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18 de noviembre de 2023

El horror, el horror

Chris Hedges

La masacre deliberada de los más indefensos

Doha, Catar.- Me encuentro en el estudio del servicio árabe de Al Jazeera visionando una transmisión en directo desde la ciudad de Gaza. Debido al intenso bombardeo israelí, el reportero de Al Jazeera se vio obligado a trasladarse al sur de Gaza. Pero dejó atrás su cámara, enfocada hacia el hospital Al-Shifa, el mayor complejo médico de Gaza. Es de noche. Los tanques israelíes disparan directamente hacia el complejo hospitalario. Largos destellos rojos horizontales. Un ataque deliberado contra un hospital. Un crimen de guerra deliberado. Una masacre deliberada de los civiles más indefensos, incluidos los más enfermos y los bebés. En ese momento la señal se corta.

Seguimos sentados frente a los monitores, en silencio. Sabemos lo que eso significa. No hay electricidad. No hay agua. No hay Internet. No hay suministros médicos. Todos los bebés de la incubadora morirán. Todos los pacientes de diálisis morirán. Todos los de la unidad de cuidados intensivos morirán. Todos los que necesitan oxígeno morirán. Todos los que necesiten cirugía de emergencia morirán. ¿Y qué ocurrirá con las 50.000 personas que, expulsados de sus casas por los incesantes bombardeos, han buscado refugio en los terrenos del hospital? También sabemos la respuesta a eso. Muchos de ellos también morirán.

No hay palabras para expresar lo que estamos presenciando. En las cinco semanas de horror, esta es una de las cúspides del horror. La indiferencia de Europa ya es bastante mala.  La complicidad activa de Estados Unidos es inconmensurable. Nada justifica esto. Nada. Y Joe Biden pasará a la historia como cómplice de genocidio. Que los fantasmas de los miles de niños en cuyo asesinato ha participado le persigan el resto de su vida.

Israel y Estados Unidos están enviando un mensaje escalofriante al resto del mundo. El derecho internacional y el derecho humanitario, incluidas las Convenciones de Ginebra, son mero papel mojado. No se aplicaron en Iraq. No se aplican en Gaza. Pulverizaremos vuestros barrios y ciudades con bombas y misiles. Asesinaremos sin motivo a vuestras mujeres, niños, ancianos y enfermos. Estableceremos bloqueos para provocar el hambre y la propagación de enfermedades infecciosas. Vosotros, las «razas inferiores» de la tierra, no importáis. Para nosotros sois alimañas a extinguir. Lo poseemos todo. Si intentáis arrebatárnoslo, os mataremos. Y nunca tendremos que rendir cuentas.

No somos odiados por nuestros valores. Somos odiados porque no tenemos valores. Somos odiados porque solo aplicamos las reglas a los demás, no a nosotros mismos. Somos odiados porque nos hemos arrogado el derecho a realizar matanzas indiscriminadas. Somos odiados porque somos despiadados y crueles. Somos odiados porque somos hipócritas, porque hablamos de la protección de los civiles, el imperio de la ley y el humanitarismo mientras acabamos con la vida de cientos de personas cada día en Gaza, incluyendo 160 niños.

Israel reaccionó escandalizado y con indignación cuando se le acusó de bombardear el hospital árabe cristiano Al Ahli de Gaza, que dejó cientos de muertos. El bombardeo, según Israel, procedía de un cohete errante disparado por la Yihad Islámica Palestina. No hay nada en el arsenal de Hamás o de la Yihad Islámica que pudiera haber replicado la enorme potencia explosiva del misil que impactó en el hospital. Quienes como reporteros hemos cubierto Gaza, hemos oído tantas veces este truco de Israel que resulta ridículo. Siempre culpan a Hamás y a los palestinos de sus crímenes de guerra, y ahora intentan argumentar que los hospitales son centros de mando de Hamás y, por tanto, objetivos legítimos. Nunca aportan pruebas. El ejército y el gobierno israelíes mienten tanto como respiran.

Médicos sin Fronteras (MSF), que tiene personal trabajando en Al-Shifa, ha emitido un comunicado en el que afirma que pacientes, médicos y enfermeras están “atrapados bajo el fuego dentro del hospital”. Solicitan al gobierno israelí que “detenga este ataque despiadado al sistema de salud de Gaza”.

