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18 de febrero de 2021

Perú: Vacuna contra el egoísmo

Hugo Coya

Indignación, asco, vergüenza, repulsión. La lengua española, tan rica y prolífica con las palabras, no logra resumir en apenas un término el sentimiento que nos embarga en estos momentos a millones de peruanos ante la revelación de que, por lo menos, el expresidente Martín Vizcarra, su esposa, su hermano y un grupo de altos funcionarios del gobierno accedieron a vacunarse a escondidas contra el COVID-19, mientras el país estaba siendo asolado por la peor crisis sanitaria de su historia.

Estas personas se mostraban ante la opinión pública como grandes luchadores para sacarnos del infierno en el que nos encontramos inmersos. Sin embargo, al mismo tiempo, se convertían en antihéroes, al aceptar por debajo de la mesa integrarse a una lista que los segregaba del resto cual si fueran una casta por encima del bien y del mal.

Pocas veces un escándalo le da el sentido más literal a la figura bíblica de los ídolos con pies de barro. Es obvio que esta vez no me refiera al sueño del rey babilónico en el que se le aparece una estatua hecha de oro, plata, bronce, hierro y con las extremidades inferiores tan endebles que la llevan a desmoronarse. En este caso, se trata de una pesadilla que desnuda una monserga que nos persigue al igual que una maldición en los 200 años de independencia nacional e, incluso, mucho antes: si otros se aprovechan del cargo, ¿por qué yo no? Es, pues, la raíz de nuestros grandes males nacionales la de ser incapaces de colocarnos en los zapatos del otro.

Este escándalo, por lo tanto, no es como tantos otros, como aquellos que siempre generan un gran despliegue pirotécnico para, al cabo de un tiempo, mitigarse entre las cenizas del olvido y de la impunidad. No. O, mejor dicho, no debería serlo en nombre de las más de 43.000 razones para decir no, si tomamos en cuenta las discutibles cifras oficiales de muertos que hasta el momento habría producido la pandemia en nuestro país.

Más allá de las evidentes implicancias legales, penales y políticas, con repercusión internacional incluida, este caso nos arrebata el único gran consuelo que nos quedaba en medio de la enorme tragedia que estamos viviendo: la apariencia de que todos los peruanos, al unísono, lucíamos la misma vulnerabilidad ante este maldito virus que había aparecido de pronto y que no se podía controlar. Que de nada servían la extensión de las cuentas bancarias, las jerarquías o los grados académicos, pues la muerte no discriminaba ni tomaba en consideración esas cuestiones que resultaban, al fin y al cabo, banales. Que por primera vez nos veíamos como iguales también porque usábamos mascarillas que nos obligaban a cubrir parte del rostro, proclamar la distancia social, abstenernos del contacto físico como la única forma de evitar que se introduzca el virus en nuestro cuerpo y que lo use como un arma mortífera para destruirnos hasta que la ciencia logre su cometido.

Las personas a cargo de las investigaciones deberán unir los puntos y descubrir las ramificaciones que les permitieron a estos “peruanos valiosos” el acceso a ser inoculados por una vacuna que no formaba parte de los ensayos clínicos y que ni siquiera había sido aprobada de manera oficial. Esto, además de violar los más elementales principios éticos, sienta un precedente para las investigaciones científicas que se pretendan llevar a cabo en el futuro.

Lo más grave es que este escándalo, aparte de indignar, asquear y avergonzar, desmoraliza a los ciudadanos que se encuentran de pie desde que se declaró la epidemia. Asimismo, a quienes han convertido cada día en una lucha heroica por la supervivencia, que tienen que salir a trabajar de todas maneras para que no falte un pan sobre su mesa; a quienes pugnan por atención médica, oxígeno o una cama UCI; y a quienes han perdido a un familiar, a un amigo o a un conocido por el colapso del sistema sanitario.

Abate de manera brutal, sobre todo, a médicos, enfermeras y técnicos que, con sus escafandras apocalípticas, luchan para impedir que sus pacientes no se conviertan en una cifra más dentro de un conteo estadístico macabro que crece vertiginosamente.

¿Las personas involucradas pensaron en ellos a la hora de aceptar vacunarse con el producto de una empresa con la que se estaba negociando la compra sin importar que pudieran estar incurriendo en una acción delincuencial o inmoral?

No existen atenuantes en este caso. Una vez más, la venalidad, el egoísmo y el ‘primero yo’ han primado para demostrarnos que no todos los peruanos somos iguales ante la desgracia porque existen algunos que son “más iguales” que otros, especialmente si ejerces un puesto que te permite obtener una ventaja vedada al resto de ciudadanos.

Ironías que esta trama haya ocurrido ad portas del bicentenario de la independencia nacional, pues nos recuerda que todavía resta emanciparnos de viejas taras y vicios aún presentes en el quehacer político. Así, en plena crisis sanitaria –y política, social y económica– no podemos distinguir lo importante de lo accesorio.

Hoy, más que nunca, el país necesita no solo vacunas contra el COVID-19, sino otro tipo de inmunizantes: uno que ponga coto a los intereses subalternos, al aprovechamiento personal y, fundamentalmente, a la mentira.

