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15 de abril de 2020

¿Covid-19 respuesta de la Madre Naturaleza a la transgresión humana?

Michael T. Klare

A medida que el coronavirus se extiende por todo el planeta dejando muerte y caos a su paso, van apareciendo muchas teorías para explicar su ferocidad. Una de ellas, ampliamente difundida dentro de los círculos conspirativos de la derecha, es que se originó como arma biológica en un laboratorio militar chino secreto en la ciudad de Wuhan que, de alguna manera (¿quizás intencionalmente?), escapó hacia la población civil. Aunque esa “teoría” ha quedado completamente desacreditada, el presidente Trump y sus acólitos continúan llamando al Covid-19 el virus de China, el virus de Wuhan o incluso la “gripe Kung”, alegando que su propagación global fue el resultado de una respuesta inepta y solapada del Gobierno chino. Los científicos, en general, creen que el virus se originó en los murciélagos y se trasmitió a los humanos a través de los animales salvajes vendidos en un mercado de mariscos de Wuhan. Pero tal vez haya otra posibilidad mucho más ominosa a considerar: que esta es una de las formas en que la Madre Naturaleza resiste el ataque de la humanidad contra sus sistemas de vida fundamentales.

Seamos claros: esta pandemia es un fenómeno mundial de proporciones masivas. No solo ha infectado a cientos de miles de personas en todo el planeta, matando a más de 40.000 de ellas, sino que ha llevado a la economía global a un virtual punto muerto, aplastando potencialmente a millones de empresas, grandes y pequeñas, mientras deja sin trabajo a decenas de millones, o posiblemente cientos de millones de personas. En el pasado, los desastres de esta magnitud derrocaron imperios, desencadenaron rebeliones masivas y provocaron hambrunas e inanición. Este cataclismo producirá también miseria generalizada y pondrá en peligro la supervivencia de numerosos gobiernos.

Es comprensible que nuestros antepasados consideraran tales calamidades como manifestaciones de la furia de los dioses enojados por la falta de respeto y el maltrato humano de su universo, el mundo natural. Hoy en día, las personas educadas descartan por lo general esas nociones, pero los científicos han descubierto recientemente que el impacto humano sobre el medio ambiente, especialmente la quema de combustibles fósiles, están produciendo circuitos de retroalimentación que causan daños cada vez más graves a las comunidades de todo el mundo en forma de tormentas extremas, sequías persistentes, incendios forestales masivos y olas de calor recurrentes de un tipo cada vez más mortal.

Los científicos del clima hablan también de “singularidades”, “eventos no lineales” y “puntos de inflexión”: el colapso repentino e irreversible de los sistemas ecológicos vitales con consecuencias muy destructivas y de gran alcance para la humanidad. La evidencia de tales puntos de inflexión está creciendo, por ejemplo, con el derretimiento inesperadamente rápido de la capa de hielo del Ártico. En ese contexto, surge naturalmente una pregunta: ¿es el coronavirus un evento autónomo, independiente de cualquier otra megatendencia, o representa algún tipo de punto de inflexión catastrófico?

Pasará algún tiempo antes de que los científicos puedan responder esa pregunta con certeza. Sin embargo, existen buenas razones para creer que este podría ser el caso y, de ser así, tal vez sea hora ya de que la humanidad reconsidere su relación con la naturaleza.

Humanidad contra Naturaleza

Es común pensar en la historia humana como un proceso evolutivo en el que tendencias amplias y estudiadas durante mucho tiempo, como el colonialismo y el poscolonialismo, han moldeado en gran medida los asuntos humanos. Cuando se producen interrupciones repentinas, se atribuyen generalmente, por ejemplo, al colapso de una larga dinastía o a la aparición de un nuevo gobernante ambicioso. Pero el curso de los asuntos humanos se ha visto también alterado, a menudo en formas aún más dramáticas, por acontecimientos naturales que van desde sequías prolongadas a actividades volcánicas catastróficas, a (sí, por supuesto) plagas y pandemias. Se cree que la antigua civilización minoica del Mediterráneo oriental, por ejemplo, se desintegró después de una poderosa erupción volcánica en la isla de Thera (ahora conocida como Santorini) en el siglo XVII a. C. Además, las evidencias arqueológicas sugieren además que otras culturas que alguna vez prosperaron se fueron agostando de manera similar o incluso se extinguieron a causa de desastres naturales.

