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5 de abril de 2022

Perú: El libre mercado como “vale todo”

Pedro Francke

Han pasado dos años desde el inicio de la pandemia y nuestro país ha acumulado 250 mil muertos, aunque hemos finalmente logrado una amplia vacunación. La economía y el empleo formal se fueron al piso el 2021 pero lograron recuperarse plenamente el segundo semestre del año pasado; la pobreza, sin embargo, sigue fuerte, sobre todo en esa amplia mayoría de informalidad y sobrevivencia económica que es el autoempleo. Estamos finalmente regresando a clases presenciales, no sin dificultades y arrastrando nuestros niños y niñas serios problemas y déficits educativos. La inseguridad ciudadana y el transporte caótico han regresado, pareciera con ánimos recargados de hacernos la vida más difícil.

En todo este tiempo, las enormes desigualdades e injusticias sociales que laceran nuestra patria se han manifestado con crudeza. Acceder a oxígeno o a una cama UCI, y por lo tanto a mantenerse con vida, en muchos casos sólo fue posible si se pagaba sumas exageradas, que no estaban al alcance de todos y revertían en beneficio de unos pocos. La pérdida de empleos e ingresos fue muy dura para los más pobres, los informales y los que no han podido asegurar sus derechos laborales por diversas razones. Los niños y niñas en muchos poblados rurales no tenían tabletas o no tenían internet para acceder al “Aprendo en Casa”. Los créditos de apoyo tampoco llegaron a muchos microempresarios que lo necesitaban, debido a que tenemos un sistema financiero poco inclusivo.

La vacunación universal gratuita, la entrega de bonos de una manera amplia, los programas de empleo temporal, las medidas en favor de controlar la evasión y elusión tributaria, el cobro de más de 6,500 millones a grandes deudores del fisco, el apoyo a las instituciones de microfinanzas y el permitir el factoring para las pymes, la entrega de pensiones a quienes han aportado 10 y 15 años han sido algunas acciones realizadas el año pasado que van en el sentido de la igualdad. Sin embargo, la mayoría han sido apenas medidas de emergencia, claves ante la situación vivida, pero que no son suficientes. Hace falta mucho más.

Sucede, además, que nuevos problemas no paran de venir, y no son sólo los derrumbes y desastres que en esta temporada, como todos los años, azotan diversas localidades del país. Me refiero a la guerra de Rusia contra Ucrania que, aunque beneficia a las grandes empresas mineras con mejores precios internacionales, golpea a la enorme mayoría de peruanos con alzas de los combustibles, el pan y el aceite, cuestión frente a la cual el gobierno no puede dejar de responder con un sentido social. Si se suma a esto el alza de las tasas de interés de la FED (el BCR estadounidense), tenemos en marcha un golpe recesivo que requiere ser contrarrestado con una lógica macroeconómica de generación de empleo. Hay que estar muy alerta también frente a una cuarta ola del Covid, que tiene una nueva alza fuerte de casos en China y en Europa, posiblemente asociada a la variante ómicron B2, situación que resalta la gran importancia de seguir poniendo todo el énfasis en completar la tercera dosis, o dosis de refuerzo, que tiene aún coberturas muy bajas en muchas regiones del país, y también de ir preparando la cuarta dosis.

VOLVER AL PASADO

Frente a esta situación hay quienes dicen que la política económica de los últimos treinta años fue buenísima, como si la escasez de presupuestos para salud no tuviera nada que ver con la falta de médicos, hospitales y oxígeno, y tampoco tuviera nada que ver con los privilegios y ventajas tributarias otorgadas a las grandes mineras ni con la evasión y elusión tributaria de quienes poseen grandes fortunas. Como si el haber sido permisivos con los monopolios y los abusos de empresas privadas no estuviera atrás de la falta de oxígeno y las facturas elevadísimas por camas UCI. Como si la corrupción no se hubiera dado con todos esos presidentes neoliberales y Odebrecht no hubiera tenido como socia preferida a Graña y Montero, en cuyo directorio se sentaba quien fuera ministro fujimorista otorgador de exoneraciones tributarias a la agroexportación y luego secretario general del partido fujimorista. Como si las AFP fueran la gran maravilla.

