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4 de abril de 2025

Mensajes del más acá

César Hildebrandt

"Pero entonces vino la oportunidad, más calva que nunca, más irresistiblemente asquerosa que nunca, y la señora cayó"

El tiempo a veces no cambia a la gente sino que es más drástico.

Ese es el caso de Dina Boluarte. Esta brevísima antología de algunos de sus mensajes públicos demuestra cómo es que el curso de los años y la tentación irresistible de la oportunidad desfiguraron a esta señora que era progre con altavoz y estaba refugiada en una oficina pública.

El tiempo erosiona, es cierto, pero en casos como el de Boluarte no ejerce su función lentamente sino en modo riada y con afán de maltrato y usurpación. Ella es la versión en chancletas de Fausto.

La señora incluía faltas de ortografía en sus textos casi siempre dedicados a enfrentarse a los personajes que ella consideraba despreciables. Lo hacía con asiduidad y como observadora minuciosa de lo que pasaba en política y en el sistema judicial. Y sus blancos favoritos eran el “infame fujimorismo” y el “Apra corrupta”, los dos partidos de los que tanto se ha valido. El partido del excandidato a senador japonés es su aliado vital en el Congreso del hampa y del Apra salió la estrategia brillante que, con la ayuda de Patricia Benavides, cercó a Castillo y precipitó la tragicomedia del golpe inerme.

Boluarte fue la vicepresidenta de Castillo porque fue elegida entre varios nombres. Sus palabras eran el aval, sus iras eran su biografía, su combatividad anunciaba la firmeza de quien había resuelto que el mundo tenía que cambiar y que no valía la pena continuar con el guion que los conservadores nos dictaban cada cinco años.

Pero entonces vino la oportunidad, más calva que nunca, más irresistiblemente asquerosa que nunca, y la señora cayó. Era el tiempo de borrarse, de deshacerse, de cambiar de nariz y de estropajo. Era el tiempo de hacerse chichirimico y apostar por la chamba que el destino avaro le concedía. Ese destino sería el de obedecer a los que había denostado, deshacerse de toda lealtad y servir de mascarón de proa a un régimen que competiría en corrupción y amenazas a la institucionalidad democrática con el decenio del ciudadano japonés que ella había odiado tanto.

En suma, la señora Boluarte tornó su reinar en vasallaje y llegó a ser la sombra salpicada que es en la actualidad.

Pero aquí está, tenaz como la fiebre amarilla, parte de su memoria. Aquí está lo que ella fue y, me atrevo a decir, lo que volvería a ser si las circunstancias apremiaran y otras fueran las ofertas del azar. Aquí está Dina Boluarte antes de la operación que la desfiguró y la convirtió en el monstruo que, en enero del 2023, calumniaba a los muertos que ella mandó matar y depositaba toda su confianza en el crimen organizado reunido, como asamblea permanente, en la plaza Bolívar.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 727 año 15, del 04/04/2025

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https://www.leerydifundir.com/2025/04/mensajes-del-mas-aca/ 

13 de julio de 2024

Perú: No sé qué responderle

César Hildebrandt

Cada día aprecio menos a mi país.

No soy binacional, carezco de otro pasaporte (aunque pude conseguirlo fácilmente): soy peruano de memoria y tierra.

Pero todos los días asisto a la continua degradación del Perú.

Y estoy asqueado.

Esto que veo no puede ser el país que amamos y que se nos ha ido.

Es imposible que nos representen los congresistas canallas, los ministros de pacotilla, la presidente que derrama lisura y a su paso dejaba.

Pero una voz, quizá la de la historia, se me acerca y me dice: “¿Cómo que no te representan? Ellos son el Perú, tú eres el forastero que se escandaliza o que se deprime, el viajero que consigna su desagrado. Si no aceptas a tu país con sus miserias, ¡lárgate! O en tu caso, ¡muérete!”.

Y la voz tiene razón. Es la voz de la razón. Toda la vida me la pasé creyendo que marchábamos al Perú que Basadre imaginó como posible y el resultado es que estamos aquí, detenidos en este lodazal.

Pensábamos que las clases medias se harían decisivas, que la educación pública mejoraría, que la cultura sería una ambición mayoritaria. Pensábamos que la política se poblaría de gente con ideas y propósitos y que los partidos calificarían a sus cuadros debidamente y que el Perú, en suma, estaba en el vestíbulo de un escenario ideal: un régimen liberal que no renunciaría a que el Estado igualara la cancha para los menos afortunados. Pensábamos que los empresarios entenderían que una población hambreada no era buena ni siquiera para los negocios y que los trabajadores aceptarían que la capacitación y el aumento de la productividad no son inventos del demonio.

En fin, pensábamos tantas cosas.

Pero, entonces, llegó el segundo belaundismo y empezó el desastre. La derecha, vengándose de Velasco, alentó a un régimen que fue la parálisis personificada y que hinchó el ego de Abimael Guzmán, el Lin Piao de Huamanga.

Y llegó Alan García, que fue la catástrofe del centro-izquierda, la derrota del Apra histórica y el primer saqueo institucional del Estado.

Ese combo maldito –la derecha que desperdició su oportunidad de modernizarnos, el Apra que cayó en bancarrota moral, Sendero Luminoso y sus asesinos, la informalización creciente de la economía– produjo a Fujimori.

Fujimori representa el momento que tanto atormentaba a Zavalita. Sí, con él nos terminamos de joder.

Porque con Fujimori todo se hizo al revés. Necesitábamos más democracia y lo que tuvimos fue dictadura. Necesitábamos más instituciones sólidas y lo que nos dieron fueron siglas vaciadas de contenido. Necesitábamos consensos y redes de acuerdos y lo que tuvimos fueron partidos políticos asfixiados o corrompidos. Necesitábamos más Estado y lo que se perpetró fue, en muchos casos, su desaparición de facto.

Fujimori fue la pócima que la derecha ciega se inventó para hacernos creer que el porfiriato nisei era la gran solución. Un pueblo traumado por la crisis y la violencia se tragó la leyenda. La clase intelectual cometió la enésima traición de su discreta historia. La prensa hegemónica se puso tan comprensiva como cuando miraba para otro lado en los tiempos de Leguía.

