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22 de febrero de 2023

«Los progresismos se adaptan al sistema en vez de enfrentarlo»

Raúl Zibechi   (Entrevista Enric Llopis)

En una columna publicada el 1 de febrero en el periódico El País, la periodista brasileña Eliane Brum denunció: “El genocidio (del pueblo indígena) yanomami tiene las huellas de Bolsonaro. El resultado de los cuatro años de laboratorio de la extrema derecha en Brasil emerge en forma de cuerpos infantiles”. Por otra parte, la Defensoría […]

En una columna publicada el 1 de febrero en el periódico El País, la periodista brasileña Eliane Brum denunció: “El genocidio (del pueblo indígena) yanomami tiene las huellas de Bolsonaro. El resultado de los cuatro años de laboratorio de la extrema derecha en Brasil emerge en forma de cuerpos infantiles”. Por otra parte, la Defensoría del Pueblo de Perú reportó en sólo un día –el pasado 9 de enero- la muerte de 17 personas como consecuencia de la represión de las fuerzas del orden (principalmente en la ciudad de Juliaca, departamento de Puno).

“El Estado hoy no es el camino para procesar cambios”, afirma el periodista Raúl Zibechi; el investigador uruguayo es autor, junto al sociólogo y analista político Decio Machado, del libro El Estado realmente existente. Del Estado de bienestar al Estado para el despojo, publicado por La Vorágine. Sobre las limitaciones de los gobiernos progresistas, subraya el también autor de Tiempos de colapso. Los pueblos en movimiento: “Se puede reducir la pobreza sin tocar las redes del capital financiero: el narco-paramilitarismo, los militares y las iglesias pentecostales”. La entrevista a Zibechi se realiza por correo electrónico.
 

El Estado realmente existente concluye con el segundo ciclo progresista latinoamericano (gobiernos de esta tendencia en Brasil, Argentina, Colombia, Chile o México); han llegado al poder ejecutivo “en una mayor condición de entreguismo y pactos con el establishment económico y militar de lo conocido y establecido en el primer ciclo”. ¿En qué sentido? ¿Puedes mencionar algún ejemplo?

- Con Decio Machado ya habíamos escrito Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo, para mostrar que no hubo cambios estructurales en ese primer ciclo, y que por el contrario se registró una profundización del capitalismo. Ahora queremos hacer hincapié en que los Estados han mutado, que no son herramientas neutrales (nunca fueron), sino que han sido secuestrados por el uno por ciento para que defiendan sus privilegios.

Además, la situación internacional ha cambiado. Han pasado Trump y Bolsonaro, hay guerras, desde Yemen hasta Ucrania, desde Eurasia hasta África. Y en América Latina tenemos las guerras de despojo, en la Amazonía y en toda Sudamérica, en México y en Centroamérica. El capital ha declarado la guerra a los pueblos para desplazarlos y poder convertir los bienes comunes en mercancías: oro, hierro, cobre, tierras raras; petróleo y gas; soja y palma de aceite, y agua, mucha agua.

Por último, los militares y el Estado en su conjunto están blindando los intereses y los proyectos concretos de las grandes corporaciones. En Colombia, Petro llama al Comando Sur para defender la Amazonía y Lula se la entrega a los militares para que lo dejen gobernar, porque siguen siendo bolsonaristas, eso no cambia de un día al otro. Y aquí aparecen las debilidades de los progresismos: se adaptan al sistema en vez de enfrentarlo.

Calificáis el Estado realmente existente como “una gran trampa”. ¿Podría deducirse de esta afirmación una cierta equidistancia ante casos como el de Perú, entre el presidente y profesor rural indígena (encarcelado) Pedro Castillo y el actual Gobierno (golpista) de Dina Boluarte (69 muertos en dos meses, como consecuencia de la represión de las protestas)?

- Nunca nada es igual. Detrás de Dina Boluarte están las fuerzas armadas, el empresariado legal e ilegal, Estados Unidos y la derecha peruana. Han impuesto una dictadura institucional, apoyada por el Congreso que fue elegido “democráticamente”, el poder judicial y las diversas instituciones de un Estado colonial.

Pero Pedro Castillo nunca hizo lo que prometió hacer en su campaña, por el contrario negoció con el nuevo capital ilegal emergente (oro, drogas, tráfico de personas), y le dio la espalda a las bases que lo eligieron.

La pregunta es: ¿Pudo haber hecho otra cosa en el Perú patriarcal-colonial del que forma parte? Si hubiera intentado cambios de fondo, uno sólo, el parlamento lo hubiera echado en cuestión de minutos. Por eso decimos que el Estado hoy no es el camino para procesar cambios.

- “El aparato estatal ha sido secuestrado por el capital financiero comandado por el 1%, que utiliza sin el menor rubor el narcotráfico y el paramilitarismo para destruir a los movimientos anti-sistémicos”, se destaca en el texto; ¿es esta afirmación incompatible con el objetivo manifestado por Lula da Silva en el discurso de investidura: rescatar del hambre a 33 millones de personas?

- Por curioso que parezca, se puede reducir la pobreza sin tocar las redes del capital financiero: el narco-paramilitarismo, los militares y las iglesias pentecostales. Todo el Plan Bolsa Familia en sus dos primeras presidencias, involucraba apenas el 0,5% del presupuesto del Estado, y en muchos casos hubo alimentos donados por empresas interesadas en difundir alimentos con organismos genéticamente modificados, y por la cooperación internacional.

El problema de Lula vuelve a ser el mismo, como si la historia se hubiera detenido en 2003: presentar el combate al hambre como una medida anti-neoliberal. Nada de eso. Es necesario combatir el hambre, pero no siguiendo las recetas del Banco Mundial que fue el inventor de la propuesta con políticas sociales focalizadas, sino con cambios estructurales.

Esos cambios deben frenar el avance del agronegocio, de la minería, de la destrucción de la vida, de la Amazonia y de otras zonas intermedias. Pero eso no lo puede hacer el Estado, sino los campesinos, los indígenas, los pueblos negros y mestizos, los que verdaderamente quieren y pueden hacerlo. Durante el gobierno de Bolsonaro la principal resistencia provino de los indígenas, que son el 2% de la población, no de las organizaciones estadocéntricas como los sindicatos.

Utilizáis en el libro la expresión “Estados para el despojo”. ¿Se podría aplicar a proyectos de infraestructuras como el Tren Maya, promovido por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, y a las resistencias del movimiento zapatista?

- Totalmente. El despojo en México son esas obras que mencionas, pero además los 300 mil muertos y 100 mil desaparecidos. Porque para despojar, para robar, es necesario atacar a los pueblos y a las personas que viven en los territorios que el capital desea reconvertir para su beneficio.

Lo interesante es que hoy en México la resistencia gira no sólo en torno al zapatismo, sino a un Congreso Nacional Indígena cada vez más protagonista y a multitud de colectivos rurales y urbanos, indígenas y no indígenas, que están muy activos, con mucha claridad de lo que está sucediendo que no es sino la masiva y maciza militarización del país por el gobierno de López Obrador.

- ¿Crees que son posibles los cambios o disminuir, durante la presidencia de Gabriel Boric, la violencia del Estado de Chile contra la población indígena mapuche? ¿Puede en este caso aplicarse el concepto de “neoliberalismo extractivista”?

