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23 de enero de 2025

Perú: 4 décadas escribiendo sobre economía

Pedro Francke

Este año cumplo cuatro décadas de publicar artículos de análisis de la economía peruana. En realidad empecé antes, cuando, como estudiante, sacábamos un periódico mural, colocado a la entrada de la facultad donde estudiaba. Fue una bonita experiencia, pergeñando ideas, tanteando argumentos, probando títulos y secciones. Era el segundo belaundismo y, tras un par de años de desmontaje de reformas claves del velasquismo y un primer intento neoliberal, la economía se vino abajo: en 1983 el PBI cayó 12 por ciento y la inflación se disparó al 125 por ciento. Para toda Latinoamérica se cerró abruptamente el financiamiento externo y la crisis de la deuda azotó a la región. Las discusiones claves eran las negociaciones con la banca internacional y el FMI, cuyas políticas agravaron la recesión.

Un par de años después, ya egresado y con Alan García de presidente, empecé a colaborar con dos medios de la izquierda de entonces. Uno fue el semanario “Amauta”, entonces dirigido por Santiago Pedraglio y posteriormente por Raúl Wiener, donde escribí unos cuatro años. Era un semanario político vinculado a la Izquierda Unida y al Partido Unificado Mariateguista, una de sus bases principales, donde yo solía escribir notas cortas sobre coyuntura económica. Más longeva fue mi colaboración en “Actualidad Económica”, una revista mensual que agrupaba a varios economistas de izquierda. Fue dirigida en varios momentos por Óscar Ugarteche, Armando Pillado, Humberto Campodónico y Beto Graña, y hasta 1992 yo solía escribir un artículo mensual sobre los problemas de la deuda externa, los contratos petroleros, nuestro comercio exterior y el mercado de cambio de soles por dólares. Todo ese periodo también fue de intenso debate. Primero frente a la propuesta heterodoxa de Alan García que logró una reactivación que resultó insostenible debido a una caída continua de nuestras reservas internacionales que llegó a un punto crítico en 1988. Antes, García había intentado arreglarse con los grandes grupos económicos llamados “los doce apóstoles”, tras cuyo fracaso tanteó la fallida “estatización de la banca”. Un paquetazo de septiembre de 1988 mandó los precios a las nubes, desató la hiperinflación, golpeó brutalmente los salarios y pensiones reales y produjo una recesión gigantesca: el PBI cayó en dos años la cifra récord de 25 por ciento. En la situación más delicada, la Izquierda Unida se dividió y Fujimori nos estafó prometiendo una política de “no-shock” para luego aplicar un paquetazo de alza de precios y nuevamente aplastar salarios e ingresos campesinos. Otra política de estabilización era posible sin sacrificar las economías populares y la crítica y la alternativa (bautizada como “plan Amaru”) fueron defendidas con sustento y pasión en las páginas de “Actualidad Económica”.

Luego del autogolpe de 1992, Fujimori persiguió agresivamente al director adjunto de entonces, Farid Matuk, acusándolo sin ningún fundamento de senderista. La revista necesitaba apoyo y decidí asumir ese rol como una nueva forma de activismo. Fue una experiencia fantástica trabajar varios años con Óscar Dancourt, su director, quien después cumpliría funciones como presidente del Banco Central. Aprendí discutiendo cada coyuntura económica y política. Fui el subdirector varios años, hacía una sección de notas pequeñas, monitoreaba a los colaboradores, organizaba una sección estadística, escribía lo mío. Las reuniones mensuales de discusión con un grupo de grandes economistas como Javier Iguíñiz, Jürgen Schuldt, Bruno Seminario, Waldo Mendoza, Félix Jiménez, Kurt Burneo, Humberto Campodónico y varios otros eran geniales. Desde la crítica a la política económica neoliberal, a la supresión de derechos laborales y las privatizaciones corruptas, insistimos en alternativas que pusieran por delante el empleo y los ingresos de trabajadores y agricultores. Para el registro: los artículos firmados esos años por “Juan Robles” son míos. Usé ese seudónimo tras algunas amenazas fujimoristas de quitarme mi empleo (que no podía arriesgar teniendo tres hijas menores).

