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7 de diciembre de 2025

Perú: Primarias ridículas

Ronald Gamarra

"Las que hemos padecido aquí no han sido ni abiertas, ni simultáneas, ni obligatorias"

Se celebraron las elecciones primarias para designar a los candidatos de los partidos a todos los cargos públicos electivos que se definirán en las elecciones generales de abril del 2026: presidencia de la república, primera y segunda vicepresidencias, senadores nacionales, senadores departamentales, diputados y representantes ante el Parlamento Andino. Según el anuncio oficial, los casi 40 partidos que compiten en este proceso habrían cumplido así con un requisito que, en teoría, debería estimular la democratización, la participación, la transparencia de los partidos y el sistema político del país.

En realidad, hay que decirlo, este proceso de las denominadas elecciones primarias ha sido una farsa descarada. De elecciones primarias, solo han tenido el nombre; esa es la dura verdad. Lo que se ha llevado a cabo con el nombre de “elecciones primarias” en este mes de noviembre no tiene absolutamente nada que ver con lo que se previó originalmente. La mayoría del pacto mafioso, que domina el actual Congreso, impuso cortes y supresiones fundamentales a lo previsto originalmente con la finalidad de preservar el poder de las cúpulas patrimonialistas y mafiosas que hacen de cada partido una chacra privada donde hacen lo que quieren.

Unas elecciones primarias llevadas a cabo como debería haber sido según el proyecto original pondrían en peligro el poder de los clanes que dominan los partidos políticos como si fueran negocios privados, que es lo que sucede desde hace tantos años en nuestro país. El patrimonialismo de algunos estrechos círculos ha sustituido por completo la vida política propia de los partidos para reemplazarla por el negocio. Todo se compra y se vende en los actuales partidos: las candidaturas, los puestos en las listas electorales, la posibilidad de cargos públicos o empleos en la administración del Estado.

Unas elecciones primarias auténticas habrían tenido tres características básicas, que han estado ausentes de modo absoluto en el proceso cumplido durante el mes de noviembre en nuestro medio: abiertas, simultáneas y obligatorias. De allí, el acrónimo con el cual se las suele denominar: PASO. Las que hemos padecido aquí no han sido ni abiertas, ni simultáneas, ni obligatorias. Apenas han sido una convalidación del patrimonialismo tradicional bajo un barniz formal. No tienen nada que ver con lo que realmente son unas elecciones primarias bajo el esquema de las PASO.

¿Qué significa que las elecciones primarias sean abiertas? Pues algo muy sencillo y a la vez importante: que en ellas participen, votando por los precandidatos, no solo los inscritos en el partido sino todo aquel ciudadano que sienta una afinidad o preferencia por esa agrupación. Esto permite airear radicalmente las capillas cerradas de las organizaciones partidarias, reconociendo a toda la ciudadanía el derecho a intervenir desde el momento mismo de la designación de los candidatos y pone una barrera a la compra-venta de las candidaturas y los lugares en las listas electorales.

¿Qué significa que las elecciones primarias sean simultáneas? No otra cosa que las primarias de todos los partidos se celebran el mismo día, de manera que la ciudadanía se moviliza para definir las candidaturas que irán a las elecciones generales y automáticamente quedarán desechadas las precandidaturas vencidas. Es un modo absolutamente democrático de definir lo que la ciudadanía juzga mejor para la competencia definitiva, desechando lo que no le parece aparente o atractivo. Además, las PASO deberían ser obligatorias para asegurar la más amplia participación ciudadana en el proceso.

Las elecciones primarias, bajo el esquema de las PASO, también deberían servir para cernir los partidos que vale la pena que vayan a las elecciones generales. Por eso, en las PASO se establece una valla mínima de votos, que podría ser igual a la establecida para las elecciones generales. Los partidos que no la pasen quedarían fuera del juego. Si tal norma se hubiese aplicado aquí, nos habría permitido rebajar fuertemente el excesivo número de partidos que participarán en las elecciones de abril, en lugar de hacer una vez más el ridículo, como ocurrirá con casi 40 partidos compitiendo el próximo año.

