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23 de noviembre de 2020

Perú: La semana más larga


Gustavo Gorriti

El lunes 9 se perpetró el ataque usurpador contra la democracia. Descrito con dureza pero precisión por Eloy Jáuregui como “el asalto vandálico a Vizcarra organizado por el fujimorismo chavetero, los rateros del Lava Jato, los Cuellos Blancos del Puerto, los fascistas religiosos, los mafiosos de las universidades, los populistas y la anuencia de la derecha bruta y achorada”. Hubo algunos que se sumaron a la usurpación por razones pequeñas, sin saber qué estaba en juego, pero lo que hubo detrás de todo fue una conspiración manejada por la ultraderecha, aquella que navega entre Torquemada y las offshore, para borrar lo logrado en la etapa más longeva de vigencia democrática en nuestra historia.

Si los gobernantes no se percataron ni de la sorpresiva magnitud real del ataque ni de lo que estaba en juego, la gente lo entendió de inmediato. Antes de que terminara el conteo de los 105 infames votos, la calle ya manifestaba la protesta popular. Vizcarra era destituido de la legítima presidencia y Merino el Breve la usurpaba pero la indignación no paraba de crecer. La ruta que hizo Merino, del Congreso a Palacio protegido por cordones de fuerzas antidisturbios asediados por manifestantes enfurecidos, fue un calco de la de Alberto Fujimori el año 2000, en el país convulsionado por las marchas de los Cuatro Suyos.

Ahora, veinte años después, sin otra dirigencia que la convicción de que la democracia se encontraba en peligro de muerte; y sin otro motor que su arrojo y su desprendimiento, decenas de miles de personas, que luego se hicieron cientos de miles que salieron cada día a las calles, a marchar con ardor sin fatiga contra los usurpadores.

Las marchas prendieron en casi todas las ciudades y también en los pueblos del país entero. Marchas de indignación pero también de alegría en la intensidad de su acción, de una nación unida en los espacios públicos para defender los valores fundacionales de nuestra república.

La ultraderecha, que controlaba al patético Merino, intentó extremar la represión. Encontraron en Gastón Rodríguez a un individuo dispuesto a ordenarla desde el ministerio del Interior. Se impartieron órdenes a la Policía para llevar la violencia represiva a la brutalidad. Muchos policías evitaron hacerlo, pero algunos aceptaron y perpetraron –con seria alevosía en ciertos casos– las acciones que desembocaron en muertes, heridas graves y secuestros.

La decisión del pueblo, en lugar de arrugarse, se intensificó. La movilización se convirtió en una causa nacional en casi todas las ciudades, a lo ancho de sus distritos. En las calles, desde las casas, en multitud de lugares a la vez, la protesta masiva coreó, cantó y rugió su voz con una intensidad sin precedentes en este siglo. En pocos días, su número y extensión superó incluso a las marchas de los Cuatro Suyos; con la diferencia de que aquí no hubo ningún liderazgo central sino solo la épica movilización por el inmenso sentimiento de lucha por la libertad.

En ese momento, la ultraderecha trató de ordenar la intervención de las Fuerzas Armadas, imponer un toque de queda de 24 horas con redadas masivas y detenciones en los domicilios de quienes juzgaban líderes o instigadores. Las Fuerzas Armadas, en uno de los momentos estelares de su historia, se negaron a atacar a su pueblo y ratificaron su “misión esencial de defender la vida de los peruanos junto con la integridad de la patria”.

Entonces, los gruñidos y amenazas de los usurpadores se convirtieron en miedo y este en pánico, preludio de un sálvense quien pueda de ‘ministros’ que trataban de no ser los últimos en renunciar, mientras la Mesa Directiva del Congreso se derretía a la vez.

Todo eso: el asalto al poder, las protestas, las marchas, la sangre, las muertes, la victoria, acaecieron en solo una semana. La más intensa, resonante, decisiva e inolvidable de este siglo, en el año trágico de la peste y en la puerta del bicentenario.

Cuando la marcha de los Cuatro Suyos, Inti Sotelo tenía cuatro años y Bryan Pintado apenas dos. Tan niños entonces, tan jóvenes ahora, representaron plenamente en sus cortas y valientes vidas aquel espíritu de las jornadas del año dos mil, que floreció renovado y fortalecido en la semana histórica de noviembre.

Todas las edades participaron en esas movilizaciones, pero predominaron los más jóvenes. Casi adolescentes algunos, coordinando y actuando con inédita velocidad, flexibilidad y versatilidad. Esa rapidez táctica, además de su propio coraje entusiasta, confundió y disipó buena parte del impacto de la fuerza bruta represiva.

En la larga y noble semana los jóvenes hicieron historia. Pasarán los años y gran parte de ellos llegará a la vejez y habrá de recordar y examinar la ruta de su propia vida. Como sucede siempre, habrá arrepentimientos sobre lo que se hizo o se dejó de hacer; y habrá tristeza por lo que pudo ser y no fue. Pero nunca, nunca, ninguno de los que participó en las jornadas de noviembre de 2020 dejará de recordar con orgullo lo que hizo esos días por su Patria. Y cuando sus hijas o sus nietos les pregunten por lo mejor que vivieron, el recuerdo, no importa cuán lejano, de la magnífica semana les iluminará, vigoroso, la mirada.