- Todo lo contrario. Boric ha militarizado Wall Mapu con mayor intensidad que cualquier gobierno anterior desde 1990. Uno podría pensar que un gobierno de izquierda iba a disminuir la militarización y abrir espacios de negociación, pero es todo lo contrario. Tanto en Chile como en Argentina, ambos gobiernos progresistas, la ofensiva anti mapuche es muy fuerte.

Hay dos razones. Una, que la derecha y gran parte de la sociedad, influidas por el empresariado forestal, uno de los más poderosos en Chile, han tomado al pueblo mapuche de rehén, porque su lucha es frontal contra las plantaciones de pinos que los ahogan.

La segunda es la potencia del pueblo mapuche, que ha realizado 500 recuperaciones de tierras desde 2019, en plena pandemia. Lo más grave para el poder, es el efecto “contagio” de las tomas mapuche hacia pobladores y campesinos no mapuche, que están recuperando tierras que les fueron robadas por las forestales durante la dictadura de Pinochet.

Boric, el Frente Amplio y el Partido Comunista tomaron partido por los empresarios frente al pueblo mapuche y a los campesinos. Esto es muy grave, pero el resultado está a la vista: su gobierno tiene apenas el 28% de respaldo, a menos de un año de haber asumido. El peor desempeño que se recuerda.

- El actual presidente de El Salvador, el derechista Nayib Bukele, ha inaugurado una macrocárcel con el fin de recluir a jóvenes pandilleros (la mayor prisión de América Latina, según fuentes gubernamentales). ¿Cómo se inserta este gran penal en la caracterización del Estado que se hace en el libro?

- El caso de Bukele es patético porque viene de la izquierda, del Frente Farabundo Martí (FMLN), partido por el que fue alcalde de San Salvador cuando apenas tenía 34 años. Ahora es un presidente muy controvertido, conservador, militarista y oportunista. Se jacta de haber construido la cárcel más grande del continente en un país con la tasa de prisioneros más alta del mundo.

Desde el punto de vista conceptual, tal vez estemos ante la deriva hacia un Estado Penitenciario, caracterizado por la violación sistemática de los derechos humanos que, en el fondo, es la otra cara del modelo extractivo que depreda la naturaleza y a las personas.

- Por último, ¿Qué referentes actuales destacarías, en el campo popular latinoamericano, de movimientos desde abajo que supongan una alternativa a los partidos/gobiernos progresistas?  

- Los pueblos originarios, en el primer y más destacado lugar, en todos los rincones de este continente. Pero cada vez más los campesinos y los pueblos negros, porque todos ellos son los que más están sufriendo las consecuencias del neoliberalismo. Digamos que están en el frente donde aparecen las retroexcavadoras, la guerra química del glifosato y las bandas armadas de narcos y paramilitares.

Llama la atención la multiplicación de las autodefensas: guardias indígenas, cimarronas y campesinas en Colombia; rondas campesinas y guardianes de las lagunas en Perú; policías comunitarias y el EZLN en México; comunidades mapuche que asumen la autodefensa, así como pueblos amazónicos en Brasil y Perú.

Estas prácticas, más allá de sus diversidades, nos están hablando de pueblos en movimiento que ya no aceptan la tutela ni la intermediación de los Estados y que, aún llegando a acuerdos puntuales con ellos, no confían y deciden ejercer sus poderes propios y sus autonomías.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

25 de enero de 2021

Con Biden habrá más «revoluciones de color» en América Latina

Raúl Zibechi

Si el mandato de Trump fue abominable, el de Biden no lo será menos. Recordemos la guerra en Siria, la liquidación de la primavera árabe y la invasión de Libia, promovidas y gestionadas por el equipo que ahora retorna a la Casa Blanca.

Las formas cambian, pero el fondo sigue siendo el mismo. En vez del muro, las restricciones a los inmigrantes y el discurso ultra de Donald Trump, vendrán las declaraciones correctas sobre la democracia, las mujeres y los afrodescendientes de Joe Biden. En vez del militarismo descarnado, las revoluciones de color ideadas por la Open Society de Soros para promover cambios de régimen que favorezcan sus intereses.

La pista la dio Thomas Shannon el primero de enero en una carta abierta en medios brasileños. Shannon fue embajador de Estados Unidos en Brasil en el gobierno de Obama y había sido subsecretario para Asuntos del Hemisferio Occidental con George W. Bush.

La carta de Shannon titulada La delicada verdad sobre una vieja alianza fue publicada en la revista Crusoé (https://bit.ly/2LLldiB), que funge como periodismo independiente, antibolsonarista ahora, pero cuyos fundadores jugaron un papel destacado en el proceso contra Lula que desembocó en su reclusión y en la destitución de Dilma Rousseff, operando entonces desde el influyente sitio El Antagonista (oantagonista.com).

Shannon comienza su carta asegurando que la relación entre Brasil y Estados Unidos es una de las piezas fundamentales de la diplomacia en el siglo XXI. Repasa luego las similitudes entre sus sociedades, para rematar que el presidente electo (Biden) conoce bien Brasil y América Latina, asegurando que ningún presidente estadounidense comenzó su mandato con tal conocimiento y experiencia en la región.

En la segunda parte de su misiva, Shannon emprende un feroz ataque al gobierno de Jair Bolsonaro, porque ha hecho casi todo lo posible para complicar la transición en la relación bilateral, al expresar su preferencia por Trump en las recientes elecciones y por haber criticado a Biden, quien pidió en un debate una acción más enérgica de Brasilia contra la deforestación.

Para Shannon es inadmisible que Bolsonaro haya repetido las infundadas acusaciones de fraude del presidente Trump en los comicios estadounidenses, ya que lo interpreta como un ataque a la democracia de Estados Unidos y al futuro gobierno de Biden.

Pero lo más grave empieza después. Shannon le dice al gobierno lo que debe hacer en tres aspectos (la pandemia, el cambio climático y la posición ante China respecto a las redes 5G) y luego amenaza. Es algo que no se perdonará fácilmente ni se olvidará, remata el diplomático.

Algunos podrán alegrarse, incluso en la izquierda, de que el nuevo gobierno de Estados Unidos le baje el pulgar a Bolsonaro. Por mi parte, tanto el silencio del Partido de los Trabajadores de Brasil como del propio Lula, muestran las dificultades de la izquierda frente al viraje en curso en la Casa Blanca.

No se trata de Jair Bolsonaro, sino de nuestros países, de la soberanía de las naciones. El presidente de Brasil debe ser condenado y apartado por su propio pueblo. Ha hecho todos los méritos para que la sociedad se movilice para destituirlo. Pero que desde el imperio amenacen con nuevas revoluciones de color es una pésima noticia. Podrán atacar ahora gobiernos de ultraderecha, pero seguirán con todo lo que se les ponga en su camino, sea conservador o progresista.

La operación de derribar a Bolsonaro cuenta ya con un considerable apoyo mediático e institucional. La Orden de Abogados de Brasil, que jugó sucio contra Lula y pidió la destitución de Dilma (https://bbc.in/3soJjAA), está promoviendo ahora la destitución de Bolsonaro. Su presidente, Felipe Santa Cruz, declaró que el ritmo del proceso será dictado por presión de las calles, llamando, de hecho, a la movilización popular (https://bit.ly/3q5ntQS).

Para la derecha democrática, ésa que apuesta a la defensa del medio ambiente con medidas cosméticas, que engalana el gabinete de Biden con mujeres y afrodescendientes, pero sigue sosteniendo la violencia policial/patriarcal, llegó el momento de ponerle freno a la ultraderecha. Los bolsonaristas hicieron el trabajo sucio contra la izquierda, pero ya no le son útiles. Igual que Trump.