La situación actual es la continuidad de ese camino. Fujimori le enseñó al país a aceptar la mentira, a amar el cinismo, a dispensar el asesinato, a premiar el latrocinio y a despreciar a los desafectos que se atrevían a protestar. El clima moral del fujimorismo, elevado a la N potencia, es el que vivimos hoy. Somos la carreta que se atascó una tarde de copiosa lluvia. Llovía mierda.

Pero la voz de la razón regresa y me grita: “Te quejas cada semana. Nos tienes harto. Si el Perú no es el país que soñaste, ¿qué diablos haces aquí?”.

No sé qué responderle.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 694 año 14, del 12/07/2024

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31 de mayo de 2024

Perú: La señora que va a Palacio


César Hildebrandt

El verdadero gobierno del Perú se ejerce desde el Congreso.

El Congreso es una cueva de delincuentes y/o reaccionarios de la más baja calaña.

Nos gobiernan los forajidos que representan la economía del crimen y los intereses específicos de ciertos sectores mercantilistas, los empapelados por el Ministerio Público a raíz de delitos cometidos antes de asumir la función pública, los “niños” sobrevivientes del castillismo, los matones del prófugo Vladimir Cerrón y, por supuesto, la estirpe malhadada y macondiana del fujimorismo.

Nos gobiernan, entonces, los que perdieron las elecciones y hasta el difuntísimo aprismo se hace presente, como lo demuestra el entorno de quien fuera Fiscal de la Nación hasta hace poco.

Nos gobierna un Congreso convertido en Asamblea Constituyente espuria. Y asistimos a transformaciones de fondo inspiradas en proteger cómplices, socios y líderes de partidos que son siglas de un solo propósito: mineralizar el statu quo, lograr que la derecha supremacista tenga crónicas ventajas y que el modelo económico del conservadurismo se sitúe por encima de cualquier debate.

Mientras tanto, como daño colateral, el TC capturado le permite al Congreso imponer leyes que implican gastos enormes y comprometen el balance fiscal, la pobreza aumenta, la inseguridad se extiende, la educación superior se degrada y la de los colegios llega a la miseria, la salud pública se empequeñece aún más, la minería ilegal se consolida, el caos urbano parece indetenible y el 42% de los peruanos manifiesta su deseo de mudarse de país.

La señora que va a Palacio no gobierna. Ella está feliz con ser la camarera de la coalición corrompida que domina el Congreso y decide por ella. Es la Bordaberry del fujimorismo, la María Estela Martínez de Renovación Popular, la Imelda Marcos del repulsivo señor Oscorima.

La señora que va a Palacio era la vicepresidenta y ministra de un gobierno presuntamente de izquierda. Cuando Castillo, que era la versión maligna de Platero, dio el golpe y fue defenestrado, ella debió cumplir su promesa e irse a su casa aceptando la derrota de un régimen que no hizo nada por la izquierda y que terminó por entregarle el poder a la derecha. No fue así, como sabemos. La señora que va a Palacio aceptó la propuesta del crimen y fingió que ocupaba la presidencia cuando en realidad dormía en la buhardilla que el Congreso le asignó. ¿Qué hay que tener en el alma para prestarse a ser esclava de la derecha prontuariada pudiendo haber elegido el camino del retiro digno? Hay que estar vacío. Hay que amar la poquedad. Hay que desear un Rolex (o varios), una pulsera de marca, una cara renovada a cuchilladas. Hay que ser, en suma, la hermana mayor de Nadine.

Pero si la mujer que va a Palacio no gobierna, entonces el gobierno de facto que padecemos es abiertamente ilegal. No sólo eso: además de ilícito, este gobierno golpista es socialmente ilegítimo. Lo dicen las encuestas, los insultos callejeros a quienes van a provincias como embajadores de la mujer que va a Palacio. Más del 90% de los peruanos repudia al Congreso usurpador y a la señora que va a Palacio.

Entonces, ¿por qué se sostiene esta farsa?

La respuesta es sencilla: por el miedo.

La prensa del orden, la televisión de las bolsas de avisaje, los opinólogos del establecimiento, los viejos encomenderos, los directores que reclaman cuando no les contratan columnaje, los abogados del diablo, los tibios de ADN, los de la media voz, los que se acostumbraron a la calma chicha, los voceros de la parálisis, los grandes sinvergüenzas que hablan del destino de la patria, todos ellos, digo, difunden el rumor de que si esta impostura termina vendrán diluvios bíblicos y otras venganzas.

Es el Perú de casi siempre: el amable país al que un día le robaron once naves de guerra, el que vio entre fiestones el saqueo de Echenique, el que nunca enjuició al traidor Prado, el que elevó a un payaso como Piérola a la categoría de estadista (cuando se reconcilió con el civilismo), el que toleró once años infames de Leguía, el que construyó al Odría que no usaba servilletas, el que produjo al Fujimori que renunció por fax.

Frente a ese país hegemónico, hay otro Perú que pone los muertos y las metas que no le gustan a Lima ni a los que mandan.

Me inscribo en ese otro país. Y en su nombre recuerdo que existe el artículo 46 de la Constitución vigente:

“Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador, ni a quienes asumen funciones públicas en violación de la Constitución y de las leyes. La población civil tiene el derecho de insurgencia en defensa del orden constitucional. Son nulos los actos de quienes usurpan funciones públicas”.

Me imagino que habrá planes para derogarlo. La verdad es que no es un artículo sino una profecía.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 688 año 14, del 31/05/2024

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27 de abril de 2024

Perú: Al este del paraíso

César Hildebrandt

Escucho involuntariamente a un hombre hablar por teléfono en el parque donde Óscar me pasea y confirmo que la vida es absurda. El tipo repite fórmulas, miserias de la cotidianidad, promesas que sabe que no podrá cumplir. Como Vallejo me persigue, recito mentalmente: “…que es lóbrego mamífero y se peina”.

Un perro de la calle me embosca en una luz roja. No quiero verlo porque sé que voy a sufrir como los perros de la calle, pero no puedo evitarlo: lo miro, calibro su soledad, su sufrimiento, la penuria de sus días, la inexistencia de dios. La luz del semáforo cambia y parto. Debí recogerlo, arroparlo, darle un nombre. Soy un canalla por no hacerlo. Como Vallejo me persigue, recuerdo: “como el doblez del codo/ de mi propia camisa abotonada”.