«En las últimas 24 horas, los hospitales de Gaza han sufrido bombardeos incesantes. El complejo hospitalario de Al-Shifa, el mayor centro de salud en el que sigue trabajando el personal de MSF, ha sido alcanzado en varias ocasiones, incluidos los departamentos de maternidad y consultas externas, lo que ha provocado múltiples muertos y heridos», señala el comunicado. «Las hostilidades en torno al hospital no han cesado. Los equipos de MSF y cientos de pacientes siguen dentro del hospital de Al-Shifa. MSF reitera urgentemente sus llamamientos para que cesen los ataques contra hospitales, para un alto el fuego inmediato y para la protección de las instalaciones médicas, el personal médico y los pacientes.»

Otros tres hospitales del norte de Gaza y de la ciudad de Gaza están cercados por fuerzas y tanques israelíes; razón tenía un médico que declaró a Al Jazeera: “es un día de guerra contra los hospitales.» Al parecer, el Hospital Indonesio también se ha quedado sin electricidad. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) informa de que 20 de los 36 hospitales de Gaza ya no funcionan.

El cinismo de Israel y Washington es impresionante. Nada les diferencia. Washington sólo quiere que se haga rápido. ¿Corredores humanitarios?  ¿Pausas en los bombardeos? Son un modo de facilitar la despoblación total del norte de Gaza. ¿El puñado de camiones de ayuda autorizados a atravesar la frontera de Rafah con Egipto? Un truco de relaciones públicas. Sólo hay un objetivo: matar, matar, matar. Cuanto más rápido, mejor. De lo único que hablan los funcionarios de Biden es de lo que vendrá después, una vez que Israel haya terminado de diezmar Gaza. Saben que la matanza de Israel no terminará hasta que los gazatíes vivan a la intemperie sin refugio en la parte sur de la Franja y mueran por falta de alimentos, agua y atención médica.

Antes de la incursión terrestre de Israel, Gaza era uno de los lugares más densamente poblados del planeta. Imagínese lo que ocurrirá con 1,1 millones de gazatíes del norte amontonados sobre más de 1 millón del sur. Imagine lo que ocurrirá cuando enfermedades infecciosas como el cólera se conviertan en epidemia.  Imagine los estragos del hambre. Todo ello aumentará la presión para hacer algo. Y ese algo, espera Israel, será empujar a los palestinos a través de la frontera hacia el Sinaí en Egipto. Una vez allí, nunca regresarán. La limpieza étnica de Gaza por parte de Israel será completa.  Comenzará la limpieza étnica de Cisjordania.

Este es el demencial sueño de Israel. Para lograrlo, harán Gaza inhabitable.

Pregúntese: si usted fuera palestino en Gaza y tuviera acceso a un arma, ¿qué haría? Si Israel matara a su familia, ¿cómo reaccionaría? ¿Por qué iba a importarle el derecho internacional o humanitario cuando sabe que sólo se exige su aplicación a los oprimidos, no a los opresores? Si el terror es el único lenguaje que Israel utiliza para comunicarse, el único que aparentemente entiende, ¿no respondería con terror?

La orgía de terror de Israel no aplastará a Hamás. Hamás es una idea, una idea alimentada con la sangre de los mártires. Israel está proporcionando a Hamás un abundante suministro.

Chris Hedges. Periodista estadounidense ganador del Premio Pulitzer. Fue durante 15 años corresponsal en el extranjero para The New York Times, ejerciendo como jefe para la oficina de Oriente Próximo y la  de los Balcanes

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://chrishedges.substack.com/p/the-horror-the-horror?utm_source=post-email-title&publication_id=778851&post_id=138790261&utm_campaign=email-post-title&isFreemail=true&r=5a58j&utm_medium=email


6 de noviembre de 2023

Genocidio en vivo

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Daniel Espinosa

Ya van 27 días de horror. Los palestinos están siendo barridos de la Franja de Gaza a punta de bombardeos que pretenden desplazarlos hacia el Sinaí egipcio, donde el régimen de Benjamín Netanyahu se encargará de que permanezcan indefinidamente. Una vez cruzado el paso sureño de Rafah, no se les permitirá volver y la limpieza étnica que estamos presenciando en vivo y en directo quedará consumada.

