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2 de febrero de 2025

Auschwitz: no aprendimos nada

Ronald Gamarra

El 27 de enero de 1945 los soldados del Ejército Rojo liberaron Auschwitz, el campo de concentración más grande de la red monstruosa erigida por el nazi-fascismo para el genocidio de pueblos y prisioneros, con especial encono en la aniquilación del pueblo judío. Ese día, siete mil prisioneros sobrevivientes fueron hallados en Birkenau, uno de los principales campos del denso complejo de Auschwitz. Estaban al borde de la muerte, desnutridos, enfermos, infectados, desprovistos de ropa y aseo, prácticamente muertos en vida. De hecho, muchos fallecieron en los días siguientes a su liberación, pero no pocos pudieron recuperar la salud y vivir para testimoniar los horrores del infierno en la tierra.

Auschwitz era un enorme complejo concebido para la tortura y la matanza humana en serie. Comprendía 48 campos de prisioneros e instalaciones de exterminio masivo situados entre los bosques en torno a la pequeña localidad polaca de Oswiecim, a unos 40 km de Cracovia. Un millón de judíos fueron asesinados allí, sobre todo en las cámaras de gas del enorme campo de Birkenau. Otros 200,000 prisioneros de guerra rusos, comunidades enteras del pueblo gitano, intelectuales polacos y militantes de izquierda, entre otras categorías de prisioneros, también fueron ultimados, sobre todo en el campo de Auschwitz I, la sede central del matadero nazi. Auschwitz es el epicentro del Holocausto.

Han transcurrido 80 años desde la liberación de Auschwitz. Desde la brutalidad y crueldad sin límites de Auschwitz, sería más preciso decir. Entonces, la humanidad quedó horrorizada ante la confirmación de los peores temores sobre la barbarie nazi y el ensañamiento, el odio irracional contra sectores humanos sobre los cuales se canalizaba premeditadamente el resentimiento nacional y social. Se prometió entonces, solemnemente, nunca más permitir un genocidio, no volver a guardar silencio o indiferencia ante los crímenes cometidos contra la humanidad toda y se decidió en consecuencia castigar los crímenes nazis. Se trataba de no permitir nunca más una infamia de proporciones y se propuso el respeto escrupuloso de los derechos humanos, establecidos en la carta de las Naciones Unidas.

Después de 80 años, ¿podemos afirmar que hemos aprendido algo? A juzgar por lo que podemos ver cotidianamente, no. No hemos aprendido nada. Siempre se hallará un resquicio para que el respeto a los derechos humanos se convierta en letra muerta, en vano humo de paja. Los poderosos de este mundo, los asesinos con patente de corso han perpetrado en estos 80 años varios Auschwitz de muy diversos modos. Lo vimos en el bombardeo arrasador de Vietnam durante años enteros, en la matanza de Corea, en el genocidio de Camboya, en el genocidio de Ruanda, en la carrera armamentista que hace de la muerte masiva en la guerra el negocio más rentable del mundo. Por citar solo algunos casos.

Hemos vivido más de un año entero de bombardeo masivo a la población civil palestina del territorio ocupado de la Franja de Gaza, con más de 50 mil fallecidos en los bombardeos (más del 2% de la población de la Franja) y unos 200 mil muertos por causas directamente relacionadas con los bombardeos, como la falta de atención médica, el colapso de los servicios de socorro y hasta el hambre porque el bombardeo no ha respetado ni siquiera hospitales, centros educativos ni locales religiosos. El arrasamiento de las ciudades de la Franja supera el 90% de los inmuebles. Pura ruina para una población desplazada una y otra vez, a lo largo del año, por todo el territorio, mediante órdenes militares despiadadas. Se disparó a matar contra personal médico y asistencial, asesinando a cientos de ellos. Se impidió la llegada de ayuda humanitaria, comida, agua y medicamentos.

Y esta barbarie perpetrada en tiempo real ante nuestros ojos ha sido llevada a cabo, con total desprecio por la opinión pública y los organismos internacionales, por el Estado de Israel, el país surgido precisamente del Holocausto nazi de la Segunda Guerra Mundial, fundado por los sobrevivientes de aquella matanza innombrable, y hoy convertido en un Estado ultranacionalista que impone una despreciable política de despojo y apartheid contra la población originaria palestina. Que Israel haya cometido este espantoso crimen de lesa humanidad y lo haga con impunidad y la aprobación no tan silenciosa de las grandes potencias que se reclaman democráticas es el indicio más claro de que, como sociedad humana global, no hemos aprendido nada de la carnicería de los Lagar.

