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27 de septiembre de 2022

El cambio climático y la Amazonía

Vari@s autor@s

El escenario de destrucción masiva de la biodiversidad, de cuerpos y del Sistema Tierra tal como lo conocemos, da pistas de una decadencia vertiginosa de lo que llamamos civilización. Mientras muchas comunidades, sean ellas científicas, sociales u originarias alertan sobre lo que podría ser “el fin del mundo”  —según la concepción del líder indígena Ailton Krenak—, la respuesta de la “humanidad zombie” es aumentar las ganancias para disminuir las pérdidas, sin tocar las estructuras del problema.

El contexto de colapso ambiental llama la atención de todo el mundo en cuanto a la necesidad de tomar medidas urgentes para impedir que se profundicen los eventos extremos vinculados a la emisión de CO2 y de gas metano en la atmósfera. Esta situación se agrava por la destrucción de las selvas tropicales —que son las responsables de equilibrar el clima— , dentro de las que se encuentra la Amazonía, que es la más grande del mundo, pues ocupa 6,8 millones de km2 y abriga a 33 millones de personas y miles de especies.

En los últimos años, climatólogxs y científicxs del clima vienen demostrando su preocupación respecto de la pérdida de cobertura forestal en los países sudamericanos y nombran esta situación como un punto de transformación sin retorno. Se estima que si la deforestación del bosque amazónico supera el 20% o 25%, el mundo —desde el punto de vista de un colapso climático— llegaría a su punto de inflexión. Hoy el porcentaje de deforestación de la Amazonía es de un 17%, y la tendencia es de aumento en los próximos años.

Sumado a la deforestación está el proceso de sabanización de la Amazonía como consecuencia del cambio climático, debido al calentamiento global, y de la muerte de los árboles típicos del clima húmedo que son responsables de absorber CO2. En el sur de la Amazonía, el periodo de sequía ya es más largo y se registra un aumento de 3 grados en las temperaturas. Debido a todos estos factores, hay una pérdida de capacidad de reciclar el agua y un cambio en el régimen de lluvias.

Todos estos cambios han transformado la región en un peligroso emisor de CO2. En lugar de cumplir con la función de ayudar a equilibrar la temperatura global, el bioma pasa a emitir más CO2: hoy el 20% de la Amazonía emite más dióxido de carbono de lo que absorbe, debido a la pérdida de árboles.

Bajo el lema “Uniendo al mundo para hacer frente al cambio climático”, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) —celebrada en Glasgow (Reino Unido) del 31 de octubre al 12 de noviembre de 2021— reunió a representantes de 200 gobiernos con el objetivo de acelerar la acción climática para el cumplimiento del Acuerdo de París. Considerado uno de los grandes avances en los debates acerca de las estrategias a ser adoptadas para que se logre limitar el calentamiento global a 1.5 grados a finales del siglo XXI, líderes de más de 100 países se comprometieron a acabar con la deforestación para el año 2030. Esta intención contó con el compromiso de inversión de 10.340 millones de euros para medidas relacionadas a salvar los bosques.

Los pueblos indígenas estuvieron en el centro de la discusión acerca de la preservación y recuperación de los ecosistemas ya que sus territorios abarcan el 20% de la superficie mundial que conserva el 80% de la biodiversidad del planeta, y en la Amazonía brasileña, sobre todo, el grado de conservación es aún más notable. Frente al evidente rol de los pueblos indígenas como protectores de los territorios y aliados estratégicos en la lucha contra la emergencia climática, el Reino Unido, Noruega, Alemania, EE.UU, los Países Bajos y 17 donantes estadounidenses se han comprometido a apoyar con 1.470 millones de euros a los pueblos indígenas, desde ahora y hasta 2025.

El compromiso, sin embargo, no parece ser suficiente. Según los más recientes informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) —el  principal órgano internacional para la evaluación del cambio climático—, hay más del 50% de posibilidades de que los 1.5 grados sean alcanzados entre 2021 y 2040 —con una estimación promedio de que ocurra a mediados de 2030—. Eso se debe al hecho de que las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), en lugar de disminuir, han aumentado los últimos años y la preocupación por reducir las actividades que contribuyen a las emisiones tampoco fue tomada en cuenta.

Actividades como la ganadería industrial y la agricultura intensiva, que vienen cambiando significativamente los modos del uso del suelo, no están en la mesa de debates de estos mismos países que ahora quieren invertir para revertir la situación de colapso ambiental.