Una mujer se acerca a la ventanilla del auto. Me pide cosas, agita las manos viejas, creo que me muestra ¿un papel borroso, una lista de medicamentos, un pedido de auxilio, un testamento? Me apuro, me agito, saco un billete, se lo entrego y me dice “gracias, papá” y lo repite en cine mudo cuando levanto el vidrio. Como Vallejo se ha obsesionado conmigo, recito: “un hombre pasa con un pan al hombro/ ¿voy a escribir después sobre mi doble?”.

Vallejo y esta ciudad atroz se llevan bien. La gente sufre en público, los perros solicitan tu piedad, las mendigas te arrinconan con la mirada, el miedo pisotea charcos. Lima es una de las ciudades bombardeadas durante la guerra civil española y Vallejo está en Valencia en un congreso de escritores. Estamos en 1937 y van a bombardear los cementerios.

De la locura de vivir en Lima quisiera hablar, de esta ciudad que duele como si te disparara cada vez que la miras quisiera que fueran mis columnas, pero eso es algo que no me está permitido.

El menú es carcelario y está allí: la fiscal podrida, los abogados con un parche en el ojo, la derecha y sus chancros, la izquierda y sus disfraces, el congreso que ejerce el oficio más antiguo del mundo y que legisla a destajo, los pasitos laterales de alias presidenta de la república, la prensa y sus negocios, las siglas de los partidos apestosos, la televisión del teleprónter. Es la paila. Es la sopa de Herodes. Es lo que queda del Perú. Es la dieta que te ahuyentará el alma y te rebanará el buen gusto. Es la cadena perpetua dictada por un juez obeso que sonríe al decirte: “No podrás hablar de otra cosa que de la política peruana”.

Y la política peruana murió hace tiempo. Es decir, fue asesinada. La terminaron de matar los que apostaron por el autoritarismo mal hablado, por el civilismo de los barracones. La mataron los periodistas aceitados, los empresarios que se amarraron con los ministros del ramo, los pepeluna. La máquina del tiempo tiene patente peruana: el país está regresando a los tiempos de la butifarra y el acarreo de masas para votar por el de siempre, por el “orden y el progreso”, por el coágulo fujimorista que provocó esta hemorragia cerebral. El Perú es un hombre que ha perdido la memoria y balbucea incoherencias.

La política peruana se hacía cuando Haya se sentaba con Ravines y Beltrán quería ser candidato. Y se hizo más tarde cuando los militares hicieron reformas para evitar que estas fueran impuestas por las guerrillas. Y prevaleció después cuando el Apra, Acción Popular, la izquierda y el PPC representaron visiones del futuro. Esa política empezó a morir cuando las bestias de Sendero creyeron incendiar la pradera y crearon al bombero fascista que, al final, vino a salvarnos disfrazado de japonés empeñoso. Entre Sendero y Fujimori, la política, como expresión de alternativas y actividad decorosa, fue aniquilada. El Perú binario del terruqueo, la derecha imbécil y el neoliberalismo tan intocable como Eliot Ness es obra del chino Fujimori y de Abimael Guzmán, el camboyano. Al este del paraíso es el domicilio del Perú.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 683 año 14, del 26/04/2024

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20 de abril de 2024

Perú: Hace cinco años

César Hildebrandt

Hace cinco años, acorralado por las evidencias, Alan García se pegó un tiro en la sien.

Yo, que suelo admirar a los suicidas, no sentí aquella vez que García había sido un valiente, un fugitivo de la vida, un hombre que decide no seguir siendo porque está harto de que el sentimiento de lo absurdo lo persiga como una sombra.

Hay gente que se borra de este mundo porque no quiere hacerse más preguntas sin respuesta, porque no admite la depredación de la vejez, porque siente que el tiempo es esa noria que le chirría en la cabeza, porque está harta del goteo plagiario de los días, porque el placer se le fue de las manos.

Koestler, como Zweig, hizo un pacto con su mujer para irse al infierno después de envenenarse. Esos fueron dúos de amor triste cantados en alabanza al atajo. Están también los que, como José María Arguedas, no resisten el rechazo porque en la niñez fueron heridos para siempre. Alfonsina Storni dio el paso después de que le diagnosticaran un cáncer, pero Virginia Woolf entró a las aguas que la devoraron en pleno goce de su cuerpo. Sylvia Plath abrió la llave del gas no porque el notorio marido la abandonara sino porque la vida era para ella un desfile de pequeños agravios. Marilyn Monroe se embutió de barbitúricos cuando, después de la fama, sus lechos y sus bisuterías, volvió a ser Norma Jeane Mortenson, la pobre chica que nunca conoció a su padre.

Hay gente que se mata por aburrimiento y hay otros que desisten porque lo vivieron todo y se dieron cuenta de que el viaje, por más variado que fuera, los había traído de vuelta al mismo andén de la partida.

Pero hay quienes se matan para escapar de sus actos.

Fue el caso de Hitler, Goering o Goebbels. Fue el caso del presidente chileno José Manuel Balmaceda, que se pegó un tiro en el pecho estando asilado en la embajada argentina. Había provocado una guerra civil que la derecha congresal y militar ganó ensangrentando el país con más muertes que las sufridas en la guerra contra el Perú.

También están los que asaltan los dineros públicos y se matan para no ser humillados en una cárcel.

Ese fue el caso architelegénico de Robert Dwyer, el tesorero del estado de Pensilvania que se mató un día antes de que fuera sentenciado por aceptar un soborno de la empresa californiana Computer Technology Associates. Dwyer alcanzó a decir estas últimas palabras: “Las personas que me han llamado y escrito están molestas y se sienten impotentes. Ellos saben que soy inocente y desean ayudar. Pero en esta nación, la más grande democracia del mundo, no hay nada que puedan hacer para prevenir que me castiguen por un crimen que no he cometido”.

Por supuesto que lo había cometido. Y fueron tan contundentes las pruebas que, tras su suicidio, los cargos se confirmaron y la sentencia por soborno se ratificó. La muerte no lo salvó del oprobio. El suicidio no cerró el expediente ni impidió la vigencia de la ley.

