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9 de noviembre de 2021

La COP 26 y América Latina: mal clima

Juan Guahán, Marcos Salgado

Con la difícil misión de lograr compromisos concretos de parte de los países para frenar el calentamiento global, comenzó en Glasgow, Escocia, la COP26, cumbre climática que se extenderá durante dos semanas en la que participarán jefes de Estado, empresarios, organizaciones e instituciones, además de activistas.

“El cambio climático es generalizado, rápido y se está intensificando”, dice el último Informe del IPCC, el grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático. Científicos y científicas están observando cambios en el clima de la Tierra en todas las regiones y en el sistema climático en su conjunto. Muchos de los cambios en el clima no tienen precedentes en cientos de miles de años, y algunos que ya se verifican, como el aumento del nivel del mar, no se podrán revertir hasta dentro de varios siglos o milenios.

Las emisiones globales de dióxido de carbono han alcanzado un récord histórico con un crecimiento exponencial a partir de la década de los 70 del siglo pasado, después de la Crisis del Petróleo. Los países centrales son los responsables del 67 por ciento de las emisiones globales.

En ese contexto conocido y repetido, comenzó formalmente en Glasgow, Escocia, la COP 26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021, para muchos, es la conferencia definitiva, la última oportunidad para limitar el calentamiento global a no más de 1 grado y medio por encima de los niveles preindustriales. La cumbre también incluirá una primera hoja de ruta para el fin de los combustibles fósiles.

A Glasgow se llega, en principio, con un punto claro: no alcanzan los pactos limitados en conferencias de personajes encorbatados, hay que pasar a la acción. Los acuerdos firmados hasta ahora solo contemplan un 7,5 por ciento de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si esto se mantuviera así, para el año 2100 la temperatura de la tierra habría aumentado casi 3 grados. El desastre no hay que imaginárselo, está a la vista porque ya sucede: grandes sequías, inéditas lluvias e inundaciones, aumento del nivel del mar, más calor en las grandes ciudades, y una larga lista que sigue.

Es decir, los acuerdos actuales no sirven para evitar el desastre planetario. Lo que se necesita es un nuevo acuerdo para reducir en un 55 por ciento las emisiones de gases y esto tiene que ocurrir prácticamente ya: antes del 2030.

¿Y cómo estamos en América Latina? Mal, particularmente mal. Las emisiones en América Latina y el Caribe son solo el 8,3 por ciento del total, pero la región es particularmente vulnerable al cambio climático. América Latina se proyecta como una de las regiones del mundo donde los efectos e impactos del cambio climático serán más intensos: las olas de calor, la disminución del rendimiento de los cultivos, los incendios forestales, el agotamiento de los arrecifes de coral y los eventos extremos del nivel del mar, entre otros desastres.

El nuevo Reporte del Estado del Clima en América Latina y El Caribe 2020 de la Organización Meteorológica Mundial denuncia que los eventos relacionados con el clima y sus impactos cobraron más de 312 mil vidas en América Latina y el Caribe y afectaron a más de 277 millones de personas, solo en el último cuarto de siglo: entre 1998 y 2020. Todo lo que viene en el mundo con el cambio climático ya se ve América Latina: 2020 fue uno de los tres años más cálidos de América Central y el Caribe, y el segundo año más cálido de América del Sur. En América del Sur los impactos fueron extremos. La intensa sequía en el sur de la Amazonia y la región del Pantanal fue la peor de los últimos 50 años. Y la larga lista sigue.

La solución, está claro, es global: pero el país que tiene la llave más importante para mejorar las cosas en América del Sur es Brasil, porque en su territorio está el Amazonas, una de las llaves globales para detener el desastre pero devastado por la administración Bolsonaro, que permite la desforestación para ganar terreno para el negocio de la ganadería a pasos acelerados. El vicepresidente de Brasil llegará a Glasgow golpeándose el pecho y pidiendo ayuda económica de los países centrales para detener la deforestación que ellos mismos promueven. Arrancamos mal.

Así llegamos

El gran predecesor de este nuevo encuentro es el Acuerdo de París, firmado en el marco de la COP21, celebrada en 2015, pero que entró en vigencia en noviembre de 2016. El objetivo del ambicioso acuerdo suscrito por cerca de 200 países en la capital francesa fue limitar el calentamiento mundial por debajo de 2 ºC, preferiblemente a 1,5 ºC, en comparación con los niveles preindustriales.

Pero, seis años después, la meta no fue cumplida y las previsiones sobre lo que puede pasar con el calentamiento global en el futuro no son para nada alentadoras.

Si bien en la declaración final de la cumbre del G20 que se realizó en Roma el fin de semana los países que integran este grupo –19 países industrializados y emergentes más la Unión Europea– confirmaron el pacto para mantener el aumento de la temperatura del planeta a un máximo de 1,5 grados y pidieron acciones “significativas y efectivas” para lograrlo, son estos mismos países los causantes de 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

De acuerdo al informe dado a conocer a mediados de octubre por la organización Transparencia Climática, luego de un pequeño descenso en 2020 causado básicamente por la detención de las actividades que aparejó la pandemia de coronavirus, las emisiones comenzaron a incrementarse nuevamente. Otros estudios publicados en la previa de la COP26 señalan que no sólo están aumentando las emisiones liberadas a la atmósfera, sino que la concentración de partículas de CO2 es cada vez mayor.