Para comprender este viraje basta con recordar las guerras centroamericanas, donde el Pentágono apoyó primero los genocidios militares para luego promover opcionescentristas, como las democracias cristianas, para recomponer el escenario ante el fuerte desgaste de los golpistas de Guatemala y El Salvador.

Si el mandato de Trump fue abominable, el de Biden no lo será menos. Recordemos la guerra en Siria, la liquidación de la primavera árabe y la invasión de Libia, promovidas y gestionadas por el equipo que ahora retorna a la Casa Blanca.

En América Latina, las destituciones ilegítimas (golpes dicen otros) de Manuel Zelaya (2009), de Fernando Lugo (2012) y de Dilma Rousseff (2016), se produjeron bajo el gobierno progre de Barack Obama (2009-2017). No olvidemos a Trump. Pero tampoco que, de la mano de Biden, retornan personajes nefastos como Victoria Nuland, organizadora del golpe y la posterior guerra en Ucrania.

9 de junio de 2018

Raúl Zibechi: Los varones y el feminismo: El lugar de la incertidumbre

Raúl Zibechi

¿Hubo en la historia de la humanidad algún grupo social que abandonara voluntariamente sus privilegios?

Quien piense o sienta que los varones no tenemos ningún privilegio respecto de las mujeres (o quien crea, por ejemplo, que los blancos no tenemos privilegios respecto de los negros) puede abandonar la lectura en este punto, porque estas líneas no están dirigidas a ellos, o ellas. Quien siga adelante, sepa que está ante un texto crítico pero, sobre todo, autocrítico.

El primer paso para cambiar algo es asumirlo. Ningún alcohólico, ningún adicto a cualquier otro tipo de droga, puede dejar la adicción si no reconoce que tiene un problema. O sea, si no siente, “en el alma y en cuerpo”, que el consumo está produciendo un daño que sólo se puede resolver trabajando muy duro para superarlo.

Asumirse como opresor no es nada fácil. En particular para las personas que somos de izquierda, que desde tiempos muy remotos nos pronunciamos contra todo tipo de opresiones: de clase, de raza, de sexo, de generación, por convicciones religiosas o ideológicas, entre otras.

No creo, en absoluto, en ese discurso que dice que el patriarcado y el machismo nos oprimen a todos, también a los varones. No es cierto. Es apenas un discurso políticamente correcto, que es una de las peores formas de abordar estas cuestiones que no son teóricas (por lo cual no voy a apelar a intelectuales), sino afectivas, de piel, de sensibilidad. Argumentos hay para todo, y ahora aparecen los macho-izquierdistas, algunos radicales, que crearon ese mediocre adjetivo de “feminazis”, que habla más de ellos que de las feministas.

Dos son las cuestiones que deberíamos reflexionar, creo, los varones. Primero, lo que nos incomoda del empoderamiento de las mujeres, los porqués de esa incomodidad que, en ocasiones, resulta desconcertante por desafiante. La segunda consiste en el papel o lugar que podemos asumir quienes nos sentimos afines al feminismo o a la emancipación de las mujeres.  

EL ESCUPITAJO EN LA CARA.

 Muchos amigos varones dicen que no entienden la agresividad de las mujeres que se insurgen, incluso de sus amigas y compañeras, ya que la consideran “irracional”. Por ejemplo, cuando al saludarlas se descuelgan con un “Hola, linda”. “No me digas eso” es, como mínimo, la respuesta airada. El tipo, los tipos, nos quedamos perplejos. Como cuando nos reprenden por decir “negrito” a un negro, un apelativo supuestamente cariñoso pero profundamente racista.

En una ocasión discutimos largo rato con un amigo sobre las posibles razones de esa “irritabilidad” femenina. Una mujer joven que llegó hasta donde estábamos (un sindicato o un centro social), pasó por una sucesión casi interminable de acosos: frases groseras en la calle, tocamientos de nalgas en los ómnibus, miradas soeces, y muchas otras que los varones apenas imaginamos. Por no mencionar violencias, incluso dentro de la familia, de parte de hermanos, padres, padrastros, tíos, primos…

“Esa mujer –seguimos razonando– nos saluda y escucha ese ‘Hola, linda’, que desborda el vaso de la paciencia, precisamente porque se supone llegaba a un espacio que es solidario.” Es molesto que te manden a la mierda, que te pidan silencio o te hagan el vacío. Pero, ¿existe alguna otra actitud realmente posible?

Nunca en la historia los oprimidos se han puesto de pie luciendo gestos amables y ademanes corteses. La norma ha sido la transgresión rebelde y la bronca, que se desliza hacia la furia cuando del otro lado aparecen la intolerancia y la violencia. Se suela acusar a las feministas de extremas, de radicales o, con mucha razón, de intolerantes. ¿Por qué habrían de tolerar el acoso y la violencia?

Al lugar que pretendo llegar es al incómodo escupitajo en la cara de quienes se ponen de pie, con esos modales que no son precisamente fáciles de aceptar por quienes nos sabemos, o no, opresores. Creo además, por mi experiencia con comunidades indígenas y en favelas cariocas, que el acoso más molesto es el que proviene de nuestros “compañeros” de izquierda, porque en su discurso dicen, decimos, lo contrario.

A los varones de izquierda, que supongo serán los que lean este semanario, quisiera recordarles que, en la carta de despedida a sus hijos, el Che escribió: “y sobre todo sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”.

El Che nunca fue feminista. Ni siquiera podría decir que era antipatriarcal o sensible a la emancipación de las mujeres. Menos aun a la defensa de gays y lesbianas. Era un hombre de su tiempo, lo que no justifica en absoluto su insensibilidad frente a ciertas opresiones. Los revolucionarios pertenecieron al bando de los opresores. Como quien escribe estas líneas, y seguramente muchos de los que las leen.  

LOS VARONES ANTIPATRIARCALES.

 Me parece saludable que haya varones que acudan a los actos y manifestaciones del 8 de marzo, que participen en las Alertas Feministas cada vez que una mujer es asesinada por violencia de género, y así. Creo que está bien y es necesario.

Pero desconfío profundamente de los varones que se dicen feministas y antipatriarcales, aunque por cierto no es lo mismo. Porque el problema comienza precisamente en ese momento. ¿Cómo acompañar? ¿Desde qué lugar y con qué actitud?

Lo primero es dejar cualquier protagonismo, ablandar el ego. Eso nos dice que cuando participamos en esas actividades de mujeres no vamos a ocupar un lugar central, ni arriba de la tarima (ahora las mujeres tienden a rechazar las tarimas-púlpitos porque de algún modo reproducen el patriarcado). Caminar al final de la marcha, o a los lados. O quedarse en casa cuidando a nuestros hijos o los hijos de amigas, cocinando o limpiando.

La segunda cuestión es resistir la tentación de la “bajada de línea”, de saber ya cuál es el lugar que nos corresponde a los varones que no queremos reproducir la violencia machista pero tampoco el lugar del patriarca. “¿Cómo hacer para no volverse fascista incluso cuando (sobre todo cuando) uno se cree un militante revolucionario?”, escribió Michel Foucault en “Introducción a la vida no fascista”.(1)

Es todo un programa que hace balance, macro y micro, de un siglo de socialismo real. Es una pregunta sin respuesta, o con respuestas apenas parciales. Nos invita a ocupar el lugar del no saber, de la incertidumbre, de la crisis personal y política. Porque no se sale del lugar del macho sin atravesar una profunda crisis de identidad, dolorosa, porque nos educaron en eso.