No resulta sorprendente que los supervivientes de tales catástrofes atribuyan a menudo sus desgracias a la ira de dioses diversos por los excesos y depredaciones humanas. En el mundo antiguo, los sacrificios, incluso humanos, se consideraban una necesidad para apaciguar a esos espíritus enojados. Al comienzo de la guerra de Troya, por ejemplo, la diosa griega Artemisa, protectora de los animales salvajes, el desierto y la luna, aquietó los vientos necesarios para que la flota griega se impulsara hacia Troya porque Agamenón, su comandante, había matado a un ciervo sagrado. Para apaciguarla y restaurar los vientos esenciales, Agamenón se sintió obligado, o eso nos dice el poeta Homero, a sacrificar a su propia hija Ifigenia (el argumento de muchas tragedias griegas y modernas).

En tiempos más recientes, las personas educadas han visto habitualmente calamidades del tipo del coronavirus como actos inexplicables de Dios o como eventos naturales explicables, aunque sorprendentes. Además, con la Ilustración y la Revolución Industrial en Europa, muchos pensadores influyentes llegaron a creer que los humanos podían usar la ciencia y la tecnología para dominar a la naturaleza y someterla así a la voluntad de la humanidad. El matemático francés del siglo XVII René Descartes, por ejemplo, escribió sobre el uso de la ciencia y el conocimiento humano para que “podamos… convertirnos en los dueños y poseedores de la naturaleza”.

Esta perspectiva afianzaba la opinión, común en los últimos tres siglos, de que la Tierra era un territorio “virgen” (especialmente cuando se trataba de las posesiones coloniales de las principales potencias) y estaba completamente abierta a la explotación por parte de empresarios humanos. Esto condujo a la deforestación de vastas zonas, así como a la extinción o casi extinción de muchos animales, y en tiempos más recientes, al saqueo de depósitos subterráneos de minerales y energía.

Sin embargo, lo que sucedió fue que este planeta demostró ser todo menos una víctima impotente de la colonización y la explotación. El maltrato humano del medio ambiente natural ha tenido efectos búmeran claramente dolorosos. La destrucción continua de la selva tropical amazónica, por ejemplo, está alterando el clima de Brasil, elevando las temperaturas y reduciendo las precipitaciones de manera significativa, con consecuencias penosas para los agricultores locales e incluso para los habitantes urbanos más distantes. (Y la liberación de grandes cantidades de dióxido de carbono, gracias a los incendios forestales cada vez más masivos, no hará sino aumentar el ritmo del cambio climático a nivel mundial). Del mismo modo, la técnica de la fractura hidráulica, utilizada para extraer el petróleo y gas natural atrapados en depósitos subterráneos de esquisto bituminoso, puede desencadenar terremotos que dañan las estructuras por encima del suelo y ponen en peligro la vida humana. La Madre Naturaleza contraataca de muchas formas cuando sus órganos vitales sufren daños.

Esta interacción entre la actividad humana y el comportamiento planetario ha llevado a algunos analistas a repensar nuestra relación con el mundo natural. Han vuelto a conceptualizar la Tierra como una matriz compleja de sistemas vivos e inorgánicos, todos (en condiciones normales) interactuando para mantener un equilibrio estable. Cuando un componente de la matriz más grande se daña o destruye, los otros responden de manera única tratando de restaurar el orden natural de las cosas. Esta noción, propuesta originalmente por el científico ambiental James Lovelock en la década de 1960, se ha descrito a menudo como “la hipótesis Gaia”, por la antigua diosa griega Gaia, la madre ancestral de toda vida.

Puntos de inflexión climática

El cambio climático, que representa la máxima amenaza para la salud planetaria, una consecuencia directa del impulso humano de arrojar cada vez más gases de efecto invernadero a la atmósfera que calientan potencialmente el planeta hasta un punto de ruptura, generará el más brutal de todos esos bucles de retroalimentación. Al emitir cada vez más dióxido de carbono y otros gases, los humanos están alterando fundamentalmente la química planetaria y representan una amenaza casi inimaginable para los ecosistemas naturales. Los negadores del cambio climático al estilo Trump continúan insistiendo en que podemos seguir haciendo esto sin coste alguno para nuestra forma de vida. Sin embargo, cada vez es más evidente que cuanto más alteremos el clima, más responderá el planeta de forma que peligren la vida humana y la prosperidad.

El principal motor del cambio climático es el efecto invernadero, ya que todos esos gases de efecto invernadero enviados a la atmósfera atrapan cada vez más el calor solar irradiado desde la superficie de la Tierra, elevando las temperaturas en todo el mundo y alterando así los patrones climáticos globales. Hasta ahora, gran parte de este calor adicional y dióxido de carbono ha sido absorbido por los océanos del planeta, lo que produce un aumento de la temperatura del agua y una mayor acidificación de sus aguas. Esto, a su vez, ha provocado ya, entre otros efectos nocivos, la extinción masiva de los arrecifes de coral, el hábitat preferido de muchas de las especies de peces de las que un gran número de humanos dependen para su sustento y alimento. Como consecuencia, las temperaturas oceánicas más altas han generado el exceso de energía que ha alimentado muchos de los huracanes más destructivos de los últimos tiempos, incluidos Sandy, Harvey, Irma, Maria, Florence y Dorian.

