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14 de febrero de 2025

Perú: Cuídate, bróder

Juan Manuel Robles

Hace unos días, Paco Sanseviero, dueño de la librería El Virrey de Miraflores, contó que recibió amenazas telefónicas y que, en el momento de poner la denuncia respectiva, el oficial de la comisaría a la que acudió le dijo que no podía ayudarlo, que tenía que ir directamente a la Dirincri. Sanseviero, a quien muchos tenemos el gusto de conocer desde hace años (como excelente fotógrafo en “El Comercio” a comienzos de siglo y como generoso anfitrión de la librería que heredó de su madre, la recordada Chachi), relató su experiencia en las redes sociales. La molestia era evidente y se mezclaba con impotencia. En un momento en que las extorsiones están a la orden del día, en que el pago de cupos se extiende todas las semanas como una mancha de sangre sobre el mapa de Lima, el librero se encontró cara a cara con el desamparo.

Y pensar que aquel general de la Policía, ese terruqueador profesional que solo parece ser efectivo para hacer que un montón de señoras con pollera y estudiantes se tiren bocabajo (acusándolos de “terroristas”), dijo que una de las razones del crecimiento de la delincuencia es que hay “una cultura de no denunciar”. Claro, con lo dispuesta que está la Policía, con las ganas que le ponen.

Pero lo que más me llamó la atención de las palabras de Sanseviero —un episodio que ojalá no pase a mayores— es que mucha gente le respondió al librero mensajes de pragmatismo, resignación y, finalmente, fe: camina con cuidado y confía en la suerte. Nadie puede esperar que la Policía brinde protección, así que mejor bloquea los números de las llamadas, no contestes. Y persígnate (mitad broma, mitad en serio).

El Perú sube como la espuma en el ranking de países más inseguros de la región, la tasa de homicidios se ha duplicado en cinco años. La presidenta y sus aliados no tienen problemas en malgastar los recursos policiales en sus vendettas internas. Volvemos —sin darnos cuenta— a la lógica social de la tómbola (que en este caso es una ruleta rusa).

Todos los días mueren choferes de combis y buses que antes de salir a trabajar alzaron los hombros y dijeron como en las elecciones del 2021: ké me keda. Y decidieron respirar hondo y avanzar no más, esperando que ese día el verdugo tenga piedad, o que esté ocupado con otros encargos, o que la moto se resbale en el último instante, providencial, o simplemente que los reflejos en el acelerador le permitan huir, al menos por un día, un día más.

Son hombres y mujeres que solo quieren vivir en paz, que no contemplan la posibilidad de comprarse una pistola y entrenarse en algún campo de tiro de los que ya existen, que creen que la normalidad no tendría que permitir estas amenazas.

La librería El Virrey —el lugar donde presenté dos de mis libros, un espacio tan significativo y entrañable para la comunidad letrada que el escritor Ricardo Sumalavia se casó allí, entre sus paredes repletas de títulos— parece lejos de la zona de peligro. Pero el Perú nos enseña que todo lo malo que vivió en su historia llegó donde nunca nadie lo hubiera imaginado. La zozobra que cunde no es gratuita. La siente Sanseviero y todos los que alguna vez fuimos felices en su local.

Hace tiempo pienso que el Perú te condena a vivir en esa lotería infame: la familia que cruza los dedos para que el río no se desborde; el señor que habita una casa vieja en una ciudad sísmica y confía en que el siguiente temblor no será de cuidado; el barrio del arenal al borde de la autopista elevada, donde los pobladores rezan para que el tráiler no se despiste justo allí (aunque la pista, justamente, se esté hundiendo por falta de mantenimiento). Solo que a veces el peligro, que generalmente es pan de cada día entre los pobres, llega a más gente: a la clase media, a los esforzados dueños de un negocio, a los propietarios, a los comerciantes pujantes. Como si fuera una especie retorcida de justicia, el Perú precario le dice al que creía no serlo: ahora pues, ahora sabes.