Nada de esto ha habido en estas primarias chicha, determinadas así por los intereses del pacto mafioso del Congreso. Casi todos los partidos, con excepción de dos, han hecho la finta de elegir unas decenas de delegados, los cuales designarán a los candidatos en un proceso dominado de principio a fin por cada cúpula, con candidaturas únicas en la gran mayoría de los casos, encabezadas o autorizadas por el dueño del partido. Estas primarias han sido absolutamente inútiles y no cambian nada a favor de la democracia.

Ejemplo claro de todo esto son las elecciones primarias del partido fujimorista, donde se ha designado a unos cuantos delegados que, a su vez, “elegirán” las candidaturas del partido, pero ¡oh, sorpresa!, solo hay una candidata: Keiko Fujimori, por cuarta vez postulando a la presidencia de la república. Qué clase de elección primaria democrática es esa, con todo digitado cuidadosamente para votar por una candidata única y sus dos serviles escuderos. Unas primarias que no admiten voto universal, ni siquiera de los militantes, sino el voto de unos delegados que no tienen sino una sola y única alternativa.

El partido de Porky es una de las dos excepciones, aunque no tanto. Tuvieron que ir a una votación de los militantes, aunque no era ni de lejos su intención. Pero se olvidaron de hacer el trámite necesario para eludir la votación de los militantes y elegir mediante delegados, tal como querían, de modo que la ONPE exigió cumplir. Entonces, fueron a votación de los militantes, pero con lista única, la de Porky presidente y nadie más. ¿Tiene algo de democrático un proceso así, hecho para ratificar al dueño del partido? Lo más grave es que el aspirante a presidente ni siquiera obtuvo 10 mil votos, un respaldo escuálido comparado con todo el dinero que Porky está gastando desde hace meses en la campaña.

La única excepción auténtica en este proceso ha sido el partido aprista. Debido al ambiente de guerra civil tribalizada que vive el PAP desde hace varios años, las elecciones primarias con votación universal de los militantes aparecían como una solución antes que la ruptura. Pero aún allí, la participación apenas superó la tercera parte del padrón de inscritos, algo más de 16 mil votos, cifra realmente pequeña. Eso sí, el resultado trajo sorpresas desagradables a la vieja guardia del partido, dividida en tres listas, que perdió la candidatura presidencial ante un novato desconocido fuera del partido, que obtuvo la nominación con apenas algo más de 3,700 votos. Es decir, nada.

04-12-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 761 año 16, del 05/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

6 de diciembre de 2025

Perú: Somos minoría

César Hildebrandt

"Pero nos duele aún más saber, con la ciencia cierta del repaso histórico, que todo habrá de empeorar"

La democracia es lo que pudimos tener.

¿Pero la merecíamos?

Creo que no.

Una democracia se hace con ciudadanos, con gente que aspire a un contrato social basado en la meritocracia, por un lado, y en la compasión social, por el otro. La primera permitirá el éxito de los mejores. La segunda impedirá que los menos dotados sean castigados con la incertidumbre y la miseria.

Debe haber una voluntad plural para crear un sistema de convivencia regido por el orden que emana de la justicia.

Pero en el Perú esa voluntad no existe. Somos una federación de tribus enemistadas. Y la democracia nunca ha sido nuestra preocupación. Es más: cuando la democracia arroja resultados que no nos agradan, gritamos que hay fraude, como en el caso de Castillo, o bloqueamos el Congreso, como en el caso de Bustamante y Rivero.

Hoy vivimos una etapa especialmente gris de nuestra existencia. Al desamor por los modales democráticos se suma una suerte de aceptación nacional de la barbarie.

¿La Junta Nacional de Justicia es una banda de delincuentes que se zurran en el poder judicial? Claro que sí. ¿Y a quién le importa?

¿El Tribunal Constitucional es una patota de fujimoristas disfrazados de tribunos que acatarán lo que salga de la Yakuza anaranjada? Claro que sí. ¿Y a quién le importa?

¿La Fiscalía en manos de Tomás Aladino Gálvez es hoy una covacha de encubridores y cómplices del crimen? Claro que sí. ¿A alguien le importa?

¿El Congreso es el Tren de Porky y medran en sus filas rateros y canallas de todos los colores? ¡No hay duda! ¿Pero a alguien le importa?

Cosas parecidas podríamos decir de la Defensoría del Pueblo, de la Policía, de los jueces provisionales que reciben órdenes y de los fiscales de pacotilla que reciben dólares. Y cóleras semejantes se merecen los partidos que murieron pero siguen predicando, la prensa que murmura, las redes sociales que añaden idiotez a la confusión.