Una atmósfera más cálida puede también alimentar mayores acumulaciones de humedad, haciendo posible los aguaceros prolongados y las inundaciones catastróficas que se están experimentando en muchas partes del mundo, incluido el alto medio oeste en Estados Unidos. En otras áreas, la lluvia está disminuyendo y las olas de calor se están volviendo más frecuentes y prolongadas, lo que provoca incendios forestales devastadores como los que se han producido en el oeste estadounidense en los últimos años y en Australia este año.

De todas formas, podría decirse que la Madre Naturaleza está devolviendo el golpe. Sin embargo, es el potencial de eventos “no lineales” y “puntos de inflexión” lo que preocupa especialmente a algunos científicos del clima ante el temor de que ahora vivamos en lo que podría considerarse un planeta vengador. Si bien muchos efectos climáticos, como las olas de calor prolongadas, se harán más pronunciados con el tiempo, otros efectos, se cree ahora, ocurrirán repentinamente, con pocas advertencias, y podrían provocar perturbaciones a gran escala en la vida humana (como en este momento de coronavirus) Pueden pensar en ello como si la Madre Naturaleza estuviera diciendo: “¡Alto! ¡No sobrepaséis este punto o habrá consecuencias terribles!”

Es comprensible que los científicos sean cautelosos al discutir tales posibilidades, ya que son más difíciles de estudiar que acontecimientos lineales como el aumento de la temperatura mundial. Pero la preocupación está ahí. “Los eventos singulares a gran escala (también llamados ‘puntos de inflexión’ o umbrales críticos) son cambios abruptos y drásticos en los sistemas físicos, ecológicos o sociales” provocados por el aumento incesante de las temperaturas, se señaló en el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés) en su evaluación exhaustiva de 2014 sobre los impactos previsibles. Tales eventos, señaló el IPCC, “plantean graves riesgos debido a la magnitud potencial de las consecuencias; a la velocidad a la que ocurrirían; y, dependiendo de este ritmo, a la capacidad limitada de la sociedad para hacerles frente”.

Seis años después, esa sorprendente descripción suena de forma tan escalofriante como en el momento presente.

Hasta ahora, los puntos de inflexión de mayor preocupación para los científicos han sido el rápido derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida occidental. Esos dos depósitos masivos de hielo contienen el equivalente de cientos de miles de kilómetros cuadrados de agua. Si se derriten cada vez más rápidamente, con toda esa agua fluyendo hacia los océanos vecinos, se puede esperar un aumento del nivel del mar de seis metros o más, inundando muchas de las ciudades costeras más pobladas del mundo y obligando a miles de millones de personas a trasladarse. En su estudio de 2014, el IPCC predijo que esto podría ocurrir a lo largo de varios siglos, ofreciendo al menos bastante tiempo para que los humanos se adaptaran, pero investigaciones más recientes indican que esas dos capas de hielo se están derritiendo mucho más rápidamente de lo que se creía con anterioridad y, por lo tanto, puede esperarse un fuerte aumento en el nivel del mar mucho antes del final de este siglo con consecuencias catastróficas para las comunidades costeras.

El IPCC identificó también otros dos posibles puntos de inflexión con consecuencias potencialmente de gran alcance: la extinción de la selva tropical amazónica y el derretimiento de la capa de hielo del Ártico. Ambos procesos están ya en marcha, reduciendo las perspectivas de supervivencia de la flora y la fauna en sus respectivos hábitats. A medida que estos procesos cobran impulso, es probable que desaparezcan ecosistemas enteros y se eliminen muchas especies, con consecuencias drásticas para los humanos que dependen de ellas de muchas maneras (desde los alimentos hasta las cadenas de polinización) para su supervivencia. Pero como sucede siempre en tales transformaciones, otras especies, tal vez los insectos y microorganismos altamente peligrosos para los humanos, podrían ocupar esos espacios vaciados por la extinción.

