelar solicitado por los abogados del periodista australiano, coordinados a nivel internacional por el exjuez español Baltasar Garzón, la Corte Suprema británica dictó que el caso fuera trasladado a la ministra del Interior. La defensa tendrá ahora hasta el 18 de mayo para presentar sus alegaciones a Patel, con la esperanza de que se oponga a la entrega. Una vez anunciada su decisión, tendrán 14 días para intentar recurrirla, o buscar una nueva apelación sobre otros aspectos jurídicos.

Partidarios y abogados del australiano alegan que cuando publicó documentos que expusieron las acciones contra los derechos humanos del ejército estadounidense en Irak y Afganistán, Assange actuaba como periodista y tiene derecho a las protecciones a la libertad de expresión contempladas en la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense. Todos son concientes que el caso tiene motivaciones políticas.

Mientras, fuera de la Corte de Magistrados de Westminster, en Londres, se llevó una protesta para exigir la liberación del fundador de Wikileaks, acto en el que participó el exlíder del Partido Laborista Jeremy Corbyn, una de las pocas voces dentro de la política occidental que se marcó su posición ética en torno a lo que probablemente sea el proceso más importante para la libertad de expresión y de prensa a escala global.

En marzo, la Corte Suprema del Reino Unido ya había rechazado el permiso para apelar solicitado por los abogados del australiano, por lo que ahora los recursos disponibles para su defensa son presentar alegaciones a Patel, intentar recurrir su petición si ésta es desfavorable, y apelar otros aspectos jurídicos.

Lo cierto es que el comportamiento de las autoridades judiciales y políticas del Reino Unido, dispuestas a satisfacer los deseos de Washington a lo largo de todo el proceso, deja pocas esperanzas de un resultado positivo. Rusia calificó de farsa la decisión.

En el caso del sistema judicial del Reino Unido, su embate contra Assange se basa en equiparar la Ley de Espionaje estadounidense con la Ley británica de Secretos Oficiales, que protege los desmanes imperiales del conocimiento público.

Para el fiscal James Lewis, si un periodista o un periódico publica información secreta que probablemente cause daño a los intereses del Reino Unido, indudablemente está cometiendo un delito, argumento que deja pocas dudas sobre la verdadera naturaleza de la persecución contra Assange: aterrorizar a toda persona que investigue los hechos que los gobiernos y las grandes corporaciones desean mantener ocultos.

Tanto Washington como Londres consideran como acto de espionaje cualquier ejercicio periodístico que haga patentes abusos y violaciones a los derechos humanos perpetrados desde el poder, y que manifiestan su expresa voluntad de poner todo el aparato del Estado al servicio de la persecución y el silenciamiento de quien publique secretos oficiales. En suma, se criminaliza a quien desenmascare a los criminales y se pone la mesa para la impunidad de los funcionarios que cometan ilícitos al amparo de poder.

Assange se encuentra recluido en una prisión londinense desde abril de 2019, cuando el gobierno de Lenín Moreno lo expulsó de la embajada de Ecuador en la capital británica, donde permaneció refugiado durante siete años, como único medio para ponerse a salvo de la persecución en su contra.

Estados Unidos dispuso de todo su aparato de Estado, incluidas sus capacidades de persuasión y coerción diplomática, para llevar a Assange a su territorio y someterlo a una serie de acusaciones por espionaje que carecen de cualquier mérito jurídico. El “crimen” fue la  publicación en Wikileaks de cientos de miles documentos clasificados hace más de una década. Los crímenes y criminales denunciados allí fueron protegidos por Washington, que trata de tapar los muchos trapos sucios criminalizando a Assange.

Entre esos archivos destacó un video que mostraba a civiles, incluidos dos periodistas de la agencia Reuters, muertos por disparos de un helicóptero de combate estadounidense en Irak en julio de 2007.

El juicio solo revela el enseñamiento, la inquina y la preocupación de Washington contra quien reveló al mundo los crímenes de lesa humanidad cometidos por sus fuerzas armadas en Afganistán e Irak, así como la descomposición, la inmoralidad y hasta las facetas criminales de la superpotencia en su proyección diplomática, económica y militar en el ámbito internacional.

Via crucis

Si es condenado en Estados Unidos, podría recibir una pena hasta de 175 años de cárcel, según los abogados de Assange, aunque las autoridades estadounidenses han dicho que la condena probablemente sería menor. Assange, de 50 años, lleva retenido en la prisión Belmarsh de alta seguridad en Londres desde 2019, cuando fue detenido por incumplir su fianza en otra batalla legal.

 Antes de eso pasó siete años en la embajada de Ecuador en la capital británica, para evitar su extradición a Suecia, donde enfrentaba acusaciones de violación y agresión sexual. Suecia archivó los casos por esos delitos en noviembre de 2019 porque había pasado demasiado tiempo.

En el centro de una larga saga judicial, Assange fue condenado a un año de cárcel en Londres por violación de su libertad condicional en 2012, antes de emprender la batalla contra su extradición a Estados Unidos. En enero de 2021, la justicia británica decidió a su favor. La juez Vanessa Baraitser rechazó la extradición por considerar que el australiano, de frágil salud física y sicológica, corría el riesgo de suicidarse en el sistema penitenciario estadounidense.

Pero en diciembre, Washington logró que la Alta Corte de Londres anulara esa decisión, asegurando que no sería encarcelado en la prisión de alta seguridad ADX de Florence, en Colorado, donde están detenidos miembros de la organización yihadista Al Qaeda.

Para sus defensores, encabezados por Stella Moris, la abogada sudafricana con la que tuvo dos hijos en secreto durante sus años en la embajada ecuatoriana y con quien se casó en Belmarsh el mes pasado, estas garantías no son creíbles.

Al subrayar que el destino de Julian está ahora en manos de la ministra del Interior, Moris insistió en marzo en que este es un caso político y ella puede ponerle fin. Hace falta valor político, pero esto es lo que se necesita para preservar una sociedad abierta que proteja a los editores de la persecución extranjera, afirmó.