Los varones antipatriarcales (una categoría más que dudosa) deberíamos tomar muy en cuenta la pregunta de Foucault. Primero porque no sabemos qué es eso de ser antipatriarcal. Puedo decir lo que no es (no golpearás, no acosarás, no humillarás, etcétera). Pero no puedo decir cuál es el nuevo lugar. La tentación de juzgar a los machistas es la peor, porque nos coloca como administradores de nuevos panópticos.

El lugar del no saber, el no saber qué lugar, siento que debe ser mantenido durante un tiempo más o menos prologando, el suficiente para no congelar una nueva identidad, o un nuevo lugar. Porque la incertidumbre, el caminar a tientas en la oscuridad, permite desarrollar sensibilidades y sobre todo sentidos atrofiados por décadas (siglos) de opresiones.

Un mundo pospatriarcal pasa por el empoderamiento de las mujeres. Los modos como acompañemos este proceso son inciertos. La única certeza es la necesidad de remodelar el ser varón, que pasa básicamente por dejarnos afectar, para sentir-nos de otros modos. Es un arte, no una línea política, siempre imperfecta.

(1) En El anti-Edipo, de Gilles Deleuze y Félix Guattari.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

15 de octubre de 2017

El fin de las sociedades democráticas en América Latina

Raúl Zibechi

Escena 1: Semanas atrás en un   centro cultural de la localidad de Munro, en la zona norte de Buenos Aires, se presentó la Orquesta Típica Fernández Fierro, una de las más potentes bandas de tango de la actualidad argentina. En cierto momento, cerca del final del recital, uno de los 13 músicos tomó el micrófono para decir: Queremos que aparezca Santiago Maldonado.

La mitad del público, de unas 500 personas, se retiró del local con gritos e insultos contra los músicos. Salieron de golpe, como si hubiera un resorte en las butacas, según uno de los miembros de la banda. Entre los improperios llegaron a escuchar algo que los dejó perplejos: Ustedes rompieron todo y nosotros tenemos que pagarlo (goo.gl/A1gu6b). Esa brutal reacción se produjo porque pidieron por la vida de un joven solidario con los mapuche desaparecido por la Gendarmería.

Escena 2: La exposición Queermuseu-Cartografías de la Diferencia en el Arte Brasileño, que llevaba un mes en cartelera en el centro Santander Cultural en Porto Alegre, fue cancelada por el banco que la auspiciaba por el vendaval de reproches que recibió en las redes sociales. Los críticos acusaban a la muestra artística de blasfemia y de apología de la zoofilia y la pedofilia (goo.gl/kDnZiq).

Se trataba de 270 obras de 85 artistas que defienden la diversidad sexual. Las críticas provinieron básicamente del Movimiento Brasil Libre (MBL) que jugó un papel destacado en la caída del gobierno de Dilma Rousseff, convocando manifestaciones con millones de participantes. Como señala la crónica, se trata de un grupo conservador nacido en 2014 que ha venido cobrando fuerza con el giro de la sociedad brasileña a la derecha.

En un comunicado, Santander llamó a reflexionar sobre los retos a los que nos debemos enfrentar en relación con las cuestiones de género, diversidad y violencia, entre otras cosas. Pero la amenaza de boicot por el MBL pudo más que cualquier razonamiento.

Puede imaginarse el nivel de agresividad que soportan los sectores populares, si un banco multinacional y una orquesta célebre son acosados de ese modo. En este punto quisiera reflexionar sobre lo que considero como la erosión de las bases culturales y políticas de las democracias, ante la brutal polarización social que se vive en los principales países de la región.

El primer punto consiste en observar la profunda grieta social existente, que se agrava con el modelo extractivo y la cuarta guerra mundial en curso. Una parte de las sociedades optó por atrincherarse en sus privilegios, de color y de clase, que se resumen en vivir en barrios consolidados donde no les falta el agua y las viviendas son seguras. Este sector abarca a la mitad de la población, la que tiene acceso a la educación y la salud porque puede pagarlas, los que tienen empleos medianamente bien remunerados pero sobre todo estables, los que pueden viajar incluso en aviones, dentro o fuera de sus países. Son las y los ciudadanos que tienen derechos y son respetados como seres humanos.

El segundo punto es que la democracia electoral tiene sentido sólo para ese sector, aunque no sean los únicos que acuden a las urnas. Pueden elegir a los candidatos que los representan, que suelen ser de su mismo color de piel (en general varones blancos), que tienen estudios universitarios, son reconocidos y estimados por los medios de comunicación, que les abren generosamente sus espacios.

No es cierto que no exista democracia en América Latina. Es una democracia a la medida de la parte integrada de la población. Estamos ante dos sociedades que no se reconocen. Los medios argentinos sostienen que quienes preguntan por el paradero de Santiago Maldonado nos han declarado la guerra. O peor, grandes medios que se dicen respetuosos de la democracia, asimilan a los mapuche con el Estado Islámico (goo.gl/t3GQRm).

El tercer punto es la retroalimentación entre poder político y sociedad. Se suele argumentar que esta parte derechista y conservadora de la sociedad toma la ofensiva cuando las derechas son gobierno. En parte, es cierto. Pero también es verdad que el activismo de ese sector es el que ha llevado a las derechas a los gobiernos, sobre todo en Brasil y Argentina.

Pienso que es necesario preguntarse porqué emergió una nueva derecha capilar tan reaccionaria, tan incapaz de dialogar, que ha desgarrado el tejido social, desde Estados Unidos hasta Sudamérica. Trump es la consecuencia, no la causa.

La causa está en el modelo extractivo y la cuarta guerra mundial. Cuando el modelo ha sido administrado por el progresismo, esa derecha emerge incluso con mayor intransigencia, porque detesta a los pobres con los que a menudo debe compartir sus espacios. Podemos decir que estamos ante unas clases medias funcionales a la cuarta guerra mundial, dispuestas a aplastar a los de abajo sin miramientos.

El cuarto punto, finalmente, somos nosotros, los que queremos derrotar al capitalismo pero no sabemos bien cómo hacerlo. Lo primero es tener claro que el sistema se está desintegrando y una de sus consecuencias es la ruptura de la sociedad.

Los de arriba y los del medio se protegen; los de abajo no tenemos lugar en sus escuelas ni en sus hospitales, ni en sus medios ni en sus urnas. Esto no quiere decir que no reclamemos, no exijamos, no negociemos.

Cuando reclamamos podemos hacerlo porque realmente esperamos que nos van a dar lo que nos corresponde, o como pedagogía política, para mostrarle a los nuestros los límites del sistema. Porque sí existe un nosotros y un ellos, como siempre lo tuvieron claro los obreros industriales hasta, digamos, el último tercio del siglo pasado.

Si llegamos a la conclusión que ya no existe una sociedad de derechos, nuestras estrategias deben adaptarse a esta nueva realidad. Debemos crear nuestra estrategia, con nuestras reglas de juego en nuestros territorios, porque las bases sociales y materiales de las democracias han sido erosionadas por este modelo de guerra y despojo.