Cambio climático y pandemias


En 2014, el IPCC no identificó las pandemias humanas entre los posibles puntos de inflexión inducidos por el clima, pero sí proporcionó muchas evidencias de que el cambio climático aumentaría el riesgo de tales catástrofes. Esto es cierto por muchas razones. Primero, las temperaturas más cálidas y una mayor humedad conducen a la reproducción acelerada de los mosquitos, incluidos los que portan la malaria, el virus del zika y otras enfermedades altamente infecciosas. Dichas condiciones se limitaban entonces en gran medida a los trópicos, pero como resultado del calentamiento global, las áreas anteriormente templadas están experimentando ahora condiciones más tropicales, lo que resulta en la expansión territorial de los criaderos de mosquitos. En consecuencia, la malaria y el zika están aumentando en áreas que nunca antes habían experimentado tales enfermedades. Del mismo modo, la fiebre del dengue, una enfermedad viral transmitida por mosquitos que infecta a millones de personas cada año, se está propagando con especial rapidez debido al aumento de las temperaturas en el mundo.

Combinado con la agricultura mecanizada y la deforestación, el cambio climático también está socavando la agricultura de subsistencia y los estilos de vida indígenas en muchas partes del mundo, llevando a millones de personas empobrecidas a centros urbanos ya abarrotados, donde las instalaciones de salud están a menudo sobrecargadas y el riesgo de contagio es aún mayor.

Combinado con la agricultura mecanizada y la deforestación, el cambio climático está también destruyendo la agricultura de subsistencia y los estilos de vida indígenas en muchas partes del mundo, llevando a millones de personas empobrecidas a centros urbanos ya abarrotados, donde las instalaciones de salud están a menudo sobrecargadas y el riesgo de contagio es aún mayor. “Prácticamente todo el crecimiento previsto en las poblaciones ocurrirá en aglomeraciones urbanas”, señaló el IPCC en aquel entonces. Muchas de estas ciudades carecen de un sistema de saneamiento adecuado, en particular en las barriadas densamente pobladas que a menudo las rodean. “Alrededor de 150 millones de personas viven actualmente en ciudades afectadas por la escasez crónica de agua, y para 2050, a menos que haya mejoras rápidas en los entornos urbanos, el número aumentará a casi mil millones”.

Esos habitantes urbanos recién establecidos mantienen a menudo fuertes lazos con los miembros de su familia que todavía permanecen en el campo y que, a su vez, pueden entrar en contacto con animales salvajes que portan virus mortales. Este parece haber sido el origen de la epidemia de ébola en África occidental de 2014-2016, que afectó a decenas de miles de personas en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Los científicos creen que el virus del Ébola (como el coronavirus) se originó en los murciélagos y luego se transmitió a los gorilas y otros animales salvajes que coexisten con las personas que viven en la periferia de los bosques tropicales. De alguna manera, un humano o humanos contrajeron la enfermedad por su exposición ante esas criaturas y luego la transmitieron a los visitantes de la ciudad que, a su regreso, infectaron a muchos otros.

El coronavirus parece haber tenido orígenes algo similares. En los últimos años, cientos de millones de familias rurales se mudaron, al empobrecerse, a ciudades industriales florecientes en el centro y la costa de China, incluidos lugares como Wuhan. Aunque moderna en muchos aspectos, con sus subterráneos, rascacielos y autopistas, Wuhan también conservaba vestigios de las zonas rurales, incluidos los mercados que venden animales salvajes que algunos de sus habitantes todavía consideran parte normal de su dieta. Muchos de esos animales fueron transportados en camiones desde zonas semirurales que albergan grandes cantidades de murciélagos, la fuente aparente tanto del coronavirus como del brote de síndrome respiratorio agudo severo, o SARS, de 2013, que también surgió en China. La investigación científica sugiere que los criaderos de murciélagos, como los mosquitos, se están expandiendo significativamente como consecuencia del aumento de las temperaturas mundiales.

La pandemia mundial del coronavirus es producto de una asombrosa multitud de factores, incluidos los enlaces aéreos que conectan cada rincón del planeta de forma muy estrecha y la incapacidad de los funcionarios del gobierno de actuar con la suficiente rapidez como para cortar esos enlaces. Pero subyacente a todo eso está el virus en sí. ¿Estamos, de hecho, facilitando la aparición y propagación de agentes patógenos mortales como el virus del Ébola, el SARS y el coronavirus a través de la deforestación, la urbanización desordenada y el calentamiento continuo del planeta? Puede que sea demasiado pronto para responder una pregunta como esta de forma inequívoca, pero hay una evidencia cada vez mayor de que así puede estar sucediendo. Si fuera cierto, más vale que prestemos atención.

Hay que prestar atención a los avisos de la Madre Naturaleza

Supongamos que esta interpretación de la pandemia del Covid-19 es correcta. Supongamos que el coronavirus es una advertencia de la naturaleza, su forma de decirnos que hemos ido demasiado lejos y que debemos alterar nuestro comportamiento para no correr el riesgo de una mayor contaminación. ¿Entonces qué?