A casi un mes de iniciado este nuevo capítulo de la catástrofe palestina, el conteo de muertos se abulta –acercándose a los 10,000–, los misiles alcanzan hospitales, mezquitas, centros para refugiados y escuelas, y uno se pregunta cuántos miles de niños más tendrán que ser masacrados para que se detenga este genocidio tan occidental, autorizado por los Estados Unidos del demócrata Joe Biden y alentado por la Unión Europea de la demócrata cristiana Úrsula von der Leyen. Las crudas imágenes que salen de Gaza –con enorme dificultad debido a toda clase de abusivos bloqueos– dan muestra de que la humanidad sigue extraviada en las mismas junglas de siempre, sin un derecho ni una justicia internacionales que se apliquen a todos por igual.

En cambio, el “orden basado en reglas” que Occidente impone vuelve a convertirse en un baño de sangre inocente y los crímenes de guerra se multiplican.

NACIÓN RENEGADA

Sin embargo, el brutal avance israelí sobre Gaza debe encarar una derrota indeleble en otro frente: el de la opinión pública global. En París, Washington y Londres, cientos de miles salieron el último fin de semana a las calles a mostrar su apoyo a los palestinos, dándoles la contra a sus respectivas élites y desafiando a unas fuerzas del orden cada día más censuradoras y represivas. El último sábado, en la terminal de trenes más importante de Nueva York, miles de judíos le dijeron a Israel “no en mi nombre”. Otros cientos de miles se manifiestan en contra del genocidio en curso en decenas de ciudades alrededor del mundo, sumándose a multitudes que ya han superado ampliamente el millón de personas.

Esta respuesta popular trae a la memoria las marchas en contra de la invasión de Irak, de 2003, igualmente masivas. La opinión de toda esa gente importaría muchísimo si viviéramos en verdaderas democracias. No importó en cuanto a Irak y no importa lo suficiente ahora en cuanto a Palestina, que se prepara para una incursión terrestre.

En Naciones Unidas, el secretario general Antonio Guterres tuvo la audacia de salirse del libreto para señalar un par de obviedades, como que el ataque de Hamás del 7 de octubre “no sucedió en el vacío”, o que “los palestinos han estado sujetos a 56 años de sofocante ocupación”. Pudo haber sido más tajante –el portugués se limitó a aportar un poco de ese contexto que el aparato de propaganda occidental suele omitir–, pero su breve transgresión a la regla tácita de jamás criticar a Israel igual se tradujo en sendas pataletas. El ministro de exteriores de Netanyahu canceló una cita con Guterres y el embajador israelí para Naciones Unidas amenazó con negarles visas a los representantes del organismo.

Israel es lo que Noam Chomsky llamó una “nación renegada” (rogue state). No está acostumbrado a seguir las reglas y tampoco tolera recriminaciones. Las últimas declaraciones de varios de sus líderes dan muestra de una gran arrogancia, pero también sugieren que su establishment político y sus aliados internacionales viven en una realidad distinta, algo oscurantista y predemocrática. La retórica fascistoide ha recrudecido debido al frenesí guerrerista israelí, pero no es excepcional. En 2018, la cuenta de Twitter del primer ministro israelí publicó este mensaje que hace acordar a las cavernas: “El débil se derrumba, es asesinado y borrado de la historia, mientras que el fuerte, para bien o para mal, sobrevive. El fuerte es respetado y se hacen alianzas con él, y al final la paz se hace con el fuerte”.

El pasado 10 de octubre, el vocero de las Fuerzas de Defensa de Israel, Daniel Hagari, dijo que “cientos de toneladas de bombas” ya han sido arrojadas sobre la Franja, añadiendo sin sonrojarse que “el énfasis no está puesto en la exactitud sino en la destrucción”. Unos días antes, Ariel Kellner, miembro del Parlamento israelí e integrante del Likud de Netanyahu, ya había dicho lo siguiente: “Ahora, un único objetivo: ¡Nakba! Una Nakba que haga palidecer a la de 1948” (la Nakba fue la catastrófica expulsión de unos 700,000 palestinos de sus pueblos; muchos de ellos terminaron en Gaza).

