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31 de marzo de 2024

El agua continua orada la piedra

 

Gustavo Espinoza M.

Hay dos grandes, y graves, problemas que agobian el escenario de hoy en nuestro país: la ley de Deforestación  alentada por el Gobierno y la privatización del agua, programada por iniciativa y presión del neoliberalismo en curso,  dócilmente acatado por Dina Boluarte  y el empresariado, empeñados en obtener nuevos ingresos a partir de la explotación  inicua de las necesidades de la población.

La deforestación anunciada mata los bosques, afecta severamente la biodiversidad, asesta  duros golpes al ecosistema y perjudica sobre todo a las poblaciones originarias y a su modelo de vida. Y lo hace en provecho de unas cuantas empresas empeñadas en succionar la riqueza de la tierra o impulsar asociaciones mercantiles en el sector.

Y la privatización del agua registra cambios de primer nivel, porque no se trata tan sólo de afectar el líquido que cae por las tuberías en los predios urbanos. La privatización afecta las fuentes: las lagunas, los ríos, las vertientes originarias del agua y los recipientes naturales situados en las zonas alto andina. También, por cierto, tiene el mismo carácter. Se orienta a convertir este requerimiento humano en una mercancía en provecho   de grandes consorcios.

A estos retos hay que sumar los asuntos casi cotidianos que derivan de las acciones del poder, graficadas en las decisiones del Congreso de la República y en las acciones de los írritos representantes del Poder Ejecutivo.

 Por ambas vías el pueblo recibe agresiones cotidianas que colman la paciencia de millones. Por eso, bien puede decirse ahora que la gota continua orada la piedra. Cada vez más la gente grita, a conciencia: ¡Basta ya…!

Lo más reciente ha sido -en el plano legislativo- la guadaña que cortara cabezas a la Junta Nacional de Justicia en forma ilegal y abusiva. De hecho, se tiene criticas fundadas contra organismos de ese género,  pero no se puede convalidar abusos de poder como el de permitir votar a miembros de la Comisión Permanente en el Pleno cuando no lo tienen ni sancionar por delitos inexistentes a unos y cobijar las acciones dolosas de otros.

La misma inhabilitación de la congresista María Cordero se explica tan sólo como una maniobra en favor de fuerza popular asegurándole un voto más para sus entuertos. Solo así se explica el que de 10 congresistas acusados de lo mismo, 9 hayan sido “blindados” por la “mayoría” y sólo ella, sea sancionada.

Y por el lado del Ejecutivo, a la “muerte súbita” de Alberto Otárola por un asunto de faldas, se ha sumado la excentricidad de Dina Boluarte, coleccionista no sólo de cadáveres, sino también de relojes. Al decir de la Fiscalía, son 15 los accesorios de “alta gama” que guarda la “Dama de yerro”, que yerra una vez más.

Aunque hoy no lo parezca, resulta obvio que en cualquier momento esto va a estallar como un caldero. Si no existe una vanguardia que sea capaz de liderar las inquietudes populares, la situación habrá de derivar en la anarquía, pero, en todo caso, no seguirá “todo como está”. Eso es seguro.

Los teóricos de la política hablan de una “situación revolucionaria”. Ella se produce cuando “los de arriba” no pueden seguir gobernando como antes; y “los de abajo” no aceptan seguir siendo sometidos como siempre. En otras palabras, “los de arriba no pueden y los de abajo no quieren” seguir como antes.

Eso es lo que produce una “crisis de poder”, Pero no toda crisis culmina en una revolución. Antonio Gramsci decía que “cuando lo viejo se muere y lo nuevo tarde en aparecer,  es cuando surgen los monstruos” 

Para que se produzca una revolución es indispensable que confluyan dos factores: los objetivos, y los subjetivos. Los primeros, tienen que ver con la situación real de las masas y el nivel que alcanzan en ella las contradicciones de clase. Los segundos, con el grado de preparación que muestren las fuerzas empeñadas en alentar y promover el cambio: la vanguardia.

Por eso es indispensable que quienes busquen realmente jugar un papel protagónico en la lucha de nuestro pueblo, busquen sobre todo llegar a la conciencia de los trabajadores y el pueblo, Pero hacerlo con un mensaje político, y no sólo con un esquema de orden sindical y reivindicativo. José Carlos Mariátegui, en torno a la materia, era bastante claro y directo: “un proletariado sin más ideal que luchar por el salario y las condiciones de trabajo será siempre incapaz de emprender una tarea histórica”.