En el caso de García, la documentación abunda. Y tiene que ver con sus dos gobiernos. Hay testimonios claves de quienes confesaron haber sido sus testaferros, signos exteriores inequívocos, informes fiscales de los 80 y de este siglo. Y siempre hay un tren que cruza la biografía del personaje: ayer el de Sergio Siragusa, hace poco el de Jorge Barata. Es el tren de carga de una vida que pudo ser extraordinaria. Las voluntarias admisiones de Nava y Atala, amigos de su entorno, confirman la corrupción del personaje.

García se hizo millonario en el poder.

Y es una vergüenza que el Apra, el partido que fundara un hombre honrado y genial como Haya de la Torre, trate de presentar como víctima a quien se enlodó y contribuyó al desprestigio de los partidos y la política. ¿Cree el Apra que cambiará la historia presentando a compinches de García en Willax?

¡Si Haya viviera!

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 682 año 14, del 19/04/2024

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23 de marzo de 2024

Perú: Lumpenpaís

César Hildebrandt

El congreso del hampa y el emputecimiento de la política es el que gobierna el país.

La señora Fujimori perdió las elecciones por tercera vez en el 2021 pero ahora, aliada con lo peor de las sobras de nuestra política, ha erigido un gobierno clandestino que es el que orienta las leyes, señala el curso de la política y propicia el dominio del crimen.

El golpe de estado discursivo del triste Pedro Castillo ha sido reemplazado por el golpe de estado exitoso del congreso-madriguera dominado por el fujimorismo.

La señora Boluarte ha aceptado su papel secundario. Ella es una farsa, su régimen es un simulacro, su gabinete es la mesa de partes del congreso imperativo. Cuando se es pobre diabla, no hay remedio: lo que más importa es qué se luce en la muñeca, qué tintinea en el cuello, con qué abalorios se construye una imagen.

Todo esto ha conducido al Perú a ser un lumpenpaís en el que la heredera política de un hombre pútrido, que aspiró a ser senador japonés para adquirir inmunidad internacional, gobierna sin tomarse la molestia de ganar las elecciones.

¿Gobierna? Sí: gobierna a su manera para la minería ilegal, para el fraude del 2026, para el negocio de las farmacias y los laboratorios, para las universidades basura, para los banqueros y empresarios que le dieron plata sucia, para erradicar todo vestigio de democracia interna en los partidos, para que el congreso se duplique con una cámara de senadores, para rehabilitar la reelección parlamentaria, para someter el Jurado Nacional de Elecciones, para percolar en el RENIEC y en la ONPE, para hacer del Tribunal Constitucional un lupanar y de la Defensoría del Pueblo un circo perejil y del país, en general, este pantano en el que estamos acostumbrándonos a respirar dificultosamente.

En este lumpenpaís que aspira a llegar a la OCDE y acoger todos los juegos panamericanos que le quieran conceder, el hampa nativa, auxiliada por el ejército delictivo salido de Venezuela, tiene secuestrada a la población. Y el ministro del Interior, que tiene un decidor parecido con el burro Igor, dice que la situación está bajo control. Eso sólo puede creérselo Winnie Pooh.

Pero las ciudades sometidas al delito son asunto menor si comprobamos que el país está en manos de un congreso de forajidos que ha borrado al Ejecutivo convirtiendo a su representante en mucama. La señora Boluarte, además de su debilidad neurológica, está sometida al miedo de que los 49 muertos baleados por sus órdenes vuelvan con un juez condena en ristre.

Gobiernan los que perdieron y lo hacen como si el Perú fuese Nueva Jersey y ellos Tony Soprano y su banda. Y pretenden que el edificio que están armando sea la arquitectura del futuro, el estilo brutalizado de una república construida por quienes la saquean. Es como si las garrapatas hubiesen criado un perro condenado a servirlas.

Los estertores del Apra saludan esta mascarada porque aman a quien fue su líder venal. Lo aman tanto que aspiran a seguir sus pasos suicidándose. Y del cementerio de la política salen aplausos esqueléticos: la izquierda “expropiadora” del cerronismo, la derecha matacholos de Renovación Popular, la caverna angloparlante de Avanza País, las moscas cojoneras de Somos Perú, los imprenteros de títulos académicos de Podemos, los cazafortunas de Alianza para el Progreso y los subastavotos de todas las camadas restantes.

Alguna vez fuimos el último bastión del dominio español en Sudamérica. Entonces vinieron San Martín y Bolívar y, con mucha suspicacia, nos refundaron. Pero ahora de Argentina sólo puede venir Milei, que es la Thatcher trans y aún más brava. Y de Venezuela sólo podemos esperar a Maduro, que es el Tren de Aragua del chavismo.

De modo que estamos solos. Miserablemente solos. Porque las grandes empresas, la prensa convencional, la tele descerebrante, están felices.

¿O es que tenemos a un pueblo que sabrá liberarnos de esta infamia?

¿O es que el fujimorismo y la señora de los relojes son lo que merecemos?

Dígame usted.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 678 año 14, del 22/03/2024

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22 de enero de 2024

Perú: Cien años del APRA

Antonio Zapata

“A diferencia de muchos dueños de un partido de nuestros días, Haya manejó su jefatura con prudencia y habilidad. Estaba interesado en construir un vehículo para la acción política permanente”.

Este año es el centenario de la fundación mítica del APRA. Haya estaba desterrado en México y, en vísperas de partir a Rusia soviética, organizó una ceremonia estudiantil que luego consideró como la fundación del APRA. Pero en ese evento la palabra APRA no fue mencionada ni había adherentes ni programa político. Luego, por razones de su propia narrativa, Haya decidió que ese era el comienzo de la historia partidaria. Necesitaba ese arranque antes del viaje a Moscú.

¿Es importante su trayectoria? Ciertamente. Se trata del partido de mayor antigüedad y envergadura en la historia política nacional. El primer partido de masas. Su pasado ha conocido de todo: lucha contra la oligarquía, heroísmo, compromisos, traiciones y corrupción. Demasiado para solo un partido, de alguna manera representa al país entero. Aunque fue la principal fuerza política del siglo XX, en las últimas décadas ha devenido en apéndice del fujimorismo. Tomado como objeto de estudio tiene mucho que enseñar, porque fue la primera emergencia de la choledad en la política.