Gracias a ellos entraremos al tercer siglo de nuestra Patria como una república libre y democrática. Y si fuera cierto que a veces el destino abre ventanas efímeras en el tiempo, que acerca pasados y futuros y les permite hablar fugazmente, habrá en el Bicentenario una generación de jóvenes que podrá mirar al Libertador y decirle con orgullo: “¡General, mi general: usted nos legó la libertad y nosotros supimos defenderla!”.

Publicado el jueves 19 de noviembre, 2020 a las 14:31

20 de noviembre de 2020

Perú ahogado en una crisis que lleva 30 años: ¿se hace camino al andar?


Aram Aharonian

El congresista Francisco Sagasti, del derechista Partido Morado, asumirá la Presidencia peruana luego que el lunes 16 el Congreso aprobara la lista para la Mesa Directiva del Parlamento que lideraba y que completan los parlamentarios Mirtha Vásquez (Frente Amplio) en la primera vicepresidencia, Luis Roel (Acción Popular) y Matilde Fernández (Somos Perú).

Sagasti Hochhausler recibió el inmediato apoyo del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). La semana pasada la OEA no reconoció a Manuel Merino como mandatario legítimo y llamó al Tribunal Constitucional a pronunciarse. “Lo que queremos en este momento es encausar este proceso de transición y garantizarlo de la manera más adecuada, correcta y más confiable para la población”, dijo la frenteamplista Mirtha Vásquez.

Limeño, ingeniero industrial y político, Sagasti es fundador y militante del Partido Morado, y se desempeñaba como presidente de la Comisión de Ciencia, Innovación y Tecnología del Parlamento. Ha ocupado importantes cargos: fue asesor del canciller Allan Wagner (1985) y fue jefe de la División de Planeamiento Estratégico y asesor principal de los Departamentos de Evaluación de Políticas y de Relaciones Externas del Banco Mundial (1987).

Ha sido docente en la Universidad del Pacífico y en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y en el exterior en el Instituto de empresa de Madrid y la escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania.

Hartos de estar tan hartos

La sociedad peruana ya no aguanta más la crisis económica, fiscal social sanitaria. Salió a la calle con las añejas banderas del “que se vayan todos”. ¿Y entonces, qué va a pasar en un país que tiene cinco presidentes corruptos presos y uno suicidado y que sumó tres mandatarios en una semana: Martín Vizcarra, Manuel Merino y Sagasti?

A Merino le quitaron el respaldo: Las Fuerzas Armadas aseguraron que pondrán todos su medios y capacidades “en defensa del pueblo y del Estado de Derecho”, tras lamentar el fallecimiento de los dos jóvenes y “reiteró su respaldo y defensa del pueblo y la Constitución”.

Perú vive una emergencia sanitaria y económica remarcada por la pandemia y que ha mostrado la precariedad y la informalidad en la que han vivido y viven millones de ciudadanos, y lo han convertido en el país con más alta letalidad del planeta.

A cinco meses de las elecciones generales, que deberían renovar las instituciones en ocasión del bicentenario de la independencia, con los graves problemas económicos y de salud pública que afligen a la población, parece sumamente irresponsable provocar una crisis política de esta gravedad. Todo por ambiciones e intereses personales.

Marchas iguales o mayores que las que desembocaron en la de los Cuatro Suyos en el 2000, que combinan la alegría y el desenfado con la indignación, donde jóvenes que no habían nacido o que eran muy niños entonces, marchan como veteranos de esas jornadas, con la determinación de no parar hasta la salida del impuesto gobierno de Manuel Merino y Ántero Flóres-Aráoz. No es sólo en las ciudades: los pequeños pueblos más alejados de la Amazonía y del altiplano también se están movilizando.

Y cuatro días después de haber asumido, Merino “el breve” tuvo que presentar su renuncia irrevocable al cargo, tras la dimisión de más de la mitad del gabinete de ministros y luego de una noche de manifestaciones que dejó al menos dos muertos y centenares de heridos. “Ha salido un dictadorzuelo del palacio”, dijo el destituido Martín Vizcarra .

La saga de los presidente corruptos

Hay algo para destacar: la tardía valentía de algunos medios de comunicación llamando las cosas por su nombre, definiendo como «golpe de Estado» lo que la mayoría de la prensa hegemónica y las agencias internacionales han titulado asépticamente «Vacancia del presidente Martín Vizcarra por el Congreso de Perú».

«El golpe no deja de ser golpe. (…)El hecho de que un grupo conspirador se haya apropiado del gobierno poniendo fin a 20 años de democracia, quebrando la Constitución y colocando al país nuevamente en un tránsito aciago gobernado por la codicia y la corrupción», dijo La República.

La operación tuvo un ensayo general, un intento fallido hace dos meses, usando la misma causal de «incapacidad moral permanente», repitiendo el esquema de la acción del anterior parlamento cuando destituyó al presidente anterior Pedro Pablo Kuczynski, en marzo de 2018.

Vizcarra, en una sesión de tan solo cinco horas, fue acusado de recibir sobornos y coimas del llamado Club de la Construcción –una red mafiosa para ganar licitaciones– cuando era gobernador de la sureña región de Moquegua (2011-14), pero nada ha sido probado por ningún juez o fiscal, y sólo se sostiene en las declaraciones de unos aspirantes a colaborar con la justicia, gente que con tal de salvar el pellejo declararía cualquier cosa.