El primer ministro «Boris Johnson y Priti Patel no pueden entregar a Julian a un país que conspiró para asesinarlo. Ellos pueden detener esta pesadilla hoy mismo y devolver a Julian con su familia», dijo la abogada, quien advirtió que el artículo 4 del Tratado de extradición británico-estadounidense «prohíbe las entregas por delitos de carácter político», dijo Morris.

En Moscú, la portavoz del Ministerio del Exterior de Rusia, María Zajárova, declaró que la Corte de Magistrados de Westminster “en realidad interpretó la escena final en la farsa titulada La justicia británica”.

“En la peor tradición de Inglaterra, todo se hace a tiempo, ‘aprovechando el ruido’, cuando la comunidad internacional, gracias a los medios occidentales, permanece en una realidad paralela, y en ese estado, en un principio, todo es posible, incluso extraditar a Assange a EEUU, a pesar de las demandas de los defensores de los derechos humanos. Para la comunidad occidental, el fin siempre justifica los medios”, comentó.

Zajárova agregó que corresponde a la ministra del Interior británico poner un punto formal en este proceso vergonzoso.

Isabella Arria. Periodista chilena residenciada en Europa, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

15 de febrero de 2022

Assange o liquidar al mensajero

 


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Francisco Sierra Caballero

La libertad de expresión está en peligro. En el Estado fallido estadounidense, mientras la administración de Joe Biden juega a la espiral del disimulo en forma de cumbre de la democracia para la región, se cuenta una vez más con el Caballo de Troya de la justicia británica y de su Estado, históricamente alineado hacia los intereses norteamericanos para ejemplificar así un “aviso a navegantes”.

Bien es sabido que la información es poder y que la captura del código es central en el nuevo régimen de mediación social, pero sólo desde que Wikileaks reveló con documentación oficial las formas de operación y control de la CIA, la mayoría de la población ha empezado a ser consciente de la era del “Gran Hermano”.

Una de las conclusiones más evidentes de los estudios sobre las formas de hegemonía en la comunicación mundial es, precisamente, la imperiosa necesidad de un sistema de comando, encargado de imponer y propiciar la devastadora lógica de dominio o seguridad total, colonizando así la esfera pública y extendiendo la política de información de las “bellas mentiras” como relato único y verdadero de los acontecimientos históricos.

Y ello, incluso, a condición de planificar y producir masivamente programas de terror mediático y militar para cubrir los objetivos imperiales, anulando todo resquicio de crítica y pluralismo informativo en la comprensión de los problemas fundamentales de nuestra sociedad.

En este contexto hay que situar la persecución de Julian Assange. Parafraseando a Slavoj Žižek, Assange representa una nueva práctica de comunismo que democratiza la información. Lo público sólo se salvará mediante la épica lucha de héroes de la civilización tecnológica. Assange, Manning, Snowden son, como sentencia Žižek: “…casos ejemplares de la nueva ética que corresponde a nuestra época digital”.

Como espía del pueblo, la autonegación de Assange escenifica la épica del héroe que socava la lógica del secreto para afirmar lo público por razones geopolíticas y de derechos. Sobre todo, hablamos del derecho a tener derechos frente al discurso cínico de la Casa Blanca que Wikileaks reveló deconstruyendo, punto a punto, documento a documento, la vergüenza de un orden social arbitrario.

Quienes hemos participado en la campaña internacional por la libertad del fundador de Wikileaks sabemos, en este sentido, que en esta lucha nos jugamos el futuro de la democracia y de los derechos humanos. En la era de la videovigilancia global, la defensa de Assange es la protección de todos contra la NSA y la clase estabilizadora del aparato político de terror que trabaja al servicio del Wall Street.

Si es que, de acuerdo con Mike Davis, la globalización acelera la dispersión high-tech de grandes instituciones de la sociedad industrial como la banca, dando lugar a procesos de desanclaje e incertidumbre, en esta dinámica, no es posible el control social sin recurrir al discurso del miedo.

El temor siempre ha sido un eficaz recurso de propaganda y hoy de nuevo la principal función de dominación ideológica. Así, por ejemplo, como recuerda Eagleton, los soviets y el enemigo rojo han desaparecido, pero quedan para simular esta función los musulmanes, con los que Occidente conjura sus contradicciones en forma de “Acta Patriótica”.

La percepción aguda de inseguridad en nuestro tiempo es, en este sentido, la condición de la eficacia de la política de aporafobia y la principal lección que hemos de asimilar del caso Assange. Esta lógica es propia de lo que la sociología, desde Stanley Cohen, denomina pánico moral, una reacción irracional de construcción y rechazo de amenazas veladas o abiertamente contrarias a la norma dominante a partir, fundamentalmente, de la capacidad de estereotipia de los medios.

El análisis de cultivo de la Escuela de Annenberg hace tiempo que ha demostrado cómo la violencia simbólica es alimentada por la pequeña pantalla en una suerte de revival de la dominación original.

De ello ya hemos dado cuenta más que detalladamente en el libro “La Guerra de la Información” (CIESPAL, Quito 2017). Y de ello hablamos con Assange en el Congreso Internacional de Movimientos Sociales y Tecnologías de la Información celebrado en Sevilla.

La conferencia de apertura del encuentro fue sin duda reveladora. Y la constatamos con la peligrosa resolución de la justicia británica, que valida el principio de superioridad informativa y la costumbre, habitual desde los años noventa, de eliminar al mensajero. Sólo poner en contraste el caso Pinochet y el fallo en favor de la extradición a Estados Unidos da cuenta de la lógica de dominio que impera con el lawfare.

La cuestión es qué dicen los medios que publicaron los cables de Wikileaks, cómo se posicionan Reporteros sin Fronteras, la SIP y otras organizaciones gremiales ante tales ataques, acostumbrados a denunciar problemas de libertad de expresión en Venezuela al tiempo que mutan su posición en Colombia. ¿Van a denunciar las actuaciones de la CIA y el Pentágono en su empeño por eliminar a Assange?, ¿Respaldarán la posición de la Federación Internacional de Periodistas o ULEPICC? Nos tememos que no.