Derrotada la dictadura fujimorista, en este milenio he pasado por varias colaboraciones y aventuras editoriales. La revista “Actualidad Económica” dejó de salir pero el grupo se mantuvo varios años rotándonos una columna interdiaria en “La República” bajo el mismo nombre, mientras seguíamos reuniéndonos para discusiones mensuales. Luego promoví una nueva publicación, que se llamó “Bajo la Lupa”, con un formato distinto que en cada número abordaba una problemática. Por ejemplo, ‘El Trabajo en el Perú’, ‘La Minería y las Comunidades’ y ‘La Amazonia’. Un grupo que, sin más apoyo que nuestra voluntad comprometida, armó cada edición mes tras mes durante casi tres años. Magaly Zevallos, Armando Mendoza, mi querida hermana Marfil y varios amigos más fueron los protagonistas. Cerrada esa experiencia, otras dos publicaciones me convocaron. Una fue “Otra Mirada”, una de las primeras publicaciones en formato electrónico con artículos de análisis, donde colaboré y fui parte de su comité editorial hasta el 2010. Luego pasé varios años colaborando con “Diario Uno”, después “La Primera”, con columnas una o dos veces a la semana.

Quizás los párrafos anteriores tienen algunos errores e importantes omisiones y ruego me disculpen porque mi memoria siempre ha sido bastante imperfecta. En todo ese tiempo hubo algunas interrupciones, en particular cuando me tocó cumplir función pública. Como ustedes saben, ahora escribo en “Hildebrandt en sus Trece”. Lo hago casi desde que comenzó a salir este semanario, estimo debo ir ya por unas seiscientas entregas. La nueva realidad me ha llevado también a intentar breves columnas con formatos audiovisuales de circulación en redes sociales y en la cuenta @pfrancke en YouTube hay una serie de conferencias sobre temas de la economía peruana.

¿Qué afanes me han impulsado? Por un lado, una creencia en que un futuro mejor, más justo y de bien común pasa por un conocimiento democratizado. La salida de fondo a la crisis que vivimos demanda una amplia participación democrática de una ciudadanía que tenga buena información y análisis. La economía es un tema primordial pero puede resultar árido para muchas personas, al mismo tiempo que provoca mucha opinión sin sustento, o, más llanamente, ‘fake news’. Aunque se suele reservar la economía a los expertos, parafraseando a Clemenceau, quien dijo que “la guerra es demasiado importante para dejársela a los generales”, la economía es demasiado importante y en su entendimiento entran en juego muchos valores fundamentales como para confiársela sin control ciudadano a ‘especialistas’. El balance entre democracia y meritocracia, en este asunto, es delicado y difícil, pero personalmente mi apuesta de largo plazo es por más ciudadanía.

Mi otra convicción es que la política, como espacio de definiciones colectivas, es esencial, y que la economía es importante para la política. Durante mucho tiempo se repitió en el Perú la tontería de que la política y la economía iban por cuerdas separadas. Nunca ha sido así. El bienestar y progreso de los pueblos depende muchísimo de las políticas económicas, que son política. Los intereses particulares –como hoy lo hacen los grandes agroexportadores y empresas mineras–, buscando no pagar los impuestos justos, financian campañas, periódicos y canales de TV, hacen lobbies y compran congresistas, logran leyes a su favor y cuentan con policías a su disposición. Además, la evolución de la economía explica buena parte de la política. El pueblo vota también pensando en su bolsillo. Tener un mejor gobierno requiere, como un punto esencial, una mejor política económica y un buen manejo de la economía política y por eso este tema hay que discutirlo ampliamente en la ciudadanía, con el mejor entendimiento posible.

El gran reto para mí es difundir conocimiento. No caer en el texto difícil que casi nadie entiende, pero tampoco en la frase publicitaria que puede ser pegajosa pero que no ayuda a la reflexión sino sólo a una reacción emocional. En ese intento seguiremos.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 716 año 15, del 17/012/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

27 de diciembre de 2024

Una luz en la oscuridad: memoria de Carl Sagan

Ricardo Rodríguez

Lo más importante de cuanto nos transmitió Sagan fue la convicción de que la ciencia, a pesar de sus imperfecciones y en gran medida gracias a ellas, es con mucho la más valiosa herramienta de que disponemos para sobrevivir y prosperar como especie

Muchas de las personas que ya contamos con más de 50 años atesoraremos sin duda, entre los más gratos recuerdos de nuestra infancia, adolescencia o juventud, aquella prodigiosa serie de divulgación científica que se titulaba Cosmos, y no pocos guardaremos en casa la lujosa edición en libro del programa televisivo. Lo presentaba y fue también su guionista principal el astrónomo y astrofísico Carl Sagan, quien, de vivir hoy en día, habría cumplido 90 años en este último mes de noviembre.

