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24 de mayo de 2025

Las Cartas de Fernando Túpac Amaru

Cecilia Méndez

Sus cartas son el testimonio humano de un joven que habiendo sido obligado a someterse y depender de un Estado que mató a sus padres y a su hermano, lo separó de su país y de su familia, defendió su nombre, su derecho al trabajo, y su humanidad con dignidad.

Hay cosas del pasado que nunca podremos conocer.  Porque los silencios, como dijo el maestro haitiano Michel-Rolph Trouillot, entran en la historia desde el momento mismo de la constitución de los archivos.  Pero silenciar es también una forma de ejercer poder, empezando por el poder de narrar el pasado, como arguye en su célebre libro, Silenciando el Pasado, de 1995.

Fernando Túpac Amaru, el hijo menor de José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas, que fue obligado a presenciar la  tortura y ejecución de sus padres y su hermano mayor Hipólito,  en la plaza mayor del Cuzco un día como hoy, hace 244 años siendo un adolescente, sufrió la condena del silencio en carne propia. Porque, aunque fue condenado al destierro, sin haber cometido otro delito que “ser hijo del padre” , o “el de haber nacido”, como él mismo lo puso en una de sus sentidas cartas al rey de España,  su sentencia mayor,  porque se proyecta a la posteridad, fue al silencio.  Una condena contra  su familia, contra una estirpe, contra los caciques y descendientes de los incas que osaron levantarse contra la monarquía hispánica tras 250 años de  dominio colonial. Esto es más que una metáfora.  En cumplimiento del ritual macabro de la sentencia del visitador José Antonio de Areche que Fernando fue obligado a presenciar cuando aún no había cumplido los 13 años, a todos los reos debía cortárseles la lengua antes de su ejecución. Pero su madre Micaela “no quiso dar la lengua, y se la cortó el berdugo [sic] después de muerta”,  según  “La Relación de las últimas actuaciones judiciales obradas por el señor visitador del Cuzco [Areche]  del  19 de mayo de 1781.  La elocuencia simbólica del acto nos ahorra mayor explicación. Pero la desobediencia de Micaela, su rechazo a ser silenciada, tendría que ser mejor valorada, como siento que lo hizo su hijo, el joven Fernando, después de haber leído detenidamente las 16 cartas inéditas que este escribió  durante su destierro en España, desde que tenía  19 años en 1787  hasta su muerte, solo,  pobre y enfermo, en Madrid, a la edad de 30 años, en 1798. Estas acaban de ser publicadas  por la nueva editorial peruana Isole, como Las Cartas de Fernando Túpac Amaru, 1782-1798.

 El material, que estudié para  escribir el “Estudio introductorio” del libro — y que me tomo la libertad de  parafrasear extensamente en esta columna —  incluye, además, otras dos cartas de Fernando previamente publicadas, las respuestas de las autoridades y sus deliberaciones relacionadas con sus pedidos. La publicación, producto del trabajo colectivo de varias personas animadas por la fundadora de Isole,  Viola Varotto, quien encontró los documentos en el Archivo General de Indias de Sevilla, no es solo el  portal de ingreso a una vida de indudable importancia histórica  que ha permanecido silenciada por más de dos siglos,  sino que nos permite conocer las reverberaciones menos conocidas de la   “Gran rebelión” de 1780-1783, particularmente las jurídicas, para no hablar de su evidente actualidad. El libro, además, constituye en sí mismo,  una subversión al silencio que el poder colonial quiso imponer sobre los descendientes biológicos y potenciales herederos  políticos del cacique rebelde,  y a todos quienes osaran subvertir la autoridad colonial.

Más  allá de la tortura y ejecución pública ejemplarizadoras ejercidas sobre cuerpos de los acusados por la rebelión,  la  sentencia de Areche,  como es bastante conocido en la historiografía, incluía la destrucción de  retratos, pinturas, vestidos y música y otras expresiones culturales que pudieran revivir la memoria de los incas. Pero   lo que se ha subrayado menos es que la sentencia  buscó también suprimir la memoria insurgente en la palabra escrita, concretamente sus archivos.  Si en el cuerpo, como blanco punitivo de la violencia del Estado, la lengua era la palabra hablada, la sentencia de Areche buscó también destruir la palabra escrita, los archivos que daban fe de un linaje y una descendencia. Ordenó así recolectar e incinerar en plaza pública de Lima todos los autos y documentos presentados por José Gabriel en la Audiencia de dicha ciudad para probar su linaje inca (como descendiente de Felipe Túpac Amaru, el último Inca, ejecutado por el virrey Toledo en 1572), “para que no quede memoria de tales  documentos (citado en el “Estudio Introductorio” p.  40).