De un total de 130 congresistas que votaron para destituir a Vizcarra, 68 tienen investigaciones judiciales en curso y denuncias por diversos delitos, pero ninguno de ellos ha dejado el cargo o renunciado a la inmunidad. Al contrario, este Congreso parece más un refugio sagrado que un parlamento.

Merino, un oscuro empresario ganadero del norte y conocido por obtener la condonación fiscal para sí y sus pares de Tumbes, se sacó las ganas de ser presidente, aunque sea hasta abril próximo cuando se debieran realizar las próximas elecciones generales, aplaudido solo por congresistas. 151 jueves y 183 fiscales involucrados en actos de corrupción.

El golpe encontró un fuerte rechazo popular. El Tribunal Constitucional aún no se ha pronunciado definitivamente sobre la vacancia, pero las ceremonias de investidura ya han sido oficiadas.

Sin embargo, las manifestaciones crecientes de estos días hablan de una sociedad civil harta de políticos y empresarios corruptos. Sin duda, este nuevo eslabón es otra exhibición del desdén de las clases políticas hacia la voluntad popular, cuando las encuestas señalaban, y las movilizaciones callejeras han ratificado, que el Ejecutivo contaba con un respaldo muy superior al del Legislativo.

El gobierno entrante ha respondido con un feroz despliegue represivo a las protestas contra lo que muchos ciudadanos consideran una usurpación y una tentativa para incidir en los comicios presidenciales en seis meses, mientras Merino integraba en su gabinete a personajes tan impresentables como el genocida Antero Flores-Aráoz, ministro de Defensa durante el segundo mandato de Alan García.

Diversos factores confluyen en esta crisis que creo va más allá de lo político institucional y compromete al régimen instaurado en 1992 con el golpe de estado de Alberto Fujimori y la Constitución de 1993 que fue su producto y el marco en el cual se han regido el Estado, la economía y la sociedad en los últimos 30 años.

Pero se vino el declive del boom económico producido por los extraordinarios precios de los minerales que evidenció que lo vivido había sido una “prosperidad falaz”. Las evidencias de corrupción estimuladas por el caso Odebrecht y otros en el que estuvieron involucrados los presidentes, pero también los grupos de poder económico, dejó al desnudo la captura corrupta del Estado, que se acentuó con el gobierno de Kuczynski.

La disputa entre fracciones de los grupos de poder económico y su representación política de derecha por el control del Estado expresada entre el grupo más liberal, lobista y ligado al gran capital de Kuczynski y el más emergente, mafioso y conservador expresado por Keiko Fujimori, que implicó como hasta hoy un enfrentamiento de poderes entre el ejecutivo y el legislativo.

¿Por un gobierno popular?

Los sectores populares son los más afectados por esta crisis ya que la descomposición política, la crisis sanitaria y social, que no logran encontrar una salida en los actuales marcos políticos y económicos, continúan excluyendo a las grandes mayorías y beneficiando a los grupos de poder económico.

Hoy quedó demostrada la necesidad de garantizar la lucha contra la corrupción, fortalecer el sistema de justicia para que no haya borrón y cuenta nueva y reactivar la economía en función de las grandes mayorías, junto a la necesidad de una reforma política que democratice realmente el sistema político y lo libere de las mafias y el gran poder económico.

En la izquierda se considera que se debe avanzar hacia una refundación del país, partiendo de una reforma constitucional. Este no es solo el problema del Estado neoliberal y su modelo económico, es el fracaso del Estado fundado hace 200 años que una y otra vez ha sido reactualizado y que en esencia ha sido patrimonializado por los sectores dominantes.

Mientras, la crisis generada por las grietas del consenso construido desde 1992 se llena con discursos reaccionarios y muy conservadores. Lo que hace falta son cambios de fondo, estructurales que deben expresarse a todo nivel y deberían estar contenidos en un nuevo pacto constitucional donde el centro deben ser los derechos de las personas, y un Estado y economía al servicio de ello, señala el politólogo Álvaro Campana.

Desde los sectores populares se tiene conciencia de que antes serán necesarios otros pasos como pelear por una respuesta popular a la emergencia sanitaria y social y una reactivación económica que no repita lo ocurrido en desastres anteriores, favoreciendo solo los negocios particulares de los privados. Politizar y movilizar a la ciudadanía en este proceso es vital, que obligue a abrir un momento de transición al que Vizcarra se negó y que el actual gobierno ilegítimo también niega.

Con la pandemia ha quedado desnudo un gobierno, el de Vizcarra, en el mismo rumbo con lo cual el Perú tiene ya la misma cantidad de muertos por Covid que los que hubo en el Conflicto Armado Interno que ocupó una década. Los trabajadores, los productores agrarios, los pequeños empresarios, las mujeres y los pueblos indígenas han sido los más golpeados.

Hay una especie de piloto automático económico y un fracaso del Estado neoliberal para garantizar derechos carcomidos por la corrupción de lobbys y mafias, así como un avance importante de discursos reaccionarios y conservadores que cabalgan y crecen en la desesperación de la ciudadanía. Mientras, “los políticos” siguen abocados a las disputas de parcelas del poder y garantizar los intereses a los que representan, añade Campana.

