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27 de diciembre de 2023

Perú: La memoria nunca es venganza

Ángel Páez

“Chipana relata que familiares de los combatientes visitaban el lugar en busca, si no de osamentas, al menos de pedazos del uniforme, una carta o un botón”.

Circula en una edición virtualmente clandestina de 500 ejemplares, el libro titulado La fosa común olvidada de la batalla de San Juan, del historiador sanmarquino Jhonny Chipana Rivas. Se refiere al episodio bélico del 13 de enero de 1881, que protagonizaron las improvisadas fuerzas de defensa de Lima y las organizadas tropas invasoras chilenas, cuyo objetivo era someter la capital y cancelar la posibilidad de que los peruanos activaran una contraofensiva para recuperar el territorio capturado.

Considerada una de las batallas más sangrientas del continente, se estima que perdieron la vida alrededor de 10.000 nacionales, en tanto que los chilenos registraron 1.300 bajas. Pese al enorme y doloroso número de fallecidos, que incluye no solo a efectivos militares, sino también a vecinos de la capital que se sumaron a la defensa, muchos cuerpos quedaron dispersos e insepultos. No existe un recuento oficial de los caídos ni un lugar en el campo de batalla donde se rinda tributo a las víctimas con sus respectivos nombres y apellidos. Chipana relata una historia de olvido y de ingratitud que dice mucho sobre el carácter de los peruanos.

Ocho años después de la batalla, el 13 de enero de 1889, las autoridades organizaron un homenaje, se abrió una fosa u osario donde se reunieron 200 cuerpos, y se anunció la edificación de un mausoleo. Como señala Jhonny Chipana, la promesa jamás se cumplió, y con el transcurso del tiempo se perdió la ubicación de la fosa en el cerro San Juan, conocido en la actualidad como Viva el Perú.

La buena noticia es que existe la posibilidad de subsanar la ingratitud con los compatriotas que ofrecieron la vida defendiendo la integridad y el honor nacional. En particular de los soldados de origen andino, a quienes falsamente se les atribuye la derrota. Luego de investigar en archivos documentales y periodísticos, de visitar el lugar en varias oportunidades, y de cotejar diversas fuentes, el historiador Chipana ha encontrado la ubicación de lo que sería el osario que se abrió en 1889, en el cerro San Juan. Para verificarlo, se requiere de labores arqueológicas.

Chipana relata que familiares de los combatientes visitaban el lugar en busca, si no de osamentas, al menos de pedazos del uniforme, alguna carta que lo identificara o un botón con las iniciales del muerto. Como el caso de la madre del cabo de 16 años, Isaías Clivio Roca de Vergallo. “Mutilado, sin duda, después de muerto, le fue imposible a la desconsolada madre hallar el querido cuerpo del amado hijo de sus entrañas. El cadáver de Isaías Clivio no existía”, publicó El Nacional, el 12 de enero de 1889.

La tarea de encontrar la fosa “no debería estar inspirada en términos belicistas (…) ni con signos de revancha u odio”, señala Chipana. Es cierto, la memoria nunca es venganza. Es gratitud.

https://larepublica.pe/opinion/2023/12/27/la-memoria-nunca-es-venganza-por-angel-paez-530530

8 de mayo de 2021

Perú: Historia mínima del terruqueo

Ángel Páez

El terruqueo se originó en las miasmas del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), en el despacho del asesor personal de Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos. Comenzó a emplearse para justificar los secuestros, desapariciones y asesinatos. Los estalinistas practicaron la fórmula para purgar a los sospechosos de traición y luego fusilarlos. Los nazis los imitaron también para eliminar a sus opositores internos. Practicaban actos terroristas −como el incendio del Reichstag− para atribuírselos falsamente a otros, y así buscar la aprobación popular mediante brutales represalias. Cuidado, después del terruqueo el siguiente paso es la acción violenta.

