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5 de enero de 2025

América Latina, democracia sin demócratas

Juan De la Puente

La idea de hace dos décadas sobre que el país está bien, pero no la economía y bienestar personal, parece haber sido reemplazada por otra, que “el país está mal, pero yo estoy mejor”.

En A. Latina, el año que termina no tuvo grandes hitos. No hasta las recientes declaraciones del presidente electo de EEUU, Donald Trump, de recuperar el canal de Panamá (en realidad forzar una renegociación), relanzar la guerra contra las drogas con los ojos puestos en México y desatar una guerra comercial contra China, Canadá y México.

Es probable que las amenazas de Trump recuperen una nueva forma de antiimperialismo regional, aunque las otras polarizaciones impedirán un corte transversal tradicional norte/sur o centro/periferia. La sola perspectiva de estos anuncios —difíciles de cumplir en su totalidad y aún en un modo relativo— agrega mayor desorden a una región en la que, para disgusto de los analistas, las piezas conocidas ya no encajan.

Es que hay nuevas piezas y, en el desorden, las piezas locales resultan más decisivas que las tendencias regionales. De hecho, a pesar de que la mayoría de las elecciones realizadas en A. Latina en 2024 cumplieron los estándares electorales (Panamá, R. Dominicana, México y Uruguay), no lograron proyectar la imagen general de buena salud de la democracia en la región.

Las elecciones continúan siendo la fórmula para dilucidar la titularidad del Gobierno, aunque las claves del ejercicio del poder están atravesadas por altas cuotas de incertidumbre, sorpresa e ineficiencia de la que casi ninguna administración se libra. La rápida erosión de los Gobiernos es impresionante y son cada vez más los que fracasan en un plazo muy breve.

El fracaso inmediato se agrega al fenómeno de la erosión de los partidos tradicionales, que se vuelve más aguda (México, Panamá, El Salvador y R. Dominicana en 2024) en una región donde se combina abiertamente la dura crítica al sistema liberal de representación, derechos y libertades y la debacle del llamado centro político. Esta complejidad supone el fracaso de la promesa liberal desde dentro y desde fuera.

Dilucidar lo que es de “dentro” y cuáles son los ataques “desde fuera” es un ejercicio que se revela desafiante. Desde las filas demócratas se absolutiza la reflexión sobre que los ataques a la democracia se producen desde tendencias no democráticas ubicadas fuera del sistema. No obstante, hay evidencias de un proceso en tenaza donde lo de fuera y dentro se dan la mano a través del encuentro entre la captura autoritaria/mafiosa del Estado y la actividad de la sociedad —movilizada o desmovilizada— que cambia la política democrática.

En varios países, con distinta intensidad se resignifica la democracia reduciéndola a un procedimiento electoral que ve estrechada su pluralidad y su garantía de renovación del sistema (Ecuador y Guatemala 2023, El Salvador y Venezuela 2024 y muy probablemente Bolivia 2025 y Perú 2026).

Aún con elecciones que pueden superar la evaluación de lo mínimo aceptable, avanzó en 2024 la desdemocratización. Los datos del reciente Latinobarómetro (“La democracia resiliente”) permiten apreciar el progreso de ese proceso. Es cierto que se registra un avance de 4 puntos (52%) respecto al año anterior de apoyo a la democracia, pero al correr la cremallera de los datos convencionales o profundizar en las percepciones con nuevas preguntas aparecen las claves de la desdemocratización.

Es relevante la contradicción entre la sensación de bienestar, en apariencia con cifras en azul, y la necesidad de cambios. Según el estudio, la satisfacción con la vida alcanzó su nivel más alto desde 1997 en 2024, de modo que el 79% se considera que está muy o bastante satisfecho con su vida, con Costa Rica, Uruguay y Guatemala entre los más satisfechos; y Chile, Perú y Bolivia entre los menos satisfechos.

No obstante, el estudio señala que quienes perciben que su país está progresando alcanza solo el 28%, en tanto el 25% considera que su país está “en retroceso” y el 45% cree que su país “está estancado”.