Por si eso fuera poco, el mismísimo presidente de Israel, Isaac Herzog, ya había acusado a todos los palestinos de ser cómplices de las acciones terroristas de Hamás. “La retórica sobre civiles que no están conscientes o involucrados (con Hamás)”, dijo el pasado 14 de octubre, “es totalmente falsa”. El consiguiente castigo colectivo –otro crimen de guerra reñido con el derecho internacional– también es una institución israelí: cuando un palestino es acusado de “terrorismo”, todos sus allegados pueden ser castigados sumariamente mediante la demolición del domicilio familiar.

A la matonería sionista hay que sumar la de los radicales estadounidenses, como el senador Lindsey Graham, que le dijo a Fox News que “nos encontramos en una guerra religiosa. Estoy con Israel. Hagan lo que demonios sea necesario para defenderse. Aplanen el lugar”. La congresista republicana Marjorie Taylor Greene tuiteó: “Cualquiera que esté a favor de Palestina está a favor de Hamás”. Esa es la premisa que varios gobiernos del mundo “libre” están usando para intentar limitar las manifestaciones civiles en defensa de Palestina, aunque la retórica usada por políticos como Emmanuel Macron no suele ser tan abiertamente homicida como la de los republicanos estadounidenses. La cosa no pinta mucho mejor del lado demócrata (o laborista, en el caso británico): tanto Bernie Sanders como Keir Starmer, cabezas del “progresismo” a ambos lados del Atlántico Norte, están siendo duramente criticados por sus posiciones prosionistas.

El periodista británico Chris McGreal, quien cubrió el genocidio de Ruanda, dice que el lenguaje con el que Israel viene acompañando la demolición de Gaza le resulta dolorosamente familiar (“The Guardian”, 16/10/23). Otro periodista, Wael al Dahdouh, perdió a su familia el último 13 de octubre por obra de los misiles israelíes. El hombre de la cadena catarí “Al Jazeera”, una de las pocas empresas de noticias de gran envergadura con sucursal en la Franja, volvió a su puesto solo dos días después de la tragedia que acabó con la vida de su esposa, su hija y su nieto. “Al Jazeera” se ha vuelto una piedra en el zapato occidental y, por eso, el secretario de Estado de EE. UU., Antony Blinken, recientemente le pidió al gobierno catarí que le “baje el tono” a su cadena de noticias.

La censura viene de todos lados: cuando no son los representantes de los gobiernos del “mundo libre” los que exigen censura, los mismos editores entran a tallar para imponer la línea proisraelí. En Alemania, Axel Springer –la corporación dueña del medio estadounidense “Politico” y del alemán “Die Welt”, entre otros– conminó a cualquier empleado que apoye la causa palestina a renunciar. Políticas parecidas también han afectado a la BBC, a la Associated Press, a “The Guardian” y a la CNN, que en 2018 ya había despedido al presentador de noticias Marc Lamont Hill por hablar en favor de una Palestina libre.

Lenguaje genocida y un periodismo que hace juramentos de lealtad. En momentos como estos, sale a relucir la bancarrota moral del “orden basado en reglas”.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 660 año 14, del 03/11/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/

1 de septiembre de 2022

Estados Unidos y su historia de crímenes de guerra (Parte II)

Fernando M. García Bielsa

Aunque el orden internacional existente se estableció bajo la hegemonía y, en buena medida, según sus conveniencias, Estados Unidos no dudará en ignorar las reglas estime que algún proceso o circunstancia puedan dañar sus intereses.

Esta potencia busca la impunidad y su sistema legal es además inadecuado para fijarle a los criminales las merecidas penas. En el caso de escándalos en el marco militar la regla y el empeño es acudir al encubrimiento de la verdad.

Refirámonos solo a algunos hechos.

En la Segunda Guerra Mundial, durante la liberación de Francia y la ocupación de Alemania, ocurrieron de manera regular violaciones de mujeres y ejecuciones masivas de combatientes capturados.