El ataque senderista en Tarata molestó tanto a Fujimori que cuadró a Montesinos exigiéndole una respuesta, lo que inmediatamente consumó el Destacamento Colina, un grupo de oficiales y efectivos del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), a las órdenes del régimen de facto, en 1992. Secuestraron, torturaron y asesinaron a un profesor y 9 estudiantes de La Cantuta. Cuando era evidente que los autores habían sido elementos del Ejército por indicaciones de Fujimori y Montesinos, la mayoría fujimorista del Congreso aprobó un informe en el que se afirmaba que estos habían sido eliminadas por diferencias con otros compañeros ’'terroristas’': ’'(No se descarta) que un grupo terrorista de ideología distinta sea el responsable de la desaparición, (o que) elementos de la misma tendencia hayan saldado sus discrepancias internas, procediendo a desaparecer a estas personas’'. El terruqueo de las víctimas les permitió a los fujimoristas concluir que ’'está indubitablemente demostrado’' que ni el general Nicolás Hermoza ni Vladimiro Montesinos ’'hayan tenido ninguna intervención o participación en los sucesos materia de investigación’'. Montesinos y Hermoza, que respondían al mandato de Fujimori. El terruqueo justifica crímenes.

En el mismo gobierno, Fujimori y Montesinos pagaron a la mayoría de medios y a la ’'prensa chicha’' para terruquear a la oposición política y a los periodistas independientes, entre ellos al autor de esta columna. En reiteradas ocasiones me vincularon con Sendero Luminoso o el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, agrupaciones que más bien intentaron eliminarme mientras cumplía con mi trabajo periodístico.

Una vez un importante funcionario del SIN me confió cuál era el objetivo de las campañas de terruqueo contra los enemigos del gobierno de Fujimori y Montesinos: ’'Incrustar todos los días en el imaginario de la gente la sospecha de que una persona es un terrorista para que desconfíe de esta, algo que prende rápidamente porque el miedo al terrorismo, subiste, no ha desaparecido’'. El despreciable terruqueo ha regresado con fuerza de la mano de los notorios herederos de sus creadores.

23 de abril de 2021

Perú: ¿Tienen una foto de Pedro Castillo?

Ángel Páez

Los periodistas hemos olvidado que los pobres siempre son noticia. Cuando la más poderosa cadena del mundo, la estadounidense CNN, anunció el triunfo de Pedro Castillo Terrones, no contaba con una fotografía del profesor. Y en el país, la mayoría de los medios asentada en la capital no encontraba en sus archivos información sobre el candidato que salió en primer lugar, porque prácticamente lo había ninguneado durante toda la campaña. Las agencias de noticias extranjeras estaban desesperadas porque la prensa peruana poco o nada de espacio le había dedicado a Castillo. El postulante de Perú Libre llamaba la atención del mundo no solo porque no era limeño, ni habitaba en la capital, sino porque residía en el distrito de Anguía, el tercer distrito más pobre del territorio nacional. Los periodistas hemos olvidado que los pobres siempre son noticia.

La revolución industrial que entre la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII transformó al mundo, también impulsó un cambio significativo en el periodismo, haciéndolo más cotidiano, masivo e influyente. Los lectores deseaban estar al tanto de las impresionantes transformaciones en el planeta, por supuesto, pero además querían estar informados sobre lo que no decían las autoridades. Reclamaban a los periodistas sobre lo que los poderosos ocultaban. Por ejemplo, cómo vivían los pobres en los suburbios, en qué condiciones trabajaban los obreros en las fábricas y sobre la explotación de niños y niñas. Entre los diarios se desató una competencia por exponer las miserias del nuevo sistema económico.