7 de agosto de 2017

"Carnicería americana": EE.UU. consumido por las drogas

Raúl Zibechi

La crisis sanitaria que emerge en Estados Unidos es apenas la punta del iceberg de problemas mucho más profundos y de carácter estructural. Dos de ellos parecen insoslayables: la hegemonía del capital financiero y la ambición por mantenerse en el primer lugar en el mundo mediante el uso y abuso de su poder militar.

Aunque es un tema bien conocido, la máxima autoridad económica estadounidense, Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal, alertó que la epidemia de muertes por drogas está trastocando el mercado laboral al punto que las industrias no encuentran personal calificado para cubrir vacantes.

Yellen compareció ante el Senado de los EEUU a mediados de julio, donde afirmó que "la industria manufacturera tiene dificultad para dar con aspirantes con la preparación adecuada para desempeñar sus funciones" aunque, paradójicamente, el sector capacitado de la población "no se moviliza porque los salarios son bajos".

La tasa de participación laboral de los estadounidenses se encuentra al mismo nivel que en la década de los 70, hace casi medio siglo, en gran medida por "la adicción de los jóvenes en edad de trabajar a los opiáceos".

La funcionaria encontró tres razones para esa verdadera epidemia, que mata más personas que el pico del sida, alcanzado en 1995. Los jóvenes consumidores no se forman porque abandonan sus estudios. En segundo lugar, el consumo de opiáceos y otras drogas los apartan cada vez más del mercado de trabajo. En tercero, se registra una elevada tasa de suicidios y muertes por sobredosis, en gran medida por depresiones, en regiones que sufren problemas económicos y desocupación.

En 2014 hubo 1,3 millones de personas que necesitaron asistencia médica por consumo de medicamentos con receta y opiáceos, lo que representa el doble que en 2005. En referencia a lo que se considera una epidemia de drogadicción, que castiga especialmente a las personas en un grupo de edad entre los 25 y los 44 años, Yellen dijo que le resulta "extremadamente insólito", porque "EEUU es la única nación avanzada en la que hemos visto algo así".

Un extenso informe de The New York Times del mismo mes sostiene que las muertes por sobredosis son la primera causa de defunciones entre los menores de 50 años, y constata que siguen creciendo a un ritmo infernal: 19% entre 2015 y 2017. En la década de los 80, las muertes por sobredosis de drogas oscilaban entre 6.000 y 7.000 personas por año, trepando ocho veces hasta rozar las 60.000 que se estiman para 2017.

Lo más curioso es la percepción que las elites estadounidenses tienen sobre el tema, al que el New York Times considera "una plaga moderna", con la carga de miedos y temores que caen sobre una nación que desde siempre teme repetir las causas de lo que hace dos milenios provocó la "decadencia del Imperio Romano".

"En Ohio, que presentó una demanda la semana pasada acusando a cinco compañías farmacéuticas de fomentar la epidemia de opiáceos, estimamos que las muertes por sobredosis aumentaron en más del 25% en 2016", sostiene el periódico.

La droga más mortífera en este momento, sobre todo en estados donde la desindustrialización hizo estragos como Ohio, es el fentanilo y el carfentanilo, un tranquilizante 5.000 veces más potente que la heroína. Más de dos millones de personas dependen de los opiáceos legales y otros 95 millones de analgésicos recetados en 2016. En algunos condados, las reuniones de Narcóticos Anónimos están repletas de abogados, contadores y jóvenes profesionales con alto nivel educativo.

Se trata de un país que con el 5% de la población consume el 80% de los opiáceos farmacológicos del mundo. El Gobierno de Donald Trump ha creado una comisión para debatir medidas contra la epidemia de drogadicción, a la que ha definido como un problema del mismo nivel que el crimen y las pandillas, a las que denomina "la carnicería americana".

Los medios, los políticos y el empresariado estadounidense parecen rehuir la relación entre la epidemia de muertes por sobredosis y el modelo económico y social impuesto desde la década de los 80. En el mismo período en que se produjo el crecimiento exponencial del consumo de opiáceos, la riqueza del 1% se elevó hasta niveles inéditos, mientras los ingresos de la clase media blanca se derrumbaron.


Millones de adictos comenzaron por el consumo de tranquilizantes en la década de los 90, cuando empezaron a sentirse las primeras consecuencias del modelo neoliberal. Los opiáceos de prescripción legal son un inmenso negocio para las farmacéuticas. En los últimos 15 años las recetas de estos medicamentos contra el dolor se han triplicado, pero el 75% de los heroinómanos empezó con esos analgésicos.

Se trata de personas con sus vidas y familias destrozadas, ya que al perder sus puestos de trabajo en la vieja industria fordista, reconvertida con la automatización y luego con la robotización de la cuarta revolución industrial, no pudieron reciclarse a los nuevos empleos altamente tecnificados. Nadie los ayudó, en un país individualista donde surgen voces que piden que se deje morir a los drogadictos sin atenderlos, como ya sucede con las autoridades de algunos condados de Ohio.

La crisis sanitaria que emerge en Estados Unidos es apenas la punta del iceberg de problemas mucho más profundos y de carácter estructural. Dos de ellos parecen insoslayables: la hegemonía del capital financiero y la ambición por mantenerse en el primer lugar en el mundo mediante el uso y abuso de su poder militar.

El capital financiero siempre existió, pero sólo se vuelve dominante cuando la economía real, la producción de mercancías, es desplazada por la especulación, signo inequívoco de la decadencia de las naciones. Los propietarios del capital dejan de confiar en inversiones de largo plazo y apuestan por ganancias inmediatas en el casino de la especulación, convirtiendo a las bolsas de valores en parte del mecanismo especulativo.

EEUU muestra varias fracturas que tienden a crecer. Al viejo conflicto social que afecta a la población negra se suma la actual epidemia de opiáceos, que muestra dos nuevas y tremendas fracturas. Por un lado, la que afecta a las clases trabajadoras y profesionales, como consecuencia del modelo neoliberal. En paralelo, aparece la división geográfica entre la Costa Este, decadente, y la Oeste, más próspera y volcada hacia las nuevas tecnologías. Ambas pueden terminar por hundir al mayor imperio de la historia.

21 de junio de 2017

Se profundiza la dependencia latinoamericana de EE.UU.

Raúl Zibechi

Ocho de los nueve cables submarinos que unen América del Sur con Europa pasan por EEUU. Algo muy grave porque, además, la ciudad brasileña Fortaleza está más cerca de la península Ibérica que de Miami. El noveno es un cable obsoleto y saturado, de modo que el 99% del tráfico de Internet desde Sudamérica es controlado desde Washington.

El dato fue proporcionado por la compañía española Eulalink cuando presentó el proyecto de cable submarino que comenzará a operar en 2018, uniendo Brasil con Sines (Portugal) y Madrid, sin pasar por Estados Unidos. El cable tendrá una gran capacidad, nada menos que 72 Tbps (terabits por segundo), siete veces más que la información que América Latina trasmite actualmente al resto del mundo.

Se trata de un pequeño e insuficiente paso, toda vez que la región presenta un panorama absurdo: un correo electrónico entre Santiago de Chile y Buenos Aires (dos ciudades separadas por 1.400 kilómetros), recorre más de 15.000 kilómetros, primero por el océano Pacífico para llegar a la costa de California, luego atraviesa EEUU hasta Miami y finalmente se hunde en el Atlántico hasta llegar a la capital argentina. En paralelo, la Subsecretaría de Telecomunicaciones de Chile (Subtel) y la compañía Huawei de China, firmaron un acuerdo de pre-factibilidad técnica para el desarrollo de una conexión directa entre Asia y Chile a través de un cable de fibra óptica que unirá China con el país andino a través del Océano Pacífico.