En la semana previa al cónclave de Glasgow desde la Organización de las Naciones Unidas se alertó en un informe acerca de las “tendencias preocupantes” y de la inacción de la mayoría de las 196 naciones que firmaron en 2016 el compromiso de descarbonizar sus economías. Con los planes para reducir los gases de efecto invernadero declarados por los gobiernos actualmente, la temperatura del planeta subirá 2,7 ºC, un dato por demás grave si se tiene en cuenta que el objetivo ya mencionado del Acuerdo de París era de un grado y medio.

Si bien se celebró que con la llegada de Joe Biden al gobierno Estados Unidos, a diferencia de lo que sucedió durante la administración de Donald Trump, cuando tuvo una salida prácticamente simbólica del Acuerdo de París, volvió a imponer, al menos en lo teórico, una agenda verde, ese país sigue siendo el que más contamina el mundo.

Si bien en la actualidad las emisiones de China duplican las de Estados Unidos, Estados Unidos a lo largo de la historia contaminó la atmósfera más que cualquier otro país del mundo.

Las metas planteadas difícilmente sean cumplidas, lo que casi con seguridad llevará a nuevas frustraciones, como la meta de mantener vigente el objetivo de que las emisiones no aumenten más allá de 1,5 ºC la temperatura del planeta, poner una fecha final al uso de energías basadas en carbón y otorgar 100.000 millones de dólares para el financiamiento anual de políticas sobre el clima, algo que acordaron las naciones ricas.

Otras iniciativas, aún más ambiciosas y, por lo tanto, mucho más complejas de lograr, son que todos los autos que se vendan en los próximos 20 años sean eléctricos, terminar con la deforestación para el final de la década, debido a que los bosques juegan un papel crucial en la eliminación de carbono a la atmósfera, y también figura en la agenda la meta de reducir las emisiones de metano hacia la atmósfera.

Marcos Salgado. Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTv en Venezuela, editor de Questiondigital.com. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

27 de agosto de 2021

¿Mayores ganancias a costa de la vida en la Tierra?, parar a los irresponsables

Juan Guahán

Esta última semana, un Informe puso en blanco sobre negro la realidad que el planeta tierra, la única casa que tenemos, está padeciendo. Lo produjo un organismo de las Naciones Unidas, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Es la síntesis de 14 mil artículos científicos que resumen lo que está pasando y el futuro que nos espera, si se insiste en las locuras destinadas a lograr mayores y más rápidas ganancias a costa de la vida en la tierra.

Antes de señalar las previsiones del Informe mencionado, con las distintas respuestas que se van esbozando, es conveniente considerar algunas características del origen y evolución de este fenómeno. Este aviso no deja lugar a dudas sobre la responsabilidad de la actividad humana, a través del desarrollo industrial, en el origen y despliegue de este problema.

Si bien los inicios del industrialismo tienen una mayor antigüedad, estos últimos dos siglos de su desarrollo han sido el factor determinante para que este fenómeno detonara.

Por cierto que no han sido pocos los avances industriales que han influido de un modo provechoso en la vida cotidiana de la humanidad. Sin embargo el uso indiscriminado e ilimitado de los bienes comunes –también llamados recursos naturales- está en los orígenes de este proceso. No queda atrás la exacerbada búsqueda de un mayor rendimiento del trabajo y esfuerzo humano.

Todo ello hizo crecer de un modo inimaginable la capacidad productiva. Los países y empresas que estuvieron al frente de ese proceder se enriquecieron rápidamente. De ese modo se construyó (para las naciones y sus poblaciones) la riqueza de unos –los menos- y el empobrecimiento de los otros, la mayoría.

Pero no fue este el único efecto. Hubo otro, que el paso del tiempo permitiría observar en toda su magnitud y peligro. Se trataba del hecho que se acelera esa extracción de bienes para atender a las conveniencias económicas de su transformación, para atender al promovido consumismo. Al mismo tiempo que crecía la explotación del trabajo. Todo ello, en aras de una más rápida circulación del capital, con su perspectiva de mayores ganancias.

Esa lógica traería aparejada una consecuencia: La tierra, que es un componente vivo, no alcanzaba a reproducir su desgaste con la misma velocidad que era destruida o consumida. La consecuencia es elemental y letal. No solo consumíamos sus frutos, sino que estábamos destruyendo el soporte, la propia tierra que nos daba la vida y perspectivas de futuro para las generaciones venideras.

Eso es lo que estos científicos nos están advirtiendo y nos indican algunas de las consecuencias de este mezquino proceder. La manifestación práctica de este fenómeno son las emisiones de gases que producen un efecto invernadero e impulsan el constante aumento de la temperatura. El uso creciente de energías originadas en combustibles fósiles es evaluado como una de las principales causas de este fenómeno.

