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18 de noviembre de 2023

Perú: Rumbo al Estado fallido

César Hildebrandt

Alan García, de 1985 a 1990: empezó a amasar una fortuna con los italianos del tren, los negocios de Zanatti y las sobras de los dólares MUC. Pasó de clasemediero con pinta de universitario a capo aprista de los bajos fondos. Alberto Fujimori, de 1990 al 2000: fue el festín de las arcas abiertas, los gastos de defensa destinados a la cúpula de Hermoza Ríos, el presupuesto vulnerable a toda extracción, la orgía de las privatizaciones a precios módicos. El autócrata tuvo, además, una banda de asesinos delivery y un socio –Vladimiro Montesinos– que festejó el suicidio de su padre.

Alejandro Toledo, del 2001 al 2006: está sumergido en un caso en el que todas las pruebas apuntan a sus huellas bancarias alrededor de un soborno sambista calculado en 30 millones de dólares.

Alan García, del 2006 al 2011: robó más que nunca y consolidó su inmenso patrimonio personal. Odebrecht, las loncheras, Andorra, Nava, Atala, el Apra como faltriquera infinita.

Ollanta Humala, del 2011 al 2016: recibió plata de Odebrecht y de la chequera suelta del chavismo mientras pretendía pasar por un militar socialdemócrata.

Pedro Pablo Kuczynski, del 2016 al 2018: un Congreso hediondo lo vacó después de que se archicomprobara que era el rey de la puerta giratoria, los intereses cruzados y las gerencias offshore.

Martín Vizcarra, del 2018 al 2020: está sometido a diversos procesos y múltiples sospechas razonables sobre su desempeño como gobernador de Moquegua. La tecnocracia provinciana subida a la ola del crimen.

Pedro Castillo, del 2021 al 2022: todo indica que armó una red de traficantes de influencias y disfrute de dineros públicos. La izquierda de origen rural se sumó al saqueo. El marxismo con cajero automático al costado.

Ese es el Perú del que deberíamos avergonzarnos: marcas mundiales de podre sucesiva, de infección continua, de deshonor de largo plazo.

Sigamos sumando:

-El Congreso está en manos de una pandilla de delincuentes de todo pelaje y sigla.

-El partido con más asientos en el Parlamento defiende la herencia de un ladrón y asesino cuya hija, lideresa de la organización, también ocultó un gran dinero dado por el lobismo empresarial las tres veces en que fue candidata (frustrada).

-El Ministerio Público sirve a la corrupción, a los intereses del gobierno ilegítimo de la actualidad y a la causa de los políticos sometidos a proceso penal por lavado de activos.

-El Tribunal Constitucional obedece al dictado del Congreso infestado por las mafias de la educación privada bamba, la obra pública digitada, la minería ilegal, la tala clandestina, el transporte informal y la protección de los monopolios.

-La Defensoría del Pueblo está en manos de un pobre hombre que fue puesto allí por el hoy prófugo Vladimir Cerrón, socio eventual del fujimorismo en banda.

-El primer ministro, o como se quiera titular el sujeto en cuestión, está fascinado con servir de sandalia a los empresarios en cuanto CADE se realice. Ama la servidumbre. Cree que los aplausos que le regalan servirán de algo a la hora de la verdad.

-La presidenta de la república, que fue vicepresidenta de Castillo y ministra hasta la última hora del régimen que ahora maldice, es capaz de decir que los asesinados por su gobierno se mataron a sí mismos o tornáronse difuntos por intervención de “ponchos rojos” bolivianos. Tiene notorias habilidades diferentes.

-Los fiscales que tienen a su cargo los casos salidos del expediente Lava Jato están siendo removidos y serán reemplazados por peones de la Fiscal de la Nación. La misión es tener una tenue e inhábil participación en los juicios que están próximos.

-El gobierno asfixia a los organismos del poder electoral siguiendo el guion de la coalición conservadora que maneja el país. El objetivo es tener bajo su mando al Reniec, la ONPE y el Jurado Nacional de Elecciones. Los tiempos del precivilismo aspiran a volver.

-La prensa, en general, dormita al lado de la mugre y normaliza el mensaje de la derecha: no aspiremos a más, esto es lo que hay, no agitemos más olas, nadie sabe qué puede venir.