Son pequeños avances en dirección a la independencia en materia de comunicaciones. Hace apenas cinco años la UNASUR había decidido construir un anillo de fibra óptica para permitir la interconexión directa de los países de la región. El objetivo era superar la eterna dependencia económica, política y cultural. Un país como Brasil, que pretende ser una potencia global emergente, vive una grave dependencia en las comunicaciones: el 46% de su tráfico internacional de Internet viene de fuera del país, y de esa cantidad el 90% hace una "parada" (pitstop) en Estados Unidos.

En cuanto a la región en su conjunto, el 80% del tráfico internacional de datos de América Latina pasa por Estados Unidos, el doble que Asia y cuatro veces el porcentaje de Europa. Esto hace que las comunicaciones sean más caras.

El entonces ministro de Industria y Energía de Uruguay, Roberto Kreimerman, señaló luego de la cumbre de UNASUR en Asunción, en 2011, que hay varias razones por las cuales se tomó una decisión de construir el anillo sudamericano: "Los costos actuales son muy elevados ya que en el conjunto de la región lo que se paga a los propietarios de los cables submarinos y las conexiones con los países desarrollados suponen entre el 30 y el 50% del precio final".

La otra razón de peso hace referencia a la soberanía nacional, algo que quedó en evidencia cuando las agencias estadounidenses controlaban las comunicaciones de la presidenta Dilma Rousseff, lo que provocó una crisis diplomática entre ambos países.

El proyecto inicial de UNASUR pasaba por un relevamiento y mapeo de todas las redes existentes en cada uno de los países. Luego se establecieron tres etapas: la conexión de los puntos físicos ubicados en las fronteras, como Argentina, Paraguay, Venezuela Bolivia y Uruguay, y en la siguiente etapa las empresas estatales de comunicaciones, como Telebras de Brasil y Arsat de Argentina, y también las privadas, realizarían el tendido de sus redes. Estaba previsto que el anillo de fibra óptica tuviera una extensión de 10.000 kilómetros y fuera gestionado por las empresas estatales de cada país para que las comunicaciones sean más seguras y baratas. La conexión directa aumentaría la velocidad de conexión entre un 20 y un 30% y sus costos serían menores.

El proyecto implicaba la instalación de varios cables submarinos. Uno de ellos entre Brasil y Estados Unidos, que permite también la conexión con Colombia y Venezuela. Un segundo cable se proponía unir el continente directamente con Europa pasando por Cabo Verde, y un tercero unirá Fortaleza (norte de Brasil) con Angola (África) con una derivación hacia Argentina y Uruguay. La empresa encargada de la construcción de buena parte del anillo óptico era la estatal Eletrobrás y la financiación estaba a cargo del banco de desarrollo BNDES.

Todo esto ha quedado paralizado con la crisis política y los cambios de gobiernos que afectan a los principales países de la región, en particular a Brasil, el país que propuso y diseñó los nuevos tendidos de cables de Internet.

Ahora los pasos que se siguen no son ya de carácter regional sino bilateral, como el caso de Brasil con España y de Chile con China. El gobierno de Michelle Bachelet destacó la importancia que el proyectado puente de comunicación directa entre Asia y Latinoamérica tendrá de cara al desarrollo futuro de las telecomunicaciones en la zona. En 2015 la UNASUR y la Corporación Andina de Fomento llegaron a un acuerdo para construir una "Red de Conectividad Suramericana para la Integración" con una inversión de un millón y medio de dólares. El entonces secretario general de UNASUR, Ernesto Samper, recordó que la velocidad de internet en América del Sur es ocho veces más lenta que la de otros países del mundo, lo que supone una traba para el desarrollo.

Samper también aseguró que la red de conectividad ampliará la seguridad y defensa de la región en el área cibernética. "No es un asunto sobre seguridad física, que afecte a las personas a través de un enfrentamiento armado, ni de cuánto se equipan militarmente los países para defenderse unos de otros; sino de otro tipo de defensa colectiva, como la ciberdefensa", dijo Samper.

Sin embargo, en los dos últimos años no hubo ningún avance consistente en esa dirección. Habrá que esperar que la región supere la crisis política y el viraje conservador, para que se retomen los proyectos que prometían ingresar en una era de independencia en las telecomunicaciones.

8 de noviembre de 2016

Elecciones en EE.UU., Una sociedad desgarrada

Raúl Zibechi

Los más diversos análisis sobre las elecciones estadounidenses coinciden en un punto: la actual campaña electoral ha sido la más polarizada y conflictiva de la historia. Primero fue el enfrentamiento en las primarias del Partido Demócrata entre Bernie Sanders y Hillary Clinton, y luego entre la ex secretaria de Estado y Donald Trump.  

Lo que muestra la campaña electoral es un cuerpo social desgarrado como consecuencia de una política que ha concentrado el poder y la renta en el 1% de la población. Tres décadas de políticas pergeñadas por los neoconservadores están en la base del cisma social, que se traduce en un empobrecimiento de las clases medias, el deterioro de los servicios sociales y de la calidad de vida del 80% de la población. En el plano internacional, son treinta años de guerras de media y alta intensidad para mantener el estatus de superpotencia que, sin embargo, han acelerado la decadencia.  

Los grandes imperios, como enseña la historia, no son derrotados por enemigos externos, sino por el desgaste interior que con el tiempo los conduce al descalabro y los deja inermes ante sus enemigos externos. Estados Unidos no solo sufre las consecuencias de la crisis financiera de 2008, sino de un proceso mucho más destructivo como lo es el persistente deterioro de sus instituciones, de la salud de la población, de la calidad de la educación, de la producción de bienes y servicios, que provocan relaciones crispadas y violentas en la sociedad. 

Algunos indicadores así lo atestiguan. La esperanza de vida viene creciendo por debajo de los demás países desarrollados y hoy Estados Unidos se coloca en el lugar 37 en el ranking mundial, por debajo de la mayoría de los países europeos y también detrás de Chile, Cuba y Costa Rica. Países que partían de niveles inferiores al de la proclamada superpotencia, como los de la Europa mediterránea (Portugal, Grecia y España), la superaron porque cuentan con servicios de salud superiores y hábitos de alimentación más sanos. 

El consumo de drogas duras se ha disparado entre las clases medias, con una fuerte incidencia en las ciudades industriales en decadencia. Las muertes por sobredosis de heroína en Estados Unidos se multiplicaron por cuatro desde 2002, al punto que mueren más personas por sobredosis que por accidentes de tránsito. El cambio más notable ha sido que los nuevos consumidores son, en su inmensa mayoría, blancos, a diferencia de lo que sucedía anteriormente. "Ahora no es como en los sesenta, cuando, al pensar en la adicción a la heroína, pensabas en el gueto, en negros pobres", dicen los profesionales que redactaron el informe de la Escuela de Medicina Boonshoft, en Ohio.  Ahora el consumo de heroína afecta al cinturón industrial del país, donde han cerrado cientos de fábricas y barrios enteros que han quedado abandonados. Según datos oficiales, todos los sectores sociales registraron descensos en sus ingresos, de hasta el 17% entre los más pobres y del 10% en las clases medias, aunque el 1% más rico sigue concentrando la renta. Una de las consecuencias del empobrecimiento generalizado, es que la mitad de la población de 25 años vive con sus padres porque no pueden independizarse, frente a un 25% en 1999. El peso del sector financiero en el PIB se ha duplicado en cinco décadas. 