Vale decir, no basta pelear por el Pliego. Hay que combatir contra la sociedad capitalista y burguesa y buscar reemplazarla por otra, la sociedad socialista. Puede sonar lejana ella, pero es real y existe.

Cualquier cambio que sirva para debilitar el orden social imperante constituye un avance del movimiento popular. Ayuda a nutrir la conciencia de clase, pero también a organizar y elevar la capacidad de entendimiento y comprensión de los trabajadores.

Por lo demás, la revolución social no se decreta ni se espera. El poder popular se construye en la medida que se afirma el papel de los trabajadores y se consolida la fuerza del pueblo. Todo lo que desgate al enemigo fortalece nuestra trinchera, del mismo modo como todo lo que nos debilita sirve a nuestros adversarios. ¿Es difícil entenderlo? 

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

17 de marzo de 2023

Perú: El sepelio de los soldados

Gustavo Espinoza M.

Más allá de las versiones en torno a los sucesos de Juli e Ilave, las ceremonias fúnebres del 8 de marzo, adquirieron un carácter simbólico. La ausencia del alto mando militar y de las autoridades del Estado en las exequias de los uniformados, y la asistencia masiva de la población aimara; fueron la confirmación evidente de una verdad negada.

La Prensa Grande, y en particular la Televisión Peruana urdieron una mentira de almanaque, orientada a demostrar que los reclutas que perecieron ahogados en el río el domingo 5 de marzo fueron víctimas de los comuneros. Dijeron sin ambages que “una turba de pobladores” los acosó y persiguió con crueldad  hasta obligarlos a meterse al río “para salvarse”.

Para mostrar la “autenticidad” de la versión, la Tele convirtió en un sólo video dos hechos ocurridos en días diferentes, y en lugares distintos. La primera parte del video mostrado, correspondía al sábado 4 de marzo, y fue filmada en Juli. La segunda, recoge hechos ocurridos al día siguiente, el domingo 5, y fue tomada en Ilave. Por lo demás, los pobladores que aparecen en uno y otro video, son diferentes. Se trata en un caso, de comuneros de Juli y en el otro, de pobladores de Ilave. Por arte de magia, se “juntan” los dos videos, como una sola secuencia. Eso, descalifica todo.

El sábado 4, en efecto, los comuneros de Juli hostigaron a los soldados  y les enrostraron su presencia en una circunstancia en la que habían venido para “coordinar” acciones con la Policía Nacional, acusada por los pobladores de alevosos ataques a la ciudadanía. Los soldados, jaqueados por la multitud, huyeron, y se refugiaron en la Base Militar de la localidad. Hasta allí la población los siguió para hacerle sentir su rechazo. En esa circunstancia, efectivos de la Base hicieron uso de disparos, provocando heridas a 5 personas. Esa confrontación, sin embargo, concluyó allí.

Al día siguiente, ya en Ilave se produjo otro hecho. El escenario era distinto, como lo eran también tanto los comuneros, como los soldados. Allí, el Capitán Frisancho -hombre con antecedentes oscuros y  acusaciones penales- dispuso que sus soldados –“los perros”, los llamaba- “vadearan” el río portado mochilas, fusiles e indumentaria de combate. Como “las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones siendo el único responsable de las mismas el superior que las dicta”; los soldados acataron lo dispuesto, aunque algunos de ellos, no sabían nadar. “Vayan agarrados unos de otros por los brazos”, pareciera les dijo el autor de las órdenes, que cautelosamente, se quedó en la orilla.