Hace pocos años, el CIESPAL lideró la campaña internacional en defensa de la libertad de Assange; creamos la cátedra Julian Assange de Tecnopolítica y Cibercultura; contribuimos en Nuestramérica a pensar el reto de la mediación social desde valores democráticos; y no cesamos en medios públicos y privados de defender los derechos comunes a la comunicación.

Hoy el gobierno ultraderechista de Ecuador calla, y ya otorgó a su antecesor la debida rendición y pleitesía a Washington, vulnerando los derechos constitucionales del líder de Wikileaks.

Sin embargo, los pueblos tienen memoria, lo común se impondrá contra los enemigos de la libertad, la democracia y los Derechos Humanos. Es cuestión de tiempo, pero Julian Assange no dispone más. Toca desplegar un cerco contra el Pentágono y la Casa Blanca. Sin duda, ¡es la gran batalla de 2022!

1 de enero de 2022

Carta abierta de la madre de Julian Assange al mundo

Christine Ann Assange

Una superpotencia vengativa que usa sus recursos ilimitados para intimidar y destruir a un individuo indefenso

«Hace cincuenta años, cuando di a luz por primera vez como madre joven, pensé que no podía haber dolor más grande, pero pronto lo olvidé cuando sostuve a mi hermoso bebé en mis brazos. Lo llamé Julian.

Ahora me doy cuenta de que estaba equivocada. Hay un dolor más grande.

El dolor incesante de ser la madre de un periodista galardonado, que tuvo el valor de publicar la verdad sobre los crímenes gubernamentales de alto nivel y la corrupción.

El dolor de ver a mi hijo, que intentó publicar verdades importantes, manchado a nivel mundial.

El dolor de ver a mi hijo, que arriesgó su vida para denunciar la injusticia, inculpado y privado del derecho a un juicio justo, una y otra vez.

El dolor de ver a un hijo sano deteriorarse lentamente, porque se le negó la atención médica y sanitaria adecuada en años y años de prisión.

La angustia de ver a mi hijo sometido a crueles torturas psicológicas, en un intento de romper su inmenso espíritu.

La constante pesadilla de que sea extraditado a los Estados Unidos y luego pasar el resto de sus días enterrado vivo en total aislamiento.

El miedo constante de que la CIA pueda cumplir sus planes para asesinarlo.

La ola de tristeza cuando vi su frágil cuerpo caer exhausto por un mini derrame cerebral en la última audiencia, debido al estrés crónico.

Muchas personas quedaron traumatizadas al ver una superpotencia vengativa que usa sus recursos ilimitados para intimidar y destruir a un individuo indefenso.

Quiero dar las gracias a todos los ciudadanos decentes y solidarios que protestan globalmente contra la brutal persecución política que sufrió Julian.

Por favor, sigan levantando la voz a sus políticos hasta que sea lo único que oirán.

Su vida está en sus manos».

11 de noviembre de 2021

Julian Assange

Santiago O'Donnell

A Julian Assange lo metieron preso por lo que publicó. No por robar, no por matar, no por cometer actos violentos y mucho menos terroristas. Ni siquiera lo metieron preso por lo que piensa. Fue por publicar a cualquier precio pero no cualquier cosa. No publicó chismes ni intimidades. Publicó filtraciones muy fuertes de Rusia y de China, además de Estados Unidos. Revelaciones de su Australia natal, de Kenia, Indonesia y Perú. Cruzó un límite cuando publicó cientos de miles de cables de embajadas estadounidenses, exponiendo los crímenes que esos cables detallan. Y pagó el precio. Por su defensa tecnológica del independentismo catalán había quemado sus últimos puentes con las potencias de la Unión Europea. Por eso lo metieron preso: por publicar hasta quedarse solo.

Últimos cartuchos

Lo vi gastar sus últimos cartuchos en la embajada de Ecuador cuando preparaba Vault Seven, la mayor filtración de la historia de la CIA. Tenía a Donald Trump comiendo de su mano después de conquistarlo con la publicación de los mails de Hillary Clinton, un hecho determinante en el triunfo electoral del magnate norteamericano. Con el apoyo de Trump, Assange se había ganado su libertad, su prosperidad y el fin del calvario de años de encierro en tres cuartos de embajada. Solo tenía que no publicar. Pero publicó. Nada menos que Vault Seven, documentos ultrasecretos que muestran cómo la CIA espía celulares y televisores inteligentes. Ahí es cuando se reunieron los espías de la CIA de Trump y se pusieron a pensar cómo hacían para matarlo. Se supo hace un mes gracias a una investigación de Yahoo! News que el propio director de la CIA de entonces, Mike Pompeo, confirmó diciendo que la fuente anónima que dio la información debería ser criminalizada.

Ese es el problema. Mientras que en estos días se decide la suerte de Assange en un extraordinario juicio de extradición en Gran Bretaña a pedido de Estados Unidos, es importante decir que lo metieron preso y lo quieren matar por publicar. Y que por eso lo quieren mostrar como una especie de terrorista solitario con aires de intelectual, una especie de Unabomber que amenaza la seguridad estadounidense. Pero Unabomber, además de haber escrito un manifiesto anticapitalista, usaba explosivos que mataban personas. En el caso de Assange, las bombas son sus verdades. Jamás, ni siquiera en Suecia, ha sido tan siquiera acusado de ejercer la violencia en cualquiera de sus formas. Ni él ni ningún miembro de WikiLeaks, pasado o presente. Más aún, nadie ha podido demostrar que alguien haya muerto a raíz de las revelaciones de WikiLeaks. Pero el sitio publicó verdades muy pesadas. Tanto que a su editor lo metieron preso y lo quieren matar.