Perú da señales de haber entrado a un proceso de reconstitución popular y de ruptura con la partidocracia que lo somete desde hace años y desde la calle se hace protagonista; una de las expresiones populares que acompañan la movilización y la lucha es el movimiento Nuevo Perú, fundado en 2017 que, hasta ahora, no ha logrado conformar una alianza más grandes sobre propuestas consensuadas y realizables para un país en crisis ¿terminal?.

Se trata de una organización en la que convergen diversos espacios de izquierda provenientes de los sectores históricos, pero también de las luchas recientes en el Perú y que participaron en las elecciones de 2016 en el marco de lo que fue el Frente Amplio y que llevó a Verónika Mendoza como candidata a la presidencia, quien ahora será candidata. para las próximas elecciones de abril de 2021, por la coalición Frente Político Juntos por el Perú.

Una gran tarea para los sectores populares es construir una gran plataforma político social y ciudadana que permita alcanzar un gobierno de mayorías y que posibilite los cambios estructurales y otra es  avanzar hacia un proceso constituyente que concluya en una nueva constitución.

Lo cierto es que se requiere de una profunda reconstrucción del Estado con una perspectiva descentralizadora y garante de los derechos de la ciudadanía, con capacidad de planificación, regulación y participación estatal en las actividades económicas estratégicas y servicios fundamentales.

El combate a la corrupción no es sólo como un asunto moral, sino la expresión sistémica de un estado puesto al servicio de intereses particulares. Se necesita una economía diversificada, con una perspectiva territorial y centrada en potenciar y mejorar las condiciones de la pequeña agricultura, las pequeñas y medianas empresas, en vincular la economía con la innovación tecnológica y la planificación ecológica.

Los sectores populares reclaman, asimismo, una reforma tributaria que permita una redistribución económica y sea la garantía del ejercicio de los derechos sociales. Deben ser respetados los derechos de los trabajadores, los productores del campo y la ciudad, los ciudadanos, los pueblos indígenas, las mujeres, la comunidad LGTBI, señalan desde las calles, caminos y carreteras del Perú..

Aram Aharonian.  Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) y susrysurtv.

18 de noviembre de 2020

Perú. Dueños del pais XI: CONFIEP y los golpes

 

Francisco Durand

Acaba de pronunciarse hoy domingo 15 de noviembre el directorio de la CONFIEP, modificando su posición frente al gobierno de Merino, pasando ahora a afirmar que: “reiteradamente nos hemos pronunciado y advertido, públicamente, que un cambio drástico en la conducción de la Nación no era lo más conveniente”.

Hace menos de una semana afirmaron que el nuevo gobierno debía estabilizar la situación política y “trabajar por el progreso y el desarrollo del Perú”. La Cámara de Comercio de Lima, la Asociacion de Exportadores y la Sociedad Nacional de Industrias también apoyaron. De modo que los gremios de grandes y medianos empresarios formales, que representan a una minoría empresarial privilegiada, le dieron luz verde a Merino. Y en CONFIEP quisieron aprovechar el cambio con el nombramiento de Patricia Teullet, Gerente General de la CONFIEP, en el gabinete. La única organización empresarial que se pronunció clara y abiertamente en contra fue IPAE Asociación Empresarial que organiza los CADE.

Desde ayer variaron de posición por la contundencia de las manifestaciones y la indignación por los muertos. Varios altos gerentes de grupos de poder (BCP, Ferreyros, Alicorp, Intercorp) se comenzaron a correr hacia el centro luego de permanecer callados frente al último golpe parlamentario.

No hay que olvidar tampoco la carta pública de los tecnócratas neoliberales liderados por Roberto Abusada y sus amigos y colegas, que apoyaron el golpe al no condenarlo y querer orientarlo. Abusada (IPE) ha sido asesor de José Graña Miró Quesada, también director y accionista. Asimismo, está ligado al grupo El Comercio, donde es asesor económico y principal columnista. Graña Miró Quesada es uno de los empresarios más corruptos del pais. El conglomerado El Comercio ha sido uno de los principales agitadores para crear un clima golpista con sus “revelaciones” convenientemente exageradas en sus programas dominicales. Ahora El Comercio se ha puesto, como la CONFIEP, de medio lado.

De modo que podemos identificar a los tres pivotes de la elite económica que gobierna el país desde las sombras desde 1990, y que a veces, como ahora, se le sale fuera de control la situación política (sobretodo con el nuevo Congreso). Todos los presidentes han sido influenciados, controlados, financiados, es decir capturados (Fujimori, Toledo, García, Humala, PPK, Vizcarra y Merino) recurriendo a diversos mecanismos de influencia, asegurándose que el MEF y el BCRP sean dirigidos por tecnocracias tipo Abusada y su círculo, que rotan en este cargo como ministros, asesores, viceministros; rebajando los estándares de regulación ambiental, impidiendo la formación de sindicatos, generando amnistías tributarias, buscando siempre rentas, con el objeto de “estimular el crecimiento” por encima de todo.