El nombre completo de la serie fue Cosmos: un viaje personal y, a pesar de que apenas se emitieron trece episodios, se convirtió con pleno merecimiento en uno de los documentales de divulgación más célebres de la historia, si no el que más. En la introducción al libro, el propio Carl Sagan hablaba de cerca de 140 millones de telespectadores en todo el mundo. En 2014 se emitieron otros trece episodios de una continuación que se tituló Cosmos: una odisea en el espacio-tiempo, presentada por el astrofísico Neil deGrasse Tyson y producida, entre otros, por la escritora Ann Druyan, viuda de Sagan que también había sido guionista de la serie original.

Entre los atractivos que con toda seguridad contribuyeron al éxito del primer Cosmos se han de contar su belleza visual y un magnífico fondo musical, con composiciones de Vangelis y Jean-Michel Jarre. Pero su mayor valor radica en la asombrosa capacidad de Sagan para reunir lo esencial del sinfín de conocimientos físicos, astronómicos, matemáticos o filosóficos acumulados por el ser humano a lo largo de la historia y para presentarlo ante el público general de forma a un tiempo clara, amena y rigurosa. No se limitaba a enumerar y exponer hallazgos y principios de la ciencia, sino que nos mostraba cómo se habían gestado y de qué preguntas había partido el camino hacia ellos. Y esto le sirvió para contagiar al espectador, como ningún otro divulgador científico lo ha hecho, el amor por la ciencia (“cuando uno se enamora, quiere contarlo”, escribió), la pasión por aprender, que él siempre creyó innata en todo ser humano. Son los niños, acostumbraba a decir, quienes siguen haciendo las preguntas fundamentales.

Sirviéndose de una cartulina y dos palos, nos explicó de qué modo sencillo y genial había probado el sabio Eratóstenes que la Tierra era esférica en el siglo III antes de Cristo y cómo había sido capaz de medir con admirable precisión el diámetro de su circunferencia. Y explicó a un grupo de escolares, respondiendo a la pregunta de una niña, por qué era precisamente esférica la Tierra y no de otra forma.

En Cosmos oímos hablar muchos por primera vez de los agujeros negros. Se nos enseñó, años antes de que invadiera nuestras vidas el celebérrimo buscador de internet, que “gúgol” (o google) era el nombre que había dado a un número gigantesco, diez elevado a cien, el sobrino de nueve años del matemático norteamericano Edward Kasner, a petición de este. Se nos narró la apasionante búsqueda de la armonía universal que condujo a Kepler a dar con el movimiento de los planetas, gracias a las mediciones de un tipo tan extravagante como Tycho Brahe. Descubrimos el espíritu práctico e indagador de los científicos jónicos (Tales, Anaximandro, Anaxágoras, Demócrito y otros) a los que en los manuales de historia de la filosofía se acostumbraba a menospreciar con la rúbrica conjunta de presocráticos, como si anteceder a Sócrates hubiese sido su único mérito, desconociendo su papel crucial de pioneros del método científico. Entendimos el significado del tesoro perdido con la destrucción de la Biblioteca de Alejandría y oímos hablar, la mayoría de nosotros también por primera vez, de la matemática y astrónoma Hipatia.

Aprendimos que el Sol es una gran bola gaseosa de hidrógeno y helio y supimos de la fascinante vida de las estrellas o los frágiles equilibrios que posibilitan la vida en la Tierra, por los cuales Carl Sagan nos hizo ver la inmensa responsabilidad que como especie adquirimos en su cuidado y conservación. “Sabemos quién habla en nombre de las naciones –escribió-. Pero ¿quién habla en nombre de la especie humana? ¿Quién habla en nombre de la Tierra?” Estremece percatarse de que aún hoy, más de cuarenta años después, seguimos sin poder responder a estas dos preguntas.