Palomas y halcones

O, para ser más precisos, las palomas tipo Joe Biden, Hillary Clinton y Barack Obama lo quieren preso. Igual que muchos ingleses, suecos y ecuatorianos, por solo mencionar a los directamente involucrados en esta historia. En cambio los Pompeo, los amigos de Trump y los espías británicos y estadounidenses prefieren verlo muerto. Y si no lo pueden matar con un dron porque sólo aplican esa clase de castigo sumario a personas de rasgos arábigos que viven en países lejanos, y ya que no pueden freírlo en una silla eléctrica porque ningún tribunal lo va a condenar a muerte en Estados Unidos, van a tratar de hacer que se pudra en una cárcel. O que se vuelva loco, que para el caso es lo mismo.

Ya lo tuvieron siete años encerrado en un pedacito de embajada a la vuelta de Scotland Yard. No lo dejaban respirar. De día ni se acercaba a las ventanas por miedo a que le disparen. Por las noches se escondía detrás de las cortinas y le sacaba fotos a los policías y espías que lo vigilaban. Pobre, pensaba todo el tiempo que lo iban a matar.

Amenazas de muerte

Guardaba sus amenazas de muerte prolijamente en una carpeta que siempre tenía a mano para mostrarle a sus amigos y a los periodistas que lo iban a ver. Él ya sabía que lo querían matar pero aún gozaba de dos libertades que para él eran todo, o casi: “tengo acceso a internet y visitas ilimitadas,” me dijo confiado más de una vez, mientras el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa lo cobijaba con cama, comida, asilo y ciudadanía. Después vino Lenin Moreno y primero le sacó una habitación, la sala de reuniones, prácticamente un tercio de su preciado territorio. Después le recortó las visitas, después le sacó la compu y al final lo tiró a los perros ingleses que entraron a la embajada para llevárselo de los pelos a la peor celda que pudieron encontrar. Todo eso y más a cambio de un crédito del Fondo Monetario Internacional. Assange terminó en la cárcel de máxima seguridad de Belmarsh entre asesinos seriales y pesados de caño, aislado, enfermo, casi siempre lejos de su familia y abogados por disposición de funcionarios anónimos que se esconden detrás de la burocracia de la pandemia, y por la inacción de Su Señoría Vanessa Baraister, la jueza del caso. Encima en las audiencias de su juicio lo exhiben en uniforme carcelario, encerrado en una jaula de vidrio, como si fuera la reencarnación rubia de Abimael Guzmán.

Por eso el fallo de Baraister a favor de Assange contiene un par de, digamos, mentiras, que no conviene mencionar en voz alta porque a fin de cuentas es un fallo a favor de Assange que muy pocos esperaban, que Estados Unidos apeló y en pocos días más se decide esa apelación. El fallo dice, en esencia, que Estados Unidos tiene razón en que Assange es un peligroso terrorista que se choreó un montón de información. Sin embargo, agrega la jueza, no lo pueden extraditar porque está muy deprimido, las cárceles estadounidenses son muy rigurosas y es probable que en semejantes condiciones Assange encuentre la manera de suicidarse. Las mentiras de la jueza no están en aceptar que Assange es un peligroso terrorista que choreó información. OK, no choreó información, se la pasaron, y no atacó a nadie. Pero en todo caso es lo que dice el pedido de extradición. La mentiras de la jueza son, primero, dar a entender que no lo manda a Estados Unidos porque supuestamente las cárceles de ese país vendrían a ser mucho peores que la inglesas. La segunda mentira es dar a entender que a la jueza le importa la salud mental de Assange cuando es tanto lo que podría haber hecho para mejorarla.

¿Cuánto lleva preso y aislado? ¿Dos años? ¿Tres? ¿Tres más siete en la embajada? En la vida de Assange horas, días, meses y años se suceden en un trance continuo, me contó una vez, como una película que nunca termina. No hay que criticar el fallo de la jueza porque es a favor y hay que esperar calladitos que se decida la apelación, pero uno no puede dejar de pensar que el fallo llegó después de que los que quieren verlo muerto perdieran las elecciones con los que quieren verlo preso. Y los que quieren verlo preso prefieren que se pudra en una cárcel lejos de Estados Unidos: no quieren un juicio que sería un papelón en un país con una Primera Enmienda constitucional que defiende la libertad de expresión. Entonces la jueza falla a favor de Assange pero lo deja encerrado para que se vaya muriendo de a poco. Estirando el proceso pese a que Assange no tiene ninguna cuenta pendiente con la justicia británica. En una cárcel de máxima seguridad pese a que nunca mató ni a una mosca.

Se podría decir, desde nuestro chauvinismo, que la jueza le aplicó a Assange la doctrina Irurzun. Pero sería más justo decir que Irurzun aplicó en Argentina la doctrina Assange: castigo preventivo para no depender del resultado un juicio.

El costo de publicar

El tema es que lo metieron preso y lo quieren matar por lo que publicó. Y no es porque lo odian. O no es solo por eso. Las razones de Estado van más allá. Lo quieren silenciar y lo quieren ver sufrir porque publicó verdades que nunca más deben salir a la luz. Y para que eso no vuelva a pasar, nadie más debe atreverse a publicarlas sin sentir el riesgo de terminar loco o muerto o pudriéndose en alguna cárcel de máxima seguridad. Entonces mejor callamos o publicamos pavadas. Por eso su liberación inmediata es tan importante para el oficio, para la libertad de expresión y para la democracia. Por eso miles de personas en todo el mundo exigimos que lo suelten y lo dejen en paz. Ojalá se sumen muchos más.


“Conseguir información es fácil, lo difícil es publicar,” me dijo una vez. Tan difícil que lo metieron preso y lo quieren matar. Por publicar.

1 de octubre de 2020

El juicio a Assange y el asesinato de la libertad de prensa: ¿de qué democracia hablan?


 Isabella Arria

El fundador de WikiLeaks, Julian Assange, afronta en Londres la segunda parte de su juicio de extradición a Estados Unidos, después de que Washington ampliara a última hora sus acusaciones, si bien mantiene los mismos 18 cargos de espionaje e intrusión informática y solicita 175 años de cárcel.