-Los empresarios exigen un clima de confianza que consiste en salarios bajos, exoneraciones tributarias, seguridad jurídica, represión del descontento y empuje financiero estatal.

-El “milagro económico” peruano ha terminado. Las vacas flacas nos llegan con el gobierno de las mediocridades elocuentes. No tenemos respuestas porque ni siquiera nos hacemos las preguntas correctas.

Estos son algunos datos netos sobre el Perú, quizá el país más inconsciente de su realidad. Yo sí lo digo sin alharaca pero también sin  miedo: vamos camino a ser un Estado fallido. Por ahora somos una nación sin rumbo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 662 año 14, del 17/11/2023 p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

22 de julio de 2022

Perú: Resurrección

Carlos León Moya

Sabemos ya que en el Perú nadie muere, políticamente.

Los más ambiciosos se dedican a penar, mientras esperan que el paso de los años haga que la gente se olvide de sus nombres y aparezca una designación, una elección nacional o hasta local o al menos una resolución ministerial que los devuelva al mundo de los vivos.

Los casos de éxito vienen desde el siglo XIX, pero vayamos solamente a los recientes.

El más exitoso es, sin duda, Alan García: destruyó el país a punta de corrupción e incompetencia hasta 1990, pero solo once años después obtuvo el 47 % de los votos. El 2006 fue elegido presidente.

Keiko Fujimori fue la primera dama de un presidente que huyó del país estando en el cargo para evadir a la justicia. Fue la cara de un gobierno autoritario incluso más corrupto que el de García, y con graves violaciones a los derechos humanos. Un gran estigma. Insalvable, pero no en el Perú. Cinco años después, fue elegida congresista. Diez años después, tras reconstruir el aparato partidario fujimorista y pedir perdón porque mentir le es fácil, obtuvo el 49,5 % de los votos. Luego perdió indefinidamente.

Toledo casi resucita en las elecciones presidenciales del 2011, pero no tenía casos de corrupción entonces y al final quedó cuarto. Su resurrección es altamente improbable: no tanto por sus coimas, sino por sus problemas líquidos.

Humala aún no resucita, pero poco a poco lo vamos invocando: te extrañamos, Cosito; regresa, Cosito; no eras tan malo, Cosito.

Pedro Pablo Kuczynski no parece capaz de resucitar. No por un tema político, sino por uno biológico: ya es muy mayor y su salud está deteriorada.

Quien ha resucitado, y a velocidad extraordinaria, es Martín Vizcarra. Y lo hicieron los que quisieron hundirlo.

Vizcarra ha sido un político bastante inusual para el Perú, pero por exitoso. Ha sido el único presidente, desde la transición, en mantener una aprobación mucho mayor a su desaprobación, y mantenerla así a lo largo del tiempo. A diferencia de Toledo, García, Humala, PPK y Castillo, que empezaron con una aprobación alta y luego esta se desplomó de golpe, Vizcarra la mantuvo y la llevó a niveles extraordinarios para el Perú. Medidas como el cierre del Congreso, por ejemplo, lo catapultaron.

Por otra parte, tenía una conexión distinta con el público, especialmente cuando se dirigía a ellos: mucho más horizontal y afectiva que sus antecesores, mucho más articulada que el presidente actual. Sencilla, pero también paternal, con su máximo pico de éxito en las conferencias que daba en las primeras semanas de la cuarentena (y sí, hay peruanos que buscan en el presidente una figura paterna, especialmente en tiempo de incertidumbre).

Pero Vizcarra se fue al traste no con su vacancia. Tampoco con una denuncia de corrupción. Fue algo peor: una denuncia de carácter. Se aplicó una vacuna a espaldas del país, cuando estas no eran accesibles para ningún otro peruano, y lo ocultó durante meses. Casi una traición.

Aun así, vacunado y todo, Vizcarra fue el candidato más votado al Congreso en abril del 2021. Si no asumió el cargo fue porque el Congreso lo inhabilitó para ejercer función pública por cinco años.

Allí empieza el Vizcarra que pena. Sin hemiciclo, sin partido, sin exposición, empieza a hacer transmisiones en línea donde habla con postura de estadista, como si no se hubiese vacunado nunca. Habla y no se inmuta, a pesar de la gravedad de sus actos: lo que se diría, coloquialmente, un conchudo.