A continuación se señalan algunos de los efectos del mismo, según surgen del Informe mencionado.

El cambio climático es generalizado, rápido y se intensifica

Según este Informe la continuidad en la emisión de esos gases podría elevar la temperatura hasta números de los cuales ya no se podría retroceder. Lo peor es que eso podría acontecer en poco más de una década.

Este es un problema real y prácticamente forma parte de nuestra vida cotidiana y afecta a todo el mundo, aunque su desarrollo tiene más perspectivas de desplegarse en los países con mayor desarrollo económico, la mayor parte de las áreas del occidente desarrollado y la actual China.

Otro aspecto que este Informe pretende despejar es la responsabilidad humana en el mismo. Un extenso debate recorrió el mundo. No faltaron las voces, interesadas o no,  planteando que se trataba de “fenómenos naturales” ajenos al accionar humano. En esta síntesis se afirma, sin lugar a dudas, que el aspecto fundamental para la producción de estos fenómenos es la actividad de las personas.

Esta definición contiene la posibilidad opuesta. Si los humanos los provocaron habrá que ver qué hacen esos mismos humanos para ponerle fin y restablecer, antes que sea demasiado tarde, las condiciones para la continuidad de la vida en este planeta.

Esta conclusión es –probablemente- la más importante del Informe publicado.

La temperatura y su aumento: una clave del futuro

En un Informe producido en el año 2013, por este mismo organismo de las Naciones Unidas, se consideraba como un punto límite una suba de 1,5° centígrados de la temperatura. A partir de allí el fenómeno se volvería irreversible.

En las reuniones sobre acuerdos climáticos, París 2015, fueron varios los países que demandaron –por su propia seguridad- un límite más bajo para la suba de temperatura. De todos modos ese umbral se estaría alcanzando en el 2040 y eso supone reducir las emisiones de carbono (CO2 – dióxido de carbono) a la mitad. Pero si no se avanza en tales reducciones ese límite se alcanzaría en una década. Hay que tener presente que la temperatura de los últimos 5 años fue la más calurosa desde 1850 y que -desde la época preindustrial- la temperatura aumentó 1,1° grados Celsius. El Informe asegura que el cambio climático ya se  está viviendo, con el aumento –en intensidad y frecuencias- de temperaturas, lluvias y sequías extremas.

Esa dramática tendencia es evitabe? ¡Claro que sí! Eso supone reducir las emisiones globales a la mitad -para el 2030- y dejarlas en cero para mediados del siglo. Hacerlo supone utilizar “energía limpia” y enterrar las emisiones restantes mediante la captura y almacenamiento de carbono o absorberlas con más árboles. Esta perspectiva da cuenta, entre otras cuestiones, del crimen que supone la deforestación que seguimos produciendo.

El mencionado Informe incorpora el rol negativo que tiene, para el incremento del calentamiento global, el metano (CH4) producido por petróleo y gas.

El incremento del nivel del mar que se avecina

Anteriores informes del IPCC recibieron críticas por evaluar de un modo extremadamente conservador las incidencias del cambio climático en el nivel del mar. Concretamente había ignorado sus efectos en el derretimiento de las capas de hielo en Groenlandia y la Antártida, en este sentido abundan los datos de los últimos años.

Con las observaciones sobre la evolución actual y las previsiones futuras estiman que los mares podrían subir unos 2 metros para fines de este siglo y hasta 5 metros para el 2150.

Los efectos de situaciones de este tipo serán devastadores. Más aún si tenemos en cuenta que gran parte de la población mundial habita en ciudades construidas en zonas costeras. Islas y zonas insulares serían las primeras perjudicadas por un fenómeno de este tipo, con millones y millones de personas afectadas. Algunas de estas situaciones, particularmente en el área del Pacífico, se podrían verificar en el curso de este siglo.

El secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, calificó a este Informe -el más completo que se ha producido hasta la fecha- como una “alerta roja” para toda la humanidad. El mismo no es fatalista y reconoce que no estamos sentenciados. Pero sí demanda actuar. Es preciso hacerlo en una dirección distinta a la que venimos transitando en largas décadas.

En algún momento habrá que entender que una mayor riqueza y más rápida ganancia nos dejan sin futuro, que otro modelo económico social no solo es posible, sino que es imprescindible. Es posible que las mezquindades individuales y la búsqueda de mayor poder para las naciones atente contra el futuro pero la acción solidaria de la humanidad puede imponer modificaciones en las actitudes de unos y otros.

Los actuales dueños del mundo apuestan su futuro al espacio. Ya empezaron sus viajes. Suponen que podrán alcanzar su objetivo y seguir saqueando las riquezas de este planeta –en destrucción- con sirvientes que hagan las veces de capangas que controlen a los esclavos que sigan residiendo en la tierra. Es obvio que ésa no es la agenda y perspectivas de nuestros pueblos.

Juan Guahán. Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)