El proceso, que empezó el 24 de febrero e iba a continuar en mayo, quedó pospuesto por la pandemia. En este lapso, el informador australiano ha tenido dificultades para comunicarse con sus abogados, según ha denunciado su pareja y madre de dos de sus hijos, Stella Moris.

Imperturbables ante las múltiples instancias internacionales, Naciones Unidas incluida, las decenas de manifiestos, las miles de firmas de personalidades y profesionales de la información que han exigido su puesta en libertad y el rechazo a la extradición, el aparato judicial británico y el bulldozer paralelo de la fiscalía estadounidense continúan su camino, al final del cual podrían caerle a Assange más de 170 años de prisión.

En el primer día del juicio, el abogado de Assange, Mark Summers, propuso posponer el proceso hasta enero de 2021, con el fin de reunir datos para rebatir las imputaciones contenidas en el nuevo auto de procesamiento emitido por la Justicia estadounidense. Recién este lunes Assange tuvo acceso a todos los documentos presentados en su contra. Como era de esperarse, la jueza Vanessa Baraitser rechazó el pedido.

Baraitser denegó además la petición de la defensa de excluir del proceso la «nueva conducta criminal» atribuida al activista australiano por la Justicia estadounidense en el auto de procesamiento emitido sorpresivamente en junio y formalizado en agosto.

Éste  mantiene los 18 cargos imputados en abril de 2019 pero amplía sobre todo el de intrusión, que contempla ahora no solo los contactos con la exsoldado estadounidense Chelsea Manning en 2010, sino también con otras personas con las que Assange habría “conspirado” entre 2009 y 2015 para difundir secretos en su portal digital.

Por la tarde prestó declaración el profesor de periodismo de la Universidad de Maryland, Mark Feldstein, quien fundamentó la tesis de la defensa de que las acusaciones contra el informático tienen «motivaciones políticas” y constituye un «abuso de proceso». Aseguró que en Estados Unidos no existían precedentes de que un periodista o editor hubiese sido juzgado por publicar información clasificada.

Los periodistas no pudieron acceder a la sala e incluso a varios observadores internacionales se les negó el acceso al juicio de forma virtual. Feldstein destacó que la Primera Enmienda de la constitución estadounidense protege ese tipo de publicaciones, y en su país trabajan periodistas especializados en temas de seguridad nacional cuyo trabajo depende de las filtraciones del gobierno.

Indicó que, aunque sea «poco ortodoxo», Assange es un «editor» protegido por la Constitución. «Assange ha publicado información veraz e importante que ha expuesto actos ilegales y no éticos del gobierno estadounidense», agregó.

Las publicaciones revelaron pruebas de crímenes de guerra y lesa humanidad y abusos contra los derechos humano y fueron el resultado de la colaboración entre WikiLeaks y múltiples medios de comunicación como The New York Times, The Guardian, Der Spiegel, Le Monde, El País, entre otros. La decisión política de enjuiciar a Assange no tiene precedentes y provocaría un escalofriante precedente para todos los periodistas y editores del mundo.

El Washington Post informó en 2013 que la Administración Obama no había procesado a Assange porque no había forma de diferenciar las actividades de WikiLeaks de las de sus medios asociados como The New York Times y The Guardian, pero el gobierno de Donald  Trump desde el principio ha apuntado a Assange y ha buscado restringir la libertad de prensa y publicación.

Los medios de comunicación institucionalizados no siempre han sido capaces de ver que ahí se jugaba su futuro. Beneficiarios muchas veces de las filtraciones que, como las de Wikileaks se realizaban con el filtro de pools de medios tradicionales, algunos han intentado adular al poder ostentando los vicios y pecados de los nuevos periodistas críticos, como si la libertad de expresión se decidiera en la virtud privada de sus protagonistas y héroes.

Gobiernos y ciertos medios de comunicación miran así de forma cómplice para otro lado frente a la persecución de esos auténticos periodistas digitales del Siglo XXI, capaces de arriesgarse para denunciar las violaciones masivas de la legalidad y de los derechos humanos, las corrupciones y los espionajes indebidos a escala nacional e internacional, señala Enrique Bustamante en eldiario.es.

La fiscalía argumenta que las protecciones constitucionales de EEUU para la prensa y la libertad de expresión no se aplican porque Assange no es ciudadano estadounidense, haciendo valer la jurisdicción extraterritorial sin aceptar protecciones constitucionales para los ciudadanos extranjeros. De aceptarse esto, se abrirá la puerta para que otros periodistas y editores sean extraditados a Estados Unidos por reportajes que no le gustan a Washington, mientras que los excluye de cualquier protección de libertad de prensa.

En agosto de 2020, después de haber pasado 17 meses detenido por la solicitud de extradición de EEUU, el fiscal general William Barr emitió una solicitud de extradición de reemplazo, dos días después de que el equipo de defensa de Assange presentara su evidencia final para la audiencia de extradición de septiembre.

Assange no ha sido acusado de piratería informática (hackeo). Esa palabra apareció para ser difundido por la prensa hegemónica, en un comunicado de prensa de la fiscalía de EEUU que anuncia la acusación de Assange el 11 de abril de 2019. El cargo se basa en  que Julián Assange, presuntamente, accedió a intentar ayudar a Chelsea Manning a iniciar una sesión en las computadoras de su trabajo (a las que ya tenía acceso) usando un nombre de usuario diferente para mantener su anonimato.

Estados Unidos testificó ante el tribunal que no pudo encontrar a nadie perjudicado por las publicaciones de WikiLeaks, tanto en las audiencias de Chelsea Manning de 2013 como en las audiencias de Londres. El impacto de las revelaciones de WikiLeaks] «era vergonzoso, pero no dañino», según un informe del Departamento de Estado de 2010, que la agencia  Reuters difundió el 18 de enero de 2011.

Quién es Assange

 El tratamiento de Julián Assange en la prisión HMP Belmarsh ha sido bien documentado. El profesor Melzer, relator de la ONU sobre la Tortura, señaló que “ha sido expuesto deliberadamente, durante un período de varios años, a formas persistentes y progresivamente severas de tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, cuyos efectos acumulativos solo pueden describirse como tortura psicológica «.