Pero lo más importante de cuanto nos transmitió Sagan fue la convicción de que la ciencia, a pesar de sus imperfecciones y en gran medida gracias a ellas, es con mucho la más valiosa herramienta de que disponemos para sobrevivir y prosperar como especie, porque lleva incorporado en su seno el mecanismo por el que se autocorrige. Tiene dos reglas, aseguró en el último capítulo de Cosmos. Primera: no existen verdades sagradas ni sirven los argumentos de autoridad. Segunda: hay que revisar todo lo que no cuadre con los hechos. De modo similar, Bertrand Russell había escrito en La perspectiva científica que nadie que tenga espíritu científico afirma que lo que en la actualidad cree la ciencia sea exacto, sino un escenario en el camino hacia la verdad. “Cuando se produce un cambio en la ciencia, como, por ejemplo, de la ley de la gravedad de Newton a la de Einstein, lo que se había hecho no es derrocado, sino que es reemplazado por algo un poco más preciso”.

Puede resultar desalentador recordar a un hombre como Carl Sagan en el borrascoso tiempo que nos ha tocado vivir, en el que la irracionalidad reconquista millones de mentes, medran payasadas como el terraplanismo, resurge el nacionalismo más obtuso, poderosos dirigentes políticos se jactan de su ignorancia, se alzan arrogantes teocracias de mentalidad medieval en países sumidos en la miseria y, sobre todo, miles de personas, miles de niños, sucumben en guerras bestiales.

“Lo que significa un ser vivo –escribió Hermann Hesse en el pórtico de su novela Demian-, se sabe hoy menos que nunca, y por eso se destruye a montones de seres humanos, cada uno de los cuales es una creación valiosa y única de la naturaleza”. Y Carl Sagan, en Cosmos: “En la perspectiva cósmica, cada uno de nosotros es precioso. Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir. No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias”.

Él no ignoró esta sombría deriva de nuestras sociedades y, poco antes de su muerte en 1996, nos dejó un libro asombroso cuya lectura hoy sobrecoge por la lucidez con que anticipó lo que se nos avecinaba. Lo tituló El mundo y sus demonios y constituye uno de los más emotivos y mejor armados alegatos a favor de la razón que jamás se hayan escrito.

“Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos (nosotros bien podríamos sustituir aquí América por Europa): … una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento de causa a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad”.

Es también, a pesar de todo, un libro profundamente esperanzador. El ser humano ha demostrado con amarga contumacia su capacidad para cometer los más escalofriantes actos de crueldad, pero también su capacidad para crear, para tejer redes de solidaridad, para sublevarse contra la injusticia y el alcance inagotable de su curiosidad. Estas últimas facultades son las que invoca Carl Sagan.

La verdad es que, sea cual sea la proporción de optimismo y pesimismo que anide en cada uno de nosotros, si amamos nuestra propia vida y las personas que junto a nosotros la transitan, no nos queda otro remedio. O, para decirlo con el refrán que Carl Sagan coloca al principio de El mundo y sus demonios: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

Fuente: https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/luz-oscuridad-memoria-carl-sagan_129_11875802.html

8 de julio de 2023

LA CIENCIA EN LAS NOTICIAS VIRALES

Alejandra Ruiz León

La tragedia del Ocean Gate nos reta a reflexionar sobre los científicos y los virales

El ciclo de noticias produce más información de la que cualquier ser humano puede seguir al detalle. Sin embargo, cada cierto tiempo una noticia parece acaparar todos los medios y conversaciones. Esta semana se trató de la desaparición y exposición del sumergible Ocean Gate, que realizaba una expedición para visitar los restos del Titanic. La tragedia tenía todas las características para volverse de interés mundial: la obsesión por los restos históricos, la falta de regulación del sumergible, los adinerados tripulantes, y el obsesivo control del fundador de la empresa. Pero la noticia también tenía una cuota científica que ha sido cubierta por comunicadores científicos y académicos, y nos brinda una oportunidad para reflexionar sobre el rol del conocimiento cuando las noticias son virales.

Lo primero que podemos identificar es que los comunicadores científicos y académicos también participan en el ciclo de noticias. Algunas personas piensan que los expertos solo aparecen en la televisión o en redes cuando ellos son quienes han liderado un descubrimiento. Sin embargo, noticias como la del Ocean Gate demuestran que los medios no solo incluyen las opiniones del personal de la Marina o de buzos especializados, sino también de académicos que realizan investigación básica o aplicada a estos temas. Un ejemplo es Stefano Brizzolara, quien es investigador de Ingeniería Aeroespacial y Oceánica en Virginia Tech, Estados Unidos. El científico ha sido presentado en diversos medios, como CBS News, como alguien que puede brindar “nueva información” sobre el caso, puesto que él realiza investigación sobre la exploración oceánica y es capaz de explicar las diferencias entre los equipos que usualmente se utilizan en investigación regulada y los equipos que fueron usados por el Ocean Gate.