El informe del IPCC de 2022 es nítido respecto de las acciones a ser tomadas. Entre ellas está la reducción de la emisión de gas metano a un tercio, reducción drástica de los gases provenientes de la quema de combustibles fósiles, uso responsable del suelo y la recomposición de los bosques.

Frente a los retos que se imponen, la lógica de los negocios sigue su ambición predatoria y colonialista que tiene por objetivo la ganancia a cualquier costo —sin importar si quedará sobre la Tierra la posibilidad de manutención de la vida— dentro de un sistema que se reinventa cada día más violento e irracional. La destrucción de las fuentes de equilibrio que pueden garantizar el futuro de las especies, humana y no humanas, es el nítido desprecio por lo que llamamos casa común. Pensando en ese estado de cosas, desde Virginia Bolten nos preguntamos: ¿por qué seguimos permitiendo el desarrollo del capitalismo?

*Texto adaptado de: DOURADO, Vanessa; POTH, Carla y VILLALOBOS, Guillermo. ¿Cuáles serán los impactos del Acuerdo Mercosur-UE en la Amazonía?

Foto: Marcos Sierras

31 de marzo de 2022

Amazonia, menos resiliente ante eventos extremos

Renata Fontanetto

Desde principios de la década de 2000, 75 por ciento de la cubierta vegetal de la selva amazónica muestra signos de un cambio en su capacidad para recuperarse de eventos extremos, revela una investigación publicada en la revista Nature Climate Change.

Esta capacidad del bosque para restaurarse después de sequías, incendios y otras perturbaciones que alteran el ecosistema se conoce como resiliencia. La investigación encontró que las áreas forestales cercanas a la ocupación humana, como las ciudades y las tierras de cultivo, parecen estar perdiendo resiliencia más rápidamente, al igual que aquellas donde llueve menos.

El bosque en pie y su capacidad de regeneración es, según la investigación, fundamental para la biodiversidad, el ciclo del carbono y el cambio climático.

Para detectar variaciones, los investigadores utilizaron datos de detección remota basados ??en indicadores como la Densidad Óptica de la Vegetación y el Índice de Vegetación de Diferencia Normalizada (VOD y NDVI, respectivamente, en inglés). El primero se refiere al agua que se encuentra en los árboles y el segundo al verdor de la vegetación.

“En áreas donde vimos deforestación, el NDVI estaba aumentando debido a que los pastos reemplazaban a los árboles”, dijo a SciDev.Net Chris Boulton, primer autor del estudio e investigador de la Universidad de Exeter en el Reino Unido.

Pero, ¿por qué está cambiando la resiliencia del bosque? La investigación considera varios factores y elabora una hipótesis: una precipitación media anual baja y un aumento de la interferencia humana en la Tierra pueden estar contribuyendo a la pérdida de resiliencia. Sin embargo, la ciencia aún necesita comprender mejor por qué estos dos factores juegan un papel importante y la razón de la disminución observada desde la década de 2000.

Según Boulton, la interferencia humana a gran escala en el bosque ya altera el ciclo del agua, por ejemplo. “Hay una red de reciclaje de agua en la Amazonía que depende de los árboles al borde de la selva, provocando la evapotranspiración de las precipitaciones hacia lo más profundo de la selva. La deforestación está provocando la degradación de este ciclo, con los incendios generando más secado y menos retorno de agua”, enfatizó.

Uno de los puntos del estudio que obtuvo gran repercusión se refiere al comentario de que la pérdida de resiliencia puede llevar a la muerte del bosque, aunque no se sabe cuándo. Según dijo a SciDev.Net la matemática Marina Hirota, de la Universidad Federal de Santa Catarina, el estudio es robusto y logra, por primera vez, aplicar un indicador de resiliencia a un sistema vivo y abierto como la Amazonía.

“Esto ya se ha hecho para sistemas cerrados, que tienen un ciclo de vida muy rápido, no en un bosque que tarda 200 años en recuperarse mínimamente”, detalló.

Sin embargo, Hirota, quien es coordinadora de un proyecto que también estudia la resiliencia del bosque, VulnerAmazon, no está de acuerdo con algunos puntos del artículo. En primer lugar, cree que hubo una desconexión entre los procesos observados desde arriba, a nivel de satélite, con lo que ocurre abajo, en el suelo del bosque.