Y ser conchudo, a pesar de todo, puede ser políticamente rentable. Miren a Alan García, a Keiko Fujimori, a Alejandro Toledo, quienes sobrevivieron casi a punta de conchudez.

Y así Vizcarra penaba y penaba hasta que “Panorama” publica unos chats privados suyos que probarían una supuesta infidelidad. No había tanta relevancia pública, pero era Vizcarra y estaba en el piso: había que golpearlo más. Luego, Willax emite un antiguo recital de poesía de la supuesta amante de Vizcarra, Zully Pinchi, con unos versos tan malos que son involuntariamente graciosos.

Con esto, el músico Tito Silva hace una canción, “Bebito fiu fiu”, inspirada en el poema y los chats de Pinchi (el “fiu fiu” es la onomatopeya del silbido a la belleza, y Pinchi le escribió uno a Vizcarra en lugar de mandarle un audio).

La canción, sabemos ya, dio la vuelta al mundo y se hizo viral. La cantaron desde Ibai Llanos hasta Bad Bunny, la usaron en sus cuentas desde Netflix hasta HBO.

¿Pero y qué con Vizcarra? Se hizo viral, ¿y qué con él?

Quizá la mejor respuesta es un video de este miércoles en la cebichería Mi Barrunto. Vizcarra aparece y la gente se acerca a abrazarlo como antes, cuando era un presidente querido. Mientras eso pasa, casi todos empiezan a murmurar “Mi Bebito fiu fiu, Mi Bebito fiu fiu” entre risas. Al rato, alguien lo grita y se anima a cantarle la canción. Todos empiezan a corear “caramelo de chocolate” mientras Vizcarra sigue sonriendo de manera incómoda, se sigue tomando fotos mientras la gente corea “empápame así”.

En efecto, si escribí “como antes, cuando era un presidente querido”, es que Vizcarra ha resucitado.

Aunque con un añadido más: ahora, al igual que con la vacuna, Vizcarra tiene cierta inmunidad política. El escándalo Zully Pinchi cancela el escándalo de su vacunación. Entonces, ¿qué escándalo podría hacerle daño? ¿Qué más grave que su vacunación a ocultas?

Casi nada. Además, no tiene hasta ahora un caso de corrupción claramente probado, pero tendría que ser muy escandaloso –y muy diáfano– para hacerle daño. Finalmente, si hubiese uno, la primera reacción de un ciudadano normal, luego de estos años de avatares políticos, sería “los otros también hicieron lo mismo” o “los otros son incluso peor”.

Así, Vizcarra parece haber caído de pie, nuevamente. Como los gatos, aunque su figura se asemeje más a la de la pantera rosa.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°595, del 15/07/2022   p18

28 de abril de 2022

Perú: NUNCA TAN BIEN, NUNCA TAN MAL

Natalia Sobrevilla

Desde que la pandemia se hizo algo más manejable gracias a la aparición de las vacunas he vuelto a venir al Perú con la regularidad de antes, porque, si bien llevo más de 25 años viviendo fuera, nunca me fui de verdad, ni rompí mis lazos afectivos, familiares y profesionales con el Perú.

Me dediqué a la historia peruana para conservar esa conexión y gracias a ella he logrado mantener los vínculos aquí, e incluso fortalecerlos. Por un lado, porque mi trabajo se construye con base en lo que investigo en los archivos peruanos, no solo en Lima sino en una multiplicidad de regiones, y, además, porque la vida académica me da mucho tiempo cuando no enseño para pasar temporadas aquí escribiendo e investigando.

Esta posibilidad y elección de vida de ir y venir permanentemente me ha permitido observar los cambios en mi país desde la perspectiva particular que ofrece la cercanía de conocer el medio y venir con frecuencia, pero con el beneficio de la distancia, de no estar realmente inmersa en el día a día. A ello se le suma la ventaja adicional de que durante todos estos años he viajado por casi todo el Perú haciendo proyectos de investigación, lo cual me ha permitido observar que lo que se ve desde Lima no es siempre lo mismo que se ve desde otras ciudades y realidades.