El reclamo en relación Estado/sociedad, es decir, más democracia, derechos y libertades, tiene otras claves. La idea de hace dos décadas sobre que el país está bien, pero no la economía y bienestar personal, parece haber sido reemplazada por otra, que “el país está mal, pero yo estoy mejor”. En los entresijos de esa percepción se encuentra la profunda brecha entre la sociedad y el Estado y entre la política democrática y otras formas de antipolítica. Por lo mismo, se entiende que en algunos territorios de varios de los países de la región no se exija más Estado, sino menos Estado y que se amplíen los territorios liberados por las economías informales e ilegales y el crimen organizado.

Las citadas brechas aparecen cuando se contrasta el apoyo a la democracia con la demanda de cambio que, según el estudio, presenta tres tercios: 35% a favor de “pequeños cambios”, 29% a favor de “reformas profundas”, y 26% a favor del cambio “radical”. Una recomposición de las opciones señalaría que los que postulan un cambio profundo y/o de gran calado se acercan al 60%. Esta percepción supera los dos tercios en Chile, Argentina, Ecuador, Bolivia y Perú.

La cuestión de la región está dejando de ser el continuo democracia-cambio, y se sitúa solo en el cambio, sin que se asegure que ese cambio sea necesariamente democrático. Hay un añadido: los retrocesos autoritarios y vaciamiento de la democracia pueden ser vistos, a diferencia de los años 60 y 70, como procesos democráticos, como en El Salvador, Argentina y Perú, y antes en los países del ALBA.

La idea de una democracia sin democracia no parece ser un oxímoron en varios países de la región. Según el mismo Latinobarómetro, a 1 de 4 ciudadanos de A. Latina le da igual que un régimen sea democrático o no, en 10 países de los 17 estudiados, más del 50% no apoya la democracia y en tres (El Salvador, Ecuador y Paraguay), la mitad está de acuerdo con que el presidente de la República pase por encima de la leyes, el Congreso y las instituciones.

Las tesis que sostienen que el vaciamiento de la democracia es un proceso que se sitúa en las élites y en el Gobierno de las instituciones (la idea de la centralidad de la agencia) debe ser debatida. En cinco países de la región (Ecuador, Colombia, Paraguay, Panamá y Perú), más de la mitad de los ciudadanos creen que la democracia puede funcionar sin partidos, en tanto que en países que han protagonizado la recuperación de la democracia en las últimas décadas es baja la convicción de que no hay democracia sin partidos, en Chile el 50%, Brasil 46% y Guatemala 40%. En Panamá este dato es consistente con otros: la primera fuerza del Congreso son los parlamentarios de libre postulación, en tanto que el partido ganador de las elecciones tiene fuertes vínculos con la corrupción.

https://larepublica.pe/opinion/2024/12/29/a-latina-democracia-sin-democratas-por-juan-de-la-puente-1788662

17 de marzo de 2024

Perú: SEGUNDA RESPUESTA A UN SUPUESTO LIBERAL

Natalia Sobrevilla

Otra aclaración de conceptos en una especie de articulismo epistolar

La semana pasada mi artículo sirvió para responderle al atento lector Miguel Calderón —que espero que se suscriba pronto a esta plataforma, porque le encanta comentar fervorosamente mis artículos y los de Roxana Barrantes— y su respuesta a mi respuesta esta vez me ha incitado casi epistolarmente al diálogo porque, por más que le moleste que me defina como liberal por el mero hecho de que me importan los derechos humanos, aquí explicaré por qué lo seguiré haciendo. (Es cierto que, más bien, que en el siglo XIX se me hubiera llamado ‘progresista’, porque habría estado en contra de la esclavitud y la servidumbre, y hubiera combatido junto con las feministas de la primera generación, como Flora Tristán, a favor de los derechos de los trabajadores y de las mujeres).

El liberalismo, que se originó en el siglo XVIII y se comenzó a utilizar a inicios del XIX como nombre para un movimiento político durante las Cortes de Cádiz, históricamente ha sido muy tolerante con la desigualdad. Fue justamente por ello que los llamados progresistas —una vertiente dentro del liberalismo— se fueron acercando cada vez más al socialismo, como el de la Unión Obrera de la mencionada Flora Tristán. Con la Revolución de 1848, cuando aparecen las banderas rojas que hasta ahora aterran a los conservadores, las divisiones entre los liberales, progresistas, radicales y socialistas se profundizaron y tomaron rumbos distintos en la segunda mitad del siglo XIX hasta llegar a decantarse en posiciones enfrentadas en el siglo XX.