La participación de científicos en medios tradicionales no es algo novedoso y tal vez haya sido en la pandemia del coronavirus cuando se haya dado el pico de participación de expertos en medios de comunicación. Sin embargo, la mayoría de nosotros ya no recibimos las noticias por la televisión, sino por redes sociales; y es en estas plataformas donde también se ha generado un espacio para la opinión de los expertos.  

Al ser la del Ocean Gate una noticia reciente, no existe información concreta sobre qué plataforma ha sido la más usada por los científicos para hablar sobre este caso. Anteriormente, podíamos asegurar que Twitter era la plataforma escogida. Sin embargo, después de los últimos cambios que transformaron el uso de las verificaciones e hicieron más difícil identificar a los expertos, no podemos asegurar que Twitter haya sido donde más información académica se haya publicado. Como siempre, YouTube y Facebook tienen gran cantidad de información sobre cualquier noticia, incluyendo contenido científico.

Por su parte, TikTok se posiciona como un lugar llamativo para la divulgación científica. En el caso de Ocean Gate, y otras noticias de interés mundial, esta información ya es viral en la plataforma, por lo que la nueva información científica no es limitada solo a quienes consumen información científica, sino que también se presenta a quienes siguen la noticia viral. Esto ocurre en cualquier plataforma de redes sociales; sin embargo, en Instagram o Twitter sí es más importante que los expertos ya cuenten con una comunidad de seguidores, lo cual pesa menos en Tiktok. Es así que un experto con una comunidad limitada de seguidores —o que nunca, en algunos casos, ha publicado en TikTok— puede publicar un video dando precisiones sobre el Ocean Gate en TikTok y obtener más de un millón de reproducciones. Un ejemplo es la cuenta de la doctora Ashley Spencer —@ash_phd en TikTok—, una física experta en materiales que explicó cómo afectaba que el sumergible estuviera hecho de fibra de carbono y de qué manera esto afectaba en las condiciones extremas a las que el sumergible estaba expuesto. El video cuenta ahora con 2.6 millones de vistas, una diferencia considerable con respecto a los otros videos que la investigadora publica, que usualmente oscilan entre las 10 y 20 mil reproducciones.  
La oportunidad que una noticia viral puede ofrecer a la divulgación científica también trae críticas. Para algunos colegas, la divulgación de la ciencia no debería perseguir la viralidad de las redes sociales, o entrar en el ciclo de las noticias, porque la rapidez que requieren esas respuestas da lugar a imprecisiones. Por mi parte, entiendo esta postura y estoy de acuerdo en que hay más posibilidad de ser imprecisos si no hay investigación de por medio para comentar sobre un caso. Pero, al mismo tiempo, sería irreal esperar a que se realice investigación sobre la implosión

 del Ocean Gate para poder realizar cualquier comentario cuando ya tenemos conocimiento que se puede aplicar a este caso.  También debemos reconocer que la participación cautelosa de los científicos en el ciclo de noticias influye positivamente en la confianza que existe en la ciencia. Por una parte, se demuestra cómo el conocimiento producido en las universidades e instituciones de investigación tiene una repercusión en el mundo real, y cómo esta nos ayuda a entender mejor qué sucede en emergencias y cómo reaccionan nuestros cuerpos y determinados materiales en situaciones extremas.

Esta conversación también da lugar a una segunda crítica, más importante, desde mi opinión. Gran parte del público ha señalado cómo las noticias se volcaron a cubrir la muerte de un grupo de personas adineradas que se embarcaron en una exploración poco regulada y la cantidad de recursos puestos en salvarlos. La gran diferencia viene en cómo las noticias cubren cuando miles de migrantes mueren anualmente tratando de llegar a las costas europeas y qué recursos se destinan a salvar las vidas de estas personas. Si bien algunos divulgadores científicos también han cubierto las desapariciones de migrantes en el mar, no es un tema frecuente en la divulgación. Por ejemplo, para el Ocean Gate, muchos divulgadores explicaban qué ocurren con tu cuerpo al estar expuestos a determinada presión o temperatura; algo que también sería importante de conocer en los casos de aquellas personas que están expuestas a condiciones extremas en las rutas hacia Europa para poder brindarles la ayuda necesaria.