Una política donde lo “social” de la “economía social de mercado” que establece la Constitución no vale un cobre, como ha pasado en décadas anteriores, tendría consecuencias negativas sobre la desigualdad este año. Porque esa política de libre mercado quiere decir que nuestra economía bailará al son de las tendencias internacionales. Los mejores precios del cobre, el oro y el zinc servirán principalmente para engordar los bolsillos de las mineras que en el último año ya han percibido 17 mil millones de dólares de ingresos extraordinarios, que les han caído del cielo cual lotería sin que hayan tenido que invertir un sol más, relegando al fisco y a las necesidades de salud pública, educación y obras regionales. Por otro lado, el alza en el precio mundial del petróleo, ya en 130 dólares el barril, aumenta el costo de los combustibles –la gasolina y el diésel subieron el 10 de marzo pasado en 12 por ciento– afectando a los transportistas y empujando la inflación a lo largo de toda la cadena logística. También la subida del precio del trigo ya hizo que el pan pase de 5 panes por sol (20 céntimos cada uno) a 4 por un sol o hasta 30 céntimos la unidad; se suma a eso el alza del maíz y el pollo, y de los aceites, y tenemos un fuerte golpe a las economías populares. Se benefician pocos, se afecta la mayoría. La desigualdad aumenta. Y este golpe a los pobres viene cuando todavía no se han recobrado del golpe del Covid, cuando el empleo formal se ha recuperado pero los ingresos informales no, y cuando una caída en la economía mundial afectará a nuestras exportaciones no tradicionales y el turismo, sectores importantes en la generación de empleos.

Ya sabemos la respuesta ideológica ante esta situación: la desigualdad no importa, el sufrimiento de muchas familias no importa, debemos dejar que las mineras se lleven todas las sobreganancias extraordinarias obtenidas de pura suerte por una guerra que nadie previó, porque sólo así vendrá la inversión privada. Pura ideología: no hay estudio alguno que la respalde; lo que sí sabemos es que cuando los precios de los metales suben la inversión privada, minera y no minera sube, lo cual no debe llamar la atención a nadie porque su rentabilidad sube. De hecho, el 2021, el año en que la derecha y la Confiep bramaban contra un supuesto gobierno comunista, la inversión minera creció fuertemente, y la no minera también. Como está a la vista, y las propias empresas mineras lo dicen, el principal problema que afrontan no son los impuestos sino la conflictividad social, que es adonde hay que poner el foco. Y en términos de comparación internacional, un estudio encargado al FMI dice claramente que el Perú puede subir impuestos a la minería sin perder competitividad frente a otros países.

Vale aclarar que esas sobreganancias mineras en su gran mayoría no se quedan en el Perú sino que se van al exterior, ya sea como remesas de las transnacionales, ya sea porque los grandes grupos de poder económico nacionales prefieren llevarse sus riquezas a algún paraíso fiscal. No es cierto, por eso, como se ha dicho favoreciendo a estos intereses, que cuando se propone un impuesto a las sobreganancias mineras el capital se aterroriza y sale del país. ¡Eso sucede sin reforma alguna! Y tampoco es cierto, como sostiene el extremismo neoliberal, que los impuestos sean una especie de expoliación. Son nada menos que el secreto del Estado del Bienestar.

El asunto de fondo, en términos económicos, es este: ¿es mayor el crecimiento cuando hay una enorme desigualdad, los trabajadores son explotados, las empresas pagan mínimos impuestos y las ganancias se quedan en pocas manos? La respuesta de la ciencia económica es la inversa: los países crecen más cuando la desigualdad se reduce, sobre todo cuando se logra que haya salud y educación para todos y se aumenta así el capital humano, y donde hay un sistema de seguridad social y de pensiones de cobertura universal que nos brinde seguridad económica y permita a todos invertir sin jugarse la vejez en una timba. Para que eso suceda, el Estado debe poder cobrar más impuestos a quienes concentran la riqueza y asignarlo a la inversión social. No sólo podemos redistribuir y crecer: una mejor distribución acelera el crecimiento.