En 1849, el periódico The Morning Chronicle despachó a sus mejores reporteros, Henry Mayhew y Angus B. Reach, a las zonas urbanas y rurales más pobres y durante dos años publicaron extraordinarias historias para asombro de los lectores. Eran las llamadas ’'comisiones secretas’', que en Estados Unidos se replicaron con grandes coberturas firmadas por Jacob Riis, sobre la explotación de los inmigrantes ilegales, en 1890; o por Edwin Markham, sobre los horrores del trabajo infantil, en 1906. Fue el preludio del surgimiento de la generación de los ’'muckrakers’', reporteros que se infiltraban en fábricas, hospitales y donde fuera necesaria para constatar con su propia experiencia la explotación, el hambre, la humillación. El periodismo desde sus orígenes se ha caracterizado por informar sobre los pobres.

Pero nos hemos olvidado de informar sobre los pobres. Quizás porque las redes sociales nos han alejado mucho más de la gente que debería importar al periodismo. Asumimos que lo que no circula en redes sociales no existe. Es lo que pasó con Pedro Castillo, un profesor que vive y enseña en uno de los distritos más pobres del país, que, paradójicamente, se ubica en Cajamarca, una de las regiones mineras más ricas del mundo. Los periodistas hemos olvidado que los pobres siempre son noticia.

17 de agosto de 2020

El reino de la mentira

Ángel Páez


Quién no sabe que la principal obligación de un periodista es la búsqueda de la verdad. Exponerla, documentarla, revelarla. Muchos reporteros perdieron la vida por alcanzar dicho propósito. Nos referimos a la verdad de los hechos verificados, que es la médula de la práctica periodística, el sustento de su credibilidad, la razón de su existencia. Sin embargo, el profesor Daniel J. Levitin nos propone a los reporteros otra obligación adicional: identificar, combatir, acabar con la mentira.

Levitin cuestiona que los periodistas ofrezcan espacio a lo que se publica en redes sociales, sin advertir a los lectores si se ha verificado o no lo que se reproduce. ¿Cómo sabes que lo que circula es verdadero?, se pregunta. La respuesta es: identifica a la mentira.

“Una historia no tiene dos versiones cuando una de ellas es una mentira”, escribe Levitin en su libro La mentira como arma: “Las mentiras son la ausencia de los hechos y en muchos casos se oponen directamente a ellos”. Verificar es comprobar los hechos, una práctica eficaz para detectar mentiras.

En esa línea el profesor Levitin cuestiona el uso extensivo del término fake news, porque las noticias nunca son falsas, ya que se entiende que una noticia contiene información verdadera. “Llamemos a las cosas por su nombre: las noticias falsas son mentiras. No hay ‘noticias’ en las noticias falsas”, escribió.

Así las cosas, no es lo mismo buscar la verdad que desentrañar la mentira. Como nunca antes la mentira se difunde a gran escala, y engaña e impacta con una velocidad impresionante debido a las redes sociales. Y continuará causando estragos, como sostiene el profesor Levitin, si los periodistas rendimos las armas ante el enemigo.

28 de julio de 2018

Queremos tanto a Manuel

Ángel Páez

Don Manuel González Prada y Ulloa partió hace un siglo y mucho de lo que escribió sobre la política envilecida por truhanes de cuello y corbata, la deshonestidad de los funcionarios públicos tarifados y la justicia vilipendiada por magistrados secuestrados por el poder oscuro, sigue, desgraciadamente, vigente. En lugar de haber disminuido, la corrupción pública y privada, se ha consagrado como moneda corriente. Se compra o se vende desde el empleado de más baja graduación hasta el jefe de Estado.

“En el Perú de hoy, no existe honradez privada ni pública: todo se viola y pisotea cínicamente, desde la palabra de honor hasta el documento suscrito. La vida política se funda en fraude, concusión y mentira”, señaló en “Propaganda y ataque” (1888), con palabras y expresiones que grafican lo que sucede hoy en el país.