Estos tres pivotes son: Uno, los grandes empresarios que agrupa la CONFIEP, el gremio de gremios liderado por los intereses extractivistas y financieros. Dos, la tecnocracia neoliberal que rota entre grandes empresas, organismos internacionales y altos puestos de gobierno. Veáse la trayectoria de Fernando Zavala, el caso más representativo de “puerta giratoria”: fue del grupo Apoyo al MEF, del MEF a Backus, de Backus de vuelta al MEF, y ahora en Intercorp. Tres, los grandes medios de comunicación de masas (El Comercio, Cadena Correo, RPP, Wilax, este último muy comprometido con el golpe) que inciden en la opinión pública para evitar el debate sobre un cambio económico de la Constitución, al mismo tiempo que, en caso de los conflictos, acentúan las tomas de violencia de los manifestantes y justifican el llamado al orden y la violencia policial. Estado de derecho, dicen. Su Estado, su derecho.

Esta es el lado de la conjura de todos los intentos de vacancia de Vizcarra a quien, por razones que habrá que explicar (su apoyo a las investigaciones del caso Lava Jato, que tanto atormenta a los constructores privados, las investigaciones de lavado de dinero de los Romero y otros grupos, la intervención de la Fiscalia en la CONFIEP al descubrirse aportes a KeIko no declarados, su renuencia a “destrabar Tía María y Conga como demandaban los mineros), no les parecía un personaje tan útil. De allí que desde setiembre del 2019 apoyaron abiertamente el golpe parlamentario de Mercedes Araoz y, luego, más de costado, en los últimos dos intentos han variado a “apoyo pero no me comprometo”.

No me sorprende, y de una vez entendamos que la CONFIEP es un gremio golpista. Vean la declaración de principios de la CONFIEP y tomen en cuenta que no mencionan la democracia, la transparencia. Lo fue en la crisis de junio de 1992, con comunicado público de apoyo con ciertos remilgos, pero apoyo a fin de cuentas que le dio grandes réditos; “demanda establecer el orden… confía en las reformas constitucionales”.

De modo que ahora la consigna es “de nuevo y acomodarse”. Su principal temor es un crecimiento electoral de la izquierda y una constituyente de centro-izquierda que revise la constitución de 1993, en particular que se elimine el principio de “subsidiaridad del Estado”. Ese capitulo, según me relató un conocido constitucionalista, fue escrito por la CONFIEP, por encargo de Jaime Yoshiyama, en momentos que la CONFIEP contaba con fondos de cooperación técnica internacional. Es su constitucion. Se vienen entones grandes batallas donde destaca la posible y necesaria reversión de las pensiones privadas con fines de lucro, las normas regulatorias laborales y ambientales de los sectores extractivos.

Esta es la realidad de la política peruana y nos lleva a un último punto. El rol de los “analistas políticos” y periodistas enterados que predomina en los medios. Aqui estamos frente a otro problema. No se puede informar a la opinión pública omitiendo el rol del actor más poderoso de la sociedad peruana. Es un tema taboo. Estas omisiones son por convicción (“son los creadores de riqueza, el modelo es un éxito, debe continuar), o por interés, en tanto son contratados como consultores, asesores. Lo mismo sucede con numerosos periodistas, muchos de los cuales trabajan en, o para las empresas. Este lado de la mal llamada “opinión pública especializada”, que con frecuencia peca gravemente de conflicto de intereses al no informar al público sus conexiones, es algo que debemos corregir.

Estamos frente a una crisis política mayor. Cuatro presidentes en poco más de cuatro años y en crisis sanitaria, social, económica y política. A punto de ir a elecciones. En las próximos meses veremos en qué dirección nos movemos. Dudo mucho que sigamos en la derecha. No hay espacio para una alternativa tipo Bolsonaro y lo más probable es que predomine el centro y la izquierda.

17 de noviembre de 2020

El viejo mundo muere en cada marcha


 Alberto De Belaunde

“El viejo mundo está muriendo. El nuevo no termina de nacer. Y en ese claroscuro, surgen los monstruos”. Esta frase, atribuida al filósofo italiano Antonio Gramsci, bien podría reflejar el momento actual de la política peruana. En los últimos siete días hemos presenciado en el Perú una serie de acontecimientos críticos que parecieran mostrar la existencia de dos mundos que conviven en el mismo país, al mismo tiempo.

Un mundo pequeño, habitado por personajes anacrónicos que se aferran a las viejas y tramposas formas de la política añeja. La conversación a media voz en el pasillo, el pacto bajo la mesa, la búsqueda del aplauso fácil. La indignidad. No les interesa aportar ideas, solo frases vacías repetidas hasta el hartazgo. La magnitud de su ambición es solo comparable al desprecio que sienten por las instituciones que se interponen entre ellos y las cuotas de poder a las que aspiran.

En las últimas semanas los vimos actuar afanosamente –desde el Congreso, desde sus medios de comunicación, desde sus gremios– para impulsar una toma de poder ilegítima e inconstitucional. Sumergieron al país en una profunda crisis política, en medio de la peor emergencia sanitaria y económica que hayamos visto. Una maniobra que quedará grabada como uno de los actos más vergonzosos que ha visto la historia peruana.

Pero, además, una vez alcanzado el control, han decidido rodearse de personas cuyo ego y falta de empatía están por encima de cualquier otra consideración. Nunca la expresión “ancha base” fue utilizada para expresar algo tan raquítico y homogéneo. Pero hay que reconocerles a los flamantes ministros su sinceridad: formar parte de este régimen nos expresa de forma clara e indubitable cuál es su escala de valores.