Un tema es el caudillismo civil y la construcción de partidos alrededor de un líder indiscutido e indiscutible. Haya asumió este rol luego de la ruptura con Mariátegui y desde entonces siempre fue el jefe. Hubo congresos y conferencias, se eligió a unos y a otros, igualmente se cambió a medio mundo, menos a él. Estuvo por encima.

A diferencia de muchos dueños de un partido de nuestros días, Haya manejó su jefatura con prudencia y habilidad. Estaba interesado en construir un vehículo para la acción política permanente. Logró organizar una red de cuadros y simpatizantes que se traducía en un elevado caudal electoral, gracias a lo cual fue clave en muchos arreglos, aunque también empleó la violencia y generó odios mortales. Fue una polarización temprana del país, había aprismo y antiaprismo. Era parte del paisaje, se decía que en todo pueblo había una comisaría, una iglesia y un local del PAP.

El tema del caudillo en Haya inevitablemente lleva a la comparación con García. Una entrada enfatiza que el primero era austero, mientras que el segundo amaba al dinero, lo cual tendría profundas implicancias en sus carreras. Otra variable es que Haya se dedicó al partido, mientras que Alan a su candidatura. Por eso, Haya tuvo sucesores y García fue un vendaval que ignoró al aparato. El mismo Alan había surgido del último buró de conjunciones de Haya, y sin embargo, después de la muerte del jefe, nunca volvió a funcionar un organismo de preparación de jóvenes para el liderazgo partidario.

Pero,Haya no llegó al poder, mientras que Alan ganó dos elecciones presidenciales limpias. García era un gran candidato, su elocuencia y olfato político le permitieron llegar a Palacio. Pero en la ejecución mostró sus debilidades. La primera vez porque aplicó ideas de los años treinta que no había actualizado. La segunda por su adopción del neoliberalismo y la renuncia a la esencia socialdemócrata del APRA. En ambas, además, por la venalidad que compromete cualquier gestión.

Otro tema es el programa, el posicionamiento del PAP frente a la sociedad. Haya empezó la tendencia nacional-popular y es el abuelo de los populismos latinoamericanos clásicos. Pero, en el camino giró a la derecha en distintos grados. Perdió noción de la meta para conservar el vehículo. Alan repitió el ciclo a la derecha; pero peor, descuidó al partido, que perdió tejido organizativo y caudal electoral. El APRA dejó su nicho y encontró que el fujimorismo ocupaba su sitio. Como dicen los chicos, “se fue al barranco y perdió su banco”.

Actualmente, el APRA es un pálido reflejo de su trayectoria anterior. Su historia es aleccionadora sobre el destino de las promesas incumplidas. Después de un tiempo se desvanecen en el aire.

https://larepublica.pe/opinion/2024/01/08/cien-anos-del-apra-por-antonio-zapata-289216

18 de agosto de 2023

Perú: AP, no una sino muchas muertes

Rodrigo Núñez Carballo

Mi primer encuentro con la política fue a los 6 años. Estaba en el aeropuerto de Limatambo esperando la vuelta de mis padres de algún viaje y me topé con una multitud que aplaudía y vitoreaba a un señor alto y bien plantado. Supongo que sabía de su existencia y que al oír su nombre lo reconocí, e impelido por una fuerza misteriosa grité a todo pulmón: ¡Viva Belaúnde! En el acto el político me cargó y me dio un par de palmadas en la espalda. Olía a una mezcla de chicle y loción cara, recuerdo. Luego me bajó de sus brazos y la escena se difumina como en una película antigua. Nunca he querido juzgar esa travesura, pero quizás sólo fueron las infantiles ganas de llamar la atención...

En las elecciones del año 1962 un vecino ofreció llevar a los chicos del barrio a la gran caravana acciopopulista nada menos que en la tolva de su camioneta. Todos aceptamos. Después de pasearnos por todo Barranco llegué con dolor de garganta a mi casa. Había gritado mucho en el recorrido y me quedé afónico como tres días. Los resultados del siguiente domingo llenaron el país de incertidumbre. Había casi un triple empate entre Haya, Belaunde y Odría. El Congreso tendría que dirimir la disputa y era casi segura la alianza entre el Apra y la derecha más conservadora. Un aire de decepción cruzaba los ambientes reformistas, seducidos por las promesas de cambio del jefe de Acción Popular. Belaunde optó por huir hacia adelante y a la voz de fraude levantó barricadas en su patria chica, Arequipa. Mientras tanto el conteo de votos se demoraba y los militares deliberaban. Cómo aceptar a Haya en la presidencia, al terrorista del treinta, al conciliador de los cuarenta, al componedor de los cincuenta, si además había sido el enemigo histórico de las FF.AA. Los mastines desoían al intempestivo jefe del bloque conservador. La historia se había dado vuelta.

Diez días antes del cambio de mando, y sin ganador a la vista, las FF.AA. dieron su primer golpe institucional y desalojaron a Prado del poder con la promesa de convocar nuevas elecciones. La junta de gobierno presidida por el general Ricardo Pérez Godoy pareció legitimarse rápidamente. Atizó el miedo al comunismo siguiendo las instrucciones del Comando Sur de los Estados Unidos, reprimió duramente al movimiento campesino de la Convención y a los primeros brotes guerrilleros, aunque dejó la puerta abierta hacia tibias reformas. Sin embargo, la convocatoria a comicios casi se frustra. El general Pérez Godoy se engolosinó con el poder y quiso perpetuarse en Palacio, pero rápidamente fue alejado y sustituido por otro alto mando, el general Lindley, que sólo tenía un objetivo: instalar a Belaunde en el poder, lo que se consumó a los pocos meses.