GOBERNABILIDAD Y CAMBIOS

No es sólo en economía, por cierto, donde se ve cómo aumenta la desigualdad y los poderes económicos refuerzan su dominio. Un fallo del Tribunal Constitucional pone en cuestión el derecho de los pueblos indígenas a la consulta previa. El desastre ambiental de Repsol fue hace más de dos meses y ni el gobierno ni el Congreso ni la justicia han respondido con la fuerza necesaria. Con tal de quedarse en el cargo, el ministro de Salud lanza elogios al responsable de haber esterilizado forzosamente a miles de mujeres. La remuneración mínima vital sigue sin subir cuando estamos ya por terminar el tercer mes del año.

En favor de ese “libre mercado”, como un río revuelto donde ganan los más pillos, están en acción grandes fuerzas: la ultraderecha congresal, la repartija, la corrupción y el desgobierno. Es tiempo de que la ciudadanía vuelva a alzar fuerte su voz. Hay que mantenernos firmes en la lucha por los cambios que el Perú necesita, para que la justicia social con oportunidades para todos se abra camino y donde el crecimiento y la reducción de desigualdades vayan de la mano.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°578, del 18/03/2022   p15

5 de enero de 2022

Perú: Privilegios

Jorge Bruce

Uno de los conceptos que parece haberse afianzado en estos años de pandemia es el de privilegios. Esto es interesante porque mantener esta situación fuera del ámbito de la consciencia, facilita el afianzamiento e invisibilización de las desigualdades e injusticias. Pese a que no se haya avanzado mucho en la nivelación del terreno, sí lo hemos hecho en la fase previa que los psicoanalistas conocemos bien: la de identificar el problema, reconocerlo, empezar a trabajar en su elaboración.

Acaso la pandemia no ha sido ajena a esta “revelación”, de la que no tengo pruebas pero tampoco dudas, acogiéndome a la recordada frase de Héctor Béjar. Poder atenderse en establecimientos privados, por ejemplo, mientras la mayoría hacía colas inhumanas en hospitales públicos, suplicando por un balón de oxígeno impagable y a menudo moría en el intento, es algo que nadie puede ni debe olvidar. He ahí el mayor de los privilegios, digno de un bote en el naufragio del Titanic: salvar la vida mientras otros perecen en condiciones execrables.

Es evidente que nos falta muchísimo, tanto en el reconocimiento como en la democratización de estas inequidades que se repiten en todos los rubros: educación, vivienda, agua y desagüe, seguridad, etcétera. Cuando estábamos en la universidad, Nicolás Yerovi me decía: “En el Perú tener un plato de comida caliente es un privilegio”.

El chiste y su relación con lo inconsciente, escribió Freud en 1905. Incluso mentes bienintencionadas —no voy a citar nombres pues no es mi intención hacer sentir mal a nadie— han señalado en entrevistas haber tenido infancias difíciles. En ambos casos se trata de hombres blancos de clase media para arriba.

Un paciente proveniente de uno de los distritos más pobres y violentos del Perú me contaba la gracia —amarga— que les causaba a él y sus amigos esa declaración. Nadie está mintiendo. Se puede tener una infancia difícil proviniendo de un hogar acomodado, claro está. Pero en comparación con los relatos que he escuchado de quienes lo han hecho en condiciones absolutamente despiadadas, suena a broma de mal gusto.

Desde un plano eminentemente subjetivo, tomar consciencia de los propios privilegios es una manera de contribuir en el proceso democrático. Siempre y cuando seamos conscientes de que los deberes están encima de los derechos. Tal como lo señaló el abate Grégoire en la Francia de la Revolución: “El hombre solo es virtuoso con esfuerzo”.