Los archivos secretos de tiempos de guerra que se hicieron públicos recién en 2006, aunque a todas luces hacían un recuento parcial, revelan que los soldados estadounidenses cometieron cientos de delitos sexuales en Europa, incluidas 126 violaciones en Inglaterra, entre 1942 y 1945. Un estudio de Robert J. Lilly estima que durante la Primera Guerra Mundial un total de 14.000 mujeres civiles en Inglaterra, Francia y Alemania fueron violadas por soldados estadounidenses.

También múltiples abusos fueron cometidos por las tropas estadounidenses de ocupación en Japón. Mencionemos solo la violación generalizada de mujeres por parte de militares estadounidenses. Académicos estiman que solo en Okinawa hasta 10.000 mujeres pueden haber sido violadas. Aunque muchos de estos crímenes no fueron denunciados o fueron ignorados, se reveló que 1.336 violaciones se perpetraron durante los primeros 10 días de la ocupación de la prefectura de Kanagawa tras la rendición japonesa.

De manera similar, durante la Guerra de Corea fueron cometidos abusos de todo tipo, ejecuciones sumarias de prisioneros y asesinatos de civiles indefensos. Apuntemos solo a la masacre de No GunRi, donde ocurrió la matanza masiva de un número indeterminado de refugiados surcoreanos por parte de soldados estadounidenses del 7º Regimiento de Caballería (y en un ataque aéreo yanqui) entre el 26 y el 29 de julio de 1950 en un puente ferroviario cerca del pueblo de Nogeun-ri, 160 km al sureste de Seúl.

En 2005, respecto a esa masacre, el gobierno de Corea del Sur certificó los nombres de 163 muertos o desaparecidos (en su mayoría mujeres, niños y ancianos) y 55 heridos. Aclararon que no se reportaron los nombres de muchas otras víctimas. La Fundación para la Paz No GunRi, financiada por el gobierno de Corea del Sur, estimó en 2011 que entre 250 y 300 personas murieron. Fueron más altas las estimaciones de los sobrevivientes de aquellos hechos.

La agresión contra Vietnam

58 mil estadounidenses y unos tres millones de vietnamitas murieron en aquel conflicto, incluyendo centenares de miles de civiles. Por miles se podrían citar los crímenes de guerra cometidos por las tropas estadounidenses.

John Kerry, veterano de aquella guerra quien llegaría a ser senador y Secretario de Estado del gobierno de Obama, compareció en abril de 1971 ante un Comité del Senado y dijo “mi testimonio cubre la demolición de aldeas y arrojar de un avión a sospechosos del Vietcong después de atarlos y amordazarlos… Incluye la quema de aldeas con civiles en ellas, el corte de orejas y cabezas, la tortura de prisioneros… y el uso de artillería contra poblados indefensos, destrucción de propiedades y ganado vietnamita, el uso de agentes químicos…

De entre centenares de hechos criminales acaecidos y de la impunidad resultante, menciono aquí a modo de ejemplo la masacre de MyLai. Fue el asesinato en masa de 504 ciudadanos desarmados en Vietnam del Sur, casi en su totalidad civiles, la mayoría de ellos mujeres y niños, realizado por soldados estadounidenses de la Compañía C del Primer Batallón, 11ª Brigada de la 23 División de Infantería (estadounidense), el 16 de marzo de 1968. Algunas de las víctimas fueron violadas, golpeadas, torturadas o mutiladas, y algunos de los cuerpos fueron encontrados mutilados. La masacre tuvo lugar en las aldeas de M?Lai y MyKhe del pueblo de SonM? durante la Guerra de Vietnam.

De los 26 soldados estadounidenses acusados inicialmente de delitos penales o crímenes de guerra por acciones en MyLai, solo William Calley fue condenado. Sancionado inicialmente a cadena perpetua, Calley vio reducida su sentencia a diez años, luego fue liberado después de solo tres años y medio bajo arresto domiciliario.

Otro de los más grandes crímenes, mencionado por Kerry, fue el uso masivo e indiscriminado de agentes químicos contra la población y para desfoliar el país, en particular el uso del llamado agente naranja. De ese agresivo compuesto químico se rociaron decenas de millones de litros para defoliar los densos bosques del país en un intento de descubrir los escondites y las rutas de suministro del Vietcong.

