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5 de febrero de 2023

Perú: La madre del otorongo

César Hildebrandt

Hemos tenido seis presidentes en cinco años.

Primero fue Kuczynski, ciudadano estadounidense, lobista de sí mismo, que prefirió los negocios, como había hecho siempre (desde el día en que le mandó pagar a la IPC expropiada por los militares). Claro que no le habría pasado lo que le pasó si Keiko Fujimori, heredera del herpes político que el Perú padece hace más de tres décadas, no le hubiese bajado el pulgar.

Después fue Vizcarra, que tenía aspecto de tecnócrata regional pero que escondía las más variadas mañas subalternas. Pobre. Se vacunó a escondidas contra el covid pero contrajo la viruela. Es un borradito más del elenco.

Le siguió un espejismo del desierto de Sechura. Se llamaba Merino de Lama y fingió estar en Palacio, vestido de sábana, durante tres días. Su primer ministro fue el gato con botas (militares). Dos muertes lo extrajeron de aquella ilusión. Alguien dijo una vez que Merino de Lama fue nuestro Pipino el Breve. Gran error: el rey franco tuvo un reinado de 17 años y fue el padre de Carlomagno. Merino de Lama fue el papi de “los niños” y su gobierno duró lo que un documental pesado de Netflix.

Después de tan pintoresco personaje llegó Sagasti, que se tapaba el cogote de vejete con un pañuelo y que recitó a Vallejo el día de su investidura. No lo hizo mal, pero quiso, al final, atribuirse más méritos de los logrados. Ahora está en un buen puesto internacional, que eso es lo suyo.

Hasta que llegamos al 2021. La derecha se empecinó en una nueva fragmentación y de resultas de ello volvió el fujimorismo a ofrecer su menú de orden, progreso y cutra a la Yakuza. De eso se aprovechó un hombre ralo que había estado cerca del toledismo, cerquísima del Conare-Movadef y aún más cerca, sucesivamente, de Vladimir Cerrón. Como Cerrón no podía postular a la presidencia por su condición de judiciable crónico, vio en Castillo al testaferro perfecto. Resultó después, sin embargo, que la marioneta rompió las cuerdas y se independizó. ¡Pinocho se fue a Sicilia-Sarratea y allí aprendió cosas remalas! ¡Geppetto se quedó sin hijo!

Algún día vendrá la calma y alguien podrá valorar en su cabal dimensión el hecho de que un país que se jacta de haber sido culto haya tenido que escoger, en el año de su bicentenario, entre la hija de un ladrón y asesino y un señor que, viniendo de la izquierda, tenía vocación por lo ajeno y amor por las comisiones del gasto público. La señora perdía por tercera vez, para despecho de la derecha que la bancó, y el señor obtuvo un poder que jamás soñó tener. La guerra se libró entre un Congreso otra vez erizado y un gobierno que aun antes de los robos había sido declarado maldito por la gran prensa y la guardia republicana del statu quo.

Finalmente, alucinado por alguna ayahuasca, Castillo dio un golpe de estado macondiano mientras las mariposas amarillas inundaban el palacio donde a Pizarro le rasgaron el gaznate. Fue dictador omnipotente por hora y treinta minutos y terminó en una covacha policial después de que se le impidiera asilarse en la embajada de México. Castillo empezó como un personaje de Rulfo y terminó en los cuadernos de marcas mundiales de Ripley.

De modo que llegó al poder su segunda, la señora que se había declarado marxista y sumisa a la idea de una revolución. Para llegar a ser consagrada por el congreso, claro, se había deshecho de todo el equipaje doctrinario y se había presentado con su mandil, su plumero y su cofia. ¡María del Carmen Alva casi la contrata!

Ahora, después de sesenta y pico de muertes, la señora se siente irrenunciable y habla victorianamente. Y mientras escribo estas líneas, el congreso discute no sé qué proyecto de adelanto de elecciones. No es un debate ideológico ni principista sino un intercambio de abogadeces, de naderías notariales, de heces forenses. No sé qué saldrá de esta tarde ya vista y oída. Lo que sí sé es que lo que salga no calmará al país.

Seis presidentes en cinco años. ¿Y los anteriores?

El presidente que mandó a redactar la Constitución que hoy es motivo de confrontación social está condenado a 25 años de prisión. El señor Toledo es un extraditable en regla. El señor García huyó radicalmente para no caer preso. El señor Humala, el inolvidable Cosito, está enjuiciado por recibir dinero sucio para dos campañas eleccionarias.