No había pasado mucho tiempo desde la proclamación del nuevo presidente cuando un día llamaron a mi madre desde Palacio. El presidente quería hablar con ella y la citó en el Parque de las Leyendas, que por entonces era un enorme campo de cultivo cruzado por un camino inca y lleno de huacas alrededor. Mi madre fue a la cita puntualmente e hizo que yo la acompañase. Bajamos del taxi apuradamente en medio de un terral y pocos minutos después salió el primer mandatario de un viejo Cadillac negro. Yo estaba emocionado de conocerlo, pero ni caso me hizo. El parque era por entonces la niña de sus ojos, una suerte de marginal pero en chiquito. Peroró como quince minutos sobre las virtudes de un área de expansión para Lima, habló de la conquista del Perú por los peruanos y de la necesidad de integrar costa, sierra y selva. Mi madre lo escuchó con atención, y tras ubicar un vacío en el monólogo presidencial, replicó: ¿Y para qué soy buena? Cota, quiero escenificar un cuento tuyo en el parque. Sí, Oshta y el duende, que es muy representativo de las leyendas del Ande. Una sombra de satisfacción se escapó a mi vieja. Pero hay un problema, intervino Belaunde. Solo tienes quince días para hacerlo. ¿Yo? Sí, tú. ¿Quién más? Me sorprendió tanta familiaridad. Después me enteré de que la primera mujer de Belaúnde, Carola Aubry, había sido amiga de mi madre y que pintaba muy bien. Tenía unos magníficos paisajes al óleo de inspiración iqueña, pero la vida frívola terminó matando la vocación artística.

Un par de semanas más tarde, tras arduas jornadas incluso nocturnas y con ayuda de dos costureras cusqueñas, terminó el trabajo. Diseñó y “esculpió” las figuras de tamaño natural con yute, paja y algodón y las vistió con bayetas de Castilla, dando forma a la madre india, al niño, al etéreo duende, al puma y a las ovejas. Como en una representación de títeres gigantes los personajes fueron entrando a un camión rumbo al novísimo parque. La inauguración fue un éxito, pero la paga muy exigua. Tuvo problemas para cobrar y Belaunde jamás le agradeció.

Siempre acusaron a Belaunde de vivir en una nube y era cierto. Era un nefelibata. Se le paseaba el alma mientras la coalición Apra-Uno lo iba avasallando y castrando toda posibilidad de reformar nada. Uno a uno, fueron cayendo los gabinetes y con ellos las ilusiones de sus antiguos votantes. Reaccione, señor presidente, clamaba su base mesocrática, pero el mandatario terminó mimetizándose con sus detractores, coordinados por el inefable Eudocio Ravines. La crisis política se exacerbaba, el déficit en balanza de pagos se ahondaba y la impericia de Belaunde en materia económica era proverbial, hasta que lo inevitable sucedió. Vino la devaluación del año 1967, que engordó a los agroexportadores, dinamitó el consumo y terminó de agujerear el gobierno del arquitecto. La gente más inteligente y crítica terminó yéndose y fundaron Acción Popular Socialista con una dirigencia conformada por Edgardo Seoane y Gustavo Mohme. Después vino el sonado asunto del Acta de Talara y la pérdida de la página once del contrato suscrito entre la International Petroleum y la petrolera fiscal. El arreglo largamente esperado tenía trampa y precipitó la caída del régimen rehén pero también de sus secuestradores parlamentarios. Cuando Velasco tomó Palacio aquel 3 de octubre de 1968 el presidente estaba durmiendo y nadie atinó a defender su régimen, salvo unos pocos ministros defenestrados.

Una noche negra se abatió sobre Acción Popular. Fue la primera de sus sucesivas muertes. Desde entonces dejó de ser la expresión de las clases medias reformistas y prácticamente desapareció del espacio político. El expresidente debió soportar una década de ostracismo, primero en Buenos Aires y después en Texas, tiempo que aprovechó para casarse con su antigua secretaria y consejera, Violeta Correa, lo que le permitió un exilio tranquilo o simplemente amable. Diez años después, una jugada maestra lo catapultó de nuevo a la política cuando se negó a participar en las elecciones a la constituyente de 1978, que los militares habían organizado para volverse a los cuarteles. Mejor guardarse para las presidenciales del año ochenta, dicen que fue la recomendación de Violeta Correa. Para qué exponerse a una negociación con un régimen castrense profundamente impopular que estaba de salida. Y la chuntó. Mientras tanto, tuvo tiempo de reflotar su organización partidaria, Acción Popular, pero esta tenía una argamasa social diferente. Detrás del arquitecto estaba el gran capital monopólico encarnado en la figura de Manuel Ulloa, que manejaría las riendas de la economía con el concurso de precoces neoliberales, Kuczynski entre ellos, sí el mismo que se había encargado de sacar ilegalmente del país casi 40 millones de dólares en fondos embargados tras la expropiación de la International Petroleum.

En la segunda fila del acciopopulismo ya no estaban las clases medias provincianas, sino una amorfa masa de arribistas que sólo pretendían dinero, cargos, dádivas, y que trabajaban casi siempre al margen de la legalidad. En pocas palabras una suerte de lumpenaje local y provincial cuya única brújula era el enriquecimiento personal y que era reclutado por la red de comedores populares que eficientemente manejaba la primera dama. El restablecimiento de las elecciones municipales les daba cabida y espacio político para aumentar su cuota de poder. Ya no se trataba de una federación de independientes sino de una convergencia plebeya, que reunía desde los bajos fondos hasta hambreados exhacendados, que incluía también a figuras del narcotráfico y el desfalco local. Los conocí de cerca durante la gestión municipal de Barrantes. Acciopopulistas eran los principales traficantes de terrenos en las barriadas. Evitaban la formalización de los nuevos asentamientos para seguir vendiendo lotes y usando como masa de maniobra a los necesitados de una vivienda. A su lado, los burócratas hacían su agosto manteniendo una red de abogados y tinterillos. La corrupción hormiga tiene una larga tradición en AP.

Muchos no recuerdan el desastre que fue el segundo belaundismo. Masacres, corruptelas y devaluaciones, el crecimiento despiadado de Sendero y el empobrecimiento masivo para llenar las arcas del FMI y la banca trasnacional. Luego vino el mesiánico Alan a pretender arreglar el desaguisado y la heterodoxia económica sólo nos llevó al descalabro, al dólar Muc, el BCCI, el tráfico de Mirage y las enormes colas para comprar pan o leche ENCI. El camino estaba listo para el ascenso del fujimorismo y el autogolpe de 1992. La clase política había fracasado con estrépito y prueba de ello fue la extinción del FREDEMO, del cual formaba parte el belaundismo. Acción Popular volvía a morir una vez más.