Incluso quienes querían darle el beneficio de la duda ahora miran para otro lado o empiezan a mostrar su preocupación. No es para menos. En pocos días ha quedado clara la impronta de una transición autoritaria. Neutralizar al Tribunal Constitucional, descabezar a la Procuraduría General, desmantelar a la Sunedu, censurar al canal de todos los peruanos, aumentar la represión policial son tan solo sus primeras operaciones visibles.

Sin embargo, a la par de esta usurpación de la voluntad popular por quienes saben que no son capaces ya de ganar elecciones, esta semana también ha surgido un fenómeno extraordinario. Cientos de miles de personas han salido a las calles, todos los días y en todo el Perú, para expresar su rechazo a lo que viene sucediendo. No solo repudian la vacancia irresponsable y el giro antidemocrático que ha dado el gobierno peruano. También expresan el hartazgo de la hegemonía política de todo ese mundo de personajes que no miran más allá de su ombligo.

Ellos, los miles de jóvenes que han impulsado las marchas, que comunican con creatividad a través de las redes sociales, que cacerolean todas las noches, son la nueva política. Una de mirada amplia, convocante y renovadora. Esta juventud diversa quiere un país donde entremos todos. Una democracia donde todos podamos ser felices bajo un Estado justo y limpio. Si antes lo deseaban, hoy han decidido empezar a hacerlo realidad. Y así, en pocos días, han puesto en jaque a la esencia misma de la vieja política que, sin darse cuenta, hoy da manotazos de ahogado.

Estamos atravesando un momento bisagra. Días en los que se define el destino del Perú hacia el bicentenario. El autoritarismo, como el monstruo predicho por Gramsci, hoy surge e intenta secuestrar nuestro país. En las manos de la nueva generación de jóvenes, hoy en las calles, está que esto no ocurra, que la democracia prevalezca y que de esta crisis surja el país con el que soñamos.

A más represión, más organización. A más desprecio, más movilización. A más campaña de miedo, más esperanza. A más alarmismo, más humor. Estos días quedarán por siempre marcados como la prueba de que expresarse, protestar, hacer ciudadanía, sí funciona.

La vieja política muere en cada marcha. Y no podrán evititarlo.

16 de noviembre de 2020

“Por años se había dicho que la ciudadanía peruana tenía miedo de estar en la calle”

 

Lucía Dammert  (Entrevista Enrique Patriau)

Entrevista a la socióloga dedicada a temas de seguridad, crimen y gobernabilidad en América Latina. Profesora en la Universidad de Santiago de Chile.

La doctora en ciencia política y profesora universitaria Lucía Dammert analiza en esta entrevista las protestas ciudadanas en el Perú luego de la vacancia contra Martín Vizcarra. Ofrece una comparación con lo que se vivió en Chile, país en el que reside. “Las marchas y protestas inorgánicas serán la norma, no la excepción”, señala.

¿Qué piensa de lo que está ocurriendo en Perú?

Lo que me parece interesante es la generación de una respuesta ciudadana que pocos esperaban. Por años se había dicho que el Perú era apolítico, que su ciudadanía tenía miedo de estar en la calle, que salía muy poco…

¿Se ha demostrado que no es verdad?

Por lo menos esta fue la gota que rebalsó el vaso frente a la pasividad y la espera de que el mundo de la elite política-económica resuelva cosas. Ya hemos visto situaciones en otros países en donde la protesta se toma la calle, el mundo político se queda en off-side y no sabe cómo moverse, interpretar, y ahí es donde se empieza con la represión policial y estos inventos de tratar de explicar la protesta, por intervenciones extranjeras o cualquier cosa. Lo que se ve en las calles es gente joven, que tiene una relación con la política que parecía muy distante. Repoblar el espacio público y el debate es una muy buena noticia.

La mala noticia es para nuestros políticos. Es un mensaje muy duro.

Sí. Transversalmente uno podría tratar de identificar uno que otro que se salva, pero lo que hay acá es un grado de hastío frente a una política que frustra. En Chile uno veía una casta política totalmente aislada que no conversaba con la ciudadanía, y en el caso peruano a eso se le suma altísimos niveles de corrupción, de opacidad. Y después viene la burla porque se han puesto ministros que no saben de sus temas, personas que no recibieron ni 10 mil votos haciéndose cargo del país.

Y con una agenda muy conservadora.

Con una agenda superconservadora, superretardataria. Es una élite política que ya debería jubilarse.

¿Diría que el caso Merino disparó la indignación?

Sí, es verdad. Cuando uno mira los procesos de protestas de los últimos años en el mundo entero, las más efervescentes generan más convocatoria que aquellas convocadas por los sindicatos o actores tradicionales.

La espontaneidad es más efectiva.

O la organización por otras redes. Muchos jóvenes que se comunican por WhatsApp por ejemplo se pueden haber sentido compelidos a participar, más allá de que las organizaciones políticas o quienes se sienten representantes de la voz del ciudadano hubieran convocado a la marcha. Y eso me parece una buena noticia. Cuando trataron de sacar a los fiscales (del caso Lava Jato) la manifestación fue un poquito más espontánea.