La derecha nos decía que íbamos bien, que la OCDE nos esperaba con los brazos abiertos, que gracias al neoliberalismo la pobreza había prometido desaparecer, con sus chancletas y sus uñas sucias, en los próximos años.

Pero llegó la pandemia y nos calateó. Lo que éramos era un país donde la muerte, siempre oportunista, puso su pezuña e izó bandera negra. No teníamos hospitales, camas de urgencias, oxígeno, ambulancias. Eso éramos. La pandemia nos puso en nuestro sitio. El viejo cuento de la derecha volvió a caerse. Igual que la era del guano, la prosperidad del salitre, el sueño del caucho, el paraíso del oro y el cobre. Igual que “la república aristocrática”, “el siglo de Leguía”, “los diez años del milagro fujimorista”. Éramos unos pobres diablos con un Mercedes prestado.

Tenemos un país sin congreso legítimo, sin Ejecutivo aceptable, sin partidos políticos, sin prensa independiente, con calles rugientes y violentos que han visto la oportunidad de cobrarse algunas de las revanchas guardadas por treinta años. Ni fútbol tenemos por ahora.

¿No es esta una crisis sistémica? Claro que lo es. Y en esta tormenta perfecta lo único que se les ocurre a los tories de cartón de nuestra aldea es amenazar a quien se le ocurra cambiar la constitución. Pero no se crea que les preocupa el marco jurídico de la civilización occidental que pueda estar en riesgo. Lo único que los hace sudar es el capítulo económico de aquel engendro salido de una dictadura corrompida hasta el tuétano. Porque gracias a esas páginas sacralizadas por el vocerío reaccionario, lo privado es divino y el Estado no existe, excepto para poner guardias o soldados cuando la cholería se empodere. Con esas páginas ningún país europeo podría haber soñado con construir ni siquiera un remedo del estado del bienestar. Esa es la constitución que rigió, como salida de una zarza ardiente, cuando vino el covid y nos devolvió la imagen de país subsahariano que nos negábamos a ver. Esa es la madre del otorongo.

La calle ya no cree en la santidad de la constitución fujimorista. La calle cree, más bien, que esa constitución está vieja y tiene malos hábitos de vientre.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 621 año 13, del 03/02/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

22 de julio de 2022

Perú: Resurrección

Carlos León Moya

Sabemos ya que en el Perú nadie muere, políticamente.

Los más ambiciosos se dedican a penar, mientras esperan que el paso de los años haga que la gente se olvide de sus nombres y aparezca una designación, una elección nacional o hasta local o al menos una resolución ministerial que los devuelva al mundo de los vivos.

Los casos de éxito vienen desde el siglo XIX, pero vayamos solamente a los recientes.

El más exitoso es, sin duda, Alan García: destruyó el país a punta de corrupción e incompetencia hasta 1990, pero solo once años después obtuvo el 47 % de los votos. El 2006 fue elegido presidente.

Keiko Fujimori fue la primera dama de un presidente que huyó del país estando en el cargo para evadir a la justicia. Fue la cara de un gobierno autoritario incluso más corrupto que el de García, y con graves violaciones a los derechos humanos. Un gran estigma. Insalvable, pero no en el Perú. Cinco años después, fue elegida congresista. Diez años después, tras reconstruir el aparato partidario fujimorista y pedir perdón porque mentir le es fácil, obtuvo el 49,5 % de los votos. Luego perdió indefinidamente.

Toledo casi resucita en las elecciones presidenciales del 2011, pero no tenía casos de corrupción entonces y al final quedó cuarto. Su resurrección es altamente improbable: no tanto por sus coimas, sino por sus problemas líquidos.

Humala aún no resucita, pero poco a poco lo vamos invocando: te extrañamos, Cosito; regresa, Cosito; no eras tan malo, Cosito.

Pedro Pablo Kuczynski no parece capaz de resucitar. No por un tema político, sino por uno biológico: ya es muy mayor y su salud está deteriorada.

Quien ha resucitado, y a velocidad extraordinaria, es Martín Vizcarra. Y lo hicieron los que quisieron hundirlo.