El domingo vi, luego de muchos años, un partido del torneo local. Nada del encuentro me sorprendió —las mismas jugadas mal hechas, los remates desviados de hace veinte años— pero sí los comerciales de apuestas. Ese vigor ludópata normalizado, esa decadencia sombría que no es solo la de un deporte que ha vendido su alma al diablo apostador sino la de una sociedad que se acostumbra a jugarse el todo o nada en las cosas más simples. Apostar la vida. ¿Por qué no? ¿Hay opción? Y si no hay otra, mejor hacerlo disfrutando el momento, con una chela en la mano y Paolo Guerrero o Jefferson Farfán recién retirados, travestidos en tokens del adormecimiento nacional.

Luego vi un comercial de los “nuevos ricos”. Y pensé en el emprendedor de fuera de Lima Moderna, que en la primera década del siglo aparecía en otros comerciales, arrogante, feliz, capitalista a muerte, jugador empedernido y ganador, incapaz de pedirle nada a Papá Estado. Ese hombre aparecía en moto acuática relamiéndose de prosperidad. Qué bien juegan sus fichas los peruanos emergentes, qué poco necesitan de la asistencia. Cuando daba risa, sembramos en exceso la idea de que la supervivencia es un juego del día a día, un hoy perdiste, cholito, pero mañana ganas el doble, un préstamo de tu banco amigo —y suave con los intereses—; ahora que ya no da risa, porque la mala suerte significa morir, continúa en nosotros esa vocación de jugar, que es casi lo único que queda.

El de Sanseviero es un grito de ingenuidad necesario: un hombre que exige que la Policía funcione con un mínimo de eficiencia. Tal vez él —y yo, y ustedes— ya nos hemos quedado atrás, con aspiraciones absurdas; tal vez es cierto: en poco tiempo a cada vez más peruanos solo les quedará jugar fichas, jugar a la ruleta. Y sonreír ajustando.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 720 año 15, del 14/02/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

11 de febrero de 2025

Perú: ¿Cómo reaccionamos ante la inseguridad?

Hernán Chaparro

La percepción de un Estado ineficaz y la falta de acción de las instituciones responsables lleva a que las personas idealicen una respuesta autoritaria que prescinda de aspectos normativos relevantes.

La protesta de los transportistas, este jueves 6 de febrero, puso de nuevo en agenda el tema de la seguridad ciudadana en el país.  ¿Mientras tanto, qué hace el ciudadano frente a esta situación de inseguridad? La última encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), realizada en enero de este año, pregunta sobre las cosas que las personas están haciendo en sus hogares para enfrentar la creciente ola de delincuencia.

Un primer dato que tiene que destacarse es cómo se ha incrementado la proporción de personas que se han visto en la necesidad de tomar medidas particulares para sentirse protegidos, al menos en su vivienda.  Cuando se pregunta si “durante los últimos doce meses ¿ha tomado alguna medida para prevenir o protegerse de la delincuencia en su hogar?, se pasa de un 33% que hacía algo en el 2019 a un 54% que ha llevado a cabo alguna medida en estos momentos.  

Más de la mitad de los hogares en el país ha tomado algún tipo de acción y los resultados indican que este tipo de comportamiento se ha dado no solo en Lima, sino que, está presente en las diferentes zonas del país.  Por ejemplo, en el norte del Perú, un 52% menciona haber tomado algún tipo de medida para protegerse, un semejante 55% dice esto en el sur del territorio y el 58% menciona lo mismo en la zona oriente.  Ocurre en todo el país.  La noticias y acciones de la delincuencia pueden ser extremas en la capital y en las ciudades del norte, pero en todo el Perú la preocupación de la población, y la ineficacia de las autoridades, lleva a que en todos lados se opte por hacer algo en su entorno más inmediato, no es solo Lima.