Desde 1961 hasta 1973, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos arrojó aproximadamente 81 000 000 de litros de diversos productos químicos en Vietnam, Laos y Camboya. Más del 60% de esto fue el Agente Naranja. Las acciones del ejército de los EE. UU. para envenenar a estos países y a su gente siguen siendo uno de los mayores crímenes de guerra desde la Segunda Guerra Mundial.

El agente naranja sigue pudriendo los suelos de Vietnam y afectando la salud 50 años después. La exposición a corto plazo a la dioxina puede causar deformaciones. Deficiencias inmunológicas, problemas hepáticos y enfermedades graves de la piel y labios leporinos, entre otros. Además, la dioxina está relacionada con la diabetes tipo 2, la disfunción del sistema inmunitario, los trastornos nerviosos, la disfunción muscular, la alteración hormonal y las enfermedades cardíacas.

Afganistán (Libia, Iraq, Siria y todo el Oriente Medio y el norte de África)

Me referiré al primero de esos países, donde Estados Unidos libró su guerra más prolongada. En esos veinte años fueron incontables los abusos, el saqueo y otras fechorías mezclados con una inmensa corrupción de las tropas y las estructuras de ocupación. Como en toda esa región lo que generaron fue el caos y una mayor polarización e inestabilidad.

Posteriormente, la Comisión de Derechos Humanos de NN.UU. instó, especialmente a EE.UU. y el Reino Unido, a que abrieran investigaciones para investigar posibles homicidios ilegítimos cometidos por sus fuerzas en Afganistán. Además de los asesinatos de civiles, también hay muchas denuncias sobre la tortura, el maltrato y el asesinato de prisioneros por parte de las fuerzas estadounidenses en Afganistán.

La Corte Penal Internacional [CPI] dijo que tenía suficiente información para probar que las fuerzas estadounidenses habían «cometido actos de tortura, trato cruel, ultrajes a la dignidad personal, violación y violencia sexual» en Afganistán en 2003 y 2004. Pero hasta ahora, ningún caso se ha abierto en gran parte debido a la obstrucción y negativa a cooperar de los Estados Unidos (que no es miembro de esa corte internacional). Incluso EE.UU. también impuso sanciones a la CPI cuando inició una investigación sobre las atrocidades de guerra de EE.UU. en Afganistán.

El proyecto Costs of War de la Universidad de Brown estima que más de 46.000 civiles afganos perdieron la vida durante la guerra más larga en la historia de Estados Unidos. El ataque con drones errantes del 29 de agosto no fue la primera vez que civiles afganos – en el camino de pastar ganado o recolectar leña – mueren en ataques con tales artefactos bajo la amplia bandera de la guerra contra el terrorismo.

Quedan fuera del recuento la brutalidad de las tropas yanqui durante muchas de sus aventuras en otros confines, los bombardeos a mansalva sobre Belgrado y otras poblaciones serbias de consumo con la OTAN y sin el visto bueno de Naciones Unidas, su apoyo a los continuos crímenes de Israel contra el pueblo palestino, el contubernio con Arabia Saudita cuando se masacra al pueblo yemenita, y mucho más.

Caben pocas dudas para calificar a los Estados Unidos como el mayor perpetrador de crímenes de guerra, tanto por su número como por su envergadura. A lo largo de su existencia, esa potencia ha cometido muchas atrocidades que nunca reciben la misma atención de los medios y de varias instituciones internacionales que las masacres que cometen sus enemigos.


Enlace a la primera parte: 
https://www.leerydifundir.com/2022/08/estados-unidos-historia-crimenes-guerra-parte-i/

30 de agosto de 2022

Estados Unidos y su historia de crímenes de guerra (Parte I)

Fernando M. García Bielsa

A la luz de los 77 años del bombardeo nuclear en Hiroshima y Nagasaki. ¿Fue una anomalía aquella acción del gobierno de Estados Unidos? ¿O ha sido más bien una regla la comisión de crímenes de guerra en el devenir histórico de esa potencia?