Vizcarra ha sido un político bastante inusual para el Perú, pero por exitoso. Ha sido el único presidente, desde la transición, en mantener una aprobación mucho mayor a su desaprobación, y mantenerla así a lo largo del tiempo. A diferencia de Toledo, García, Humala, PPK y Castillo, que empezaron con una aprobación alta y luego esta se desplomó de golpe, Vizcarra la mantuvo y la llevó a niveles extraordinarios para el Perú. Medidas como el cierre del Congreso, por ejemplo, lo catapultaron.

Por otra parte, tenía una conexión distinta con el público, especialmente cuando se dirigía a ellos: mucho más horizontal y afectiva que sus antecesores, mucho más articulada que el presidente actual. Sencilla, pero también paternal, con su máximo pico de éxito en las conferencias que daba en las primeras semanas de la cuarentena (y sí, hay peruanos que buscan en el presidente una figura paterna, especialmente en tiempo de incertidumbre).

Pero Vizcarra se fue al traste no con su vacancia. Tampoco con una denuncia de corrupción. Fue algo peor: una denuncia de carácter. Se aplicó una vacuna a espaldas del país, cuando estas no eran accesibles para ningún otro peruano, y lo ocultó durante meses. Casi una traición.

Aun así, vacunado y todo, Vizcarra fue el candidato más votado al Congreso en abril del 2021. Si no asumió el cargo fue porque el Congreso lo inhabilitó para ejercer función pública por cinco años.

Allí empieza el Vizcarra que pena. Sin hemiciclo, sin partido, sin exposición, empieza a hacer transmisiones en línea donde habla con postura de estadista, como si no se hubiese vacunado nunca. Habla y no se inmuta, a pesar de la gravedad de sus actos: lo que se diría, coloquialmente, un conchudo.

Y ser conchudo, a pesar de todo, puede ser políticamente rentable. Miren a Alan García, a Keiko Fujimori, a Alejandro Toledo, quienes sobrevivieron casi a punta de conchudez.

Y así Vizcarra penaba y penaba hasta que “Panorama” publica unos chats privados suyos que probarían una supuesta infidelidad. No había tanta relevancia pública, pero era Vizcarra y estaba en el piso: había que golpearlo más. Luego, Willax emite un antiguo recital de poesía de la supuesta amante de Vizcarra, Zully Pinchi, con unos versos tan malos que son involuntariamente graciosos.

Con esto, el músico Tito Silva hace una canción, “Bebito fiu fiu”, inspirada en el poema y los chats de Pinchi (el “fiu fiu” es la onomatopeya del silbido a la belleza, y Pinchi le escribió uno a Vizcarra en lugar de mandarle un audio).

La canción, sabemos ya, dio la vuelta al mundo y se hizo viral. La cantaron desde Ibai Llanos hasta Bad Bunny, la usaron en sus cuentas desde Netflix hasta HBO.

¿Pero y qué con Vizcarra? Se hizo viral, ¿y qué con él?

Quizá la mejor respuesta es un video de este miércoles en la cebichería Mi Barrunto. Vizcarra aparece y la gente se acerca a abrazarlo como antes, cuando era un presidente querido. Mientras eso pasa, casi todos empiezan a murmurar “Mi Bebito fiu fiu, Mi Bebito fiu fiu” entre risas. Al rato, alguien lo grita y se anima a cantarle la canción. Todos empiezan a corear “caramelo de chocolate” mientras Vizcarra sigue sonriendo de manera incómoda, se sigue tomando fotos mientras la gente corea “empápame así”.

En efecto, si escribí “como antes, cuando era un presidente querido”, es que Vizcarra ha resucitado.

Aunque con un añadido más: ahora, al igual que con la vacuna, Vizcarra tiene cierta inmunidad política. El escándalo Zully Pinchi cancela el escándalo de su vacunación. Entonces, ¿qué escándalo podría hacerle daño? ¿Qué más grave que su vacunación a ocultas?

Casi nada. Además, no tiene hasta ahora un caso de corrupción claramente probado, pero tendría que ser muy escandaloso –y muy diáfano– para hacerle daño. Finalmente, si hubiese uno, la primera reacción de un ciudadano normal, luego de estos años de avatares políticos, sería “los otros también hicieron lo mismo” o “los otros son incluso peor”.

Así, Vizcarra parece haber caído de pie, nuevamente. Como los gatos, aunque su figura se asemeje más a la de la pantera rosa.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°595, del 15/07/2022   p18