Como si hubiera estado atento a los audios en los que se revelan cobros ilegales, enjuagues políticos y manipulaciones de expedientes, González Prada (1844-1918) apuntó: “Nada patentiza más el envilecimiento de una sociedad que la relajación de su Magistratura. Donde la justicia desciende a convertirse en arma de ricos y poderosos, ahí se abre campo a la venganza individual, ahí se justifica la organización de mafias y camorras” (“Nuestros magistrados”, 1902). Más de un siglo después, la descripción del estado de la justicia en el Perú que hizo el autor de “Páginas libres” es descarnadamente vigente.

Con cotidiana mirada inquisidora, usaba la pluma como escalpelo, por lo que no pudo pasar por alto a los congresistas, a quienes no trató precisamente con guante: “Los honorables resultan carísimos, tanto por los emolumentos de ley y las propinas extras, como por los favores y canonjías que merodean para sus ahijados, sus electores y sus parientes” (“Nuestros legisladores”, 1906).

Por supuesto, el periodismo y los periodistas, en tanto expresión de las distintas manifestaciones de la conciencia nacional, fueron materia frecuente de los discursos, ensayos y columnas del maestro: “Los males causados por la falta de sinceridad y honradez resaltan en los diarios de Lima, casi todos sin opiniones fijas ni claras, defensores sucesivos del pro y del contra, apañadores de los más odiosos negociados fiscales, voceros de bancos, empresas (...) y sociedades en que imperan el agio y el monopolio” (“Nuestro periodismo”, 1904). Hoy, por estas críticas, González Prada sería tildado de caviar por pobres diablos disfrazados de columnistas.

5 de marzo de 2018

Terrorista, la tuya

Ángel Páez

Para empezar, usar el término "terrorista" demuestra una clamorosa falta de información sobre lo que significa la palabra, por no decir una completa ignorancia.

Usar el término “terrorista” para descalificar al que discrepa, protesta o disiente, habla muy mal de los que suelen hacerlo. Detrás de la expresión “terrorista” se oculta sin mucho esfuerzo el ánimo de tildar de “senderista”, “subversivo” o “comunista” al que no piensa igual. El que lo dice pretende identificar al contrario como miembro o simpatizante de los criminales de Sendero Luminoso. Para empezar, demuestra una clamorosa falta de información sobre lo que significa la palabra, por no decir una completa ignorancia.

Eso era exactamente lo mismo que hacían los terroristas durante la guerra interna: descalificar al enemigo para luego asesinarlo.

Como reportero de La República en las zonas de guerra durante el conflicto interno, entrevisté a varios líderes que combatían a los senderistas y que estaban amenazados de muerte: el ex alcalde huamanguino Fermín Azparrent (1989), el líder aprista ayacuchano Marcial Capelletti (1989) y la lideresa de Huaycán, Pascuala Rosado (1996). Los terroristas usaron el periódico clandestino El Diario, panfletos o dazibaos pegados por todas partes, para acusarlos falsa y perversamente, y luego “justificar” la actuación de los “comandos de aniquilamiento”. A los tres los fusilaron.

Era una práctica muy extendida de los senderistas desprestigiar a su objetivo para seguidamente matarlo, y lo sé porque varias veces en sus publicaciones advirtieron que me eliminarían por ser un “agente de la CIA”, un “esbirro de la prensa burguesa” y un “soplón de la policía antiterrorista”. Intentaron consumar sus planes siniestros al menos en cuatro ocasiones. Yo sé lo que se siente cuando cuatro terroristas te emboscan y dirigen los cañones de sus revólveres sobre tu cabeza. Los enfrenté cara a cara, una experiencia que probablemente desconocen los que disparan el término “terrorista” con motivaciones políticas o ideológicas, o estimulados simplemente por la estupidez. ¿Terrorista? La tuya.


15 de septiembre de 2015

Odio

Ángel Páez

El gran reportero de la segunda mitad del siglo veinte, el polaco Ryszard Kapuscinski, decía a sus alumnos de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano -que fundó Gabriel García Márquez- que debían usar los cinco sentidos si querían conseguir grandes destapes o buenas historias. Kapuscinski desaconsejaba el odio, porque el odio enceguece, confunde, envilece. Suelen odiar las malas personas, y las malas personas no pueden ejercer el periodismo, explicaba.