Autorizado por el “honorable presidente” Harry Truman, a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945 un avión estadounidense lanzó sobre la población civil de la ciudad japonesa de Hiroshima una bomba de uranio con potencia explosiva de 16 kilotones, equivalente a 1600 toneladas de dinamita. Acabó instantáneamente con la vida de unas 66,000 personas y causó luego la muerte de otros 140.000 seres humanos.

En sus cálculos criminales y geopolíticos no les bastó ese hecho de inmensa brutalidad, y tres días después, otra bomba nuclear, esta vez cargada de plutonio, fue lanzada sobre la ciudad de Nagasaki, destruyéndola y causando otras 70 000 muertes instantáneas.

A ellos hay que sumar otros centenares de miles de decesos por problemas de salud, lesiones y secuelas relacionados con las bombas y la radioactividad, de acuerdo con datos de la ONU. Murieron en las semanas y meses subsiguientes como resultado de las quemaduras, las radiaciones. Muchos más quedaron afectados como portadores de un gen propenso al cáncer, lo cual ha afectado a sus descendientes. Además, agua, aire y tierra se contaminaron con las secuelas radioactivas, enfermando por décadas a quienes bebieran o se alimentaran con productos de la zona. Los efectos secundarios permanecieron por años, y aún están presentes.

Aquellas acciones criminales, la decisión de lanzar ambas bombas, tuvo lugar cuando ya se había producido la rendición incondicional de la Alemania nazi, y se sabía que la URSS estaba por iniciar una poderosa ofensiva en el lejano oriente que ponía en jaque a los japoneses, quienes buscaban desesperadamente un camino hacia la rendición inevitable.

En marzo de 1945 los japoneses ya habían perdido cerca de medio millón de vidas. Los estadounidenses habían destruido parte de Tokio con sus bombas de napalm M69, con un saldo de alrededor de 80 mil muertos y un número similar de heridos.

“Las usamos – dijo justificativamente entonces Truman refiriéndose a ambas bombas nucleares – para acortar la agonía de la guerra, para salvar la vida de miles y miles de jóvenes estadounidenses…”. Por otra parte, el general Dwight Eisenhower años después hizo un dictamen distinto: “Los japoneses estaban listos para rendirse y no hacía falta golpearlos con esa cosa horrible”.

Según respetados expertos, el frío cálculo geopolítico y la principal razón de usar la bomba fueron para forzar a los líderes japoneses a que se rindieran antes de que los soviéticos entraran a la guerra en el oriente.

Ahora bien ¿fue una anomalía aquella acción del gobierno de Estados Unidos? ¿O ha sido más bien una regla la comisión de crímenes de guerra en el devenir histórico de esa potencia?

Muchos de esos crímenes son inducidos desde la distancia, generando la destrucción y el caos a miles de kilómetros de sus costas, a veces con zarpazos directos, pero crecientemente junto con sus supeditados “aliados” europeos o asiáticos o por mediación de estos. En buena medida Estados Unidos logra y se beneficia de cierta impunidad, y del tratamiento hasta cierto punto indulgente y a veces cómplice de muchos de los medios de prensa.

Con la llamada y manipulada “guerra contra el terrorismo”, desde 2001 Estados Unidos generó un nuevo ciclo de muerte y de ganancias de la industria militar, y ha sobrepasado el número de víctimas de aquellos terribles bombardeos contra dos ciudades japonesas en 1945.

Los crímenes contra la población originaria.

Todo empezó mucho antes. La violencia y la guerra son consustanciales al ser estadounidense. Las acciones violentas de los colonos, las guerras libradas por las tropas federales contra los indios nativos de Norteamérica, así como las repetidas fechorías y masacres contra los mismos durante la expulsión de sus tierras ancestrales hacia lejanos territorios del oeste incluye, pero en cierto sentido sobrepasa, el concepto de crímenes de guerra.

Las matanzas e intentos de aniquilar a los nativos norteamericanos concuerdan plenamente con la definición de genocidio de las leyes internacionales vigentes.

Según los registros históricos y los informes de los medios, desde su fundación, Estados Unidos ha privado sistemáticamente a los indígenas de sus derechos a la vida y los derechos políticos, económicos y culturales básicos a través de asesinatos, desplazamientos y asimilación forzada, en un intento de erradicar física y culturalmente ese pueblo, a esas etnias. Incluso hoy en día, los indios nativos aún enfrentan una grave crisis existencial.