Auschwitz no solo está en la memoria de quienes nunca perdonarán ni olvidarán los crímenes nazis. También está en nuestras vidas cotidianas, aunque no queramos verlo. En cualquier momento, en cualquier parte del mundo, una nueva matanza estalla. No ha terminado aún el genocidio en Palestina, en la Franja de Gaza, y ya perpetran nuevos exterminios en Cisjordania. Todo bajo la batuta de un criminal de guerra, Benjamín Netanyahu, aliado a partidos de fanáticos nacionalistas y religiosos. Y más allá, otro genocidio en Darfur, territorio de Sudán, del que no llegan muchas noticias. Y en todas partes, la agresión ancestral contra los pueblos originarios, indígenas, para lucrar con los recursos de las selvas primigenias.

Peor aún, la gran potencia de nuestra era, los Estados Unidos, hoy bajo la presidencia del matón Donald Trump, propone un nuevo mundo de craso imperialismo norteamericano, echando por la borda los principios más elementales del trato entre los Estados, favoreciéndose con descaro y de forma excluyente. Trump acaba de proponer “hacer algo por la población de Gaza”. ¿Y qué plantea? Trasladarlos a otro país. Es decir, privarlos definitivamente de su patria, completar el crimen de guerra de la matanza con el crimen de guerra de la limpieza étnica.

El espíritu de los carniceros de Auschwitz sigue vivo a plenitud entre nosotros y en nuestra época.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 718 año 15, del 31/01/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

22 de diciembre de 2023

UN NIÑO GOLPEADO Y TRISTE

Eduardo González Viaña

Según la historia bíblica, Herodes el grande, rey de Judea, ordenó la muerte de todos los niños de Belén que tuvieran menos de dos años. Lo hizo porque temía que, al crecer uno de ellos, le disputara el poder.

Ocho mil niños han muerto hasta hoy en la Franja de Gaza desde octubre último. En realidad, el conflicto bélico que en ese mes se inició ya ha terminado. Las fuerzas israelíes de ocupación están disparando sin encontrar mayores obstáculos frente a ellos.

Sus armas son incomparables. Pueden distinguir un blanco desde otro lado del mundo, pero se empeñan en meter balazos a los niños por los ojos, por la boca.

Esta es una performance superior a la de Herodes. En toda la historia universal, Netanyahu puede preciarse de ser un genocida refinado.

Si un niño de Gaza sobrevive, no encontrará a sus padres. Sus cadáveres probablemente se hallen entre las veinte mil personas asesinadas.

No es ese, sin embargo, el centro de atención de los invasores. La idea que los guía es destruir, según las órdenes que han recibido, en primer lugar, los hospitales y luego demoler los edificios que sirvan para el trabajo, la industria o simplemente la vida.

Esta situación no es de ahora. Aunque parecía que Israel respetaba la coexistencia con la gente de la Franja de Gaza, ya para el 2017 se había apropiado de las fuentes abastecedoras de agua y energía eléctrica y el coordinador humanitario de la ONU señalaba entonces que:

“La degradación de la situación se ha acelerado con más rapidez de lo que se preveía… Puede que Gaza ya sea inhabitable”.

Sin embargo, los palestinos y sus niños continuaron viviendo allí.

La situación actual es denunciada por todos lados. Según el papa Francisco: “Civiles indefensos están siendo bombardeados y tiroteados. Y esto ha ocurrido, incluso, dentro del recinto parroquial de la Sagrada Familia donde no hay terroristas, sino familias, niños, enfermos, discapacitados y monjas. Una madre y su hija fueron asesinadas y otras personas heridas por francotiradores cuando iban al baño”.

La cadena norteamericana CNN publica fotografías de niños abaleados o moribundos: “Amir Taha, de 20 meses, yace en silencio en la cama, con el pelo mullido hacia arriba y la piel, suave como la de un bebé, violentada por una herida abierta y dentada en la frente. Alrededor de uno de sus grandes ojos marrones se ven moretones.

Ahora es huérfano, dice su tía, porque sus padres y dos de sus hermanos murieron en un bombardeo israelí, uno de los ataques de la devastadora guerra contra Hamas en Gaza, que Israel lanzó después de que los milicianos llevaran a cabo ataques asesinos transfronterizos contra civiles israelíes el 7 de octubre”.

Si el afán de Benjamín Netanyahu es aparecer perpetuamente entre los grandes asesinos de la historia, ya lo ha logrado y con creces. A su lado tan solo habría que colocar a Nerón y a Hitler.

Lamentablemente, el Perú ha tenido gobernantes que también han incrementado esta sanguinaria lista, como es el caso de Fujimori, quien ordenó la esterilización de 200 mil campesinas, con amenazas, y hay que imaginarse cuántas de esas operaciones resultaron abortos criminales.


Además, pueblos enteros fueron arrasados. Fue una guerra étnica. Uno de los sicarios, al ser acusado de matar niños campesinos, dijo que lo hizo y lo haría porque al crecer esos niños se volverían revolucionarios.

