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6 de noviembre de 2021

Ciencia: Ojalá que te mueras

Alejandra Ruiz León

En una nota titulada “Ojalá que te mueras: cómo la pandemia del Covid desató ataques a los científicos”, la revista Nature presentó los resultados de una encuesta realizada a más de 300 científicos con presencia en medios y redes sociales. No se trata de una muestra aleatoria, pues recoge las experiencias de expertos que decidieron participar, sin embargo ilustra la realidad a la que están expuestos muchos especialistas.

Según Nature, de los 300 entrevistados, un 70% ha recibido ataques a su credibilidad y ha presentado estrés emocional o psicológico, daño en su reputación, amenazas físicas o violencia sexual, ataques físicos, entre otros. De este grupo, un 15% indicó haber recibido amenazas de muerte. La mayoría de estas respuestas provienen de expertos en Estados Unidos o Gran Bretaña. Sin embargo, estudios complementarios y casos similares en otros países cuentan una historia similar.

En nuestro país no se ha realizado ningún estudio exhaustivo sobre este tema, por lo que no tenemos cifras concretas de amenazas presentadas a divulgadores científicos y medios especializados, como las realizadas por el grupo La Resistencia al medio Salud con Lupa. Desde nuestra posición como público también podemos notar cuán violentas son las secciones de comentarios en las redes sociales hacia periodistas, divulgadores, médicos, etc.

Como se comprenderá, yo no soy ajena a esta situación, ya que también tengo perfiles en redes sociales en los que comparto información sobre el coronavirus. Es un poco difícil confiar en la percepción personal para conocer el grado de polarización en nuestro país sobre el coronavirus o las vacunas. Desde mi experiencia personal, no he tenido amenazas de muerte, pero asumo que personajes con mayores plataformas tal vez sí las han recibido. Pero esto no significa que no me sienta expuesta: cada vez que veo alguna perfil en redes sociales con contenido extremo sobre las vacunas procedo a bloquearlo, así nunca haya interactuado conmigo. Hago lo mismo si noto que hay cuentas que atacan a otras con un perfil similar a la mía. A veces pienso que exagero, otras pienso “no sé, porsiaca, uno nunca sabe”.

La experiencia personal de cada profesional de la comunicación científica es diferente según el tipo de medio en el que escribe, cuán expuesto está al público, el tipo de contenido que genera, y hasta cuán viral se hace o no una publicación. Para conocer la experiencia de otros, recogí tres testimonios de expertos peruanos con presencia en medios.

Bruno Ortiz es periodista de Ciencia en El Comercio y forma parte de la Asociación Peruana de Periodistas y Comunicadores de Ciencia. Para él, como periodista científico, “los ataques solo se presentaron en redes, y orientados a poner en tela de juicio las informaciones compartidas. Poner en entredicho mi credibilidad. Muy común eran los mensajes del tipo ‘está pasando tal cosa, y ahora cómo lo explicas…’. Generalmente, esto sucedía con las llamadas cuentas troll.”

Bruno considera que algunos ataques son una oportunidad para los negacionistas de la ciencia, quienes provocan debates con figuras conocidas para captar el interés del público y difundir sus supuestas evidencias. Ante esto,  él ha aprendido a dejar pasar estas interacciones o mostrarse indiferente. Para Bruno, “si quien me ataca es alguien que me sigue, lo silencio. No hay nada que afecte más a un troll que la indiferencia (aunque suene a frase de novela). Y es cierto: se aburren y tiran la toalla”.

En mi caso, cuando he recibido comentarios hirientes, me he imaginado cómo sería si pudiera confrontar a esa persona en la vida real. Bruno me cuenta que “la mayoría de gente que es agresiva en redes sociales ‘se baja’ cuando hay un encuentro en persona.” Yo no he podido conocer a nadie así en la vida real —ni quisiera—, pero a veces un simple mensaje privado ha logrado que algún faltoso retroceda diciendo “ah, no pensaba que ibas a responder”, o mejor dicho, “no pensaba que eras una persona real, a la cual no puedo decir lo primero que se me pase por la cabeza.”

Sin embargo, los periodistas no son los únicos que comparten información científica. La pandemia también ha dado gran plataforma al personal médico que se ha convertido en divulgador científico. En el lado de los buenos ejemplos está el doctor Fabrizio Crudo, conocido en redes como Dr. Fit, con 2.4 millones de seguidores en TikTok. Su cuenta es uno de esos espacios en los que las personas pueden tener una conversación cercana con un experto en quien confían para comunicar información validada con experiencia, evidencia médica y con humor.