Los sobrevivientes de las naciones indígenas derrotadas fueron internados en reservas, en terrenos áridos; les fueron arrebatados muchos de sus hijos y enviados a internados y casas de pensión, donde sus cabellos fueron cortados y sus lenguas y ceremonias fueron desterradas, en una especie de genocidio cultural. Durante décadas perduró la práctica de fragmentar muchas familias indias y entregar a sus hijos en adopción.

Ellos debieron vivir y presenciar una profunda transformación de su entorno: muchas de sus tierras fueron apropiadas por especuladores blancos; colonos y ganaderos que se asentaban a sangre y fuego despejaban sus cotos de caza, seguido por la ruda huella del progreso: terrenos cercados, carreteras, embalses, perforaciones mineras, ferrocarriles, tendidos eléctricos, nuevos poblados, campos petroleros, etc.

En las praderas del Medio Oeste, cientos de especies de pastos y bosques fueron reemplazadas por monocultivos de soya y maíz o dedicadas a construir embalses sin permiso de las tribus.

Las estadísticas revelan que, desde su independencia en 1776, el gobierno de los EE. UU. lanzó más de 1500 ataques contra las tribus autóctonas, masacrando a los indígenas, tomando sus tierras y cometiendo innumerables crímenes brutales. El 27 de marzo de 1814, unos 3000 soldados atacaron a los indios Creek en Horseshoe Bend, Territorio de Mississippi. Más de 800 guerreros y pobladores creek fueron masacrados.

Entre los crímenes más notorias también está la Masacre de Bear River en 1863, en Idaho, donde mataron a 350 integrantes de la “nación” Shoshone, o la del 29 de diciembre de 1890, cerca de WoundedKnee Creek, en Dakota del Sur.

Al inicio de la colonización en 1619 cerca de dos millones de nativos habitaban lo que hoy es el territorio estadounidense. En los tres siglos subsiguientes muchos perecieron no solo por patógenos y enfermedades, sino principalmente por la violencia de los colonos y las tropas federales para arrebatarles sus tierras y en la expansión hacia el oeste. Se calcula que hacia 1900 solo uno de cada diez nativos sobrevivían, menos de 240 mil, luego de los brutales exterminios del siglo XIX. Por entonces primaba el lema de que solo los indios muertos son los indios buenos (only dead Indians are good Indians).

Es bastante conocido que en la inmensa mayoría de las reservaciones la esperanza de vida está por debajo de muchos países del tercer mundo; los índices de pobreza y desempleo en las mismas suelen ser del 40% o más; prima el alcoholismo y la dependencia de la asistencia social; sufren altas tasas de mortalidad infantil y bajo peso al nacer, así como más bajos niveles de educación y menores lapsos de vida que los blancos.

La proyección imperial mediante la guerra.

Desde su fundación en 1776 solo durante 17 años ese país no ha estado inmerso en conflictos armados. En buena parte de ellos ha sido evidente la recurrencia a la comisión de crímenes de guerra en el contexto de la pretensión de dominio global y del uso de la fuerza, particularmente en los dos últimos siglos.

La política exterior arrogante y agresiva, y la generación de tensiones bélicas no es coyuntural ni depende en lo fundamental de quién habite la Casa Blanca. En la misma se relega la diplomacia y lo multilateral para enfocarse en la intimidación y la fuerza.

Esta es acompañada por campañas de generación de terror, basadas en una muy alta tecnología militar, operaciones encubiertas, aviones no tripulados, la externalización de las labores de combate con el empleo masivo de mercenarios y ejércitos subalternos, y el uso de alrededor de 800 bases e instalaciones militares en el exterior en más de 130 países, desde muchas de las cuales, unidades de Fuerzas Especiales de EE.UU. efectúan acciones ‘quirúrgicas’ letales y cacerías humanas.

Es imposible recoger aquí la totalidad, ni siquiera el grueso de las situaciones, en las cuales Estados Unidos se ha visto involucrado y ha cometido despiadados crímenes de guerra, pero se puede afirmar sin dudas que ese país es el mayor perpetrador de tales horrendos abusos y aberraciones.

[Continuará.]