La selva amazónica es extremadamente heterogénea en su composición y varios factores influyen en la resiliencia. Analizar VOD y NDVI, dice, solo cuenta una parte de la historia. Además, Hirota considera que hubiera sido importante incluir una perspectiva ecológica en el estudio, que está muy basado en la física.

“La diversidad de flora y fauna, el régimen de lluvias, la disponibilidad de agua en el suelo, entre otros factores, influyen en la resiliencia. En el proyecto estamos buscando modelos matemáticos que puedan aplicarse a toda la cuenca de la floresta, a partir de observaciones en la ciudad de Santarém, en el norte de Brasil”. (Marina Hirota, coordinadora de VulnerAmazon)

“No hay consenso. Los estudios de ecología de campo no necesariamente consideran que la Amazonía pasará por un punto de inflexión, a partir del cual no habría retorno y la selva moriría. Hay investigadores que creen que el bosque se recuperará de otra manera y que tendremos un bosque con un funcionamiento diferente al que vemos hoy”, señala.

Las críticas de Hirota provienen de la perspectiva multidisciplinaria de VulnerAmazon, que busca comprender la resiliencia temporal y espacial de la Amazonía yendo en sentido contrario, pasando de los mecanismos que ocurren abajo hasta llegar al nivel de la observación satelital.

“La diversidad de flora y fauna, el régimen de lluvias, la disponibilidad de agua en el suelo, entre otros factores, influyen en la resiliencia. En el proyecto estamos buscando modelos matemáticos que puedan aplicarse a toda la cuenca de la floresta, a partir de observaciones en la ciudad de Santarém, en el norte de Brasil”, explicó. La ubicación es estratégica por concentrar una sabana amazónica y partes de selva tropical, con condiciones diferentes en ambas.

El foco de la investigación es la capacidad de adaptación a la sequía de los diferentes bosques amazónicos, ya que existen pronósticos de cambios en el régimen de lluvias para la región.

Para Hirota, la respuesta no está en si el bosque morirá o no, sino en si la humanidad pagará para que esto suceda. El bosque está cambiando, pero aún es posible revertir el escenario. Las políticas climáticas gubernamentales, por ejemplo, juegan un papel importante en la ecuación.

Según Boulton, arriesgarse a perder el bosque afecta el clima: “Lo que quede, liberará una gran cantidad de carbono a la atmósfera, lo que tendrá un efecto enorme en el cambio climático global y el aumento de la temperatura”.

> Enlace al artículo publicado en Nature Climate Change

27 de agosto de 2021

¿Mayores ganancias a costa de la vida en la Tierra?, parar a los irresponsables

Juan Guahán

Esta última semana, un Informe puso en blanco sobre negro la realidad que el planeta tierra, la única casa que tenemos, está padeciendo. Lo produjo un organismo de las Naciones Unidas, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Es la síntesis de 14 mil artículos científicos que resumen lo que está pasando y el futuro que nos espera, si se insiste en las locuras destinadas a lograr mayores y más rápidas ganancias a costa de la vida en la tierra.

Antes de señalar las previsiones del Informe mencionado, con las distintas respuestas que se van esbozando, es conveniente considerar algunas características del origen y evolución de este fenómeno. Este aviso no deja lugar a dudas sobre la responsabilidad de la actividad humana, a través del desarrollo industrial, en el origen y despliegue de este problema.

Si bien los inicios del industrialismo tienen una mayor antigüedad, estos últimos dos siglos de su desarrollo han sido el factor determinante para que este fenómeno detonara.

Por cierto que no han sido pocos los avances industriales que han influido de un modo provechoso en la vida cotidiana de la humanidad. Sin embargo el uso indiscriminado e ilimitado de los bienes comunes –también llamados recursos naturales- está en los orígenes de este proceso. No queda atrás la exacerbada búsqueda de un mayor rendimiento del trabajo y esfuerzo humano.

Todo ello hizo crecer de un modo inimaginable la capacidad productiva. Los países y empresas que estuvieron al frente de ese proceder se enriquecieron rápidamente. De ese modo se construyó (para las naciones y sus poblaciones) la riqueza de unos –los menos- y el empobrecimiento de los otros, la mayoría.

Pero no fue este el único efecto. Hubo otro, que el paso del tiempo permitiría observar en toda su magnitud y peligro. Se trataba del hecho que se acelera esa extracción de bienes para atender a las conveniencias económicas de su transformación, para atender al promovido consumismo. Al mismo tiempo que crecía la explotación del trabajo. Todo ello, en aras de una más rápida circulación del capital, con su perspectiva de mayores ganancias.