Cuando le envié la publicación de Nature, me comentó que no sabía si me podía ayudar, puesto que no había recibido ataques de este tipo. Personalmente creo todo lo contrario, puesto que también nos podría ayudar a saber qué tipo de cuentas son escogidas por quienes producen estos ataques.

Como cuenta Fabrizio, “siendo 100% honesto, no he tenido ningún tipo de problema en mi plataforma, lo máximo ha sido uno que otro comentario en desacuerdo con promover la vacunación.” A pesar de esto, reconoce que tener una cuenta tan visible es un trabajo que “requiere tiempo y dedicación, lo cual genera estrés ya que se espera una respuesta inmediata 24/7”. Desde su punto de vista como experto y generador de contenido, es clave tener espacios “donde puedas conversar sin sentirte en la mira, cuando todo el resto del tiempo lo estás” y yo doy fe de esto, puesto que mis redes personales y mi vida fuera de redes son un verdadero respiro.

Sin embargo, otras experiencias son realmente preocupantes. Uno de los puntos de interés en la encuesta de Nature fue si las mujeres expertas recibían más ataques que los hombres. Según Nature y otras investigaciones, no se ha visto una diferencia en número de ataques, pero sí en los tipos de ataques. Por ejemplo, cuando una mujer o una persona perteneciente a una minoría recibe ataques, en muchas ocasiones su género, color de piel o religión son incluidos como parte de ellos.

Como nos cuenta Lilian Morales, licenciada y máster en Inmunología, que lleva la cuenta de Mamivacunas, ella ya no se sorprende ante frases como “¡cómplice de pandemia!, ¡asesina de niños, ¡mi hijo tiene autismo por gente como tú!”. Durante sus tres años de actividad en redes sociales reconoce que la atención negativa “muchas veces resulta agobiante y he aprendido a lidiar con frases perturbadoras de ‘posibles efectos secundarios’ e incluso he recibido imágenes de órganos sexuales ‘mutados’ por las nuevas vacunas contra la Covid-19.”

En este tipo de ataques, Lilian indica que los grupos antivacunas no solo están dirigidos a comunicadores científicos. Ella nos dice: “Un divulgador de vacunas sólido lo puede afrontar, la pregunta es: ¿un padre o una madre lo puede recibir sin dudar que vacunar siempre será lo mejor para sus hijos? Este es el segundo aspecto que no se debe olvidar de los ataques antivacunas.” Estos posibles ataques, que no solo vienen de anónimos o extraños, sino que también se pueden dar en grupos cercanos, hace que muchos no hablen abiertamente sobre las vacunas.

Sin embargo hay algo que los cuatro de nosotros y la mayoría de los entrevistados en Nature tenemos  en común: no pensamos dejar de compartir información científica. Esto no significa que los divulgadores deban ser a prueba de balas, ni aceptar que los ataques son parte de la profesión. Quienes realizan estos ataques deben parar. La información falsa que alimenta estas ideas también es parte del problema, pues estas personas no generan estas suposiciones a cuenta personal. Así mismo, todos podemos involucrarnos un poco más en este problema, empezando por las instituciones donde los divulgadores trabajan, sabiendo cómo podría afectar su trabajo. La audiencia tampoco es ajena: tenemos la capacidad de identificar los ataques y, sobre todo, nunca considerarlos como señales de que se avanza profesionalmente.

4 de septiembre de 2021

¿Y si no fue un pangolín?

Alejandra Ruiz León

“Fue en un seminario en Harvard” les aclaré, y mis amigos bajaron la guardia científica. Yo les estaba contando sobre un conversatorio al que asistí de forma virtual sobre los orígenes del virus del Sars-Cov-2 y la hipótesis de que este escapara de un laboratorio. Ellos me miraron escépticos y estaban listos a encaminar la conversación hacia temas “más científicos” y “menos conspiranoicos”. La carta de la autoridad científica  —en  este caso, confirmar que es un debate que también se da en ambientes académicos— me ayudó a probar que mi curiosidad no había sido irresponsable y aseguró la atención de mis amigos: tres días después seguíamos compartiendo artículos sobre el tema en nuestro grupo de Whatsapp.

Ahora que el mundo sigue preguntándose cómo y cuándo acabará la pandemia, vuelve a aparecer el debate de cómo y cuándo empezó. No me refiero solo a las conversaciones en mi Whatsapp, sino también a las publicaciones científicas y en especial de Twitter, que en muchas ocasiones funciona como una ventana al mundo científico. Durante meses, la interrogante sobre el origen del coronavirus parecía zanjada. Los términos “mercado húmedo”, “pangolín, “origen natural” y “destino” describían el origen de la situación en la que aún nos encontramos.