Pero el dato más estremecedor se relaciona con la salud de los estadounidenses. Un estudio de la Universidad de Princeton, en el que participó el nobel de economía Angus Deaton, asegura que la mortalidad de blancos de mediana edad pertenecientes a la desaparecida clase media, se ha disparado en los últimos 20 años. Medio millón de personas de entre 45 y 54 años murieron por cirrosis, suicidios, alcohol y drogas, una situación inédita que nunca había afectado a grupos demográficos en países desarrollados, con la excepción de la epidemia de sida.  

La tasa de mortalidad de la población blanca de ese tramo de edad, viene descendiendo un 2% anual en los principales países desarrollados, pero en Estados Unidos crece medio punto cada año desde 1998. Las causas hay que buscarlas en el deterioro de la salud física y mental de ese grupo de población que se hace visible en el aumento del dolor crónico que afecta a uno de cada tres blancos de clase media, lo que les imposibilita hacer las tareas diarias, caminar, subir escaleras o tener relaciones con amigos. El desgarro del tejido social que ha provocado la política económica del 1% se está traduciendo en una crisis política que arrastra a las principales institución del país, algo nunca visto en períodos de paz. 

La embajadora india Neelam Deo, directora del 'think tank' Indian Council on Global Relations, escribe: "Estas elecciones demuestran también la caída absoluta de la confianza de la gente en el Gobierno, en las instituciones democráticas y en las corporaciones, porque las empresas fueron rescatadas, los grandes bancos fueron rescatados, pero las personas comunes perdieron sus hogares, después de haber sido engañados con hipotecas".  La desconfianza, dice, abarca a los grandes medios. "Hay una caída más que nunca en la confianza en los medios de comunicación, que se profundizará aún más", destaca Neelam. 

Según el editorial de Global Times de China del 17 de octubre, los principales medios estadounidenses perdieron toda objetividad, ya que "han promocionado fuertemente los comentarios insultantes de Trump contra las mujeres, mientras que solo arañaron la superficie de los escándalos de correos electrónicos de Clinton". El diario comunista asegura que "de los 100 principales diarios del país, 30 dan su apoyo a Clinton y ninguno a Trump. Pero en las dos elecciones anteriores, en 2012 y 2008, el apoyo a los candidatos demócratas y republicanos era de 41:35 y 65:25, respectivamente".  

La crisis social y la política se retroalimentan y todo indica que se va a profundizar en los próximos años. Más allá de quien resulte vencedor el 8 de noviembre, el daño ya está hecho y la crispada campaña electoral no ha hecho más que profundizarlo.

14 de febrero de 2016

"Es el momento más crítico en la historia de la humanidad"

Raúl Zibechi y Agustín Fernández Gabard

En una extensa conversación, Chomsky repasa las principales tendencias del escenario internacional, la escalada militarista de su país y los riesgos crecientes de guerra nuclear. Se detiene en el proceso electoral estadunidense y esboza una reflexión sobre las esperanzas de paz en Colombia.

Estados Unidos fue siempre una sociedad colonizadora. Incluso antes de constituirse como Estado estaba eliminando a la población indígena, lo que significó la destrucción de muchas naciones originarias, sintetiza el lingüista y activista estadunidense Noam Chomsky cuando se le pide que describa la situación política mundial. Crítico acérrimo de la política exterior de su país, sostiene que desde 1898 se volcó hacia el escenario internacional con el control de Cuba, a la que convirtió esencialmente en colonia, para invadir luego Filipinas, asesinando a un par de cientos de miles de personas.

Continúa hilvanando una suerte de contrahistoria del imperio: Luego le robó Hawai a su población originaria, 50 años antes de incorporarla como un estado más. Inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial Estados Unidos se convierte en potencia internacional, con un poder sin precedente en la historia, un incomparable sistema de seguridad, controlaba el hemisferio occidental y los dos océanos, y naturalmente trazó planes para tratar de organizar el mundo a su antojo.

Acepta que el poder de la superpotencia ha disminuido respecto al que tenía en 1950, la cima de su poder, cuando acumulaba 50 por ciento del producto interno bruto mundial, que ahora ha caído hasta 25 por ciento. Aun así, le parece necesario recordar que Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso del mundo, y a nivel militar es incomparable.

Un sistema de partido único

En algún momento Chomsky comparó las votaciones en su país con la elección de una marca de pasta de dientes en un supermercado. El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, con dos facciones, demócratas y republicanos, proclama. Pero cree que ya no es posible seguir hablando de esas dos viejas colectividades políticas, ya que sus tradiciones sufrieron una mutación completa durante el periodo neoliberal.

Están los republicanos modernos que se hacen llamar demócratas, mientras la antigua organización republicana quedó fuera del espectro, porque ambas partes se desplazaron a la derecha durante el periodo neoliberal, igual que sucedió en Europa. El resultado es que los nuevos demócratas de Hillary Clinton han adoptado el programa de los viejos republicanos, mientras éstos fueron completamente desplazados por los neoconservadores. Si usted mira los espectáculos televisivos donde dicen debatir, sólo se gritan unos a los otros y las pocas políticas que presentan son aterradoras.

Por ejemplo, destaca que todos los candidatos republicanos niegan el calentamiento global o son escépticos, que si bien no lo niegan dicen que los gobiernos no deben hacer algo al respecto. Sin embargo el calentamiento global es el peor problema que la especie humana ha enfrentado jamás, y estamos dirigiéndonos a un completo desastre. En su opinión, el cambio climático tiene efectos sólo comparables con la guerra nuclear. Peor aún, los republicanos quieren aumentar el uso de combustibles fósiles. No estamos ante un problema de cientos de años, sino de una o dos generaciones.

La negación de la realidad, que caracteriza a los neoconservadores, responde a una lógica similar a la que impulsa la construcción de un muro en la frontera con México. “Esas personas que tratamos de alejar son las que huyen de la destrucción causada por las políticas estadunidenses.

En Boston, donde vivo, hace un par de días el gobierno de Obama deportó a un guatemalteco que vivió aquí durante 25 años; tenía una familia, una empresa, era parte de la comunidad. Había escapado de la Guatemala destruida durante la administración Reagan. En respuesta, la idea es construir un muro para prevenirnos. En Europa es lo mismo. Cuando vemos que millones de personas huyen de Libia y de Siria a Europa, tenemos que preguntarnos qué sucedió en los últimos 300 años para llegar a esto.

Invasiones y cambio climático se retroalimentan

Hace apenas 15 años no existía el tipo de conflicto que observamos hoy en Medio Oriente. Es consecuencia de la invasión estadunidense a Irak, que es el peor crimen del siglo. La invasión británica-estadunidense tuvo consecuencias horribles, destruyeron Irak, que ahora está clasificado como el país más infeliz del mundo, porque la invasión se cobró la vida de cientos de miles de personas y generó millones de refugiados, que no fueron acogidos por Estados Unidos y tuvieron que ser recibidos por los países vecinos pobres, a los que se encargó recoger las ruinas de lo que nosotros destruimos. Y lo peor de todo es que instigaron un conflicto entre sunitas y chiítas que no existía antes.