La Nochebuena del 2023 exhibe un niño golpeado y triste. Sus padres no podrán tenerlo en un tibio pesebre. La matanza de inocentes es una historia ostensible e inocultable.

Alguien dijo que los santos inocentes están vivos hoy y siguen mostrando sus rostros perseguidos. Un niño golpeado y triste nace en esta Navidad.

https://elcorreodesalem.lamula.pe/2023/12/20/un-nino-golpeado-y-triste/eduardogonzalezviana/

Nazis de hoy

César Hildebrandt

Nadie supo la verdad del horror de los campos de concentración nazis hasta que la Alemania de Hitler fue invadida y Polonia fue recuperada. Recordemos la cara del general Eisenhower cuando, el 4 de abril de 1945, ingresó al campo de Ohrdruf y vio dunas de cadáveres, parihuelas macabras donde habían ardido cuerpos, sobrevivientes que eran sus propias sombras. Un hombre como Eisenhower, que mandaba ejércitos descomunales y tenía comercio íntimo con la muerte, se horrorizó. Y el mundo, lentamente, se sumó a la estupefacción: el nazismo no había sido una ideología sino una enfermedad: la tara de un gen bárbaro, la bestialidad del odio, el antisemitismo hecho gas letal, el pangermanismo canceroso.

Pero ahora, en Gaza, el mundo no necesita que la Cuarta División de Tanques del Ejército de los Estados Unidos abra un campo de exterminio y espante a todos con sus imágenes. Ahora todos vemos, en vivo, la matanza de un pueblo –el palestino– a manos del estado que se fundó para compensar, de algún modo, a las mayores víctimas de Hitler.

Hoy Israel es la Alemania nazi. Y los judíos que celebran la matanza de los palestinos son parientes involuntarios de Himmler, de Goering, de Goebbels.

Lo que está haciendo Israel tiene todas las trazas de un genocidio transmitido en tiempo real. Es la venganza arrasadora de un pueblo que reclama haber sido elegido por Dios para hacer su voluntad. Y la voluntad de ese Dios, según el gobierno de Netanyahu, es acabar con los palestinos, destruirlos, despedazarlos, borrarlos del mapa. Por eso es que el primer ministro israelí se ha permitido mostrar un mapa del “nuevo medio oriente” donde ya no figura ningún territorio palestino (ni siquiera el arrinconado trozo que le queda en Cisjordania).

Convertido en un estado teocrático y racista, Israel quiere evaporar un pueblo, como si de las batallas milagrosas y nacionalistas de la Torá se tratara, para quedarse con su territorio. Lo hizo hace 75 años, lo viene haciendo desde 1967 y lo está haciendo a grandes pasos en Cisjordania. Ahora Israel aspira a quedarse con Gaza y crear allí un anexo-botín para disposición de sus colonos.

Para este crimen, del que somos pusilánimes testigos, Israel cuenta con el apoyo degenerado de los Estados Unidos y el silencio asustado de los europeos, siempre prescindibles y de costado. El resto calla. Y de ese silencio mundial el lobby israelí, presente en el Perú también, obtiene la tácita autorización para continuar su tarea masacradora.

¿Por qué a la prensa peruana, por citar un ejemplo minúsculo, no parece interesarle el genocidio de Gaza? Porque la agenda de esa prensa ya no es propia sino que, cada día más, responde al menú mediático de la globalización reaccionaria. La prensa peruana es un suburbio remoto de esos grandes intereses. El fujimorismo, al fin y al cabo, fue la ejecución de una política dictada desde fuera por el Fondo Monetario Internacional y sus matones. Milei, ahora en Argentina, es el fujimorismo con camisa de fuerza. El resultado será el mismo: un país eviscerado, con cuentas azules e infelices crónicos: un boletín de cifras de exportación.

La matanza de Gaza es parte de la infamia de estos tiempos. Nos piden que los ricos sean más ricos, que los pobres se resignen, que el Estado desaparezca, que lo privado cunda, que el bien común sea maldito, que la codicia sea una meta, que el mercado decida, que la mano invisible nos toque los pudores y que pongamos a Milton Friedman en una estampita del Opus Dei. Y no contentos con eso, nos piden el alma. ¿Nos piden, digo? No: nos exigen que aceptemos que matar civiles y niños es una necesidad y que nuestra anuencia es importante para combatir el terrorismo de Hamás. ¡Como si alguna vez hubiésemos sido partidarios de Hamás! ¡Como si no hubiésemos condenado el terrorismo de cualquier apellido!

Nos piden la humanidad que nos queda, nos exigen el silencio que nos deshumaniza y nos dicen que el orden mundial consiste en que un viejo decrépito (Biden) se abrace con un criminal de guerra (Netanyahu). Hijos de puta.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 667 año 14, del 22/11/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/