Una de las constantes que he observado es que las cosas nunca han estado tan mal como parecen, pero, de la misma manera, tampoco han estado tan bien como se ha imaginado. Cuando emigré a mediados de los noventa, a inicios del segundo gobierno de Fujimori, la narrativa del éxito del país era ensordecedora. Era comprensible después de más de una década de horror, caos político y desmadre económico. Pero las cosas tampoco estaban tan bien: cuando viajé a Pozuzo en 1995 atravesando por tierra el país vi los amargos estragos de la guerra y las heridas a las que les faltaba muchísimo por cauterizar.

Entre fines de 1999 y comienzos del 2001 viví en el Perú mientras hacía mi tesis doctoral y fui parte de la vorágine que llevó al final del fujimorato. Observé cómo renacía la esperanza de que el país podría cambiar para mejor, pasé estancias prolongadas en Cusco y en Arequipa, vi como se vivió el proceso fuera de Lima y experimenté el golpe económico de la larga y profunda recesión de ese momento.

A inicios del milenio pasé mucho tiempo aquí mientras escribía la tesis, estuve en Cajamarca y en el 2003 me quedé por tres meses. Fue entonces cuando me fui dando cuenta de que, a pesar de los lamentos constantes de que el país estaba en lo más profundo del pantano, poco a poco las cosas parecían mejorar. Al mismo tiempo que se quejaban, los peruanos comenzaban a consumir más y el boom de la gastronomía empezaba a convertirse en una bola de nieve, lista para arrasar con todo y convencer a mis compatriotas de que saldríamos del subdesarrollo a punta de anticuchos y arroz chaufa.

En los siguientes viajes todo era ir a conocer los últimos huariques y los restaurantes más innovadores, mientras que en las ciudades que iba visitando se notaba variantes regionales del fenómeno. Mucho más rápido de lo parecía posible cambió la narrativa y, de buenas a primeras, el Perú se había convertido en el país más prometedor del planeta.

Después del shock inicial que significó volver a tener a Alan García de presidente todo parecía estar al alza, teníamos un premio Nobel de literatura, nuestra comida era las más rica y abundante del mundo —aunque muchos tuvieran la mala fortuna de seguir sin tener suficiente que comer— y la marca país convenció a propios y extraños de que en cuestión de minutos estaríamos en la OECD. Éramos el nuevo tigre del Pacífico.

En 2010 pasé cinco meses en Perú gracias a un proyecto de digitalización de colecciones de periódicos con el que tuve la oportunidad de viajar de norte a sur y de este a oeste. Lo que me quedó claro es que así como nunca habíamos estado tan mal, tampoco estábamos tan bien, y que ese ánimo y optimismo que se vivía en Lima no se reflejaba en cambios estructurales en el país.

Las elecciones de 2011 fueron un remezón: quienes vivían la gran prosperidad no querían cambio alguno al modelo y temían perder lo ganado. Al final se impuso el piloto automático y, si bien se crearon algunos programas de ayuda social, todo siguió su curso, pues la sensación de que salíamos del subdesarrollo impulsados por los minerales, el crédito fácil y el consumo era generalizada. A mí siempre me pareció que era otra era del guano.

Cuando se eligió a Kuczynski, la esperanza del sector integrado a los mercados fue que, ahora sí, todo sería un éxito, teníamos “un presidente de lujo”, pero todos sabemos cómo terminó todo eso y desde entonces seguimos en una espiral descendente de la que parecemos no saber escapar. Mirar las noticias día a día es como vivir en una crisis permanente, pero donde todo se mantiene más o menos igual. Por un minuto la pandemia pareció lograr que muchos entendieran cómo vive la mayoría de los peruanos, rasguñando el fondo de la olla y sobreviviendo con lo que les es posible; pero al final todo ha seguido más o menos en lo mismo.

Siempre me dicen: tú no sabes nada porque no vives acá. Como si por mi residencia oficial no me importara, ni me preocupara lo que ocurre en mi país. Pero no es así. Nuevamente, y como desde hace tiempo, noto que así como nunca estuvimos tan mal, tampoco estuvimos tan bien, empantanados en un lugar del que, al parecer, no nos movemos nunca.

Quizá ser peruano sea vivir en un limbo. En ese ir y venir del que yo tampoco he querido salir.