Debido a recientes reportajes sobre los ingresos económicos de la familia de Keiko Fujimori y Mark Vito Villanella, corifeos de la candidata de Fuerza Popular han denunciado que las publicaciones fueron motivadas por un supuesto odio hacia el fujimorismo. No es cierto. Yo no odio al fujimorismo. Es una obligación moral de todo periodista investigar al fujimorismo.

Aguijoneado por el odio no podría haber encontrado suficiente evidencia para destapar varios casos de corrupción por los que han sido sentenciados el ex presidente Alberto Fujimori, su ex asesor Vladimiro Montesinos y no pocos ex jefes militares. El odio no te deja descubrir la verdad.

Más bien, por el éxito de estas investigaciones, me he ganado el odio del fujimorismo. Cuando gobernaba Alberto Fujimori, y la primera dama era su hija Keiko Fujimori, usó todos los medios a su alcance para silenciarme: dispuso el espionaje telefónico para vigilarme, pagó a la “prensa chicha” para difamarme y empleó a la Sunat para perseguirme, acción cuyas consecuencias todavía afronto. Todos estos casos fueron judicializados y concluyeron con sentencias para los secuaces del régimen. Revelé los hechos y la justicia dispuso el castigo.

Por eso, cada vez que exponemos a la luz algo nuevo, el fujimorismo se irrita y sus geishas se escandalizan. Es que los que apañan a la corrupción  y el crimen detestan a los reporteros que fiscalizan, escrutan y descubren lo que se oculta al interés público. Prefieren a los periodistas convertidos en notarios de los hechos del día, transformados en meros registradores de las declaraciones, reducidos a dóciles escribanos que repiten lo que dicen las notas de prensa. 

Prefiero seguir la línea del periodista sueco Torgny Segerstedt.

Desde que Adolfo Hitler ascendió al poder en 1933, Segerstedt alertó a sus compatriotas sobre lo que significaba el triunfo del nazismo en Alemania. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Suecia adoptó la neutralidad, pero sectores del gobierno, los empresarios y los periódicos no ocultaron sus simpatías por el dictador. Mientras que los grupos de poder preferían la comodidad del silencio ante las atrocidades que Hitler cometía, Segerstedt atacó con vehemencia al Führer desde el periódico que dirigía. Suecia abastecía de hierro a la dictadura nazi y había permitido el uso de su territorio para el tránsito de las tropas alemanas. La neutralidad era un fraude.

Ni siquiera cuando el mismísimo jerarca nazi Hermann Göering le envió un telegrama para advertirle que cesara sus publicaciones, Segerstedt cambió de opinión. Así que el propio rey sueco Gustavo V llamó al periodista a una cita privada con la intención de convencerlo para que redujera sus ataques al Führer. ¡Era el rey! Por supuesto, Segerstedt rechazó el pedido.

“Estás cegado por tu odio a los alemanes”, le dijo el rey a Segerstedt.

“Yo no odio a los alemanes. Yo estoy contra los nazis”, respondió

“No entendemos que beneficios buscas conseguir de la forma como tú escribes”, replicó Gustavo V. 

“No creo que ayude a Suecia si yo escribiera contra  mi conciencia”, alegó Segerstedt. 

Gustavo V dio por terminado el encuentro.

Torgny Segerstedt sabía que en febrero de 1939, su majestad había sostenido en Berlín una reunión con el sátrapa Göering, el mismo que le había enviado un telegrama para que cesara sus ataques a los nazis.

Parafraseando a Segerstedt: yo no investigo al fujimorismo porque lo odio sino porque es una obligación periodística. No investigarlo sería un acto contra mi conciencia.