30 de diciembre de 2021

Un planeta cada día más desigual

Sergio Ferrari

El 10% más rico del planeta posee el 76% de la riqueza mundial.

La mitad más pobre dispone apenas del 2% del total de la riqueza.

Unos poquitos, siempre tienen más. La mayoría, cada vez cuenta con menos. Aunque no sea un fenómeno nuevo, la desigualdad global continúa acentuándose e invita al estallido social.

De los 7.8 billones de personas que habitan actualmente el planeta, son solo 9 los mega ricos que tienen una riqueza individual superior a los 100 mil millones de dólares, lo que representa, en conjunto, 1.320 mil millones. Otros 62 millones de individuos son los *millonarios*, es decir, cuentan con una fortuna mayor a 1 millón de dólares.

Cien investigadores del mundo entero, coordinados por cuatro “pesos pesados” del análisis macro –Lucas Chancel, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucma–cruzaron datos, estadísticas y análisis para producir el Informe Sobre Desigualdad Mundial Global 2022, publicado el pasado martes 7 de diciembre (https://wir2022.wid.world/www-site/uploads/2021/12/Summary_WorldInequalityReport2022_Spanish.pdf).

Según dicho informe, las 52 personas más ricas del planeta han visto crecer el valor de su riqueza un 9,2% anual durante los últimos 25 años, en tanto que el club del 1% más rico –aquellos con más de 1,3 millones de dólares de riqueza– ha acaparado más de un tercio de toda la riqueza planetaria desde 1995.

La pandemia, por otra parte, ha jugado y continúa jugando como un disparador de las distancias sociales. Después de más de 18 meses de Covid-19, el mundo está más polarizado que antes en términos de desigualdad de riqueza, declaró Lucas Chancel, codirector del Laboratorio Mundial de la Desigualdad de la Escuela de Economía de París y coordinador del informe. Mientras que la riqueza de los multimillonarios ha aumentado más de 3,6 billones de euros, otros 100 millones de personas han pasado a engrosar las filas de la pobreza extrema a causa de la crisis sanitaria actual.

Información abierta: bien público mundial

Estos investigadores fundamentan la motivación de su trabajo en un nuevo paradigma interpretativo: la información sobre la desigualdad, abierta a la gente, transparente y confiable, constituye un bien público mundial.

Los promotores de esta investigación enfatizan una realidad incontrovertible: “vivimos en un mundo en el que abundan los datos y, sin embargo, carecemos de información básica sobre la desigualdad. Ejemplo de hecho es la paradoja de que, a pesar de que los gobiernos publican anualmente cifras sobre el crecimiento económico, por lo general sus informes no detallan cómo se distribuye ese crecimiento entre la población. En otras palabras: no explican quién gana y quién pierde en este partido. Y definen un concepto de referencia de su trabajo científico “el acceso a dichos datos es fundamental para promover la democracia”. Más allá de los ingresos y la riqueza, también es fundamental “mejorar nuestra capacidad colectiva para medir y monitorear otras dimensiones de las disparidades socioeconómicas, incluidas las temáticas ambientales y de género”, subrayan.

Un planeta cada vez más desigual

El 10% más rico de la población del planeta recibe actualmente el 52% del ingreso mundial, mientras que la mitad más pobre tan solo un 8,5%. En promedio, un individuo que forma parte de ese 10% privilegiado gana 87.200 euros (122.100 dólares) por año, en tanto que otro en la mitad más pobre sólo 2.800 euros (3.920 dólares).

Si las distancias en cuanto a ingresos producen escalofríos, las desigualdades mundiales a nivel de riqueza son, incluso, más pronunciadas. Por ejemplo: la mitad más pobre de la población mundial apenas posee el 2% del total de la riqueza. La otra cara de la misma moneda: el 10% más rico dispone del 76% de toda la riqueza. Lo que significa que la mitad más pobre de la población cuenta con un patrimonio promedio de 2.900 euros (4.100 dólares) por persona, en tanto el 10% más rico acapara, en términos promedio, una riqueza de 550.900 euros (771.300 dólares).