La intensidad con la que las noticias han cubierto el hundimiento del Ocean Gate nos enseña que la ciencia sí tiene un lugar en las noticias virales. Pero también nos recuerda la responsabilidad social de la ciencia y la divulgación para explicar qué ocurre en otras emergencias, como los fallecimientos de los migrantes, aunque estas no acaparen titulares. Tratar de explicar nuestro entorno no solo es una respuesta a la demanda de información del público: también es fundamental para explicar aquellos mundos que usualmente ignoramos.

https://jugodecaigua.pe/la-ciencia-en-las-noticias-virales/

6 de noviembre de 2021

Ciencia: Ojalá que te mueras

Alejandra Ruiz León

En una nota titulada “Ojalá que te mueras: cómo la pandemia del Covid desató ataques a los científicos”, la revista Nature presentó los resultados de una encuesta realizada a más de 300 científicos con presencia en medios y redes sociales. No se trata de una muestra aleatoria, pues recoge las experiencias de expertos que decidieron participar, sin embargo ilustra la realidad a la que están expuestos muchos especialistas.

Según Nature, de los 300 entrevistados, un 70% ha recibido ataques a su credibilidad y ha presentado estrés emocional o psicológico, daño en su reputación, amenazas físicas o violencia sexual, ataques físicos, entre otros. De este grupo, un 15% indicó haber recibido amenazas de muerte. La mayoría de estas respuestas provienen de expertos en Estados Unidos o Gran Bretaña. Sin embargo, estudios complementarios y casos similares en otros países cuentan una historia similar.

En nuestro país no se ha realizado ningún estudio exhaustivo sobre este tema, por lo que no tenemos cifras concretas de amenazas presentadas a divulgadores científicos y medios especializados, como las realizadas por el grupo La Resistencia al medio Salud con Lupa. Desde nuestra posición como público también podemos notar cuán violentas son las secciones de comentarios en las redes sociales hacia periodistas, divulgadores, médicos, etc.

Como se comprenderá, yo no soy ajena a esta situación, ya que también tengo perfiles en redes sociales en los que comparto información sobre el coronavirus. Es un poco difícil confiar en la percepción personal para conocer el grado de polarización en nuestro país sobre el coronavirus o las vacunas. Desde mi experiencia personal, no he tenido amenazas de muerte, pero asumo que personajes con mayores plataformas tal vez sí las han recibido. Pero esto no significa que no me sienta expuesta: cada vez que veo alguna perfil en redes sociales con contenido extremo sobre las vacunas procedo a bloquearlo, así nunca haya interactuado conmigo. Hago lo mismo si noto que hay cuentas que atacan a otras con un perfil similar a la mía. A veces pienso que exagero, otras pienso “no sé, porsiaca, uno nunca sabe”.

La experiencia personal de cada profesional de la comunicación científica es diferente según el tipo de medio en el que escribe, cuán expuesto está al público, el tipo de contenido que genera, y hasta cuán viral se hace o no una publicación. Para conocer la experiencia de otros, recogí tres testimonios de expertos peruanos con presencia en medios.

Bruno Ortiz es periodista de Ciencia en El Comercio y forma parte de la Asociación Peruana de Periodistas y Comunicadores de Ciencia. Para él, como periodista científico, “los ataques solo se presentaron en redes, y orientados a poner en tela de juicio las informaciones compartidas. Poner en entredicho mi credibilidad. Muy común eran los mensajes del tipo ‘está pasando tal cosa, y ahora cómo lo explicas…’. Generalmente, esto sucedía con las llamadas cuentas troll.”

Bruno considera que algunos ataques son una oportunidad para los negacionistas de la ciencia, quienes provocan debates con figuras conocidas para captar el interés del público y difundir sus supuestas evidencias. Ante esto,  él ha aprendido a dejar pasar estas interacciones o mostrarse indiferente. Para Bruno, “si quien me ataca es alguien que me sigue, lo silencio. No hay nada que afecte más a un troll que la indiferencia (aunque suene a frase de novela). Y es cierto: se aburren y tiran la toalla”.