El Consejo de Europa aprobó una moción parlamentaria en 2020 declarando que _»la extradición de Assange a Estados Unidos debe prohibirse». Si bien el derecho de Julián Assange a no ser torturado se ha violado invariablemente, su derecho a un juicio justo también se ha visto socavado.

 El informador y ciberactivista australiano reveló ante el mundo los crímenes y las acciones vergonzosas de muchos gobiernos, empezando por el de Estados Unidos. Al frente de Wikileaks dio a conocer los aspectos más oscuros del poder público mediante un sistema de filtraciones en el que la autenticidad de cada documento es rigurosamente verificada para posteriormente entregarlos a diversos medios informativos.

Wikileaks dio a conocer hace 10 años expedientes secretos de las fuerzas armadas estadunidenses que ponían al descubierto crímenes de lesa humanidad perpetrados por las fuerzas ocupantes de ese país en Afganistán e Irak; el más indignante de ellos es un video que documenta una matanza de civiles –entre ellos, niños y un camarógrafo de una agencia internacional de noticias– perpetrada en Bagdad por los pilotos de un helicóptero artillado.

Meses después divulgó decenas de miles de reportes, muchos de ellos secretos o confidenciales, enviados al Departamento de Estado por representaciones diplomáticas de Washington en todo el planeta. El llamado Cablegate documentó las maneras inescrupulosas e injerencistas de la diplomacia estadounidense, además de la corrupción, el entreguismo y la torpeza de numerosos gobiernos.

El trabajo de Wikileaks y de su fundador representó un golpe demoledor para la credibilidad de Washington en el mundo y para sus pretensiones de guardián de la democracia y los derechos humanos y es justamente por ello que la diplomacia estadounidense m emprendió en contra de Assange una ofensiva judicial encubierta, con la ayuda de los gobiernos de Suecia y Gran Bretaña, en la que se recurrió a la fabricación de supuestos delitos sexuales en el primero de esos países.

Las autoridades británicas, más deseosas de colaborar con Washington que de hacer justicia, mantuvieron a Assange de manera sucesiva en reclusión, en detención domiciliaria y en libertad condicional, a pesar de que Estocolmo jamás presentó cargos formales en su contra.

La persecución llevó al informador a buscar asilo en la embajada de Ecuador en Londres, donde permaneció durante casi siete años, dado que el gobierno británico rechazó otorgarle el salvoconducto para que pudiera viajar al país sudamericano.

El Departamento de Justicia estadounidense, al tiempo que encarcelaba y procesaba a la informante principal del australiano, la soldado estadounidense Chelsea Manning, contó con el tiempo para armarle 18 imputaciones por delitos graves, en las que fundamentó su solicitud de extradición, y si ésta se concediera, podrían traducirse en una pena de 175 años de prisión.

Obvio es que tal proceso no sería un acto de justicia, sino una acción de venganza y un escarmiento dirigido a informadores y periodistas para que no se atrevan a exhibir las miserias internas del poderío estadounidense, señala un editorial del diario mexicano la Jornada.

Así pues, si las autoridades londinenses otorgaran a las de Washington la extradición de Assange, no sólo serían cómplices de un brutal atropello a los derechos humanos del informador y activista; estarían colaborando en la supresión de la libertad de expresión de miles, del derecho a la información de millones y de la verdad, que es un componente indispensable de cualquier democracia, añade.

Julian Assange es ahora el pivote principal de esta lucha por la libertad de comunicación y por la transparencia democrática, pero detrás están los casos conocidos de Eduard Snowden o Hervé Falciani, e incluso de Rui Pinto (denunciante del caso reciente de la Football Leaks), parangonables a los ya míticos Carl Bernstein y Bob Woodward en el periodismo clásico, a quienes nunca se les exigió cartas de pureza, señala Bustamante.

Despreciarlos y ningunearles como piratas informáticos ilegales es colaborar a la represión ejemplarizante del poder contra el periodismo crítico de este siglo 21. El cuarto poder hoy reside principalmente en un periodismo capaz de hurtar la información oficial u oficiosa en las redes, de difundirla y de desentrañar su significación en contra de la «verdad y la razón de Estado”, concluye el analista español.

Isabella Arria. Periodista chilena residenciada en Europa, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

19 de septiembre de 2020

Reclamamos la libertad de Julian Assange

 


Adolfo Pérez Esquivel


Assange no es ciudadano de Estados Unidos y la plataforma Wikileaks es global. Si procede la extradición su caso serviría de antecedente para que cualquier periodista de investigación pudiera ser juzgado en los Estados Unidos por revelar crímenes perpetrados por orden de Washington en terceros países. Lo que se está juzgando es la libertad de expresión y el derecho a informar y ser informado con la verdad.

Los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña llevan a cabo una persecución desde hace años en contra de Julian Assange. Hoy se tramita un juicio para que se autorice su extradición a los Estados Unidos, país que es uno de los mayores violadores de los Derechos Humanos y de los Pueblos en el mundo.

Julián Assange publicó en la plataforma Wikileaks información sobre los crímenes de guerra, corrupción y espionaje global del gobierno de Estados Unidos contra los pueblos, y por tal motivo es perseguido. Washington busca ocultar o silenciar toda exposición de sus políticas de terror impuestas a otros países.

El expresidente Rafael Correa le concedió asilo diplomático y estuvo alojado en la Embajada del Ecuador en Londres desde 2012 hasta abril del 2019, cuando Lenin Moreno autorizó a las autoridades británicas a ingresar en su embajada y que lo arrestaran. Desde entonces permanece en confinamiento solitario en la prisión de alta seguridad de Belmarsh. El 7 de septiembre comenzó su juicio de extradición. Si éste llegara a prosperar sería juzgado  en el Distrito Este de Virginia, conocido como el Tribunal de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Hasta ahora ningún acusado de atentar contra la seguridad nacional ha ganado un caso en ese tribunal.