La desigualdad varía significativamente entre la región más igualitaria (Europa) y la más desigual (Medio Oriente y África del Norte). En Europa, el 10% más rico se queda con el 36% de los ingresos, mientras que en la región del Medio Oriente y África del Norte esta cifra alcanza el 58%. Entre estos dos niveles, se constata una diversidad de patrones. Por ejemplo, en el este de Asia, el 10% más rico se apropia del 43% del ingreso total, mientras que en América Latina el sector más rico se queda con el 55% de dicho ingreso.

Algo que también es evidente, según este informe, es que las desigualdades de ingresos y riqueza han ido en aumento en casi todas partes desde la década de 1980, tras una serie de programas de desregulación y liberalización – ajustes neoliberales — que diferentes países adoptaron con diversas modalidades.

Este aumento no ha sido uniforme: en algunos países (incluidos Estados Unidos, Rusia e India) la desigualdad ha experimentado incrementos espectaculares, mientras que en otros (en Europa y China) este aumento fue relativamente menor. Estas diferencias, según los autores del informe, confirman que la desigualdad no es un fatalismo inevitable, sino producto de “una elección política”, una consecuencia del modelo que se aplica.

Por otra parte, y desde una perspectiva histórica, “las desigualdades globales contemporáneas se acercan a los niveles de principios del siglo XX, en la cúspide del imperialismo occidental”, sostiene el estudio coordinado por el joven economista francés Lucas Chancel. De hecho, la proporción de ingresos que capta actualmente la mitad más pobre de la población mundial equivale aproximadamente a la mitad de lo que captaba en 1820, antes de la gran divergencia entre los países occidentales y sus colonias. En otras palabras, escriben los investigadores, “aún queda un largo camino por recorrer para deshacer las desigualdades económicas globales heredadas de la alta desigualdad en la organización de la producción mundial entre mediados del siglo XIX y mediados del XX”.

La “privatización” acelerada de la riqueza

Otra conclusión contundente del Informe Sobre la Desigualdad Mundial Global 2022 es que durante los últimos 40 años las naciones se han vuelto más ricas, mientras que los gobiernos son cada vez más pobres. Para entender esta paradoja es esencial evaluar la brecha entre la riqueza neta de los gobiernos y la del sector privado.

La participación de la riqueza en manos de los actores públicos es cercana a cero o negativa en los países ricos, lo que significa que la totalidad de la riqueza está en manos privadas. Esta tendencia se ha visto magnificada por la crisis del Covid-19, durante la cual los gobiernos han tomado prestado, esencialmente del sector privado, el equivalente al 10-20% del Producto Interno Bruto.

La escasa riqueza actual de los gobiernos tiene importantes implicaciones para las capacidades estatales de abordar la desigualdad en el futuro. Y para hacer frente a los desafíos clave del siglo XXI como, por ejemplo, el cambio climático. Así lo afirma el centenar de economistas que participaron en esta investigación.

Desigualdad ecológica y de género

Las desigualdades mundiales de ingresos y riqueza están estrechamente relacionadas con desigualdades ecológicas y en las contribuciones al cambio climático, sostienen.

En promedio, los seres humanos emiten 6,6 toneladas de dióxido de carbono (CO2) per cápita por año. Sin embargo, el 10% más acaudalado de los emisores es responsable de cerca del 50% de todas las emisiones, mientras que el 50% de los emisores más pobres produce el 12% del total.

Pero no es solo un problema de países ricos contra países pobres, ya que hay altos emisores en países de ingresos bajos y medianos, y bajos emisores en países ricos. Así, por ejemplo, en Europa el 50% más pobre de la población emite alrededor de cinco toneladas al año por persona; en el este de Asia, el 50% equivalente emite alrededor de tres toneladas, y en América del Norte alrededor de 10 toneladas. Esto contrasta marcadamente con las emisiones del 10% más rico en estas regiones (29 toneladas en Europa, 39 en Asia Oriental y 73 en América del Norte).