Hacia el año noventa tuve mi tercer encuentro con el señor que me había cargado de niño. Se me ocurrió hacerle una entrevista para una pequeña revista que dirigía, y ubiqué a Violeta Correa a través de una amiga que era su sobrina. Entonces ya no me interesaba el personaje como político sino como persona, como profesional, el hombre íntimo, digamos. Por entonces ya no vivía en su modesta casa de Inca Rípac 100 de Jesús María, sino en una modernísima torre sanisidrina. Toqué el intercomunicador, subí el ascensor y aparecí en medio de una enorme sala con una magnífica vista que se repartía entre el Golf y el Olivar. Belaúnde estaba en una esquina y me atendió con cierta displicencia mientras ella me servía un café y escuchaba las disquisiciones de su marido. El patricio ya superaba los ochenta años, tenía la memoria intacta y la vanidad dilatada. Le pregunté sobre su temprana estadía en Francia, y la arquitectura peruana, sobre el Perú del futuro, pero él esquivaba las preguntas con destreza e insistía en hablar en términos autorreferenciales: su obra vial, el afecto que recibía, sus lemas triunfales. Lo hacía con un tufillo que comenzó a enervar hasta a su propia esposa. Basta, Fernando, cansas con tanto yo, yo, yo. Responde lo que el entrevistador te pregunta. Pero fue en vano, Belaunde vivía en la república de un ego inconmensurable y se había construido un país imaginario cuyos pilares eran la palabra hueca y el gesto suntuario. No, no era un personaje interesante, a la manera de un Haya o un Bustamante y Rivero. La inteligente era ella, la estratega, la que morigeraba sus devaneos narcisistas, la mujer práctica que lo devolvía a la realidad y le permitió sortear mal que bien su segundo gobierno.

Fue duro el fujimorismo para partidos como Acción Popular. Disputaban la misma base social provinciana y la desmovilización que Fujimori fomentaba ahogó los locales partidarios. La situación solo comenzó a recomponerse hacia 1995, con la candidatura de  Pérez de Cuéllar a la presidencia. El hijo político del diplomático, Alfredo Barnechea, oficiaba de puente con el belaundismo. De hecho, lograron recuperar algunos escaños perdidos y tras el colapso de la dictadura en el 2000 ocurrió un verdadero milagro. Uno de los pocos hombres probos y sin ambiciones del acciopopulismo terminó elegido presidente de la república. Valentín Paniagua no lo hizo mal, se alió con el centro y con la izquierda pero no consiguió desmontar el fujimorismo. El cusqueño calculó que no tendría las fuerzas necesarias y se conformó con llevar a buen puerto una transición ordenada. Más que hombre de partido era una personalidad convocante y al frente tenía a un enemigo muy duro, el fujimorismo mental que había calado en los cerebros de casi toda la clase política.

Tras entregarle el bastón de mando a Toledo y muerto ya el fundador del partido, poco podía esperarse de sus bases, cimbreantes, torcidas, duchas en el arte de la componenda y el arreglo bajo la mesa, la licitación amañada, el amiguismo, el interés creado. Hay tantos de esa calaña.

La descentralización toledista fue una buena oportunidad para el rearme del belaundismo sin Belaunde. Coparon municipios y gobiernos regionales, extendieron su red clientelar, pulularon en los intersticios negros de la legalidad: el tráfico de terrenos, las obras sobrefacturadas, el tráfico de influencias. Son pocos los que se libraron de esa suerte de medianía intelectual, ambición torpe y aprovechamiento personal del cargo, virtudes que tan bien encarnara el tristemente célebre Merino, que solo pudo medrar cinco días del poder. Quizás solo se escapen de la norma Mesías Guevara y el puneño Lescano. El resto constituye una gavilla de merinos proliferantes de pobre desempeño, muchas ambiciones y escasa inteligencia. Basta ver el nivel de María del Carmen Alva o el de Darwin Espinoza, el lugarteniente de “Los Niños”. Fea manera de morir la de un partido que nació al calor de una lucha antidictatorial y triste epílogo para el protagonista del recordado manguerazo de junio de 1956 en la Plazuela de La Merced.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 648 año 14, del 11/08/2023, p15

https://www.hildebrandtensustrece.com/

27 de enero de 2020

Lo evidente, lo anunciado y la sorpresa

Augusto Rey

Al cerrar el día, es evidente que este será un Congreso fragmentado. Tal vez más fraccionado que el anterior porque nadie tendrá mayoría absoluta, así que la construcción de alianzas multipartidarias será el camino ineludible para legislar y ganar margen de maniobra. La dispersión hace difícil saber cómo se armarán finalmente esas alianzas, pero lo sabremos pronto cuando tengan que reunir los 66 votos para definir la Mesa Directiva y la presidencia del Congreso.

Lo que sí es un hecho es que los grandes derrotados son el aprismo y la segundilla del fujimorismo. Solidaridad Nacional y Contigo han sido pisoteados por los electores. El Apra, por su lado, desde 1963, es la primera vez que postula al Congreso y no entra. Pasan por su peor momento en más de medio siglo, en un desenlace que ellos mismos han construido. Como dice el dicho, “uno cosecha lo que siembra”.

La sorpresa la trae el Frente Popular Agrícola FIA del Perú (Frepap), que, con una campaña de hormiga y popular, pone en el Congreso a un partido de origen religioso, anunciando el aterrizaje de una agenda política que no ha estado en el debate reciente, pero que puede determinar la discusión pública en el futuro inmediato. Su resultado nos recuerda que existe un país sin voceros en los principales programas de radio y TV, pero capaz de arrasar con el establishment político.

¿Y Martín Vizcarra cómo queda? Por ahora, bien posicionado. Quienes construyeron una imagen de obstrucción a su gobierno y a los intentos de reforma han salido trasquilados, así que este resultado puede ser recibido como una victoria y un respaldo que le permite ingresar sin tanta turbulencia política a la etapa final de su gobierno.

https://peru21.pe/opinion/lo-evidente-lo-anunciado-y-la-sorpresa-noticia/

28 de abril de 2019

Lo que queda del Apra

César Hildebrandt

Muchos se pregun­tan qué queda del Apra después de la fulminante de­cisión de Alan García.