Por adaptar una frase de la era de la Guerra Fría, lo que la humanidad puede necesitar es instituir una nueva política de “coexistencia pacífica” con la Madre Naturaleza. Este enfoque legitimaría la presencia continua de grandes cantidades de seres humanos en el planeta, pero requeriría que se respeten ciertos límites en sus interacciones con su ecoesfera. Los humanos podríamos usar nuestros talentos y tecnologías para mejorar la vida en áreas que hemos ocupado durante mucho tiempo, pero en otros lugares las vulneraciones deberían estar muy restringidas. Por supuesto, los desastres naturales (inundaciones, volcanes, terremotos y similares) seguirán aún produciéndose, pero no a un ritmo que exceda el que experimentamos en el pasado preindustrial.

La implementación de una estrategia de este tipo requeriría, como mínimo, frenar el cambio climático lo más velozmente posible mediante la eliminación rápida y completa de las emisiones de carbono inducidas por el hombre, algo que, de hecho, ha sucedido al menos de manera modesta, aunque sea brevemente, gracias a este momento Covid-19. Habría también que parar la deforestación y preservar las áreas silvestres restantes del mundo para siempre. Debería detenerse cualquier espolio adicional de los océanos, incluido el vertido de desechos, plásticos, combustible para motores y pesticidas de escorrentía.

En retrospectiva, el coronavirus puede no ser el punto de inflexión que dé un vuelco a la civilización humana tal y como la conocemos, pero debería servir como advertencia de que en el futuro experimentaremos cada vez más eventos similares a medida que el mundo se caliente. La única forma de evitar tal catástrofe y asegurarnos de que la Tierra no se convierta en un planeta vengador es prestar atención a las advertencias de la Madre Naturaleza y detener la profanación de los ecosistemas esenciales.

Michael T. Klare, colaborador habitual de TomDispatch.com, es profesor emérito de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College e investigador en la Arms Control Association. Es autor de quince libros, entre los que figura el recién publicado  All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change (Metropolitan Books).

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

30 de marzo de 2015

La verdadera historia detrás de la caída del precio del petróleo

Michael T. Klare

Muchos han sido los motivos esgrimidos para explicar la drástica caída del precio del petróleo hasta los 60 dólares por barril (casi la mitad de lo que costaba hace un año): la desaceleración de la demanda debido al estancamiento global; la sobreproducción de los yacimientos de esquisto en Estados Unidos; la decisión de Arabia Saudita y otros productores de Oriente Medio miembros de la OPEC de mantener los actuales niveles de producción (probablemente para castigar a los productores con mayores costes de producción en Estados Unidos y otros lugares); y el fortalecimiento del dólar frente a otras monedas. Sin embargo, existe una razón de la que no se habla y que podría ser la más importante de todas: el colapso del modelo de negocio de las grandes petroleras basado en maximizar la producción. 

Hasta el pasado otoño, cuando se consolidó la disminución del precio, los gigantes de la energía estaban funcionando a todo gas, bombeando más petróleo que nunca. En parte lo hacían, naturalmente, para beneficiarse de los altos precios. Durante la mayor parte de los seis años anteriores el Brent, como valor de referencia para el precio del petróleo crudo, se habían estado vendiendo a 100 dólares o más. Por otro lado, las grandes petroleras estuvieron funcionando con un modelo de negocio que asumía una demanda de sus productos cada vez mayor por muy costosos que pudieran resultar su producción y refinado. Esto hizo que ninguna reserva de combustibles fósiles, ninguna fuente de suministro potencial –sin importar lo apartada o difícil de acceder que estuviera, lo lejos que se encontrara mar adentro o en las profundidades, ni lo atrapada en la roca que estuviera– fuera considerada intocable en la lucha enfermiza por aumentar la producción y los beneficios.

En los últimos años, esta estrategia de maximización de la producción generó una riqueza fabulosa para las grandes empresas petroleras. Solo en 2013, Exxon, la mayor productora de petróleo estadounidense, ganó la impresionante cifra de 32,6 miles de millones de dólares, más que cualquier otra compañía estadounidense salvo Apple. Ese mismo año, Chevron, la segunda productora de petróleo, contabilizó unas ganancias de 21,4 miles de millones de dólares. Las compañías nacionales, como la saudita Aramco y la rusa Risbeft, también obtuvieron unos beneficios colosales.

Pero cómo han cambiado las cosas en cuestión de meses. Con la demanda estancada y el exceso de producción como protagonistas del momento, la misma estrategia con la que se habían alcanzado beneficios récord se ha vuelto de repente totalmente disfuncional.