Hagamos que la ira que sentimos y la crónica que se escriba sobre esta trama sean un auténtico parteaguas y que el “Diccionario de la lengua española” lo convierta en sinónimo del momento en el que las cosas comenzaron a cambiar para mejor en el Perú.

11 de mayo de 2020

Perú: Los culpables son los otros

Hugo Coya

La escena es recurrente desde el inicio de la cuarentena: a las ocho de la noche en punto algunos de mis vecinos salen al balcón de su cómodo departamento miraflorino, aplauden emocionados, lanzan vivas al país y entonan orgullosos la canción “Contigo Perú”.

No es para menos. En los tiempos que corren, finalizar otro día marcado por la zozobra y sobrevivir sin ser alcanzado por el coronavirus merece no uno, sino muchos festejos. Pero más allá de ese instante comunitario, pletórico de pechos henchidos, el enclaustramiento ha hecho que, sin pretenderlo, me obligue a compartir, al igual que a muchos de ustedes, parte de la intimidad de los demás.

En mi caso, los escucho, a distintas horas, desde el ‘home office’ en que han convertido sus terrazas, conversar entre ellos, criticar a quienes salen a comprar cada día, a los que venden en las calles, a quienes se aglomeran en los mercados y bancos.

En las redes sociales y la prensa, la situación no resulta distinta. Se pontifica, se acusa al gobierno de ineficiencia; se persigue cámaras en mano a quienes deambulan sin permiso; se exige a las Fuerzas Armadas y policiales a actuar en forma más enérgica; se sindica al piurano, chiclayano o loretano de irresponsables y hasta el presidente Vizcarra nos dice que “si van a comprar papa o lechuga, se van a llevar de yapa el COVID-19”.

La búsqueda de culpables o de una respuesta por el número de víctimas en una epidemia es inherente a la historia de la humanidad.

Incluso mucho antes de la primera guerra biológica que se tenga registros en el mundo, ocurrida en el año 1346 cuando los tártaros lanzaban catapultas con cadáveres y enfermos en su intento por esparcir la peste negra encima de las murallas para obtener la rendición del antiguo puerto de Caffa, entonces bajo dominio genovés y ubicado en la actual ciudad rusa de Feodosia. Los pobladores capitularon sin atisbar que la peste bubónica, en realidad, se esparcía a través de las ratas.

Consideraciones históricas y epidemiológicas aparte, esta sensación del fin del mundo que experimentamos ahora, alimenta, pues, la necesidad de hallar responsables de aquello que nos sucede, porque nos tranquiliza moralmente, como apunta el argentino Ezequiel Gatto, un especialista en investigaciones sociohistóricas regionales.

Así, carente de pruebas, ganan adeptos de las teorías acerca de un laboratorio secreto desde el cual se escapó el virus, la estrategia del gobierno de Beijing para controlar el mundo, un bien delineado plan para eliminar a los ancianos de la faz de la Tierra o el chino que incorporó a su dieta al murciélago.

Explicaciones que, además, parten desde la creencia de que todos estamos en el mismo barco cuando estalla una crisis sanitaria de esta magnitud, aunque la realidad –ahora más que nunca– nos esté demostrando que eso no es verdad y nunca lo fue.

Para el economista Hugo Ñopo, se traduce en una ironía el hecho de que hayamos sido uno de los países con mayor confinamiento de América Latina y el Caribe y, al mismo tiempo, uno con los mayores contagios. Acota, sin embargo, que más de un tercio de la población peruana carece de refrigeradora y no puede darse el lujo de comprar para una semana, quince días o un mes.

Si a ello agregamos que entre siete u ocho millones de peruanos no acceden al agua potable como para lavarse las manos constantemente y así combatir al COVID-19, tendremos un espejo más nítido de la realidad.

Entonces, no es lo mismo atravesar una cuarentena en una casa de playa o en un holgado departamento de clase media aguardando el delivery del supermercado, que vivir en la casa hacinada de un asentamiento humano, obligado a salir cada día para obtener algo de dinero, buscar alimento o tener que izar tu bandera blanca, proclamando que tu familia está a punto de morirse de hambre.

Situaciones distintas de un mismo fenómeno que reflejan un agujero más profundo que el perceptible a simple vista. Inequidades de un país que hasta no hace mucho tenía a un puñado de burócratas convencidos de que estábamos listos para ser reconocidos en las grandes ligas de la economía mundial.

Incluir estas reflexiones en las conversaciones de mis vecinos y otras personas que se asemejan a ellos, podría ayudarlos a entender mejor el país en el que vivimos tanto como las incontables veces que ellos mismos salieron a correr, pasearon a la mascota en grupo, hicieron reuniones para festejar cumpleaños o las múltiples veces que abandonaron el encierro para ir a fumar un cigarrillo.

Quizás eso les ayudaría, como a muchos, a cantar con más emoción por la noche, ver más allá del propio ombligo, a tornarnos en jueces más misericordiosos y justos de los otros y más severos con nosotros mismos.


https://www.leerydifundir.com/2020/05/peru-los-culpables-los-otros/