Las palabras de Chomsky recuerdan la destrucción de Yugoslavia durante la década de 1990, instigada por Occidente. Al igual que Sarajevo, destaca que Bagdad era una ciudad integrada, donde los diversos grupos culturales compartían los mismos barrios, se casaban miembros de diferentes grupos étnicos y religiones. La invasión y las atrocidades que siguieron instigaron la creación de una monstruosidad llamada Estado Islámico, que nace con financiación saudita, uno de nuestros principales aliados en el mundo.

Uno de los mayores crímenes fue, en su opinión, la destrucción de gran parte del sistema agrícola sirio, que aseguraba la alimentación, lo que condujo a miles de personas a las ciudades, creando tensiones y conflictos que explotan apenas comienza la represión.

Una de sus hipótesis más interesantes consiste en cruzar los efectos de las intervenciones armadas del Pentágono con las consecuencias del calentamiento global.

En la guerra en Darfur (Sudán), por ejemplo, convergen los intereses de las potencias con la desertificación que expulsa poblaciones enteras de las zonas agrícolas, lo que agrava y agudiza los conflictos.Estas situaciones desembocan en crisis espantosas, como sucede en Siria, donde se registra la mayor sequía de su historia que destruyó gran parte del sistema agrícola, generando desplazamientos, exacerbando tensiones y conflictos, reflexiona.

Aún no hemos pensado detenidamente, destaca, sobre lo que implica esta negación del calentamiento global y los planes a largo plazo de los republicanos que pretenden acelerarlo: Si el nivel del mar sigue subiendo y se eleva mucho más rápido, se va a tragar países como Bangladesh, afectando a cientos de millones de personas. Los glaciares del Himalaya se derriten rápidamente poniendo en riesgo el suministro de agua para el sur de Asia. ¿Qué va a pasar con esos miles de millones de personas? Las consecuencias inminentes son horrendas, este es el momento más importante en la historia de la humanidad.

Chomsky cree que estamos ante un recodo de la historia en el que los seres humanos tenemos que decidir si queremos vivir o morir: “Lo digo literalmente. No vamos a morir todos, pero sí se destruirían las posibilidades de vida digna, y tenemos una organización llamada Partido Republicano que quiere acelerar el calentamiento global No exagero –remata– es exactamente lo que quieren hacer”.

A continuación cita el Boletín de Científicos Atómicos y su Reloj del Apocalipsis, para recordar que los especialistas sostienen que en la Conferencia de París sobre el calentamiento global era imposible conseguir un tratado vinculante, solamente acuerdos voluntarios. ¿Por qué? Debido a que los republicanos no lo aceptarían. Han bloqueado la posibilidad de un tratado vinculante que podría haber hecho algo para impedir esta tragedia masiva e inminente, una tragedia como nunca ha existido en la historia de la humanidad. Eso es lo que estamos hablando, no son cosas de importancia menor.

Guerra nuclear, posibilidad cierta

Chomsky no es de las personas que se dejan impresionar por modas académicas o intelectuales; su razonamiento radical y sereno busca evitar furores y, quizá por eso, se muestra reacio a echar las campanas al vuelo sobre la anunciada decadencia del imperio. Tiene 800 bases alrededor del mundo e invierte en su ejército tanto como todo el resto del mundo junto. Nadie tiene algo así, con soldados peleando en todas partes del mundo. China tiene una política principalmente defensiva, no posee un gran programa nuclear, aunque es posible que crezca.

El caso de Rusia es diferente. Es la principal piedra en el zapato de la dominación del Pentágono, porquetiene un sistema militar enorme. El problema es que tanto Rusia como Estados Unidos están ampliando sus sistemas militares, ambos están actuando como si la guerra fuera posible, lo cual es una locura colectiva. Cree que la guerra nuclear es irracional y que sólo podría suceder en caso de accidente o error humano. Sin embargo, coincide con William Perry, ex secretario de Defensa, quien dijo recientemente que la amenaza de una guerra nuclear es hoy mayor de lo que era durante la guerra fría. Chomsky estima que el riesgo se concentra en la proliferación de incidentes que involucran fuerzas armadas de potencias nucleares.

La guerra ha estado muy cerca innumerables veces, admite. Uno de sus ejemplos favoritos es lo sucedido bajo el gobierno de Ronald Reagan, cuando el Pentágono decidió poner a prueba las defensas rusas mediante la simulación de ataques contra la Unión Soviética.

Resultó que los rusos se lo tomaron muy en serio. En 1983 después de que los soviéticos automatizaron sus sistemas de defensa detectaron un ataque de misil estadunidense. En estos casos el protocolo es ir directo al alto mando y lanzar un contraataque. Había una persona que tenía que transmitir esta información, Stanislav Petrov, pero decidió que era una falsa alarma. Gracias a eso estamos acá hablando.

Sostiene que los sistemas de defensa de Estados Unidos tienen errores serios y hace un par de semanas se difundió un caso de 1979, cuando se detectó un ataque masivo con misiles desde Rusia. Cuando el consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, estaba levantando el teléfono para llamar al presidente James Carter y lanzar un ataque de represalia, llegó la información de que se trataba de una falsa alarma. Hay docenas de falsas alarmas cada año, asegura.

En este momento las provocaciones de Estados Unidos son constantes. La OTAN están llevando a cabo maniobras militares a 200 metros de la frontera rusa con Estonia. Nosotros no toleraríamos algo así sucediendo en México.

El caso más reciente fue el derribo de un caza ruso que estaba bombardeando fuerzas yihadistas en Siria a fines de noviembre. Hay una parte de Turquía casi rodeada por territorio sirio y el bombardero ruso voló a través de esa zona durante 17 segundos, y lo derribaron. Una gran provocación que por suerte no fue respondida por la fuerza, pero llevaron su más avanzado sistema antiaéreo a la región, que le permite derribar aviones de la OTAN. Argumenta que hechos similares están sucediendo a diario en el mar de China.

La impresión que se desprende de sus gestos y reflexiones es que si las potencias que son agredidas por Estados Unidos actuaran con la misma irresponsabilidad que Washington, la suerte estaría echada.

Visión sobre Colombia

El lingüista estadunidense Noam Chomsky conoce de primera mano la realidad colombiana. Fiel a su estilo y sus ideas, visitó el país en puntillas, lejos de los focos académicos y mediáticos, para adentrarse en el Cauca, donde los indígenas nasa construyen su autonomía en resguardos y cabildos, con base en sus saberes ancestrales actualizados en medio del conflicto armado.

Parece haber señales positivas en las negociaciones de paz, reflexiona Chomsky. Colombia tiene una terrible historia de violencia desde el siglo pasado, la violencia en los años 50 era monstruosa, reconociendo que la peor parte ha sido la de las operaciones paramilitares. Más recientes son las fumigaciones de Estados Unidos, verdaderas operaciones de guerra química que desplazaron poblaciones campesinas para beneficio de multinacionales.

En consecuencia, Colombia es el segundo país del mundo en desplazados, detrás de Afganistán. Debería ser un país rico, próspero, pero se está rompiendo en pedazos, añade. Por eso, si las negociaciones de paz funcionan, eliminarán algunos de los problemas, no todos. Colombia aun sin el problema de la guerrilla sigue siendo uno de los peores países para los defensores de derechos humanos, para líderes sindicales y otros.

Uno de los peligros que observa en caso de que se firme la paz, sería la integración de los paramilitares en el gobierno, una realidad latente en el país. Así y todo, sostiene que la reducción del conflicto con las FARC sería un gran paso hacia adelante, por eso cree que se debe hacer todo lo posible para contribuir al proceso de paz.