Pero volviendo al siglo XIX peruano, fueron los liberales de la primera generación los que crearon, con todos sus problemas, el sistema representativo de la República, y fueron los de la segunda generación —con el apoyo de los progresistas y de los radicales— los que lideraron las campañas por la abolición de la esclavitud y del tributo indígena, llegando a pelear una guerra civil entre 1853 y 1855 en busca de que todos fuesen iguales ante la ley. Y si bien es cierto que sus intenciones fueron buenas, no llevaron a buen puerto, ya que la abolición de ambas instituciones no hizo más que profundizar las diferencias económicas. Por un lado, quienes habían sido esclavizados tuvieron que seguir trabajando por nada, o casi nada, mientras que sus antiguos amos recibieron generosas compensaciones por su liberación; y, por el otro, los indígenas fueron perdiendo el control de sus tierras, pues, al no ser protegidas por el Estado, las fueron vendiendo de a pocos y esto llevó a la creación de los latifundios.

A mediados del siglo XIX el liberalismo peruano, con el apoyo de los progresistas y radicales, aspiraba a la igualdad de todos ante la ley, pero no logró más que preservar e incluso empeorar las diferencias económicas. Hacia finales de siglo el liberalismo fue mutando cada vez más, influenciado por las ideas del cientificismo social y las teorías de la diferencia racial que llevó a que en 1896 se limitara el acceso al voto solo a los hombres que sabían leer y escribir. Hasta ese momento la legislación electoral peruana, de Cádiz en adelante, había permitido que todos los hombres que no se encontraban en una situación de servidumbre pudieran votar. Por esto lucharon los liberales, quienes defendieron el derecho al voto de los analfabetos durante los primeros tres cuartos del siglo XIX, frente a los conservadores que siempre lo quisieron limitar.

Pero volvamos a la respuesta del lector Miguel Calderón, quien insiste que en el corazón del liberalismo está “la propiedad privada, de ella deriva el libre mercado como librecambismo”. Ahí me temo que no podemos estar de acuerdo ya que, si bien la propiedad privada importa, no es a mi juicio el concepto central del liberalismo, sino la libertad y la igualdad. Me llama mucho la atención cuando dice que (sic) “tampoco debe caer en el relativismo simplón de hoy en día, en que cualquiera que no sea conservador, sería liberal (así, un socialista podría ser liberal, o el abortista, o llamar liberal a quien se acuesta con medio mundo), nada de estas cosas tiene que ver con el liberalismo”. Allí nuestras discrepancias se acentúan, justamente, porque para mí importa la libertad de una mujer de decidir sobre su cuerpo o de interrumpir o no un embarazo. El derecho al aborto es netamente un principio liberal, al igual que la libertad sexual de decidir con quién quiera acostarse, si con medio mundo o no.

Los siguientes párrafos de la respuesta del señor Calderón son tan delirantes que no merecen respuesta, pues me acusa de una letanía de cosas que parecen sacadas de un panfleto para atentos lectores del diario Expreso o de televidentes de Willax. Quien quiera entretenerse puede entrar a mirarlos aquí: allí quedan para ilustrar sus dificultades para mantener un debate alturado y su tendencia a esgrimir ideas alejadas de la realidad.

Su último párrafo, sin embargo, delata el motivo real por el cual se ha ocupado de mi columna por segunda semana consecutiva. Calderón escribe: “Y tu evidente silencio sobre la mafia caviar de Gorriti y fiscales, que han manejado la fiscalía y PJ a su antojo, para proteger a todos los corruptos y delincuentes del caso lavajato durante 8 años y ningún resultado, con todos libres, dice tanto de tu ideología que ni siquiera es necesario que te reconozcas socialista progre, es evidente, pero que digas que eres liberal ya es demasiado”.

Evidentemente, lo que le molesta a él y a quienes han sido secuestrados por ese tipo de sesgo colectivo, es que no me sume al absurdo cargamontón contra Gustavo Gorriti, el periodista que más ha hecho por luchar contra las mafias en el Perú. Lo que queda más claro que el agua, señor Calderón, es que quien no parece ser muy liberal es usted, ya que tiene muy poca estima por la democracia, la pluralidad y que, en verdad, busca apropiarse de un amplio término histórico, el liberalismo, para confundir a la lectoría.

https://jugo.pe/segunda-respuesta-a-un-supuesto-liberal/