En el año nuevo de 2019.

Así es. O las marchas contra los feminicidios. Pero llamaba la atención, desde fuera, que salía un grupo de gente y rápidamente perdía magnitud. Lo que estamos vendo ahora parecería ser distinto, a pesar de la Covid y del toque de queda.

Usted vive en Chile. ¿Observa similitudes con la convulsión social que se vivió allá?

Lo primero que se puede decir es que entramos en una etapa en la que las marchas y las protestas inorgánicas van a ser la norma y no la excepción. Son protestas que van a incluir –es lo que pasó en Chile– a muchos grupos muy diversos, molestos con la forma en que se está desarrollando el país, que no votan por la misma persona pero que reconocen la necesidad de cambios estructurales. En el caso chileno, esto estuvo más vinculado al modelo de desarrollo, a los niveles de desigualdad.

¿Y en el caso peruano?

Lo veo mucho más vinculado a la corrupción de la política, al deterioro de la relación de los políticos con los ciudadanos.

¿A la escasa representación?

A la limitadísima representación. En el caso chileno hay una crisis de los partidos que, te diría, es mediana, mientras que en el caso peruano es terminal. En Perú, se han convertido en una sociedad limitada, donde lo que se hace es entregar escaños a cambio de favores, o de intereses. Hay algo muy importante: los que salen son menores de 40-35 años, que no vivieron la dictadura en Chile o década de los 80 en el Perú cuando todos tenían miedo de salir a la calle. Para la gente joven, esos dos fantasmas…

Son cosa del pasado.

De la prehistoria. Otra cosa común es que la elite política, en general mayor, no sabe leer estos movimientos y lo que hace es tratar de identificarlos con chivos expiatorios. En Chile se habló de los intereses cubanos, venezolanos, casi los rusos. A pesar de que lo del Perú está en su primer momento, son imaginarios que se construyen para quitarle legitimidad al reclamo de la calle. Ya inmediatamente después viene el imaginario de que los que marchan son narcotraficantes, delincuentes. Eso no ha pasado en Perú…

¿Y podría pasar?

Podría, si llegara a haber incendios o situaciones de mayor confrontación. El establishment vive en otro planeta. Uno escucha al premier (Flores Aráoz) y se pregunta: ¿qué hace ahí? No entiende el fastidio ciudadano.

Dijo que iba a consultar con sociólogos para que le expliquen la situación.

No hay que ser sociólogo para darnos cuenta de que la forma como habla el premier se llama violencia estructural, es tratarte como estúpido. Y lo que me parece vital es que cuando el establishment tiene esta desconexión con el mundo de la protesta, la solución es la represión policial. En Chile tenemos más de 6 mil denuncias de violaciones a los derechos humanos, mucha gente que quedó ciega por perdigones en los ojos y hay una crisis institucional profunda con la Policía por estos niveles de enfrentamiento. Y esto es lo que yo he podido observar estas 24 horas en Perú, donde la violencia policial se ha visto que es muy fuerte.

15 de noviembre de 2020

Usted no representa la nación


César Hildebrandt

Carta abierta al señor Manuel Merino de Lama

Lima, 12 de noviembre del 2020

Señor Manuel Merino de Lama:

Es usted el presidente de la re­pública que reconocen y aplauden los políticos de la decadencia, los congresistas que aspiran a prófu­gos, los exparlamentarios que en­trevista el canal donde Milagros Leiva ejerce el viejo oficio de la anuencia. Pero la mayor parte de los peruanos no lo admite como máxima autoridad y no importa lo que le digan los aduladores que ahora lo rodean.

No se tome las cosas muy en serio, señor Merino. Usted ha nombrado primer minis­tro a un gato techero al que le quedan varias vidas, a pesar de las que perdió en el ridícu­lo, en su paso por el PPC o el alanismo saqueador y en su afán insaciable de figuración para las cazuelas. Este gato, señor Merino, no sólo odia a las llamas y a los huanacos sino que está acostumbrado a comer rato­nes de provincia, por lo que po­demos decir que seguridad del estado debiera instaurar medidas especiales en aras de su integri­dad. Lo que quiero decirle es que Antero Flores Aráoz se encargará de figurar como el presidente de la república en acción y le dejará a usted, que apenas puede leer, el papel que tiene la reina Isabel en el Reino Unido.

Ha dado usted un golpe insti­gado por lo peor de la política peruana. Ha reunido usted a la mu­gre y al miasma, al prontuario y a la requisitoria, a la ignorancia y a la avidez, y con todo ello ha hecho usted una ceremonia de investidura presidencial. Cree usted que así pasará a la historia, que será inevitable que el futuro lo nombre y que la memoria colectiva le reserve un lugar de privilegio. Qué ingenuo es usted, señor Merino. 

¿Sabe usted cuántos “presidentes de la república peruana” yacen en el merecido anonimato? No son pocos. ¿Alguien recuerda a Francisco Valdivieso y Prada, elegido por el congreso en junio de 1823? ¿Alguien tiene en la cabeza a Manuel Salazar, que nos gobernó como “encargado del ejecutivo” desde septiembre de 1828 hasta junio de 1829 y que llegó a ocupar el máximo cargo, con igual intrascendencia, en otras tres ocasiones? ¿Estudian en nuestra secundaria a Antonio Gutiérrez de la Fuente, que dio un golpe de estado y mandó en el Perú de junio a septiembre de 1829 y que después fue presidente furtivo en otras dos ocasiones? Claro que no.