Por ello, de alguna manera, la publicación de este libro constituye un ejercicio de restitución, que más allá de su valor histórico intrínseco es de especial actualidad en un contexto en que ya no son las autoridades coloniales, sino las propias autoridades republicanas encargadas por velar nuestro patrimonio documental y cultural, quienes lo ponen en peligro, como demuestra el inminente desalojo y desmembramiento de nuestro archivo más importante, el Archivo General de la Nación ahora en curso, replicado desmembramiento que sufrieron los rebeldes tupacamaristas, y el propio Tupac Amaru, hace casi dos siglos y medio, como bien lo puso Hans Cuadros en una columna aptamente titulada “La cultura desmembrada” en este diario (25/04/2025).

Dos de los hallazgos más significativos de la investigación que realicé para el “Estudio introductorio” tienen que ver con la edad de Fernando y con su condición jurídica. Aunque generaciones de historiadores han dicho que tenía 10 años y medio al momento de la ejecución de sus padres, Fernando estaba  próximo  a cumplir los 13. El error, que se origina en los propios  documentos generados por Areche, no es un detalle menor, porque fue probablemente parte de la estrategia legal de su defensa para declararlo inimputable por minoría de edad. Ello nos remite a una pregunta que no deja de ser actual, ¿desde cuándo se puede decir que alguien es niño, y, por tanto, penalmente inimputable? Hoy, el congreso peruano busca rebajar la imputabilidad penal hasta a los menores de 14.  Hoy, en Israel, se encarcela y se juzga en tribunales militares a niños de hasta 12 y 13 años.

Finalmente,  a  Fernando la corona  lo mantuvo deliberadamente en un limbo jurídico, para privarlo de derechos, pese sus insistentes reclamos de que se le diera siquiera condición oficial de preso.  Porque como tan bien argumentó Hannah Arendt en su célebre  Los Orígenes del Totalitarismo,  un criminal que es ciudadano de un Estado,  tenía más derechos que un judío despojado de su nacionalidad en la Alemania de los años treinta, y, podríamos añadir, que un palestino después de 1948.  Ese era también el joven Fernando.  ¿Cuántos Fernando Túpac Amaru existen hoy en el mundo? ¿A cuántos se les detiene, destierra y tortura, se les priva de la libertad por ser hijos “de tal padre” o simplemente “por el delito de haber nacido”?

Sus cartas son el testimonio humano de un joven que habiendo  sido obligado a someterse y depender de  un Estado que mató a sus padres y a su hermano, lo separó de su país y de su familia, defendió su nombre, su derecho al trabajo, y su humanidad con dignidad.

https://larepublica.pe/opinion/2025/05/18/las-cartas-de-fernando-tupac-amaru-por-cecilia-mendez-hnews-1570032

11 de octubre de 2024

Brevísima biografía del Perú

César Hildebrandt

Nadie sabe quiénes fuimos realmente ni cuál fue la raíz de todo esto.

Los incas –nos decían– fueron nuestros padres.

Pero los incas, como los atenienses, duraron poco: unos ciento cincuenta años.

Prefiero creer que más tenemos que ver con los Chavín.

En todo caso, nos conocen mundialmente por los incas, que conquistaban tierras, exigían la sumisión (o la hipocresía del acatamiento), sacrificaban niños y estaban convencidos de que los cerros hablaban.

Los incas nos impusieron el silencio y la adaptación. De allí quizá procede el talento del peruano para sobrevivir enmascarado.

Los incas crearon una sociedad de clases que privilegiaba la nobleza, la disciplina social y una cierta justicia redistributiva.

Aun así terminaron su breve y extendido imperio con una guerra civil librada por dos hijos de Huayna Cápac.

En pleno conflicto cainita, llegaron los ibéricos con Pizarro a la cabeza.

Valverde le mostró la biblia a Atahualpa. Era la misma biblia que Pizarro, estrictamente analfabeto, tampoco podía leer.

Hablaban de dios y las camorras evangelizadoras pero lo que querían era el oro.

Los ibéricos venían del hambre y la leyenda de ríos auríferos y grandes petos dorados cubriendo a dioses paganos los volvió locos.

La codicia desdentada derrotó al imperio fugaz.

Los ibéricos, con sus cruces en ristre, nos impusieron otros casi tres siglos de cautela. Fue en esa época donde aprendimos, con doctorado y todo, el arte de hablar a media voz. Somos especialistas en esa materia.