¿Y qué está haciendo la gente para cuidarse en sus hogares?  Cada uno hace lo que puede con los recursos que tiene más a su alcance. En algunos casos es una inversión de dinero y en otros se recurre al capital social existente.  En general, lo que más se menciona es la instalación de algún sistema de seguridad como son las alarmas o cámaras (un 27%).  Es una acción que compete directamente a la vivienda.  Esto es más frecuente en los niveles altos (nivel socioeconómico A/B) y medios (nivel socioeconómico C); en segundo lugar, está algún tipo de refuerzo de la seguridad que incluye ya no solo a la vivienda sino también el barrio (21%).  Es un tipo de acción que supone algún nivel de coordinación con vecinos y viviendas cercanas.  

En estos casos se puede usar sistemas de mensajería, como el WhatsApp, para comunicarse entre sí.  Un sistema que algunos municipios también han implementado para recibir denuncias y alertas de seguridad.  En tercer y cuarto lugar se mencionan otras medidas que son más frecuentes entre personas mayores, de niveles bajos (nivel socioeconómico D/E) y en zonas rurales, esto son: la coordinación familiar (14%) y la organización de juntas vecinales en zonas urbanas o rondas campesinas en zonas rurales (10%).

Como se puede apreciar, una parte de las soluciones pasa por tomar medidas a nivel familiar, más concentradas en el propio hogar, y otras suponen cierta coordinación en el barrio o comunidad (eventualmente el municipio local), que implican un mayor esfuerzo de coordinación y organización.  En el primer caso, en particular el de las alarmas y cámaras, la seguridad del hogar se delega a la tecnología (cada vez más barata y sofisticada) y, eventualmente, al servicio de alguna empresa especializada en el tema. En el segundo caso, se apuesta al capital social de un colectivo que puede estar más o menos organizado.

Diversos estudios indican que el nivel de participación ciudadana en este tipo de organización dependerá, en parte, del sentido de comunidad que tengan los miembros del vecindario.  Un indicador interesante, según la encuesta del IEP, es que en el 2019 solo un 24%, a nivel nacional, decía que en los últimos doce meses se había reunido con los vecinos del barrio para organizarse afín de prevenir o protegerse de la delincuencia.  En el 2025 esto lo ha hecho un 41% de la población.  Algunas iniciativas habrán sido más esporádicas y otras habrán terminado en algo más organizado pero la gente, poco a poco, se ha ido juntando para ver qué hacer.  Esto es más frecuente en las ciudades del interior y en el ámbito rural.

¿Y qué impacto tiene esta percepción de incremento de inseguridad en las actitudes sociales, políticas y electorales?  En general, promueve actitudes favorables a la violencia.  Algo más de la mitad de encuestados dice que, si pudiera, tendría un arma de fuego para su protección.  La misma encuesta del IEP muestra que un 55% menciona que estaría dispuesto a apoyar a un líder que acabe con la delincuencia, aunque para hacerlo no respete los derechos de las personas.

La percepción de un Estado ineficaz y la falta de acción de las instituciones responsables lleva a que las personas idealicen una respuesta autoritaria que prescinda de aspectos normativos relevantes.  Esta respuesta revela una actitud semejante a la que subyace a los conocidos linchamientos que reciben algunos delincuentes que son capturados en flagrancia.  Los vecinos, cansados de la inacción policial en su zona, capturan al malhechor y lo someten a la “justicia popular”.

La misma encuesta del IEP señala que esta actitud violenta, que favorece un determinado tipo de “mano dura” contra la delincuencia (que puede terminar en ajusticiamientos) está presente tanto en personas que se auto perciben de izquierda, centro o derecha.  Los autoritarismos desesperados están presentes en todos los conglomerados ideológicos.  En un país donde la opinión puede estar muy dividida, hay temas que generan lamentables consensos.  Este es el clima de opinión en el cual se irá desarrollando la campaña electoral de cara al 2026.

https://larepublica.pe/opinion/2025/02/06/como-reaccionamos-ante-la-inseguridad-por-hernan-chaparro-593802