Para poder entender la difícil situación que atraviesa la industria energética es necesario retroceder una década, hasta el año 2005, cuando se utilizó por primera vez la estrategia de maximización de la producción. En ese momento, las grandes petroleras se encontraban en una coyuntura decisiva. Por un lado, muchos de los yacimientos petrolíferos existentes estaban siendo agotados a un ritmo desenfrenado, lo que llevó a los expertos a predecir un inminente "cenit " en la producción mundial de petróleo, seguido de un descenso irreversible; por el otro, el rápido crecimiento económico de China, India y otros países en desarrollo estaba provocando un aumento estratosférico de la demanda de combustibles fósiles. En esos mismos años la preocupación por el cambio climático empezaba a cobrar fuerza, amenazando el futuro de las grandes petroleras y presionando para invertir en formas de energía alternativas.


Un "mundo feliz" de petróleo difícil

Nadie captó mejor aquel momento que David O'Reilly, entonces presidente y consejero delegado de Chevron. "Nuestra industria se encuentra en un punto de inflexión estratégico, un lugar único en nuestra historia", dijo en una reunión de directivos de la industria petrolera celebrada en febrero. "El elemento más visible de esta nueva ecuación", explicó en lo que algunos observadores bautizaron como su discurso de un "mundo feliz", "es el relativo a la demanda, ya no dispondremos de petróleo abundante". A pesar de que China estaba succionando reservas de petróleo, carbón y gas natural a un ritmo pasmoso, O'Reilly tenía un mensaje para ese país y el resto del mundo: "La era del petróleo fácil se ha terminado".

Para prosperar en ese ambiente, explicó O'Reilly, la industria petrolera tendría que adoptar una nueva estrategia. Tendría que mirar más allá de los recursos de fácil extracción que la habían sostenido en el pasado y realizar enormes inversiones para extraer lo que la industria llama "petróleo no convencional" y lo que yo denominé entonces "petróleo difícil " ["tough oil"]: recursos que se encuentran localizados muy lejos de la costa, en los hostiles ambientes del extremo norte, en lugares políticamente peligrosos como Iraq, o en formaciones rocosas de esquistos. "El abastecimiento futuro" insistió O'Reilly "dependerá cada vez más de encontrar recursos en aguas ultraprofundas y en otras zonas remotas, proyectos de desarrollo que requerirán nuevas tecnologías y la inversión de billones de dólares en nuevas infraestructuras".

Para los grandes ejecutivos de la industria como O'Reilly parecía evidente que los gigantes de la energía no tenían alternativa. Habría que invertir esos billones de dólares en proyectos de petróleo difícil o perder terreno respecto a otras fuentes de energía, cortando el chorro de beneficios. Cierto, el coste de extraer petróleo no convencional sería muchísimo mayor que el de obtener petróleo convencional fácilmente accesible (por no hablar de los peligros ecológicos), pero eso sería problema del mundo, no suyo. "Estamos asumiendo el reto de manera conjunta", declaró O'Reilly. "La industria está realizando importantes inversiones para aumentar la capacidad de producción futura".

Sobre esta base, Chevron, Exxon, Royal Dutch Shell y otras grandes compañías invirtieron enormes cantidades de dinero y recursos en una carrera por el petróleo y el gas no convencional, una epopeya extraordinaria que narré en mi libro The Race for What’s Left . Algunas, incluyendo Chevron y Shell, empezaron a perforar en aguas profundas del Golfo de México; otras, entre ellas Exxon, pusieron en marcha proyectos en el Ártico y en Siberia Oriental. Prácticamente todas ellas comenzaron a explotar las reservas de esquito de Estados Unidos mediante fractura hidráulica.

Solamente un alto ejecutivo cuestionó el enfoque "perfora, chico, perfora" [drill-baby-drill]: John Browne, el entonces director ejecutivo de BP. Al señalar que la base científica del cambio climático resultaba lo suficientemente convincente como para negarla, Browne argumentó que los gigantes energéticos deberían mirar "más allá del petróleo " y dedicar importantes recursos a las fuentes alternativas de abastecimiento. "El cambio climático es una cuestión que plantea interrogantes fundamentales respecto a la relación entre las compañías y la sociedad como un todo, y entre una generación y la siguiente", declaró ya en 2002. Para BP, indicó, eso significaba desarrollar la energía eólica, la solar y los biocombustibles.