Quien no habló a media voz fue Túpac Amaru, que resultó combatido hasta por el cusqueño Mateo Pumacahua Chihuantito, y que murió como ya sabemos. Treinta y cuatro años después, a los 74 años, Pumacahua decidió que ya era tiempo de dejar de servir a los españoles y se embarcó en la inverosímil conjura de los hermanos Angulo. Terminó linchado en Sicuani, pero comió, criollamente, a dos cachetes: derrotó a Túpac Amaru en nombre de la península y en la ancianidad se sublevó ante el poder colonial. Por lo tanto, también es héroe de la lucha independentista. Pumacahua es de los nuestros.

Cuando la España decadente estaba invadida por Napoleón, el cachaco corso que llegaría a emperador autonombrado, aquí, en Lima, y en algunos lugares de provincias, empezaron a oírse voces que alentaban la causa de la independencia.

Pero no eran muchas ni tenían ejércitos detrás.

Por eso tuvieron que venir extranjeros a estas tierras de calma chicha.

Llegó un argentino que bebía un poco más de la cuenta y que pensó en un rey para estas tierras. Y después llegó un mulato venezolano que había declarado la guerra a muerte y que la impuso a sangre y fuego. El Perú lo adoró y se rindió a sus pies. Cuando dejó el país, los peruanos hicieron lo que suelen hacer cuando les dan la espalda: lo odiaron.

Pero el odio era recíproco. El mulato nos arrebató tierras y futuro y habló pestes del país que lo había nombrado dictador.

Nos impusieron la república.

Y como la república la habían ganado los militares, fueron ellos los que se hicieron cargo del asunto.

Fueron años de caos y repartija. Tuvimos a un Castilla, es cierto, pero lo que prevaleció fueron los Gamarra y los Echenique: conspiradores de pacotilla y ladrones por naturaleza.

Hasta que llegó el civilismo con Manuel Pardo, el hombre al que Chile le estará eternamente agradecido.

Gracias a Pardo firmamos un tratado secreto con Bolivia y perdimos la hegemonía que tenía nuestra armada en esta parte del Pacífico confiando en que, llegada la hora, Argentina nos daría una mano.

Fuimos a la guerra que teníamos que perder para honrar un tratado que jamás debimos firmar y porque a los forajidos altiplánicos se les ocurrió desconocer un tratado comercial.

Miguel Grau nos había advertido, un año antes de la guerra, que el estado de nuestra flota era desastroso.

Pero la burguesía peruana y su prensa alentaban el coro patriótico.

Chile, la vieja capitanía rencorosa, la tierra de Portales, tenía dos blindados nuevos y un ánimo enorme de vengar los suntuosos agravios de Lima.

Grau y Bolognesi nos honraron. Mariano Ignacio Prado nos manchó para siempre. Y fueron indelebles los que se doblegaron sin disparar un solo tiro y el que paralizó a los ejércitos de reserva en San Juan y Miraflores y luego huyó del escenario. Ese fue Piérola, nuestro Guasón condecorado.

Después de la derrota, vino felizmente Cáceres Dorregaray, el ayacuchano ilustre que organizó la resistencia y la mantuvo viva durante dos años.

Pero en Huamachuco, la batalla final, a Cáceres lo que le faltó fue munición. Esa fue la que le negó el abominable Lizardo Montero, que terminó huyendo a Puno y a Bolivia después de que Arequipa se rindiera ante las tropas del coronel chileno José Velásquez Bórquez.

Pero todo Cáceres tiene en el Perú su antídoto. Y el antídoto de Cáceres fue Miguel Iglesias, el general que el invasor armó y financió para que firmara el Tratado de Ancón.

Iglesias es la indignidad a caballo y sable en mano. Es el relincho de la traición. Sin embargo, sus restos están ahora en el Panteón de los Próceres. Los puso allí Alan García el año 2011. El hombre que se mataría para huir de la justicia reivindicó al infame que sirvió al invasor.

Eso lo resume todo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 704 año 14, del 11/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

16 de agosto de 2023

Perú: LOS INCAS, MÁS INTERESANTES QUE NUNCA

Natalia Sobrevilla

Una muestra impresionante nos acerca a una fascinante civilización que hemos simplificado

En el Perú, los incas ocupan un espacio que ronda el mito, y esto se ha visto reforzado desde que el mundo nos considera el epicentro de la civilización que regía los Andes cuando los españoles llegaron en 1532.

Mientras nos acercarnos a los 500 años de la conquista del Tawantinsuyo, la nueva muestra del Museo de Arte de Lima —Los Incas. Más allá de un imperio—, nos acerca de manera sobresaliente a esta cultura que aún sobrevive en el Perú. La exposición nos entrega un compendio de todo el conocimiento sobre los incas que se ha acumulado hasta el momento, combinando las investigaciones de los últimos cincuenta años y haciéndolas accesibles a un público más amplio. Un ejemplo es la compleja teoría de los ceques, desarrollada por Tom Zuidema en la década de 1960, sobre el uso del espacio en la capital imperial del Cusco. En la muestra ella se ha conceptualizado claramente por medio de la tecnología.