Este grupo de palabras respondía a dos preguntas diferentes: ¿El virus tiene un origen natural o artificial? ¿La pandemia fue producto del destino o de la intervención humana?

Cada una de estas preguntas nos lleva a respuestas diferentes. Que el virus tenga un origen natural o artificial no necesariamente explica cómo este virus logró expandirse a casi todos los países del mundo. Las combinaciones que podríamos crear con cada respuesta abre la puerta a nuevas interrogantes. Hagamos un ejercicio. Partamos de que el virus sí tiene un origen natural, como lo prueba esta publicación científica. Pero combinemos esta evidencia con la posibilidad de que este virus natural estaba siendo estudiado en determinado laboratorio y, producto del descuido humano, contagió a parte del personal y este luego pasó a contagiar a personas fuera del laboratorio. En este escenario imaginario el origen de la pandemia sería explicado por un virus natural y por un descuido humano al mismo tiempo, dejando de lado “la malicia” y los planes detallados para desestabilizar al mundo que suelen incluirse en las teorías de conspiración.

Si podemos llegar a estas conclusiones imaginarias es porque estamos partiendo del acto de preguntar, algo que durante meses se dejó de hacer cuando el debate del origen del coronavirus se dio por terminado. Gran parte de la evidencia científica se alinea a la hipótesis del origen natural del coronavirus y descarta que este haya escapado de un laboratorio. Podemos imaginarnos que del lado contrario solo se encontrarán comentaristas de YouTube alimentados por teorías de la conspiración donde la desconfianza hacia China y los organismos de salud pública reemplazan a la evidencia científica.

Pensar en una hipótesis como “científica” y en otra como “anticientífica” se aleja del método científico. La posibilidad de una hipótesis alternativa —en este caso para los orígenes del coronavirus— no es un detalle menor: es fundamental en la ciencia. Todo diseño experimental parte de dos hipótesis, una será verdadera y otra será falsa según lo comprueben los resultados del experimento. Tratar de descubrir “los verdaderos orígenes” de la pandemia no puede darse con una sola posibilidad, pues sería en sí una actividad carente de objetividad que menosprecia la evidencia contraria a la hipótesis que se desea comprobar.

Si estamos viendo revivir el debate sobre los orígenes del coronavirus no es por videos de YouTube ni por teorías de la conspiración, lo es porque algunas voces desde la academia han empezado a cuestionar la falta de una hipótesis alternativa. Entre ellas, una empezó a resonar más fuerte: Alina Chan.

Si queremos entender su posición en este debate podemos empezar con los títulos de dos artículos publicados sobre ella. El primero, en MIT Technology Review, se titula Lo llamaron una teoría de la conspiración. Pero Alina Chan tuiteó la idea de que el virus vino de un laboratorio. Y el segundo artículo publicado en el New York Times: Atrapada en el fuego cruzado sobre los orígenes del Covid. Ambos artículos sitúan a Chan, una post doctoranda en el Broad Institute afiliado a Harvard y MIT, como un ente catalizador de la hipótesis de que el Sars-Cov-2 pudo salir de un laboratorio.

Con una carta publicada en Science, Chan y una veintena de virólogos llamaron a una investigación más transparente sobre los orígenes del coronavirus. En la carta consideran que las hipótesis de un origen natural o un error de laboratorio no han sido evaluadas de forma balanceada. En publicaciones y declaraciones posteriores, Chan, junto al coautor de su libro próximo a publicarse, han cuestionado los esfuerzos realizados por la OMS y el gobierno chino para identificar los verdaderos orígenes del virus. Al mismo tiempo, asumen que es probable que nunca podremos conocer cómo se desencadenaron estos hechos. Sin embargo, Chan se mantiene en su objetivo principal: preguntarnos si una fuga de laboratorio pudo ser posible.

Reabrir la posibilidad de los orígenes del coronavirus ha producido una serie de preguntas. Las primeras y más esperadas, se asemejan a las interrogantes que hacían mis amigos: ¿quién sostiene esta hipótesis? Una posdoctoranda. ¿Es suficiente para tener nuestra atención? Siguiente pregunta: ¿qué evidencia muestra? La verdad es que poca, más bien cuestiona los vacíos en la evidencia del otro bando, quienes han respondido con revisiones detalladas como la publicada en Cell, donde se recogen los hechos que apoyan el origen zoonótico del virus. En el ámbito político, la Casa Blanca confirmó hace dos días la recepción del último informe sobre los orígenes del coronavirus que detalla que los esfuerzos para comprender las causas de la pandemia no han terminado.