Estando en el río, y ante la furia de la corriente y la extrema frialdad de las aguas, los uniformados se fueron soltando para quedarse en la libertad de nadar: La corriente los separó, y quienes no supieron desenvolverse ante esa contingencia, quedaron a la deriva y se ahogaron. Los Comuneros, ubicados en el cerro, gritaban consignas, pero no podían lanzar nada por la distancia que los separaba de los soldados. Percibieron, sin embargo, que estos se ahogaban y corrieron a auxiliarlos. Lograron salvar a 5, pero uno ya era cadáver, y otros habían desaparecido. Los encontraron luego fallecidos. La necropsia fue inapelable: hipotermia y muerte por ahogamiento

Vistas así las cosas, es meridianamente claro que la Televisión manipuló descaradamente los hechos y mintió a sabiendas con un propósito avieso: atribuir la culpa a los comuneros -“la turba”, como los llamó peyorativamente-. Pero si fue indigna la conducta de la Tele, peor fue el comportamiento de la cúpula castrense. Ella no debió comprometer opinión, sin investigar los hechos recurriendo a fuentes confiables. Y no debió avalar el operativo frustrado, dado su trágico desenlace. Optó sin embargo por transitar en contra de la verdad, y cargó contra los comuneros con una ligereza enfermiza. Los hechos le saltaron a la cara y demostraron la precariedad de su versión.

Es claro que el Jefe del Comando Conjunto de la Fuerza Armada no la tenía fácil. Juzgó su deber “salvar al Superior”, porque, obviamente, él es el Superior, y debe cuidar su propio pellejo. Pero, además, debió justificar el que los soldados no hubiesen hecho uso de sus armas. Y no podía admitirlo  porque no era necesario: no estaban amenazados por nadie. Si lo decía, se caía la versión de la Tele.

Buscó entonces jugar una partida a dos bandas. Por un lado “humanizar” a su tropa, asegurando que no iba a disparar contra el pueblo. Por otro, devolver la piedra que le lanzara Otárola en su deposición ante la Fiscalía. Allí, el Primer Ministro dijo emulando a Pilatos: “Los Mandos Militares no nos consultan sus Operativos”. El general, dijo aludiendo al gobierno: “no podemos hacer uso de las armas”. En otras palabras, nos exponen inermes.

Quizá si en otras circunstancias, un brulote como el urdido en torno al tema, hubiese sido aceptada por la ciudadanía. Pero ocurre que así como no hay crimen perfecto, tampoco hay mentira perfecta. Y hubo una pieza que hizo que cayera todo el andamiaje laboriosamente construido: la versión de Liubomir Fernández, corresponsal de la República, y el único que estuvo en Ilave la mañana del domingo 5, en las proximidades de los comuneros. El vio todo y describió todo. Nadie pudo desmentirlo. Por eso, lo odian.

A partir de allí, cayó el telón. Nadie del gobierno, llegó a los funerales;  y tampoco asomó el Mando Castrense. Las víctimas eran gente del pueblo, aimaras todos, hijos de comuneros y hermanos de comuneros. Por eso fueron enterrados en familia, en lo que Federico Engels llamara  “la familia extensa”, es decir la Comunidad entera .

Todo ello explica la infinita ira del Comando Conjunto de la FF.AA. que se expresó en un video torpe, venenoso y vengativo contra los comuneros; y el ataque físico al periodista Fernández. Finalmente, fue la voz de la impotencia la que habló, fusil en mano.

https://www.calameo.com/read/007287709645b3bc2c5e1

19 de agosto de 2022

Perú: El laberinto de Dédalo

Gustavo Espinoza M.

El laberinto  de Dédalo pertenece a la  mitología griega. Fue concebido y  diseñado para Minus, el  Monarca de Cnosos, y estuvo destinado a encerrar a una criatura  feroz con cabeza de hombre y cuerpo de toro, al que se le llamó Minotauro.

Aterrado por el canibalismo del monstruo así creado, el propio Minos, pidió a Dédalo que lo encerrara en un laberinto del que jamás pudiera salir. Solo él, conocería la ruta que podría liberar al   indómito Minotauro.

Desde entonces, la expresión referida a este mitológico laberinto, se asocia a situaciones en extremo confusas en las que impera el desorden y el caos artificialmente montado, pero que finalmente tiene una salida.  El asunto es que usualmente tampoco se sabe quién es el que tiene la posibilidad de conocerla. Eso, convierte a la historia, en una suerte de leyenda aún más enigmática y sugerente.  

El actual proceso político peruano puede asociarse a esta historia helénica. En efecto, un conjunto de acontecimientos han enredado una madeja, y la han tornado virtualmente insabible. Ella, sin embargo, tiene una salida. Y quien la encuentre, podrá liberar al país de ese laberinto aparentemente insondable, y en cuyas entrañas se tejen sortilegios y parodias.