No obstante, Browne fue apartado de BP en 2007, justo cuando estaba despegando el modelo de negocio de las grandes petroleras basado en maximizar la producción, y su sucesor, Tony Hayward, abandonó rápidamente la estrategia que apuntaba "más allá del petróleo". "Se podría cuestionar si el crecimiento [de la energía mundial] debe provenir de los combustibles fósiles", dijo en 2009. "Pero aquí es vital que nos enfrentemos a la dura realidad [de la disponibilidad de energía]". A pesar del creciente énfasis en las renovables, "aún contemplamos que para 2030, el 80% de la energía producida provendrá de combustibles fósiles".

Bajo la dirección de Hayward, BP interrumpió en gran medida su investigación sobre formas alternativas de energía y reafirmó su compromiso con la producción de petróleo y gas, cuanto más difícil mejor. Siguiendo los pasos de otros gigantes energéticos, BP corrió a explorar el Ártico, las aguas profundas del Golfo de México y las arenas bituminosas de Canadá, una forma de energía particularmente sucia y muy difícil de producir. En su campaña para convertirse en el mayor productor del Golfo, BP apuró la perforación de un yacimiento petrolero en el mar a grandes profundidades al que llamó Macondo, provocando la explosión del pozo Deepwater Horizon en abril de 2010 y el devastador derrame de petróleo de enormes proporciones que siguió. 


Al borde del precipicio

A finales de la primera década de este siglo, las grandes petroleras abrazaron juntas la nueva estrategia de maximización de la producción, "perfora, chico, perfora". Realizaron las inversiones necesarias, perfeccionaron la tecnología para extraer el petróleo difícil y, de hecho, se impusieron al declive de los yacimientos de "petróleo fácil" existentes. En esos años lograron aumentar la producción de manera notable, incorporando yacimientos de petróleo cada vez más difíciles de acceder.

Según la Administración de Información de Energía de Estados Unidos (EIA, por sus siglas en inglés), la producción mundial de petróleo subió de 85,1 millones de barriles diarios en 2005 a 92,9 millones en 2014, a pesar del declive continuado de muchos yacimientos en Norteamérica y Oriente Medio. Hace un año, cuando afirmó que las inversiones de la industria en nuevas tecnologías de perforación habían ahuyentado el fantasma de la escasez de petróleo, el último consejero delegado de BP, Bod Dudley, aseguró al mundo que las grandes petroleras se estaban expandiendo y que la única cosa que había tocado techo era "la teoría del cenit del petróleo".

Eso, por supuesto, ocurrió justo antes de que el precio del petróleo se despeñase e inmediatamente puso en tela de juicio la pertinencia de seguir extrayendo petróleo a niveles récord. La estrategia de maximización de la producción diseñada por O'Reilly y los otros consejeros delegados se basaba en tres premisas fundamentales: que, año tras año, la demanda continuaría aumentando; que esa demanda creciente aseguraría precios lo suficientemente altos como para justificar las costosas inversiones en petróleo no convencional; y que la preocupación por el cambio climático no alteraría la ecuación de manera significativa. Hoy, ninguno de esos supuestos es válido.

La demanda seguirá aumentando –eso es innegable, dado el crecimiento esperado de población e ingresos mundiales– pero no al ritmo al que estaban acostumbradas las grandes petroleras. Hay que tener en cuenta lo siguiente: en 2005, cuando muchas de las inversiones más importantes en petróleo no convencional estaban en su fase inicial, la EIA pronosticó que la demanda de petróleo alcanzaría los 103,2 millones de barriles diarios en 2015; en este momento ha rebajado esa cifra hasta los 93.1 millones de barriles. Esos 10 millones de barriles diarios de consumo esperado "perdidos" quizá no parezcan mucho considerando el número total, pero no hay que olvidar que las inversiones multimillonarias de las grandes petroleras en energía difícil se basaban en la materialización de esa demanda añadida, la cual justificaría los altos precios necesarios para compensar los crecientes costes de extracción. Sin embargo, con la desaparición de mucha de la demanda anticipada, los precios estaban destinados a hundirse.

Las indicaciones actuales sugieren que el consumo seguirá siendo inferior a lo esperado en los próximos años. En un análisis de las tendencias futuras publicado el mes pasado la EIA señalaba que, debido al deterioro de las condiciones económicas globales, muchos países experimentarán una ralentización del crecimiento o bien una reducción real en el consumo. El consumo de China, por ejemplo, se prevé que crezca solo en 0,3 millones de barriles diarios durante este año y el próximo; muy lejos del aumento de 0,5 millones de barriles diarios que experimentó en 2011 y 2012 y del de un millón de barriles en 2010. Entre tanto, en Europa y Japón se prevé un descenso del consumo durante los próximos dos años.