El Relator Contra la Tortura de Naciones Unidas, Nils Meltzer, considera que la detención de Julian Assange es injusta  y arbitraria, lo mismo que su enjuiciamiento. Además, en la cárcel inglesa ha sido sometido a torturas y a un trato inhumano, y debe ser liberado y resarcido de inmediato.

Por todo ello numerosos organismos de Derechos Humanos, cientos de juristas, mandatarios y periodistas de todo el mundo reclaman la libertad de Julian Assange.

Hacemos un llamado a los medios de información para que exijan su libertad:  se encuentra en situación de riesgo y su salud está en peligro. Es urgente proteger su integridad psicofísica y ser conscientes de que si es extraditado a Estados Unidos le aplicarían una pena de 175 años de prisión, lo cual equivaldría a una condena a muerte.

Assange no es ciudadano de Estados Unidos y la plataforma Wikileaks es global. Si procede la extradición su caso serviría de antecedente para que cualquier periodista de investigación pudiera ser juzgado en los Estados Unidos por revelar crímenes perpetrados por orden de Washington en terceros países. Lo que se está juzgando es la libertad de expresión y el derecho a informar y ser informado con la verdad.

El objetivo de la persecución del gobierno de Trump contra Julian Assange, es mantener en secreto las actividades del complejo industrial-militar y lograr la impunidad de los crímenes cometidos por Estados Unidos en el mundo.

Adolfo Pérez Esquivel

Premio Nobel de la Paz

18 de septiembre de 2020

Un inmenso archipiélago inconexo


Fernando Buen Abad Domínguez


Somos un archipiélago inmenso de iniciativas comunicacionales inconexas. Tanto daño ha hecho el individualismo, el sectarismo y el aislacionismo… en todas sus metástasis, que incluso cuando se trabaja en equipo, algunos piensan que los otros son parte de un decorado que sólo está para servir al que se cree “jefe” y “obra de sí mismo”. Estamos bajo peligro si permanecemos como un archipiélago inmenso de semiósferas inconexas, archipiélago inmenso cargado con “buenas ideas”, pero incomunicado. Un conjunto de islas sólo unidas paradójicamente por lo que las separa. Para nuestra especie es imposible vivir aislados, aunque nos pensemos autosuficientes, auto-creados. Nuestra hipotética “personalidad singular”, no es más que el producto de las relaciones sociales y vivir como archipiélago es algo más que un aislamiento… en una patología.

Algunos piensan que es todo lo contrario, que vivimos una “proliferación” de comunicación híper saturada con mensajes vacíos. Que hay sobredosis de medios tele-producidos y redes sociales “participativas” y “democratizadas”. Que no sufrimos insuficiencia de comunicación sino saturación de interactividad mediática. Pero tal descripción en nada coincide con el mapa real de la propiedad de las herramientas para la comunicación, de los motores semánticos mercantilizados y mucho menos en el modelo de acumulación monopólica dominante en el que la inmensa mayoría de los seres humanos vive silenciada y reducida a reproducir, objetiva y subjetivamente, los dispositivos de su enajenación rentable para colmo.

Pero la asimetría no ha cancelado la necesidad de expresarse. Comunicar es una necesidad social, una cualidad y un derecho humano de primer orden y, por eso, proliferan las iniciativas bajo la dinámica de las tensiones históricas de clase y las urgencias de todo tipo con que nos agobia el capitalismo. Desembozadamente, o clandestinas, las comunicaciones se dejan sentir de manera desigual y combinada. Aunque no siempre, por el aislamiento, nos enteremos.

Unirnos no implica uniformarnos. Implica, sí en primer lugar, informarnos con todo rigor, de tiempo y forma, qué pensamos y cómo nos proponemos intervenir en la transformación del mundo hacia otro de condiciones objetivas. El qué y el cómo por consenso meticuloso y dinámico. El qué y el cómo resolviendo los problemas más añejos y de abajo hacia arriba. Desde los más postergados y los más urgentes hasta los específicos de algunos sectores estratégicos. Sin derroches, sin emboscadas, sin oportunismos ni reformismos. Para empezar. Solo así podremos construir puentes pertinentes a las necesidades y convertir el “archipiélago” en una “red”. No faltan herramientas para conectar, falta democratizarlas para la unidad política y falta voluntad política para la unidad desde las bases. Los “poderes” le temen mucho a eso.

La Unidad debe ser expresión concreta de vínculos organizativos nuevos, creadores de soluciones prácticas, hacia condiciones de existencia en sintonía con las luchas y sus programas emancipadores. En primer lugar, el internacionalismo que nos expresa como una fuerza social planetaria, creada por el capitalismo, que busca emanciparse con una lucha mundial, económica y cultural, contra el sistema que depreda al planeta y a las personas. “Estar de acuerdo” debe definir el cómo.

Se trata de tender puentes en el archipiélago para romper el aislamiento y los antagonismos inducidos entre los pueblos. Luchar juntos contra las divisiones de clase en el comercio y el mercado mundial y en la producción industrial secuestrada por la dictadura de la usura. El internacionalismo de los oprimidos convertido en red de puentes contra los monopolios de la comunicación y la información. Nosotros debemos recordar siempre que las “alianzas” internacionales entre la clase dominante son sólo acuerdos temporales de negocios que financiamos nosotros en perjuicio nuestro siempre. Cada puente sobre el archipiélago debe ser fraternidad organizada para la lucha. No tiroteo de vanidades.

Tales puentes sobre el archipiélago no son una meta exclusivamente nuestra, ha sido anhelados durante mucho tiempo. Lo que se actualiza en estos puentes es lucha que descubre la urgencia de una sociedad sin clases ni divisiones como posibilidad deseable, posible y realizable (Adolfo Sánchez Vázquez). Y eso se debe al desarrollo de la consciencia porque, tal como está el mundo, aislados oprimidos dentro de la sociedad, sólo tenemos como salidas necrófilas. Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Nosotros hoy no podremos conquistar las fuerzas productivas sino aboliendo el modo hegemónico de apropiación, y con él, todo modo de apropiación ilegítimo. Nosotros sólo salvaremos lo salvable y deberemos modificar todo lo que ha garantizado la ingeniería del despojo. Nuestra unidad de redes y puentes debe ser una transición hacia un “Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación” o sea, nuevos medios y modos para informarnos y comunicarnos en un contexto de nuevas relaciones de producción.