El pasado jueves 11, Augusto Álvarez Ródrich tentando liberar al Minotauro, buscó una explicación a lo que consideró “un hecho positivo para el país” . Aseguró en efecto que, pese a las debilidades del gobierno de Pedro Castillo, en la práctica, el país “aún funciona”.

De ese modo, salió al frente, quizá sin proponerse, de la grita histérica de las Yarrow y las Chirinos que en el Congreso de la República claman sosteniendo que el Perú “se cae a pedazos” y que “nadie soporta más” a este gobierno.

El editorialista de la República, va más allá incluso. Añade que el Perú  “se desenvuelve con relativa normalidad”, pese a que  atraviesa por una “turbulencia política que no es de hoy, sino que se remite al más reciente lustro”, vale decir, a los últimos cinco años.

Para precisar el caso, habría que señalar entonces que desde que Keiko Fujimori se resistió a reconocer su  derrota electoral ante PPK -el 2016- asoma el caos que hoy devora a la sociedad peruana. ¿Dónde está Castillo, entonces?  ¿En qué radica su culpa?

Por lo pronto, lo ubica agobiado por el trance en el que se encuentra, y que no le permite pensar en los asuntos del país, debiendo concentrarse apenas en los temas referidos a su propia defensa y la de sus familiares más cercanos, acosados por la Fiscalía y la misma Prensa Grande. Todo esto –dice- “debe impedirle desempeñar apropiadamente el cargo que ocupa”.

Es de suponer, entonces, que si no tuviera estas amenazas, el Mandatario podría gobernar tranquilamente, y sin apremios, haciendo frente a los retos de nuestro tiempo.

Si no puede hacerlo hoy, la responsabilidad no es suya, sino de quienes le generaron los retos que ahora afronta: la “prensa grande”, ese tinglado de fiscales que lo acosa, y los portavoces de esa Mafia Neo Nazi que se desgañita sin freno alguno llenando al Jefe de Estado de procaces improperios.

En  los últimos días hemos podido apreciar un cúmulo de acontecimientos que no han hecho sino enturbiar aún más el turbulento escenario nacional. Como no ha ocurrido nunca en la historia social peruana, la DIVIAC allanó virtualmente la residencia de Palacio de gobierno para extraer de allí  por la fuerza a Jennifer Paredes, la hija putativa del Mandatario. Como éste, estaba ausente, la familia hizo una explicable resistencia, lo que retrasó un poco más de una hora el inicio del operativo.

Este, finalmente, tuvo lugar sin resultado alguno cuando Pedro Castillo lo autorizó. Finalmente, como todos saben, la requerida se presentó voluntariamente ante la Fiscalía como una manera de dar testimonio de su inocencia. Lilia, la esposa del Mandatario, asoma ya como la próxima víctima del Ministerio Público.

Es claro que el “allanamiento” de marras constituye un hecho inédito en la historia peruana, pero seguramente también en la de nuestro continente. Es de antología el empeño que algunos ponen en mostrar la existencia de una “organización criminal”, integrada por la familia cercana del Mandatario, y encabeza por él mismo. ¿Alguien conoce una historia similar?

Hay quienes, admitiendo que es la primera vez que ocurre, aseguran que eso “da fe” de la eficacia de la Fiscalía que “ahora sí” -y antes no- tomaba su función a pecho y cumplía con la ley. Aunque no haya sucedido antes, lo bueno es que pasa ahora, suelen decir. Pero la verdad no es esa.

Si antes no ocurrió es porque no hubo nunca un Presidente como el que hoy tenemos. Contra ninguno de los anteriores mandatarios se habrían atrevido a hacer algo así no por falta de valor, sino por consideraciones de clase.

Contra Castillo sí, porque lo consideran inferior, lo que .parafraseando a Alan García- se podría llamar “un peruano de segunda clase”. Más o menos como Maricarmen Alva, esa aristócrata provinciana venida a menos, considera a Isabel Cortez.

Anton Chejov dice que “nada pasa sin dejar una huella”- Y es verdad. Todo esto, está dejando una profunda huella de desaliento en los peruanos que ven una “clase política” simplemente podrida.

Encontrar el camino que nos conduzca al Minotauro y acabar con él, no será solo la tarea de Teseo, sino de todos los peruanos. Lo veremos.