En mi caso, cuando he recibido comentarios hirientes, me he imaginado cómo sería si pudiera confrontar a esa persona en la vida real. Bruno me cuenta que “la mayoría de gente que es agresiva en redes sociales ‘se baja’ cuando hay un encuentro en persona.” Yo no he podido conocer a nadie así en la vida real —ni quisiera—, pero a veces un simple mensaje privado ha logrado que algún faltoso retroceda diciendo “ah, no pensaba que ibas a responder”, o mejor dicho, “no pensaba que eras una persona real, a la cual no puedo decir lo primero que se me pase por la cabeza.”

Sin embargo, los periodistas no son los únicos que comparten información científica. La pandemia también ha dado gran plataforma al personal médico que se ha convertido en divulgador científico. En el lado de los buenos ejemplos está el doctor Fabrizio Crudo, conocido en redes como Dr. Fit, con 2.4 millones de seguidores en TikTok. Su cuenta es uno de esos espacios en los que las personas pueden tener una conversación cercana con un experto en quien confían para comunicar información validada con experiencia, evidencia médica y con humor.

Cuando le envié la publicación de Nature, me comentó que no sabía si me podía ayudar, puesto que no había recibido ataques de este tipo. Personalmente creo todo lo contrario, puesto que también nos podría ayudar a saber qué tipo de cuentas son escogidas por quienes producen estos ataques.

Como cuenta Fabrizio, “siendo 100% honesto, no he tenido ningún tipo de problema en mi plataforma, lo máximo ha sido uno que otro comentario en desacuerdo con promover la vacunación.” A pesar de esto, reconoce que tener una cuenta tan visible es un trabajo que “requiere tiempo y dedicación, lo cual genera estrés ya que se espera una respuesta inmediata 24/7”. Desde su punto de vista como experto y generador de contenido, es clave tener espacios “donde puedas conversar sin sentirte en la mira, cuando todo el resto del tiempo lo estás” y yo doy fe de esto, puesto que mis redes personales y mi vida fuera de redes son un verdadero respiro.

Sin embargo, otras experiencias son realmente preocupantes. Uno de los puntos de interés en la encuesta de Nature fue si las mujeres expertas recibían más ataques que los hombres. Según Nature y otras investigaciones, no se ha visto una diferencia en número de ataques, pero sí en los tipos de ataques. Por ejemplo, cuando una mujer o una persona perteneciente a una minoría recibe ataques, en muchas ocasiones su género, color de piel o religión son incluidos como parte de ellos.

Como nos cuenta Lilian Morales, licenciada y máster en Inmunología, que lleva la cuenta de Mamivacunas, ella ya no se sorprende ante frases como “¡cómplice de pandemia!, ¡asesina de niños, ¡mi hijo tiene autismo por gente como tú!”. Durante sus tres años de actividad en redes sociales reconoce que la atención negativa “muchas veces resulta agobiante y he aprendido a lidiar con frases perturbadoras de ‘posibles efectos secundarios’ e incluso he recibido imágenes de órganos sexuales ‘mutados’ por las nuevas vacunas contra la Covid-19.”

En este tipo de ataques, Lilian indica que los grupos antivacunas no solo están dirigidos a comunicadores científicos. Ella nos dice: “Un divulgador de vacunas sólido lo puede afrontar, la pregunta es: ¿un padre o una madre lo puede recibir sin dudar que vacunar siempre será lo mejor para sus hijos? Este es el segundo aspecto que no se debe olvidar de los ataques antivacunas.” Estos posibles ataques, que no solo vienen de anónimos o extraños, sino que también se pueden dar en grupos cercanos, hace que muchos no hablen abiertamente sobre las vacunas.

Sin embargo hay algo que los cuatro de nosotros y la mayoría de los entrevistados en Nature tenemos  en común: no pensamos dejar de compartir información científica. Esto no significa que los divulgadores deban ser a prueba de balas, ni aceptar que los ataques son parte de la profesión. Quienes realizan estos ataques deben parar. La información falsa que alimenta estas ideas también es parte del problema, pues estas personas no generan estas suposiciones a cuenta personal. Así mismo, todos podemos involucrarnos un poco más en este problema, empezando por las instituciones donde los divulgadores trabajan, sabiendo cómo podría afectar su trabajo. La audiencia tampoco es ajena: tenemos la capacidad de identificar los ataques y, sobre todo, nunca considerarlos como señales de que se avanza profesionalmente.