Es probable que en los próximos meses —o décadas— no tengamos la respuesta de cómo se inició la pandemia. Los debates en Twitter, publicaciones y reportajes sobre los orígenes del coronavirus tal vez no resuelvan la interrogante en un corto o largo plazo. Menos resolverán la pandemia. Sin embargo, para quienes encontramos a los científicos igual de interesantes que sus descubrimientos, este debate nos presenta un espectáculo en primera fila sobre cómo los investigadores cierran y abren debates, qué rol tienen las instituciones para establecer la autoridad, cómo se construyen narrativas aceptadas —o rechazadas— por la comunidad científica, lo políticamente correcta e incorrecta que puede ser la ciencia y otros destellos de humanidad en el quehacer científico.  

28 de julio de 2021

La ciencia protagoniza el Bicentenario peruano

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Alejandra Ruiz León

La primera vez que pensé en nuestro Bicentenario fue hace diez años. Estudiaba en España y mi conexión con el Perú solo se mantenía a través de las redes sociales, así que cuando un centro cultural local anunció una exposición que conmemoraba los 200 años de nuestra independencia, no dudé en acudir. El folleto de bienvenida enumeraba las campañas de independencia de los países latinoamericanos y precedía una muestra de fotos en blanco y negro que ilustraban nuestra desigualdad. Asistí a situaciones que conocía muy bien: niños buscando en la basura, mujeres cargando baldes de agua, peruanos pidiendo dinero en los semáforos. Sin negar que esas situaciones son partes de nuestra realidad, me parecía extraño presentar únicamente esta visión para conmemorar el Bicentenario sin ningún tipo de reflexión o crítica. Escribí una carta a los organizadores comunicando mi incomprensión y me respondieron que enmarcar la exposición como parte del Bicentenario fue una decisión de último minuto. Luego me enteré de que la retiraron a los pocos días.

Años después, volví a pensar en el Bicentenario tras una conversación con Jorge Lossio. Me encontraba en Lima preparándome para mi doctorado y me animé a escribirle para conocer en persona a un historiador de la ciencia en el Perú. Me invitó amablemente a participar en sus clases, una experiencia que expandiría mi visión de nuestra disciplina. En una de nuestras conversaciones, Jorge compartió una inquietud: ¿Cómo podríamos poner a la ciencia, tecnología y medicina como parte de la agenda del Bicentenario?

Esta pregunta me perseguiría durante los siguientes meses, cuando empecé a prestar mayor atención a qué lugar ocupaban estas disciplinas en nuestras historias, conversaciones, museos y colegios. Como se imaginarán, la respuesta era desoladora: parecían pasar desapercibidas en nuestro día a día y con seguridad lo estarían en nuestras celebraciones patrias.

Pero en aquella época, hace tres años, no podíamos haber imaginado lo presente que estarían estas disciplinas en la actualidad debido a una pandemia que nos colocaría como el país con el mayor número de muertes per cápita.

La necesidad de entender nuestra realidad pandémica promovió en los últimos meses nuevos espacios para la ciencia, tecnología y la salud. Como parte del Bicentenario se han escrito memorias de la pandemia, un libro sobre las pandemias escrito precisamente por Jorge Lossio, conversatorios y otras iniciativas; varios medios —incluido este— apostaron por nuevos espacios de ciencia, se ha multiplicado en redes el número de expertos que conversan abiertamente con la sociedad, se ha publicado una nueva ley de ciencia y tecnología y parece que, poco a poco, la campaña de vacunación gana terreno sobre la desinformación.

Como sociedad empezamos a reconocer cuán olvidadas habíamos dejado a la ciencia, tecnología y salud en nuestro modelo de desarrollo y la necesidad de incluirlas como parte de nuestras metas es palpable: una encuesta publicada ayer por El Comercio menciona que el 75% de los peruanos considera que la salud y la vacunación son nuestra prioridad, por encima de necesidades como reactivar la economía, combatir la delincuencia y corrupción, entre otros retos que tiene el nuevo gobierno.

La ciencia, tecnología y medicina sí han sido parte de nuestro Bicentenario para recordarnos los logros del pasado, pero también los vacíos del presente. El peso figurativo que tiene esta celebración nos empuja a cuestionarnos qué queremos para el Perú en los próximos años. Pensar en los siguientes 200 años es ambicioso para nuestra realidad nacional, con solo pensar en el próximo año el reto ya es suficiente. Una exposición actualizada nos cuestionaría, aparte de la desigualdad, si hemos empezado a vislumbrar el fin de la pandemia, si lograremos surcar la tercera ola, y si nuestras nuevas autoridades responderán a nuestros nuevos requerimientos.