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11 de agosto de 2025

Perú: La esencia de la patria

Gustavo Espinoza M.

Cada vez que se aproxima el 28 de julio, la clase dominante se acuerda de la patria. Nos invita entonces a ser “patriotas”, y entiende por ello cantar el himno nacional varias veces, izar la bandera, rendir culto a los símbolos nacionales y pensar en un país con “paz, orden y tranquilidad”, es decir, uno en el que nadie se queje ni proteste, y en  el que todos acepten las cosas tal como vienen.

Nosotros, tenemos una idea distinta, Admitimos lo formal, aquello que se plantea en términos rituales, pero no nos quedamos allí. Procuramos entender que el Patriotismo tiene otro contenido. Implica revindicar elementos y factores que algunos olvidan o soslayan, pero que son consustanciales a la peruanidad.  

Nos referimos a la historia, al contenido del país, a sus representantes más calificados, a su pueblo, a sus luchas y a sus aspiraciones. En otras palabras, a la esencia de la Patria, la que es ignorada o dejada de lado siempre por los voceros de la oligarquía envilecida y en derrota que detenta aun precariamente los resortes del Poder.

Para los trabajadores y el pueblo, el Perú no nació con la República, ni con los gestos rituales de hace 204 años.  Su origen es milenario, y sus raíces se hunden en el tiempo porque formamos parte de las culturas más antiguas surgidas en América.

Y porque mucho antes del Imperio de los Incas, nuestro suelo estuvo habitado por poblaciones originarias que alcanzaron notable desarrollo.  Pero el Incanato –“El Imperio Socialista de los Incas”, como lo llamara Charles Baudin– supo forjar el esplendor de la peruanidad, el mismo que fuera opacado transitoriamente  por la violenta incursión de los conquistadores españoles y la entronización de un virreinato que  extendiera la voracidad peninsular por tres centurias.

La República, entonces, alcanzó ciertos ribetes de ficción.  La aristocracia criolla se dio maña para tomar las riendas del Poder y auparse como clase dominante explotando vilmente a las poblaciones originarias y sometiendo a su dominio a la inmensa mayoría de la población.  Aun así, el Virreinato del Perú estuvo situado en el corazón de América, lo que confirmó el papel protagónico de la patria nuestra entre sus pares del  nuevo continente.

El Proceso liberador de Juan Velasco Alvarado abrió una ruta distinta, pero no pudo concretar sus elevados objetivos, de modo que -de la mano con la dictadura y el Neoliberalismo- los opresores de antaño retornaron al Poder y restauraron el dominio de las viejas camarillas oligárquicas digitadas por el Imperialismo.  Esa es la historia verdadera de la patria, y ella no puede encubrir tras rituales pleitesías a símbolos muertos.

En este proceso asomaron los héroes en distintas etapas de la historia. Desde Calcuchímac, quemado vivo por los conquistadores españoles, hasta nuestros días, pasando ciertamente por los Incas de Vilca bamba, por Juan Santos Atahualpa y Tupac Amar; por los Precursores y Proceres de la Independencia, desde Juan Pablo Vizcardo y Guzmán hasta Crespo y Castillo, Francisco de Zela, los hermanos Angulo y muchos otros, incluyendo a Miguel Grau, Francisco Bolognesi y otros. En su sacrificio y en sus luchas, radica la esencia de la peruanidad.

Pero también radica en los hombres que nos dieron pensamiento y cultura, desde el Inca Garcilaso de la Vega, hasta José Carlos Mariátegui, pasando por Leoncio Prado, Manuel González Prada, César Vallejo, José María Arguedas y muchos más, que fundieron su capacidad creadora con la misma sangre de nuestro pueblo.

En ese marco se desarrollaron las luchas en defensa del Patrimonio Nacional. Fueron por la nacionalización del Petróleo, la Reforma Agraria, la Recuperación de la Gran Minería, los derechos de los trabajadores, las conquistas obreras, la vigencia de las libertades democráticas, los Derechos Humanos, las reivindicaciones de la mujer, la Reforma Universitaria, la atención a las demandas sociales más sentidas.

Fueron esas, sucesivas batallas que se entrelazaron con los justos combates de las poblaciones originarias, las Comunidades Campesinas, las poblaciones secularmente  marginadas, las organizaciones sindicales, las estructuras campesinas, las federaciones estudiantiles, y con ellas todas las entidades forjadas por el pueblo mismo en fragorosos combates de clase.  

Y siempre estuvo en la tarea el tema de la solidaridad. En décadas, en apoyo resuelto a la Rusia Soviética;:luego a la URSS que bregó heroicamente hasta alcanzar la derrota del fascismo. Luego el apoyo resuelto a Cuba Socialista, la solidaridad con Vietnam,. El respaldo a Chile en los años de la Unidad Popular, y hoy la identificación de amplios sectores de nuestro pueblo con el Proceso Emancipador Bolivariano que contiene enérgicamente la grosera arremetida imperialista contra nuestros pueblos.

En todo ese proceso el pueblo, en distintos periodos de la historia, fue capaz de forjar su unidad, de construir su organización, de elevar su conciencia de clase y de promover y alentar sus luchas. Así ocurrió en los años 50 del siglo pasado enfrentando a la dictadura odriista y a la “convivencia” entre los banqueros y el APRA; en los años 60 por las demandas estudiantiles más sentidas y construyendo la FEP; en los 70 respaldando patrióticamente el proceso emancipador de aquellos años desde las barricadas de la CGTP; en los 80 a partir de Izquierda Unida convertida en real alternativa de Gobierno y de Poder.