El informe también revela que la mitad más pobre de la población en los países ricos ya ha alcanzado o está por alcanzar las metas climáticas para 2030 si se tiene en cuenta el criterio de cálculo per cápita. No es el caso de la mitad más pudiente. Las grandes desigualdades en lo que hace a emisiones sugieren que las políticas climáticas deberían apuntar más a los contaminadores ricos. Hasta ahora, las políticas climáticas, como los impuestos al carbono, a menudo han impactado de manera desproporcionada a los grupos de ingresos bajos y medianos, sin modificar los hábitos de consumo de los grupos más poderosos, enfatiza el informe.

A otro nivel, en un mundo que reconoce y afirma la igualdad de género, las mujeres deberían ganar el 50% de todos los ingresos laborales. Pero la realidad es otra: la participación de las mujeres en los ingresos laborales totales se acercó al 30% en 1990 y se sitúa en menos del 35% en la actualidad. Es decir, en 30 años, el progreso a nivel mundial ha sido muy lento.

Redistribuir la riqueza para invertir en el futuro

Chancel, Piketty, Saez, Zucman y el centenar de expertos que investigaron durante los últimos cuatro años no se autocensuran cuando llega el momento de sugerir algunas propuestas viables.

Por ejemplo, abogan por una tasa sobre el patrimonio de los multimillonarios globales. Según sus cálculos, un modesto impuesto progresivo sobre ese gran volumen de concentración de riqueza podría generar ingresos importantes para los gobiernos, lo que les facilitaría una inversión substancial y justa en educación, salud y protección climática.

En 2021, señalan, había en el mundo 62 millones con más de 1 millón de dólares, o su equivalente. Su riqueza promedio era de 2.8 millones de dólares, lo que representa un total de 174 billones. A la luz de estas cifras, un impuesto progresivo sobre semejante patrimonio global, como estos investigadores proponen, generaría un ingreso significativo para las arcas de los Estados con el consiguiente impacto en sus políticas sociales.

Abordar los desafíos del siglo XXI no es factible sin una redistribución de ingresos y riqueza de tal modo que las desigualdades actuales se reduzcan gradualmente. El surgimiento de los Estados modernos de bienestar en el siglo XX, asociado con un significativo progreso en los ámbitos de la salud, la educación y oportunidades para todos, estuvo vinculado con el aumento de tasas impositivas progresivas y pronunciadas. Según el informe, fue este progreso, precisamente, lo que contribuyó fundamentalmente a la aceptación definitiva de una política de expansión fiscal, así como de socialización de la riqueza.

El informe enfatiza que será necesaria una evolución similar para abordar los desafíos del siglo XXI. La evolución del siglo XX de la fiscalidad internacional muestra que, de hecho, es posible avanzar hacia políticas económicas más justas tanto a nivel mundial como nacional. La desigualdad es siempre una opción política, y aprender de las políticas implementadas en otros países o en otros momentos es fundamental para diseñar vías de desarrollo más justas.

En cuanto a la evasión fiscal, el informe aboga por la creación de un registro financiero internacional bajo la égida de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos o de la ONU, lo cual «le permitiría a las autoridades fiscales y reguladoras verificar si los contribuyentes declaran correctamente sus activos e ingresos de capital, independientemente de lo que las instituciones financieras offshore quieran revelar».

Al igual que en el caso de la crisis climática, también en el terreno de las desigualdades mundiales el diagnóstico es contundente. La enfermedad estructural está claramente identificada. Una parte de la sociedad civil internacional, como los autores del informe, optan por proponer soluciones viables. Las condiciones necesarias para una terapia efectiva están prácticamente a la mano. Falta solo voluntad política para revertir el mundo que no queremos.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.