Esa lógica traería aparejada una consecuencia: La tierra, que es un componente vivo, no alcanzaba a reproducir su desgaste con la misma velocidad que era destruida o consumida. La consecuencia es elemental y letal. No solo consumíamos sus frutos, sino que estábamos destruyendo el soporte, la propia tierra que nos daba la vida y perspectivas de futuro para las generaciones venideras.

Eso es lo que estos científicos nos están advirtiendo y nos indican algunas de las consecuencias de este mezquino proceder. La manifestación práctica de este fenómeno son las emisiones de gases que producen un efecto invernadero e impulsan el constante aumento de la temperatura. El uso creciente de energías originadas en combustibles fósiles es evaluado como una de las principales causas de este fenómeno.

A continuación se señalan algunos de los efectos del mismo, según surgen del Informe mencionado.

El cambio climático es generalizado, rápido y se intensifica

Según este Informe la continuidad en la emisión de esos gases podría elevar la temperatura hasta números de los cuales ya no se podría retroceder. Lo peor es que eso podría acontecer en poco más de una década.

Este es un problema real y prácticamente forma parte de nuestra vida cotidiana y afecta a todo el mundo, aunque su desarrollo tiene más perspectivas de desplegarse en los países con mayor desarrollo económico, la mayor parte de las áreas del occidente desarrollado y la actual China.

Otro aspecto que este Informe pretende despejar es la responsabilidad humana en el mismo. Un extenso debate recorrió el mundo. No faltaron las voces, interesadas o no,  planteando que se trataba de “fenómenos naturales” ajenos al accionar humano. En esta síntesis se afirma, sin lugar a dudas, que el aspecto fundamental para la producción de estos fenómenos es la actividad de las personas.

Esta definición contiene la posibilidad opuesta. Si los humanos los provocaron habrá que ver qué hacen esos mismos humanos para ponerle fin y restablecer, antes que sea demasiado tarde, las condiciones para la continuidad de la vida en este planeta.

Esta conclusión es –probablemente- la más importante del Informe publicado.

La temperatura y su aumento: una clave del futuro

En un Informe producido en el año 2013, por este mismo organismo de las Naciones Unidas, se consideraba como un punto límite una suba de 1,5° centígrados de la temperatura. A partir de allí el fenómeno se volvería irreversible.

En las reuniones sobre acuerdos climáticos, París 2015, fueron varios los países que demandaron –por su propia seguridad- un límite más bajo para la suba de temperatura. De todos modos ese umbral se estaría alcanzando en el 2040 y eso supone reducir las emisiones de carbono (CO2 – dióxido de carbono) a la mitad. Pero si no se avanza en tales reducciones ese límite se alcanzaría en una década. Hay que tener presente que la temperatura de los últimos 5 años fue la más calurosa desde 1850 y que -desde la época preindustrial- la temperatura aumentó 1,1° grados Celsius. El Informe asegura que el cambio climático ya se  está viviendo, con el aumento –en intensidad y frecuencias- de temperaturas, lluvias y sequías extremas.

Esa dramática tendencia es evitabe? ¡Claro que sí! Eso supone reducir las emisiones globales a la mitad -para el 2030- y dejarlas en cero para mediados del siglo. Hacerlo supone utilizar “energía limpia” y enterrar las emisiones restantes mediante la captura y almacenamiento de carbono o absorberlas con más árboles. Esta perspectiva da cuenta, entre otras cuestiones, del crimen que supone la deforestación que seguimos produciendo.

El mencionado Informe incorpora el rol negativo que tiene, para el incremento del calentamiento global, el metano (CH4) producido por petróleo y gas.

El incremento del nivel del mar que se avecina

Anteriores informes del IPCC recibieron críticas por evaluar de un modo extremadamente conservador las incidencias del cambio climático en el nivel del mar. Concretamente había ignorado sus efectos en el derretimiento de las capas de hielo en Groenlandia y la Antártida, en este sentido abundan los datos de los últimos años.

Con las observaciones sobre la evolución actual y las previsiones futuras estiman que los mares podrían subir unos 2 metros para fines de este siglo y hasta 5 metros para el 2150.