Eso es lo que le espera, señor Merino. No será usted, con los años, ni siquiera un pie de pági­na, una aclaración en bastardi­lla. ¿Cree que soy mezquino? A ver, ¿quién rinde hoy homenaje a los señores Juan Ángel Bujanda, Juan José Salas y Juan Bautista de Lavalle, fugaces mandatarios que reemplazaron al autonombrado presidente Felipe Santiago Salaverry? ¿Dónde están los monumentos y los libros dedicados a Manuel Menéndez Gorozabel, que gobernó el Perú entre noviembre de 1841 y agosto de 1842? ¿Y dón­de está la bibliografía abundante en torno a personajes como José Miguel Medina, Juan Manuel del Mar o Manuel Costas Arce, todos primeros mandatarios conde­nados al olvido? Para no hablar de los levísimos Ricardo Elías Arias y Gustavo Jiménez, pre­sidentes del Perú del 1 al 11 de marzo de 1931.

Eso le espera a usted, señor Merino: la fosa común de las torpes ambiciones, del oro­pel en traje de grandeza, de la chanfaina que quiere ser ban­quete. ¿Quería usted pasar a la historia? Pues hubiera podido in­tentarlo cumpliendo su tarea de presidente del congreso, que eso ya era bastante para sus aptitu­des.

Pero el hambre de notoriedad pudo más. Fue usted convenci­do por una gavilla de que era el hombre que podía entrar por la ventana a las celebraciones del bicentenario y aceptó el encargo. Para eso hubo de aliarse con Ac­ción Popular y con Alianza para el Progreso, con el antaurismo armagedónico y con la corte de inminentes requisitoriados que pueblan el congreso.

En cierto sentido, nos ha hecho un favor. Ya nadie podrá dudar de la podre que ha empezado a cundir en ese organismo que una vez fundó Fernando Belaunde y que tuvo como doctrina el Perú, lo que jamás significó algo que no asustara. ¿El Perú como doctrina? ¿Cuál Perú? ¿El de la página once, el de Guvarte, el de aquel primer ministro que todo lo per­mitía con tal de que la farra espol­voreada continuara? Ya sabemos qué es Alianza para el Progreso: una firma fundada por un bufón que por lo general anuncia lo que habrá de incumplir y que ha he­cho una megafortuna fabricando diplomas que no valen ni el car­tón en que están impresos. Con esos se ha aliado usted, señor Me­rino, para fingir que es presidente y para presidir por un semestre el país que hoy lo repudia. Con esos se ha aliado y, además, con Podemos, salida del patíbulo y que congrega a la mejor carne de pre­sidio del congreso. Y a toda esa federación de gentuza sume usted al fujimorismo siempre atento y al supurado aprismo que dejó el que huyó de la justicia pegándo­se un tiro salvador. Ponga usted todos esos ingredientes en una licuadora, licúe, vierta el conteni­do en un envase y entrégueselo a la baja policía. O brinde, si, como parece, quiere usted brindar.

Para deshacerse de un presi­dente salpicado por la corrupción, se ha aliado usted a los corruptos. Es usted ahora socio intrínseco de Pepe Luna y Édgar Alarcón, a quienes esperan un pecto numé­rico y una ventana de barras. Es usted socio univitelino de Ántero Flores Aráoz, que es la nada que habla, el fantasma que pena des­de aquella imaginaria república aristocrática.

¿Qué principios invoca su gobierno usurpador, señor Merino? ¿El de la restauración de la dignidad? ¿Y qué hace usted entonces con Omar Chehade y Juan Sheput?

Vizcarra de­bía responder a la justicia cuando terminara su mandato. No tenía escapatoria. Pero a usted le pudo la codicia y nos ha puesto en esta situación, una en la que a la catástrofe de la pandemia se suma hoy la flamante ineptitud de su oscuro gabinete.

Buscando la historia y sus Olimpos ha hallado usted la man­ga, señor Merino, el cómic, la ca­ricatura. Que Vizcarra fuese un investigado altamente sos­pechoso de ser culpable no le daba a usted el derecho de em­plear un artícu­lo inaplicable de la constitución para crear esta zozobra. Esta­mos en pandemia, la crisis conti­núa, la OEA no nos reconoce y del extranjero llegan señales omino­sas sobre lo que puede ocurrirle a nuestra economía en esta nueva fase de tumultos, represión e incertidumbre.

Tiene usted a un congreso que lo profirió, se ha abalanzado so­bre el ejecutivo, tiene el propósito -ya lo insinuó el gato marrullero que tiene al costado- de nombrar a un Tribunal Constitucional ad hoc y cuenta con la fidelidad de las fuerzas armadas. ¿Hasta dónde quiere llegar? ¿También quie­re la calle? ¿Por eso ha dado usted la orden de reprimir a cualquier costo las manifestaciones donde la gente repudia su interinato?

No representa usted a la na­ción, señor Merino. Representa a un congreso que se ha ilegitimado y ha tomado el palacio donde le cortaron el gaznate a Pancho Pizarro. Piénselo.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 515, 13/11/2020  08

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