La Agencia Internacinal de Energía (AIE), uno de los brazos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, el club de los países ricos e industrializados), sugiere que esta ralentización de la demanda probablemente continúe más allá de 2016. Aunque la AIE predijo que los bajos precios de la gasolina podrían estimular un incremento del consumo en Estados Unidos y otros pocos países, la mayoría de ellos no experimentará dicha mejora y por eso, según este organismo, "[e]l reciente declive de los precios solo tendrá un impacto marginal en el crecimiento de la demanda en lo que queda de década".

Dicho esto, la AIE cree que el petróleo mantendrá un precio medio de unos 55 dólares por barril en 2015 y no volverá a alcanzar los 73 dólares hasta el 2020. Estas cifras están muy por debajo de lo que sería necesario para justificar la inversión y la explotación del petróleo difícil como las arenas bituminosas canadienses, el petróleo del Ártico y numerosos proyectos de esquisto. De hecho, la prensa económica está llena de informes sobre mega proyectos energéticos parados o suspendidos. Shell, por ejemplo, anunció en junio que había abandonado sus planes para construir una planta petroquímica en Qatar, cuya inversión era de 6,5 miles de millones de dólares, aludiendo al "clima económico actual que prevalece en la industria energética". Al mismo tiempo, Chevron aparcó su plan de perforar en el mar de Beaufort, y la noruega Statoil dio la espalda a la perforación en Groenlandia.

Existe además otro factor que amenaza el bienestar de las grandes petroleras: el cambio climático ya no puede excluirse de ningún modelo de negocio energético futuro. Las presiones para afrontar un fenómeno que podría aniquilar, en el sentido más auténtico de la expresión, la civilización humana son cada vez mayores. Aunque en estos años las grandes petroleras han gastado ingentes cantidades de dinero en una campaña para levantar dudas sobre la base científica del cambio climático, cada vez son más las personas que están empezando a preocuparse por sus efectos –condiciones meteorológicas extremas, tormentas más intensas, periodos más largos de sequía, aumento del nivel del mar, y otros– y exigen que los gobiernos actúen para reducir el alcance de la amenaza.

Europa ya ha adoptado medidas para reducir las emisiones de carbono en un 20% para 2020, comparado con los niveles de 1990, y para lograr mayores reducciones en las próximas décadas. China, aunque sigue aumentando su dependencia de los combustibles fósiles, finalmente ha prometido al menos alcanzar el tope de sus emisiones de carbono en 2030 y aumentar el uso de fuentes de energía renovable hasta llegar al 20% de la energía total ese mismo año. En Estados Unidos, los cada vez más rigurosos estándares de eficiencia energética obligarán a que los coches vendidos en 2025 rindan una media de 54,5 millas por galón, lo que reducirá la demanda estadounidense de petróleo en 2,2 millones de barriles diarios. (Por supuesto, el Congreso, con mayoría republicana y fuertemente subsidiado por las grandes petroleras, hará todo lo posible para erradicar las restricciones al consumo de combustible).

Sin embargo, a pesar de la insuficiente respuesta que se ha dado hasta ahora a los peligros del cambio climático, la cuestión sigue siendo el mapa energético, y su influencia global en la política solo puede aumentar. Tanto si las grandes petroleras están preparadas para admitirlo como si no, la energía alternativa está ya en la agenda mundial y no hay vuelta atrás. "Estamos en un mundo diferente del que existía la última vez que vimos una caída estrepitosa del precio del petróleo", dijo en febrero Maria van der Hoeven, directora ejecutiva de la IEA, refiriéndose al derrumbe económico de 2008. "Las economías emergentes, en particular China, han entrado en fases de desarrollo menos intensivas en petróleo... Además, las preocupaciones sobre el cambio climático están influyendo en las políticas energéticas [y por eso] las renovables están cada vez más generalizadas".

Naturalmente, la industria petrolera está esperando que la actual caída del precio se invierta pronto y que con niveles de 100 dólares el barril vuelva su modelo de maximización de la producción, que ahora está derrumbándose. Pero estas esperanzas de retorno a la "normalidad" son quimeras energéticas. Como sugiere van der Hoeven, el mundo ha cambiado de manera significativa y por el camino ha destruido las bases sobre las cuales descansaba la estrategia de maximización de la producción de las grandes petroleras. Los gigantes energéticos tendrán que adaptarse a las nuevas circunstancias reduciendo su actividad, o bien afrontar el riesgo de ser absorbidos por compañías más hábiles y agresivas.

* Michael T. Klare,   Profesor de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de TomDispatch.com. Es autor de "The Race for What's Left: The Global Scramble for the World's Last Resources" (Metropolitan Books) y en edición de bolsillo (Picador). La versión documental de su libro "Blood and Oil" está disponible en Media Education Foundation.


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