Los efectos de situaciones de este tipo serán devastadores. Más aún si tenemos en cuenta que gran parte de la población mundial habita en ciudades construidas en zonas costeras. Islas y zonas insulares serían las primeras perjudicadas por un fenómeno de este tipo, con millones y millones de personas afectadas. Algunas de estas situaciones, particularmente en el área del Pacífico, se podrían verificar en el curso de este siglo.

El secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, calificó a este Informe -el más completo que se ha producido hasta la fecha- como una “alerta roja” para toda la humanidad. El mismo no es fatalista y reconoce que no estamos sentenciados. Pero sí demanda actuar. Es preciso hacerlo en una dirección distinta a la que venimos transitando en largas décadas.

En algún momento habrá que entender que una mayor riqueza y más rápida ganancia nos dejan sin futuro, que otro modelo económico social no solo es posible, sino que es imprescindible. Es posible que las mezquindades individuales y la búsqueda de mayor poder para las naciones atente contra el futuro pero la acción solidaria de la humanidad puede imponer modificaciones en las actitudes de unos y otros.

Los actuales dueños del mundo apuestan su futuro al espacio. Ya empezaron sus viajes. Suponen que podrán alcanzar su objetivo y seguir saqueando las riquezas de este planeta –en destrucción- con sirvientes que hagan las veces de capangas que controlen a los esclavos que sigan residiendo en la tierra. Es obvio que ésa no es la agenda y perspectivas de nuestros pueblos.

Juan Guahán. Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

30 de marzo de 2021

El Chernóbil de la Amazonía: una advertencia para todos

Kenn Orphan

“Debemos atender su llamada. Nuestra Madre Tierra, militarizada, vallada, envenenada, un lugar donde los derechos básicos son sistemáticamente violados, exige que actuemos. Construyamos sociedades capaces de coexistir dignamente, de un modo que proteja la vida. Unámonos y mantengamos la esperanza mientras defendemos y cuidamos la sangre de la Tierra y de sus espíritus” (Berta Cáceres, activista por los derechos indígenas y ecologista del pueblo lenca, asesinada en Honduras en 2016)

Si existe una verdad indiscutible en estos comienzos del siglo XXI es que los pueblos indígenas están en la primera línea de defensa de una guerra declarada contra la propia tierra viva. Desde [las arenas bituminosas del] Athabasca hasta el delta del Níger y la Amazonía ecuatoriana, la industria de los combustibles fósiles y otras industrias extractivas están empapadas con la sangre de innumerables personas inocentes y son responsables de una aniquilación ecológica a escala inimaginable. Y todo ello con una impunidad total. Estas industrias gozan de la protección legal  de las entidades estatales más poderosas del mundo. Sus crímenes, de los que todos somos víctimas, quedan sin castigo.

Pocos ejemplos ilustran mejor la impunidad con que actúa el sector de los combustibles fósiles  que la destrucción deliberada realizada por Chevron-Texaco en la Amazonía ecuatoriana, un caso que suele describirse como el “Chernóbil de la Amazonía” por la magnitud la de la catástrofe. Desde 1964 a 1992 Texaco, la compañía adquirida por Chevron junto con todas sus responsabilidades, contaminó una franja de selva virgen de 4.400 kilómetros cuadrados. En su ansia de beneficios, la compañía recortó gastos y vertió al menos 72.000 millones de litros de agua tóxica al medio ambiente. Derramó 64 millones de crudo en balsas sin revestimiento, algunas con una profundidad de 10 metros, en el suelo de la selva. No hay manera de saber cuántas especies sucumbieron a los horrores de tal codicia desenfrenada.

Pero esta es también una historia de racismo medioambiental. Durante décadas se dijo a los pueblos indígenas de la región que el petróleo no suponía ninguna amenaza para ellos. Por el contrario, a muchos se les contó que tenía valores medicinales y contenía “vitaminas”. Miles de personas usaron esa agua. La bebieron, la usaron para cocinar, se bañaron en ella ajenos al peligro que suponía. Tras observar un auge de defectos de nacimiento y cánceres, ese peligro se hizo cada vez más evidente. Sin posibilidad de trasladarse a causa de su apabullante pobreza impuesta, se ven forzados a vivir en medio del desastre creado por el hombre, aunque les esté matando poco a poco.

A pesar de haber perdido la batalla legal así como una apelación a la corte suprema de Ecuador, que les ordenó pagar 9.500 millones de dólares para la limpieza y los cuidados médicos de las comunidades afectadas por su crimen, Chevron no ha pagado todavía ni un centavo. Incluso La Haya, ese supuesto bastión de la justicia que no pierde el tiempo persiguiendo a dictadores africanos, tomó partido con los criminales corporativos de Chevron.