Pero la forma específica de tal unidad de nuestras fuerzas debe ser motor de los trabajadores desarrollado durante sus propias luchas. Se trata de lograr que la humanidad deje de ser una mercancía más, atomizada, para reproducir mansamente su propia subordinación. La materia prima de los “puentes” es, precisamente, esa consciencia de clase dispuesta a emanciparse construyendo convergencias de forma y fondo. Priorizar los principios sin desatender a las personas. Es una praxis que se va transformando minuciosamente en instrumento de precisión para desactivar el sometimiento de todos nosotros bajo la economía dominante. La unidad se hará esencial sólo si se garantiza su evolución permanente basada en la supremacía de la humanidad sobre el capital.

Prioridad de acción es construir la unidad. Puentes y redes que, a su vez, se desarrollen continuamente hasta cambiar la correlación de las fuerzas y los paradigmas. Las piedras angulares de nuestros puentes o interconexiones, en todos los sentidos, no pueden ser arbitrarias, sino expresiones concretas del ser social que planifica emanciparse. El de la comunicación es un asunto tan importante y duradero que no puede dejarse (sólo) en manos de los gobiernos efímeros. En última instancia, si los gobiernos deben definir sus políticas de comunicación, deberán hacerlo en colaboración orgánica con la calidad democrática que los medios emancipados y emancipadores sepan exigir e imponer como fuerza social real. Pero eso, ni con mucho, resuelve la necesidad de la tarea comunicacional más sólida que es la comunicación nueva transformada y transformadora que no depende de la agenda semántica de los gobiernos ni las burocracias pero que debe asumir sus responsabilidades y derechos para su desarrollo económico, tecnológico y estratégico. Ese es el reto.

Fernando Buen Abad Domínguez.  Director del Instituto de Cultura y Comunicacióny Centro Sean MacBride, Universidad Nacional de Lanús, Miembro de la Red en Defensa de la Humanidad, Miembro de la Internacional Progresista, Miembro de REDS (Red de Estudios para el Desarrollo Social)

17 de abril de 2019

¡Libertad inmediata para Julian Assange!

Pronunciamiento de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales En Defensa de la Humanidad

La Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad expresa su más solidario respaldo al periodista Julian Assange, destacado miembro de la REDH, quien ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y el acceso a la información de interés público. Por sus extraordinarias contribuciones ha sido galardonado por The Economist, Amnistía Internacional UK, Premio Ars Electrónica, Premio Sam Adams, Medalla de Oro de la Fundación Sydney para la Paz -por su coraje excepcional e iniciativa en la defensa de los derechos humanos-, personaje del año 2010 elegido por lectoras/es de la revista Time, entre otros. 

Expresamos honda preocupación por el proceder del gobierno ecuatoriano que, violando la institución del asilo, ha entregado a Julian Assange al gobierno británico, con un altísimo riesgo de extradición a Estados Unidos donde su vida corre peligro. Rechazamos los pretextos utilizados por el gobierno de Ecuador para justificarse, tales como la acusación de haber “intervenido en asuntos internos de otros Estados”, e incluso de una presunta intromisión en “intentos de desestabilización de Ecuador” imputada a Wikileaks.

 Nos preocupa que el gobierno de Lenín Moreno aduzca precautelar la protección nacional, “evitar que el país se convierta en un centro de delitos informáticos”, mientras que, como parte de una acción que deja nefastos precedentes, él mismo emitió en 2018 un Protocolo Especial de Visitas, Comunicaciones y Atención Médica, que sometió al asilado a una serie de restricciones de sus libertades fundamentales y coartó su derecho a la comunicación, suprimiéndo hasta el acceso a la conectividad, a la información y a la expresión. 

Recordamos que los siete años de asilo de Julian Assange –convertidos en reclusión en los dos últimos- obedecen a persecución política, a represalia por la difusión de materiales que Wikileaks liberó y difundió, al amparo de la transparencia de la información. Las informaciones y datos sobre política internacional y geopolítica, pusieron en evidencia crímenes de guerra y prácticas injerencistas de los gobiernos de varios países y grupos de poder, principalmente de los Estados Unidos, país que aspira a lograr una pronta extradición y juzgamiento. 

La Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad, organización mundial defensora de los derechos humanos y del Derecho a la información y la Libertad de Expresión, hace un llamado vigoroso al gobierno del Reino Unido a mantener una observancia estricta de los principios e instrumentos de derechos humanos, que en el caso incluyen una ‘protección especial’, como estipula el Informe de la Organización de Naciones Unidas sobre Assange (Opinion No.54/2015concerning Julian Assange) y la Opinión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Esta protección debe excluir cualquier escenario de extradición a los Estados Unidos, toda vez que Scotland Yard ha reconocido que la detención obedece a un pedido con ese propósito, formulado por ese país. 

Llamamos a la Organización de las Naciones Unidas, a su Asamblea General y a todos los mecanismos de defensa de los Derechos Humanos, a hacer respetar la protección referida en sus ‘Informes Especiales’ -A/HRC/WGAD/2015/54-, y proteger la vida del periodista Julian Assange, perseguido político, que merece un tratamiento humanitario, con apego estricto e incondicional a la legislación internacional. 

Convocamos a los gremios de periodistas, organismos defensores de la libertad de expresión y del derecho a la comunicación, a los movimientos sociales y populares, a las entidades defensoras de los derechos humanos y otras organizaciones, a movilizarse para exigir al Reino Unido la libertad de Assange, pues las acusaciones fraguadas que pesaban sobre él ya fueron desvanecidas y no subsiste ninguna acusación fundada.  

¡Libertad inmediata para Julian Assange! 

11 de abril 2019 

Secretaria Ejecutiva

Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad