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12 de septiembre de 2025

Perú: Fútbol y política

César Hildebrandt

"Y siempre había una revancha pendiente, un desquite de pasado mañana, una reivindicación a la vuelta de la esquina"

Hasta el final, hasta las últimas horas de la tragicomedia, la prensa deportiva peruana insistió en hacerle creer a la gente que había esperanzas, que un milagro siempre era posible, que el desconcierto daría paso a una selección llena de carácter y sobrada de talento. No eran las matemáticas de Aurelio Baldor sino las de Merlín.

Sucedió lo que estaba claro desde hacía meses: quedamos afuera porque lo merecíamos. Habíamos hecho méritos para quedar entre los últimos y fuimos penúltimos. Habíamos reunido la improvisación, el fracaso, la medianía, y cosechamos el desastre. Nuestro destino manifiesto era perder todo lo que pudiéramos perder y perdimos hasta lo imperdible.

Pero el periodismo deportivo mantuvo el coro de la farsa, acompañando a una Federación de Fútbol que incuba a idiotas y los encumbra. Esos periodistas y esos dirigentes fingían no recordar que la última vez que fuimos a un Mundial fue porque a Bolivia le quitaron, administrativamente, 3 puntos. Y simulaban no recordar que en ese Mundial del retorno hicimos un ridículo espantoso.

La mentira es una autopista que lleva a la derrota. Y eso no pasa sólo en el fútbol.

La megalomanía peruviana es tema para la psiquiatría social. Nos creemos lo que no somos, nos jactamos muchas veces de aquello que carecemos y anunciamos grandezas planetarias. Por eso hay quien dice que Lima será potencia mundial y termina trayendo un tren viejo que California nos dona y cobra al mismo tiempo. Por eso la señora que va a Palacio muestra unos fusiles y dice que con ellos la policía estará mejor dotada mientras en Pataz los sicarios de la minería ilegal siguen hiriendo a quienes han ido a combatirlos.

Nos mentimos en el fútbol. Nos mentimos en todo. Nos mentimos porque mentir, para el peruano promedio, es un placer. “Dios es peruano”, es la mentira pagana con la que solemos debutar en algún bar juvenil.

Decimos que el turismo nos puede hacer ricos mientras en Urubamba maltratan a los visitantes, hay tráfico de entradas, falta de ómnibus, trenes irregulares, sobreprecio de tarifas y comida muchas veces intragable. El Perú recibe 3,2 millones de turistas al año. Egipto, 15,7.

Siempre soltamos eso de que tenemos muchos recursos naturales y que eso ya nos hace ricos y en camino al primer mundo. Hay charlatanes y consoladores de la tele que nos dicen que, mejorando algunas cosas, creceríamos a 2 dígitos por año. Lo que no dicen es que el 67,2% de los estudiantes del cuarto año de primaria NO entienden lo que leen (Evaluación Nacional de Logros de Aprendizaje, 2024). Con esa tara radical es lógico que no pensemos en exportar el cobre en tubos, láminas, alambres. Es más fácil exportar cerros, tierras de cavidades.

La selección peruana de fútbol jugaba mal, pensaba peor, tenía un goleador de 40 años y un mediocampo donde lo único que no se practicaba era el juego de sorprender con un pase al vacío. Era un equipo que había convocado los más viejos defectos del fútbol peruano: la irregularidad, el desánimo, el egoísmo que impide dar el pase decisivo. Pero la gente se dejaba llevar por la prensa y acudía a los estadios, camiseta al pecho, a festejar los goles que no llegaron. Y siempre había una revancha pendiente, un desquite de pasado mañana, una reivindicación a la vuelta de la esquina.

Esperamos las elecciones presidenciales creyendo que las cosas cambiarán cuando todos sabemos que las listas dan pena y las candidaturas son hijas de esta crisis institucional y moral que nos está minando. 

Mientras tanto, el Congreso del hampa y el gobierno de Santiváñez y la señora siguen haciendo de las suyas.

Y salen los empresarios de la agroexportación a decirnos lo bien que les ha ido. Lo que no dicen es que el privilegio tributario que el Congreso fujimorista les ha restaurado le costará al Estado más de 20,000 millones de soles en sus diez años de vigencia. Del mismo modo, los funcionarios del MEF y los empresarios que debían hablar se callan ante el hecho denunciado varias veces por el Consejo Fiscal: el próximo gobierno recibirá una bomba de tiempo porque Boluarte y los congresistas que la usan están gastando mucho más que lo que los ingresos permitirían.

No nos ganan. ¡Arriba Perú!

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 749 año 16, del 12/09/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

13 de julio de 2025

Perú: Qué verde era mi dólar

Pedro Francke

"Si debemos endeudarnos, ¿nos convendría hacerlo en dólares?"

La caída del dólar en estas semanas ha llamado la atención y, en algunos sectores, preocupación. Más de un amigo me ha escrito preguntándome si el dólar seguirá bajando. Analicemos el tema.

Empiezo por decepcionarlos: no tengo ninguna capacidad de predecir si el dólar subirá o bajará. Hay muchos factores en juego e inversionistas mundiales especulando. Pero podemos avanzar explicaciones de lo que está pasando y una idea de cómo portarnos con nuestras finanzas personales frente al dólar.

QUÉ ESTÁ PASANDO


La caída del dólar es un fenómeno global, y en el mundo nuestro país es un pequeño lugar arrastrado por las fuertes corrientes de las finanzas internacionales. Días antes de que Trump asumiera el poder, a inicios de año, un dólar valía 98 centavos de euro, hoy solo vale 85 centavos. El dólar ha perdido valor frente a casi todas las monedas del mundo, incluyendo pesos chilenos, colombianos y mexicanos y reales brasileños, igual que frente a nuestros soles. Se ha devaluado.

Aunque estamos acostumbrados a pensar en el dólar como la única otra moneda que usamos, es interesante ver lo que ha pasado entre el sol y otras monedas. Por ejemplo, para comprar un euro hoy se necesitan más soles que a inicios de año, a diferencia de lo que pasa con el dólar.  ¿Esto es relevante? Bueno, para los que comercian con o viajan a y desde Europa, el euro es lo que importa, no el dólar. Y tenemos buena proporción de comercio y turismo europeo y latinoamericano.

Además de los movimientos mundiales de las monedas, hay otros dos factores importantes en el precio del dólar en el Perú. Uno es nuestra balanza comercial, que debido a los altos precios del cobre y oro está en una situación muy positiva. Eso quiere decir que a nuestro país ingresan muchos más dólares por nuestras exportaciones que lo que gastamos en importaciones, aumentando la oferta de dólares y presionando el dólar a la baja. Esto parece que va a mantenerse al menos por un par de años. El otro factor importante en el precio del dólar es el Banco Central de Reserva (BCR), que tiene todos los soles que quieran para comprar más dólares, porque ellos los emiten. La política del BCR desde hace años ha sido “soplar contra el viento”: cuando en el mercado tiende a bajar el tipo de cambio de soles por dólar, el BCR compra dólares para que baje menos. Es una fuerza estabilizadora, operando mucho más en este sentido que otros países de la región. Ojo, hay que tener claro que cualquier influencia, del mercado comercial o del BCR, sobre el tipo de cambio, necesariamente afecta al tipo de cambio del sol con todas las demás monedas simultáneamente, nunca puede hacerlo solo en relación al dólar. A final de cuentas, en este terreno lo que se juega es el intercambio del Perú con el mundo. 

EFECTOS DE LA CAÍDA DEL DÓLAR

¿Cómo impacta la caída del dólar en nuestra macroeconomía? Por un lado, lo que se importa desde Estados Unidos tiende a bajar un poco de precio en soles, ayudando al BCR en el control de la inflación, pero restando margen de competitividad a la industria nacional. Por otro lado, un dólar más barato significa que los exportadores terminan recibiendo menos soles por lo que venden en Estados Unidos. Por ejemplo, quien vende allá un polo a 10 dólares, eso ahora le rinde 35 soles y ya no 37. Con menor margen competitivo, aquellos que estuvieran apenas consiguiendo estar en azul y con pocas espaldas financieras, pueden verse empujados a reducir producción y empleo. Pero la mayoría de los grandes exportadores del Perú son de productos primarios, de metales y agrícolas, basados en altos rendimientos, y tienen un margen amplio de ganancias y mucho capital.

QUÉ HACER EN NUESTRA VIDA

Aunque no es nuestro quehacer cotidiano, muchos tienen puesto un ojo en el dólar: parte de nuestra historia –la época en que vivíamos pendientes de la cotización del dólar– se ha convertido en cultura. ¿Qué hacer frente al dólar? ¿Ahorramos en dólares o en soles? Si debemos endeudarnos, ¿nos convendría hacerlo en dólares? El punto esencial que nunca hay que perder de vista es que es impredecible y riesgoso apostar en monedas, sean dólares, euros o criptos. No compren o vendan dólares pensando en si van a ganar o perder con eso. Mejor reduzcan riesgos. ¿Cómo? Tengan sus préstamos en la misma moneda en la que ganan su dinero y tengan sus ahorros en la moneda en la que piensan gastar ese dinero en el futuro. Me explico: si optan (siempre mirando bien el alto costo) por endeudarse y su salario es en soles, tomen una deuda en soles. Puede ser que el dólar esté cayendo ahora, pero puede que salte arriba en el futuro, y si eso pasara, una deuda en dólares podría ahorcarlos financieramente. No tomen ese riesgo. Si están viendo cómo guardar unos ahorritos, la cuestión es en qué los piensan gastar. Si es para su jubilación y se van a quedar en el Perú, ahorren en soles, no vaya a ser que el dólar sigue cayendo y pierdan plata. Pero si están ahorrando para un carro o un viaje al exterior, ahorren en dólares, porque nunca se sabe si subirá nuevamente y es en esa moneda en la que planean usar su dinero. Finalmente, recordar que poner un poco aquí y un poco allá, puede ser una forma de reducir riesgos. Dicen que mejor es no llevar todos los huevos en la misma canasta.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 741 año 16, del 11/07/2025

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19 de noviembre de 2024

China y Perú: un intercambio muy desigual

Pedro Francke

Xi Jinping, el presidente de China, está en Lima. Siendo ese el hecho de la semana, resulta indispensable repasar la política y estrategia de China respecto al Perú y los retos que nos plantea.

En este milenio China aumentó fuertemente su presencia comercial y como inversionista en América Latina y el Perú. Hoy es el principal destino de nuestras exportaciones, pero es clave entender qué y cómo. Nuestros primeros tres productos de exportaciones hacia China son concentrados de cobre (sin refinar), hierro (ídem) y harina de pescado. Es decir, recursos naturales muy poco procesados. Ni la milésima parte de lo que sale rumbo a China son productos industriales o con valor agregado significativo, menos aún de contenido tecnológico mediano o alto. El cobre y hierro que van hacia allá son en buena parte producidos por empresas chinas (estatales) en Perú, entre las que destacan Las Bambas y Toromocho en cobre y Shougang en hierro. Además, barcos chinos se aprovechan para pescar pota incluso entrando a nuestro territorio marítimo de manera ilegal, afectando a los pescadores artesanales peruanos y evadiendo impuestos mientras son bien atendidos en nuestros puertos. La principal diversificación exportadora reciente del Perú son las frutas (mangos, paltas, etc.), de las cuales China sólo nos compra el 5 por ciento, casi nada, así que ni en ese sentido han ayudado a nuestro desarrollo económico.

De China importamos 13 mil millones de dólares anuales de productos industriales: desde ropa y zapatos, lapiceros y cosas de plástico, hasta bienes tecnológicamente más avanzados como carros, celulares y computadoras. Nuestras importaciones de China son 5 mil millones más que lo que viene de Estados Unidos, el segundo país del que se traen más productos. La ropa y calzado chinos haciendo competencia desleal se han traído abajo la industria nacional ante la indolencia del gobierno, mientras países vecinos como Colombia (incluso bajo gobiernos de derecha) pusieron salvaguardas para proteger sus empleos en el sector textil.

Juntando las piezas, vemos que el comercio de China con el Perú es totalmente desigual en cuanto al valor agregado: se llevan materias primas sin procesar, extraídas por empresas chinas que se quedan con las ganancias del caso, y nos venden productos industrializados, con muchísimo más valor, de mayor contenido y dinamismo tecnológico y que les permiten una masiva generación de empleo. Lamentablemente este patrón se repite para el conjunto de nuestro comercio exterior, en especial con Estados Unidos y Europa, aunque con China es bastante extremo. Es un patrón que, desde hace más de setenta años, destacados economistas latinoamericanos entendieron que nos mantenía en el subdesarrollo, la pobreza y la desigualdad. La hiperglobalización neoliberal que se impuso en Perú desde Fujimori sólo agravó esta tendencia, que el desarrollismo de los años 1960 y 1970 había intentado transformar. Hoy es un serio problema para la economía nacional y regional.

ESTRATEGIA CHINA EN PERÚ

Esta evolución del comercio China-Perú no ha sido producido por “las fuerzas libres del mercado”. Ha sido resultado de una consistente estrategia china, aplicada mientras en el Perú había una pérdida de soberanía nacional con la política neoliberal que dejó la economía nacional al garete. Los chinos buscaron en nuestro país un mercado donde vender sus productos industriales, que a medida que avanzaban tecnológicamente se iban complejizando: primero eran plásticos baratos y ropa simple, destruyendo industrias nacionales. Ahora llegan carros, computadoras y celulares. Luego, cuando ya China había crecido bastante, fuimos un lugar donde asegurarse el suministro de materias primas claves como cobre, hierro y otros metales. En esa línea las empresas estatales chinas han sido muy poco respetuosas de derechos fundamentales, por decir lo menos. Shougang, productora de hierro, es de todo el Perú la compañía que ha tenido más conflictos laborales con 34 paralizaciones las últimas dos décadas. Este año hubo un accidente laboral al cual, según el sindicato, la empresa respondió de manera negligente (felizmente, no fue como el del 2014, donde falleció un obrero). Las Bambas, la gran mina de cobre de Apurímac en manos de otra empresa estatal china, ha tenido decenas de conflictos con las comunidades, buena parte causados porque en vez de trasladar los concentrados por un mineroducto, como era el proyecto inicial, decidieron hacerlo con centenas de camiones atravesando más de 300 kilómetros de camino sin asfaltar, llenando de polvo y contaminando a más de 27 comunidades en el trayecto.

Conociendo esa estrategia económica de China, ¿cómo podemos entender el puerto de Chancay en el que han invertido 1,300 millones de dólares? Nada hay que presagie un cambio. Lo más probable es que ese puerto sirva para reforzar ese patrón de comercio que les ha permitido desarrollarse (a ellos, no a nosotros), facilitar su acceso a materias primas y seguir inundándonos de sus textiles y productos industriales. Hasta el momento, no se tiene conocimiento de ni una sola industria china, sea productora de lapiceros, bolsas, alicates, ropa o carros, que esté pensando establecerse en Chancay. Por su parte, el gobierno peruano no tiene propuesta alguna al respecto. La política neoliberal, bajo el mantra del “libre mercado”, acepta pasivamente que una potencia extranjera con visión estratégica haga todo lo que a ella le conviene y no negocia ventaja alguna para nuestro país. Dada la fuerza industrial de China, ¿por qué no pensar en que establezcan algunas plantas productivas en el ‘norte chico’, generando empleo y transfiriendo conocimiento tecnológico a nuestro país? Dada la importancia que tienen para ellos nuestras materias primas, ¿por qué no ponernos firmes en que cuiden el ambiente, respeten los derechos laborales y las comunidades donde operan?

Hay otro tema interesante con China: los últimos años se han dedicado en nuestro país al negocio de la electricidad. Primero compraron a los rateros de Odebrecht una gran hidroeléctrica llamada Chaglla y ahora se han hecho de toda la distribución de luz en Lima. Enel ha sido comprada por una empresa estatal china y le han cambiado de nombre a Pluz, mientras Luz del Sur es de ellos hace varios años. ¿No es esto un riesgo a la seguridad nacional, que las fuerzas armadas y el gobierno debieran analizar en vez de amenazarnos a quienes criticamos con fundamentos el actual modelo económico? Este dominio de la luz de Lima por parte de empresas del Estado chino ya constituye un monopolio, integrado además a las hidroeléctricas que generan la electricidad, lo que estaba restringido por ley. Pero hay otro aspecto a considerar de esta situación: China es ahora, de lejos, el mayor productor de paneles solares y vehículos eléctricos del mundo, y los norteamericanos y europeos no pueden competir con el país asiático. En Perú casi no hay carros eléctricos, que ayudarían mucho a que Lima reduzca sus elevados niveles de contaminación, causante de enfermedades respiratorias y cánceres que en la última década han sido responsables de 20 mil muertes. Otros países han avanzado bastante más en este terreno, lo que requiere promover ese tipo de vehículos junto con facilitar su recarga con electricidad, dos medidas que podrían formar un paquete a negociar con China.

XI JINPING Y TRUMP

A China las condiciones internacionales se le ponen más difíciles con Trump, quien ha dicho que pondrá una fuerte barrera a sus productos con una tarifa arancelaria de 60 por ciento. Estas condiciones internacionales son favorables para que el Perú deje de regalar el acceso a nuestro mercado y la salida de recursos naturales que hoy son estratégicos en el mundo y pase a negociar con China en favor de nuestro desarrollo industrial y transición energética. Lástima que a Dina no le interesa nada más que una foto.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 709 año 15, del 15/11/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

3 de noviembre de 2022

El hambre aumenta en América Latina, al igual que sus exportaciones de alimentos

Jill Langlois, Jorgelina Hiba

Hace cuatro días que Mariana Cristina Lourdes Moreira no puede comer bien. Cuando ella y sus tres hijos pequeños vivían en Santo Antônio de Posse, una ciudad rural de 23 000 habitantes situada a unas dos horas de São Paulo, el hambre siempre les pisaba los talones.

Moreira, que ahora tiene 25 años, ganaba dinero recogiendo naranjas en una granja cercana. En sus mejores días, podía llenar siete cajas en un turno de 10 horas, con lo que ganaba 14 reales brasileños (2,70 dólares), o unos 294 reales (57 dólares) al mes. Con un alquiler de 450 reales (86 dólares), ni siquiera era suficiente.

Moreira ya había vivido en São Paulo, pero tuvo que volver a casa para ayudar a su madre a cuidar a su hermano, que tiene una discapacidad.

Cuando recordaba su estancia en la ciudad, se acordaba de lo amables que habían sido algunos de sus habitantes, siempre dispuestos a ayudar. Así que cuando el hambre se hizo más habitual en su casa, y cuando ya no podía soportar limpiar las lágrimas en las mejillas de sus hijos, reunió el dinero suficiente para tomar el autobús de vuelta a São Paulo.

Ahora, sentada en una mesa de la cafetería del Centro Comunitario de São Martinho de Lima, Moreira retira la cáscara de un mango para su hija de seis años, Eloá. Sus otros hijos -Eloísa, de 4 años, y Kaleb, de 2- mastican pan y beben leche con chocolate mientras esperan que les ayuden con su propia fruta. Una vez que sus tres pequeños han comido, Moreira se dedica a su propia comida.

Aquí, en el centro comunitario, un grupo de voluntarios dirigido por el padre Júlio Lancellotti -un defensor de las personas que pasan hambre y no tienen hogar- sirve el desayuno los siete días de la semana a entre 700 y 1.000 personas, entre ellas Moreira, Eloá, Eloísa y Kaleb. Para el almuerzo, es una multitud aún mayor.

Algunos de los que acuden a las comidas gratuitas han luchado con la seguridad alimentaria durante la mayor parte de sus vidas.

Otros se han convertido recientemente en parte de las más de 33 millones de personas que pasan hambre en Brasil, después de que la pandemia dejara sin trabajo a 377 personas por hora solo en su primer año, y el aumento del costo de los alimentos hiciera casi imposible mantener a sus familias.

«Ahora solo puedo comprar la mitad de lo que solía», dice Moreira. «Muchas veces he tenido que devolver las cosas después de que la cajera las cobrara porque no tenía suficiente dinero».

Y no solo ocurre en Brasil. En toda América Latina, las familias tienen dificultades para llevar comida a la mesa, a pesar del aumento de la producción de productos básicos y de las exportaciones de la región que, según algunos, «alimenta al mundo».

Después de haber sacado lentamente a su población de las garras del hambre durante los últimos 15 años, América Latina se ha visto, una vez más, desbordada por la inseguridad alimentaria, ya que la pandemia, la guerra en Ucrania y la mayor frecuencia de fenómenos climáticos extremos pesan mucho en lo que acaba en los platos de la gente.

La pandemia aumenta el hambre

Cuando comenzó la pandemia de covid-19 en 2020, casi 3100 millones de personas en todo el mundo no podían permitirse una dieta saludable. Según el informe «El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo», publicado este año por la ONU, 117,3 millones de esas personas estaban en América Latina.

Esto supone 21 % de la población de la región, y 6,9 % más que el año anterior.

Y a medida que los alimentos sigan siendo menos accesibles -el informe señala que el costo de una dieta saludable volverá a aumentar, ya que los precios de los alimentos se han disparado en 2021 y 2022-, se espera que la seguridad alimentaria y la nutrición adecuada, ambos problemas que ya aquejan a la región, sean cada vez más inalcanzables.

Un total de 45,1 millones de latinoamericanos, o 7,4 % de las personas que viven en la región, estaban desnutridos en 2020. Ese mismo año, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada y severa -falta de acceso físico, social y económico a alimentos seguros y saludables- alcanzó 37,5 %.

En 2021, esas cifras volvieron a aumentar, alcanzando los 49,4 millones de personas, es decir, 8 %, y 38,9 %, respectivamente.

Pero mientras millones de latinoamericanos pasan hambre -o están crónicamente desnutridos- muchos de ellos siguen produciendo alimentos para otros.

Un festín para la agroindustria

Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, entre otros países de la región, han seguido impulsando la producción y las exportaciones de productos básicos en los últimos años.

En el primer semestre de 2022, las exportaciones agroalimentarias de Brasil, principalmente de carne, soja y café, ascendieron a 79 300 millones de dólares, lo que supone un aumento de 29,4 % y se considera un nuevo récord para el semestre.

Ese crecimiento se ha atribuido sobre todo al aumento de los precios de los alimentos, muy afectados por la interrupción de las cadenas de suministro por la guerra de Ucrania y su influencia en los precios de los fertilizantes y la energía, así como por los efectos de la pandemia.

En el Congreso Brasileño de Agronegocios de 2018, Alan Bojanic, el entonces representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en el país, dijo que Brasil tenía «las condiciones para ser el granero del mundo«, citando el crecimiento positivo de sus mercados de granos y carne.

La exportación se ha vuelto más atractiva para los productores de materias primas en los últimos años, ya que la devaluación del real brasileño ha hecho que sus ventas sean más competitivas fuera del país que dentro.

Las exportaciones agroalimentarias argentinas nunca habían aportado tantos dólares al país como este año. Un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), el principal mercado agropecuario del país, señala que el agro aportó 65 de cada 100 dólares exportados durante el primer semestre de 2022.

En total, en esos seis meses ingresaron al país 22 000 millones de dólares, cifra récord, por la exportación de granos, cereales y subproductos.

Pero al igual que en el resto de América Latina, la inseguridad alimentaria, la subalimentación y el hambre siguen creciendo en Argentina.

Problemas estructurales, una inflación galopante que ya alcanza 70 % interanual, una elevada concentración del mercado en la industria alimentaria y una macroeconomía débil son algunos de los factores que ayudan a explicar cómo un país con tanta riqueza en la agroindustria puede tener dificultades para alimentar a su propia población.

«Producimos alimentos para 400 millones de personas, pero parece que ninguna de ellas vive aquí, donde cada vez hay más pobres», dice Enrique Martínez, coordinador del Instituto para la Producción Popular y exdirector del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (Inti). «Es una gran paradoja».

Hogares vulnerables

Leidi Cuevas tiene 29 años, tres hijos y un marido que acaba de perder su trabajo. Vive en el suroeste de la ciudad de Rosario y, desde que comenzó la pandemia, está a cargo de un comedor comunitario que inicialmente atendía a 200 familias. Ahora proporciona comidas a más de 600.

«Cada vez viene más gente, fácilmente 10 o 15 familias nuevas a la semana que buscan un plato de comida o algo para picar», dice, y añade que ahora que su pareja está en el paro, está «experimentando en primera persona el no tener dinero para comprar comida».

Para Cuevas, el precio de los alimentos «es una locura».

«La carne es un privilegio que no tenemos», dice. «Casi nunca tenemos fruta, tal vez naranjas si nos dan».

Cuando cocinan en el comedor comunitario, lo hacen en dos ollas -una de 100 litros y otra de 50- llenas de arroz, fideos, tomates enlatados y, si tienen suerte, pollo.

«Me siento impotente y triste, porque cuando mi marido tenía un trabajo de cuello blanco, podíamos comprar lo que queríamos», dice. «Ahora todo es mucho más difícil. Hay tanta desigualdad en este país».

En Brasil, Moreira se ha enfrentado a retos similares.

Cuando no estaba recogiendo naranjas, hacía trabajos esporádicos como camarera para intentar llegar a fin de mes, pero aún así no era suficiente para llevar comida a la mesa.

Ahora que ha regresado a São Paulo, sus hijos tienen menos hambre gracias a los voluntarios del Centro Comunitario São Martinho de Lima. Ya ha reservado una plaza para que los cuatro vivan en una comunidad de okupas de unas 100 personas, situada justo enfrente del centro.

«Hay espacio suficiente para todo lo que necesitamos», dice, y añade que les dieron colchones para dormir. «Ahora lo único que tengo que hacer es comprar unos clavos y ahorrar 50 reales (9,50 dólares) para pagar a uno de los hombres de allí para que nos ayude a levantar las paredes».

Como mujer negra con trabajos informales y con niños en su casa, Moreira representa a todos los sectores de la población más afectados por el hambre en el país.

Según un estudio realizado por la Red Brasileña de Investigación sobre Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Rede Penssan), el hambre entre la población negra de Brasil aumentó 70 % entre 2020 y 2022.

El informe, titulado «Olhe Para a Fome» (Mira el hambre), también destaca que los hogares con jefatura femenina se vieron más afectados que los masculinos, ya que el porcentaje de estos hogares con hambre pasó de 11,2 % a 19,3 % en los últimos dos años.

En los hogares con niños menores de 10 años, el hambre se ha duplicado, alcanzando el 18,1% este año. El hambre también es mayor en los hogares en los que el responsable está desempleado (36,1%), trabaja en agricultura a pequeña escala (22,4%) o tiene un empleo informal (21,1%).

El bienestar no alivia la inseguridad alimentaria

En São Paulo, Moreira se pasa el día viajando en el metro de la ciudad, donde vende chicles y caramelos a los pasajeros. Podría unirse a los muchos otros brasileños que venden productos similares en los semáforos, pero le preocupa la seguridad de sus hijos en las concurridas calles de la ciudad.

Algunas personas son amables, dice, y le dan dinero extra cuando ven a los niños. Un hombre que conoció le ofreció un trabajo puntual limpiando tres casas que pensaba alquilar. Emocionada por tener suficiente trabajo para pagar la instalación de su casa frente al centro comunitario, aceptó. Pero cuando terminó el agotador trabajo, el hombre le dijo que no tenía dinero para pagarle. Se fue sin nada, sin saber cómo compensar el tiempo que había pasado en un trabajo no remunerado.

Moreira sueña con encontrar un trabajo fijo para poder dar más estabilidad a sus hijos. Actualmente recibe Auxílio Brasil, una transferencia monetaria de 600 reales (115 dólares) al mes para las familias que viven en la pobreza o la extrema pobreza, lanzada por el actual gobierno federal tras desmantelar un programa asistencial similar llamado Bolsa Família. Pero Moreira vive con el temor constante de que se reduzca o se recorte.

«Ayuda con algunas cosas, como pañales y otros artículos para los niños, pero todavía no cubre todo lo que necesitan», dice.

Según el estudio de Rede Penssan, la inseguridad alimentaria moderada y severa creció en los dos últimos años incluso para los que reciben el beneficio. Para 32,7 % de las familias que reciben Auxílio Brasil y ganan menos de la mitad del salario mínimo brasileño – 1212 reales (232 dólares) al mes – por persona en su hogar, el hambre sigue siendo una realidad.

Para los de Argentina, no es diferente.

Victoria Clérici es una de las responsables de una asociación argentina de recicladores informales, un trabajo que, según ella, es cada vez más popular y que, según calcula, actualmente realizan 300 000 personas en todo el país.

La carne y la fruta, dice, son en su mayoría compras «imposibles» para la gente que vive en los barrios populares de Argentina.

«Ahora compramos los cortes de carne más baratos, lo que antes dábamos a los perros», dice. «El pollo se consume más porque es más barato, y así al menos podemos añadir algo al guiso».

Según Clérici, los barrios situados en la periferia de las grandes ciudades argentinas sufren mucho más la inflación que los sectores más acomodados, ya que tienen menos acceso a los grandes comercios que cuentan con el respaldo financiero para ofrecer gangas.

«Es increíble, pero la comida en estos barrios es a veces más cara, no hay tanta variedad y no hay supermercados que puedan vender cosas más baratas», dice, y señala que lo que la mayoría de la gente puede comprar no es saludable. «Incluso los alimentos que llegan como ayuda estatal son todos secos y bajos en proteínas».

En Brasil, los artículos de una típica Cesta Básica -la «canasta básica» de alimentos básicos como arroz, frijoles, pasta, harina y azúcar, comúnmente distribuida a los hogares pobres- tampoco proporcionan comidas completas y saludables a quienes las reciben. Pero para Moreira, la caja sería una ayuda bienvenida.

Ella y sus hijos comen en el centro comunitario todos los días mientras trabaja para ahorrar los 50 reales que necesita para terminar de instalar su nuevo hogar.

Ya está trabajando para matricular a sus dos hijas en la escuela ahora que se han mudado (su hijo es todavía demasiado pequeño para ir), y espera encontrar un trabajo estable para poder llevar comida a la mesa, dejando más espacio en el centro para otros que necesitan la ayuda de los voluntarios.

«Quiero valerme por mí misma», dice. «Siempre he trabajado duro, pero ya no es suficiente. No importa lo que haga, el hambre siempre está ahí».