Y la compañía ha hecho todo lo posible para perseguir a sus víctimas y hacerlas responsable de sus propias fechorías. Ha perseguido despiadadamente a los pueblos indígenas que se atrevían a oponerse a ellos, así como a sus defensores. Uno de ellos es el abogado de derechos humanos Steven Donziger, a quien hay que agradecer en gran medida la victoria del caso contra Chevron [en los tribunales ecuatorianos]. Ha sido sometido a arresto domiciliario durante casi 600 días a causa de una acusación espuria por parte de un juez al servicio de las grandes empresas.

De hecho, Chevron está intentando emplear una ley estadounidense utilizada para perseguir a la Mafia, contra los defensores de las tierras y aguas indígenas y contra cualquiera que muestre solidaridad con ellos. Las ramificaciones de esta conducta son, como mínimo, espeluznantes. Si lo consiguen, no habrá nada que detenga a otras corporaciones en su persecución de los indígenas, o de otros activistas por los derechos humanos y de la naturaleza, en cualquier lugar del mundo.

Claro que Chevron no está sola. Las industrias responsables de tallar el tajo ulceroso en las margas vivas de la tierra conocidas como las Arenas Bituminosas de Alberta (Canadá), se las han ingeniado para suprimir la información relacionada con los efectos adversos en la salud de los pueblos indígenas de la región durante muchos años. En este caso, se trata aun más obviamente de racismo medioambiental, pues las autoridades sanitarias atribuían las enfermedades de los indígenas a sus “malos hábitos alimentarios, la obesidad y el tabaco” en lugar de a la evidente contaminación arrojada a la atmósfera o vertida en los cursos de agua desde las industrias cercanas. Estas autoridades han tomado partido de forma rutinaria por la gran industria petrolera y en contra los pueblos indígenas y la biosfera, en uno de los países con más “lavado de imagen verde” del planeta.

En el delta del río Níger, una de las regiones húmedas más importantes del planeta, Royal Dutch Shell lleva décadas devastando sistemáticamente la vida silvestre y el agua con casi total impunidad. La combustión del gas contamina el aire con benceno, lo que provoca defectos congénitos y cáncer en las comunidades indígenas. Se calcula que, a lo largo de los últimos 15 años, se han vertido en el ecosistema en torno al millón y medio de toneladas de crudo.

La destrucción ecológica de Shell va de la mano con su supresión brutal de los derechos humanos. Su presencia en el delta del Níger ha traído deforestación, contaminación del agua y pobreza. Casi el 85 por ciento de los ingresos por el petróleo van a parar a menos del 1 por ciento de la población de un país en el que, según el Banco Africano de Desarrollo, más del 70 por ciento de la gente vive con menos de un dólar al día.

Nada de esto sería posible sin la asociación existente entre la corporación y el Estado. Shell lleva muchos años asistiendo y dirigiendo al ejército nigeriano en la supresión violenta de la disensión y la protesta. El activista indígena y ecologista Ken Saro-Wiwa suponía un problema para el gigante petrolero, porque era uno de los puntales de la resistencia frente a la destrucción de las tierras ogoni.  El 10 de noviembre de 1995, Saro-Wiwa fue uno de los 9 activistas ogoni asesinados tras ser considerados culpables en una farsa de juicio montado a instancias de la compañía. Hoy en día, el saqueo y la devastación del delta del Níger siguen en marcha.

A lo largo de décadas, las industrias de los combustibles fósiles y otras compañías extractivas han logrado crear una inmensa devastación en nuestra frágil biosfera sin que sus crímenes hayan sido castigados. De hecho, han conseguido controlar a un débil poder judicial global comprometido con los intereses corporativos. Pero la humanidad atraviesa una crisis existencial como nunca antes había conocido. Ya no podemos seguir sin hacer nada mientras el estado corporativo arrasa nuestro mundo y nuestro futuro descaradamente. Los pueblos indígenas llevan siglos reclamando que reconozcamos la trayectoria letal adoptada por nuestro orden político y económico. Si continuamos ignorando su solicitud de cordura podríamos pagarlo muy caro.

Ken Orphan.  Sociólogo, artista y activista ecologista. Se le puede contactar en su sitio web https://kennorphan.com/