Hoy, en otras condiciones, se impone revertir el proceso de descomposición del movimiento popular, de recuperar la iniciativa de lucha, renovar la vigorosa esencia de un  movimiento independiente y de clase, que sea capaz de abrir paso a la construir de un nuevo escenario nacional.

Al tiempo que luchamos por nuestras propias banderas, formamos parte de un mundo convulso en el que la Vanguardia de los Pueblos enfrenta la desbocada voracidad del Imperio que abre focos de tensión en diversas latitudes y juega con el destino de los pueblos alentando la inminencia de un conflicto nuclear. Hoy, Palestina y Cuba vuelven a inscribir sus nombres en nuestras banderas.

 Ahora, en todas partes los pueblos luchan por un mundo nuevo, liberado del odio, la opresión, la injusticia, la miseria y la guerra, Y nosotros, con profundo patriotismo, tenemos la obligación de incluir al Perú dentro de ese Mundo Nuevo.

Será ese, sin duda, el modo más perfecto de unir los grandes ideales y de convertir en realidad, los sueños de José Carlos Mariátegui.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

13 de julio de 2021

Perú: LA HISTORIA Y LOS SÍMBOLOS

Natalia Sobrevilla

La historia ha estado de fiesta: como comenté aquí la semana pasada, se acaba de celebrar de manera virtual el Congreso Nacional de Historia “Bicentenario”, un encuentro en el que los historiadores, los estudiantes y un público entusiasta nos la pasamos zambullidos en las diferentes plataformas virtuales para reflexionar sobre lo que podemos aprender del pasado y cómo nos puede servir para repensar la república en un momento tan crítico.

En él tuve la oportunidad de considerar cuál es el sentido de la historia con algunos de mis colegas, con un par de periodistas que preguntaron sobre mi libro más reciente, y con un grupo diverso de personas interesadas en nuestros procesos sociales. Quizás por ello me puse a pensar en la “historia patria”, algo que viene particularmente a cuento en este mes de conmemoración del bicentenario de la proclamación de la Independencia en Lima.

Lo primero que me resulta llamativo es mi reticencia a hablar del “Bicentenario de la Independencia”, en gran parte, porque considero que este fue un proceso mucho más largo y complejo que no comienza ni termina con la proclamación hecha por San Martín en la capital del virreinato, siguiendo todos los rituales coloniales para afianzar la legitimidad del poder. Para tener una discusión más inclusiva e incluyente sobre el proceso debemos ampliar el marco temporal y espacial. No se trató solo de 1821. Tampoco solo de Lima.

Muchas de las preguntas que me hicieron esta semana se centraron en por qué la historia que aprendimos en el colegio –o incluso en la universidad– era tan vertical y tan diferente de lo que narro en mi libro sobre la Independencia. Esto me dio pie a hablar sobre la historia como una “tecnología” utilizada por el Estado para crear una narrativa oficial que, a fuerza de repetición, se convierte en una información compartida por muchos: los nombres de los incas, de los virreyes, de los presidentes, de los héroes. Por otro lado, las fechas de batallas y eventos se convierten en efemérides que, cuando se celebran año a año, van solidificando esta narrativa compartida.

Pero esta no es la única manera de utilizar el pasado para crear esta identidad compartida con base en la historia. Se usa también en el espacio público, en las calles que llevan nombres de personas, lugares o momentos que los gobiernos locales o nacionales quieren recordar y los monumentos que de manera subliminal nos hablan con mármol y metal sobre el pasado, aunque la mayoría no tenga idea de quiénes son y por qué están ahí. Una función parecida la cumplen símbolos como la bandera, el himno y la escarapela, e incluso las monedas y billetes.

En el Perú, los billetes alguna vez estuvieron ilustrados con próceres como Túpac Amaru, Ramón Castilla, Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Nicolás de Piérola, Andrés Avelino Cáceres, pero cuando la moneda se devaluó fue necesario virar hacia los intelectuales. Es así como tenemos billetes con Raúl Porras, Abraham Valdelomar y Jorge Basadre. Pero varios intelectuales, entre ellos César Vallejo, Ricardo Palma y Víctor Raúl Haya de la Torre, también se devaluaron en el camino. En un pasado más lejano tuvimos billetes con incas y con Francisco Pizarro y ahora nos queda solo un héroe para el de denominación más baja –José Quiñones– y se ha recurrido a la única mujer, Santa Rosa, para el billete de la denominación más alta. Aunque para el Bicentenario también se han emitido billetes de 200 soles con la imagen de José de San Martín.

Todas estas son maneras de construir esta gran narración de la patria desde la escuela, desde la calle y desde la billetera misma. Con estos recursos, el Estado busca establecer una pertenencia común que en gran medida forma la base de nuestra identidad nacional. Esto sucede en todo el mundo: basta ver cómo los billetes cambian de personajes de país en país, muchos de los cuales son desconocidos para el visitante. Lo mismo ocurre con las calles, los monumentos, e incluso con la historia que se enseña en los colegios.

Lo que no debemos perder de vista es que todas estas son estrategias que se imponen desde el poder y es por eso que los ciudadanos debemos tener un acercamiento crítico, tanto a la historia como a todas las tecnologías sobre las que se basa la identidad de la nación. Notemos cómo cambian en el tiempo y nunca dejemos de cuestionar los símbolos que solemos imaginar inamovibles.