Ya que casi todo lo que conocemos sobre los incas proviene de lo que dijeron los españoles de ellos, se hace necesario un proceso de relectura. Recuerdo haber escuchado en una de las clases de Historia del Perú que dictaba Franklin Pease en mi facultad que las crónicas de la conquista dicen mucho más sobre los españoles que sobre los incas. Por ello Zuidema, John Murra y otros expertos buscaron utilizar los métodos de la antropología para entender los textos históricos, y lo hicieron acompañándolos de la observación del mundo andino contemporáneo.

A pesar de que se les criticó que en algunos casos llegaran a pensar que los actuales habitantes de los Andes eran equivalentes a lo que fueron los incas —o presentaron su mundo como uno utópico—, en la segunda mitad del siglo XX estos estudios revolucionaron nuestra manera de entender el mundo incaico. La muestra del MALI nos da cuenta de ello y complica saludablemente la narración simplista que los peruanos tenemos aprendida desde la escuela.

Esta narrativa explica en gran medida que los incas se hayan convertido en parte extraordinaria de nuestra identidad nacional. Es usual ver en el Mundial de fútbol masculino a un hincha compatriota con disfraz del Inca; nuestros niños repiten la supuesta máxima incaica Ama Sua, Ama Llulla, Ama Quilla —no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas ocioso—, y Machu Picchu es el gran símbolo de la peruanidad.

Así, pues, en un país atravesado por el racismo, los incas son los “indios permitidos”, una idea que Cecilia Méndez plasmó con nitidez en 1992 en el título de su importante artículo, Incas sí, indios no. Permitidos y malentendidos, cabría decir, ya que, como se adelantó, mucho de lo que creemos saber sobre ellos es una construcción de periodos posteriores: lo que imaginamos como incaico es, más bien, una elaboración colonial en la que participaron tanto los colonizadores como los colonizados.

La muestra señala este fenómeno al mostrarnos imágenes de indios nobles, descendientes de los incas, casándose con españoles para unir sus estirpes y así poder pedirle más prerrogativas al Rey. Es que cuando los conquistadores llegaron a las costas sudamericanas entendieron que estaban frente a un imperio y siguieron el ejemplo de Cortez en Nueva España: presentaron a la cúspide jerárquica de los incas como una nobleza a la que se le debía respetar su posición. De hecho, muchos españoles contrajeron matrimonio con mujeres de estas tierras a las que se percibía como nobles.

En la segunda sala de Los Incas también se nos recuerda que los incas no existieron como tales antes del periodo colonial, ya que la manera de ver el mundo de los habitantes del Tawantinsuyo era conceptualmente diferente de la española. Los conquistadores no mantuvieron siquiera aquel nombre para denominar el territorio y optaron en cambio por el del Perú, supuestamente derivado de un río al norte del actual país. Así, convirtieron a los Incas en reyes que le pudieran traspasar la legitimidad de su poder simbólico al monarca español.

Para poder dominar los Andes, los españoles necesitaron mucho apoyo y lo recibieron de los nobles indígenas, que se convirtieron en el nexo entre los indios llamados del común y los españoles. Ellos se encargaban de recaudar tributos y por eso mismo no debían pagarlo; fueron educados en escuelas especiales para nobles y fueron vistos como la bisagra entre un tiempo histórico y otro que se gestaba. El ejemplo paradigmático fue el del Inca Garcilaso de la Vega, que se convirtió además en un gran narrador del pasado incaico.

Sin embargo, se considera como primera mestiza a Francisca Pizarro, la hija del conquistador y de Quispe Sisa, que era hermana de Huáscar, Atahualpa y Manco Inca, e hija del legendario Huayna Cápac, para más señas. Pizarro se casó con la princesa inca para legitimar su posición ante el Rey y a los tres años arrancó a la hija de ambos de la esfera materna para convertirla en “una española”. La vida de Francisca en España es digna de una novela, y de hecho Alonso Cueto la acaba de publicar con una voz narrativa en primera persona para que tratemos de imaginar mejor su adaptación al mundo que le tocó vivir.

Leer la novela de Cueto y asistir a la muestra del MALI —que dura hasta fines de noviembre— nos aproxima a una renovada mirada sobre los incas, esos antepasados idealizados que son más complejos e interesantes de lo que usualmente pensamos.

https://jugodecaigua.pe/los-incas-mas-interesantes-que-nunca/