No queda nada. Queda un atarantador de la oratoria de plazuela que ame­naza a medio mundo. Queda un viejo aspirante que balbucea naderías y que parece ahora arrepentirse de haber sido tan ingenuo. Quedan las viejas turbas dadas al grito y a la épica del bividí en exhibición y la calumnia en ristre.

Seamos justos: García terminó de destruir lo que Haya de la Torre había derribado desde su violenta derechización, expresada en el libro “Treinta años de aprismo”.

El partido de estirpe marxista que propuso originalmente el antiimpe­rialismo continental se avenía ahora a concebir el “interamericanismo demo­crático sin imperio”. Y lo hacía el mis­mo año en que Estados Unidos, con la CIA de por medio, deshacía el gobier­no guatemalteco de Jacobo Arbenz y ponía en su lugar a un títere uniforma­do llamado Carlos Castillo Armas. La farsa aprista había empezado.

Conversar era pactar. Y dos años después, en 1956, empezaba la convi­vencia con Manuel Prado, el más cursi representante que hubiese podido in­ventar, el civilismo sin bibliotecas del siglo XX.

Y siete años después, en 1963, Haya llevó al Apra a pactar parlamenta­riamente con las huestes de Manuel Odría, que era la versión gamonal y con olores de melaza de la derecha podrida del Perú. Esa coalición, que ahuyen­tó a un puñado de apristas decentes, impidió que el tibiamente reformista Fernando Belaunde Terry ejecutara la reforma agraria que se había propues­to. Ver a la cúpula aprista gozando de la vida con Julio de la Piedra, el rey de los rones Pomalca, era como asistir a una película de terror hecha por un mal comediante. El Apra había muer­to doblemente. La socialdemocracia, el socialismo democrático, era ahora una mortaja. El Apra había llegado a ser lo que la derecha siempre quiso que fue­ra: la proveedora de masas del proyec­to inmovilista de toda la vida.

Lo que quedó, al morir físicamen­te Haya, fue una guerra de caudillos. Ganó Villanueva y perdió Townsend, pero Villanueva pensaba como Town­send y Townsend, más allá de su ho­nestidad personal, pensaba como el último Haya. Al final, como se sabe, perdieron los dos.

Y entonces vino García, fue un fenómeno de carisma precoz, populari­dad sin cercos, esperanza de un futuro diferente. El Apra lo puso en su sitio. Ni la cámara de senadores, dominada por el partido, lo siguió en el tema de la estatización de la banca. Fue el caos. Las cucarachas, más hambrientas que nunca, prosperaron. El presidente, que ya había conocido la codicia en la campaña electoral, per­dió los pocos escrúpulos que le quedaban. Fue un gobierno que empezó en la izquierda hemisférica terminó en la comisaría de Cotabambas. Fue el anarcolatrocinio. Toto Riina podría haber sido ministro de ese régimen, del mismo modo que Sergio Siragusa, su paisano, pagaba coimas presidenciales por un tren que no llegó a hacerse. Tatán podría haber sido primer ministro y su mujer, La Rayo, lo hubiese hecho requetebién en el Ministerio de la Mu­jer aún por descubrirse.

Pero todo eso sucedió porque el Apra que dejó Haya era una maquina­ria de avideces, una construcción electoral. Ya no había ideas purificadoras ni metas que ennoblecieran ni utopías que soñar. García quiso quebrar esa inercia que conducía al delito masivo, pero fue derrotado. Lo vencieron el viejo partido sectario, donde el narco Langberg acampaba, y su propia debi­lidad por el dinero fácil.

Ahora se preguntan qué queda del Apra.

El Apra de hoy, viuda de García, se reduce al doctor Erasmo Reyna chan­tajeando sentimentalmente a Jorge Barata para que no mencione a Alan García (“muerto en un charco de sangre, yo lo vi”) en sus confesiones sobre coimas, tercerías y encubrimientos. El hampa abogadil al servicio, como siempre, del silencio. La respuesta de Barata, pasada la impresión del abordaje extorsivo y grabado, ha sido, sin embargo, contundente:
1) “Nava y Atala eran los Maiman de García”.
2)  “García sabía de los sobornos recibidos por Alejandro Toledo y conocía de dónde procedían. Me lo contó Nava en su casa de playa”.
3)  “Se pagó 4 millones de dólares a Luis Nava Guibert, secretario de García, para agilizar los proyectos. Y los proyectos se agilizaron”.
4) “El dinero remitido a Andorra para Miguel Atala (1’300,000 dólares) era parte del arreglo con Luis Nava”.
5)  “Nava era el hombre que abría las puertas de Palacio”.
6)  “Nava exigía rapidez en los cobros. Por eso se creó Ammarin Investment”.
7)  “Nava no estaba en capacidad de influir en la marcha de ningún proyec­to si es que no usaba el nombre de Alan García”.
8)  “Le sugerí a García, en un viaje aéreo, que las obras del Metro de Lima se contrataran por licitación pública con fondos del Estado. García emitió decre­tos de urgencia que permitieron eso”.

Y hay 4,000 folios que habrá que estudiar.

Eso es lo que queda del Apra.

Por más que griten, insulten o ame­nacen: lo que queda del Apra son va­rios expedientes judiciales, un aboga­do mañoso, un grupo de congresistas aliados con el fujimorismo. García había edificado su leyenda. El partido no tenía la suya. Lo único que puede hacer ahora el Apra es aferrarse al mito de un García que ignoraba la podre­dumbre de sus funcionarios, allegados y testaferros. Lo que quiere decir que, aun muerto, García los sigue manipu­lando. Esto significa también que para salvar la farsa de la inocencia alanista el Apra tendrá que usar los mismos argumentos que sus seguidores izaron para limpiar a Alberto Fujimori: que no sabía nada de lo que hacían sus entenados y secuaces. Por eso el Apra y el fujimorismo parecen más hermanos que nunca. Esta será, probablemente, la última de sus convivencias.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 442, 26/04/2019  p.