Me ha costado admitir que pertenecemos a una minoría, pero mi salud mental me exigía dar el paso. Sí: pertenecemos a una minoría quizá en trance de extinción. Somos lo que quedó de aquella clase media que compraba libros, trataba de entender los problemas desde la raíz, se equivocaba con la misma frecuencia con la que se hacía preguntas. Somos las sobras del banquete republicano que pudo ser. Y sí: nos cuesta tolerar el español que se escribe en los periódicos, el que se maltrata en las radios, el que se masacra en el habla popular de los rotafonos. Nos duele ver las consecuencias de la catástrofe cultural de estas últimas décadas.

Pero nos duele aún más saber, con la ciencia cierta del repaso histórico, que todo habrá de empeorar. No hay ninguna posibilidad –ninguna– de que salgamos de este letargo multitudinario y suicida con el elenco político y social que tenemos al frente.

No hay subsuelo que no nos espere. No hay pesadilla que no nos sueñe. No hay fracaso que no nos quiera. Tenemos los políticos que toleramos, los partidos que se volvieron males crónicos, los sinvergüenzas que prohijamos.

Y allí está la mayor creación de nuestro masoquismo –el fujimorismo– gobernando desde las sombras y deseando volver a gobernar –no importa el cómo– en 2026. El fujimorismo interpretó la picaresca peruana, le dio estatuto de himno y emblema, la convirtió en credo. Siempre nos gustó ser taimados, pero con el fujimorismo esa debilidad fue nombrada virtud cardinal. Nunca nos hemos mentido más que ahora. Nunca hemos sido más cínicos y procaces. Nunca hemos amado tanto la impostura, la coartada de la palabra y la terapia del olvido. El Perú es hoy un homenaje al barro. Lo decimos desde esa minoría que no teme morir diciendo lo que cree.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 761 año 16, del 05/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

29 de noviembre de 2025

Perú: El derecho a manifestar amenazado

Ronald Gamarra

"Necesitan impedir que el pueblo levante la voz y tome las calles"

Sufrimos un proceso de creciente y radical limitación de las libertades, sobre todo las de expresión y de reunión. Este Congreso y los gobiernos de Boluarte y el actual de Jerí se han propuesto cercenar los derechos ciudadanos por razones de pura y mezquina conveniencia, para que la gente no pueda expresar su rechazo y oposición a las políticas procrimen que están implementando para favorecerse, protegerse y, de paso, enriquecerse. La democracia está entrando en agonía para dejar paso a un sistema de control autoritario del poder por parte de una coalición de intereses concertada por Fujimori, Acuña y Porky, con la mayordomía de los Cerrón.

Lo que más les molesta son las manifestaciones públicas y masivas de protesta. El pasado viernes 14, ante la anunciada marcha de la juventud, el régimen tomó medidas de intimidación drásticas. Primero, apareció Rospigliosi malencarado, con un general y un coronel de la policía a cada lado, para dirigir un “mensaje a la nación” lleno de amenazas de represión contra la muchachada. Y el mismo día del desplazamiento, mucho antes de que esta diera inicio, se desplegó un fuerte contingente de soldados armados con fusiles, y policías, alrededor de la Universidad de San Marcos, y nada menos que el mismo general jefe del comando conjunto de las Fuerzas Armadas se hizo presente para pasar revista a su tropa en la puerta de la primera casa de estudios del país.

El general tal vez no se percató de que con tanta exhibición y aparato bélico estaba pasando ya la línea del ridículo. Pero no estaba de broma y dejó muy claro su objetivo de cumplir con la orden de amenazar e intimidar a los estudiantes, a quienes el régimen no se cansa de calificar de violentistas y extremistas sin mostrar ninguna prueba. Lo que también quedó patente fue la disposición de las fuerzas de seguridad a abusar, como sucedió con un estudiante que fue detenido sin motivo en la puerta de la universidad, horas antes de que empezara la manifestación. Rospigliosi había “denunciado” la inminencia de una asonada, pero lo desmintió la propia marcha juvenil y popular, que fue pacífica, sin dejar de ser enérgica.

El alcalde de Lima hizo su propia contribución a la limitación del derecho ciudadano a la libre expresión y protesta pública al anunciar la declaración de la céntrica plaza San Martín como espacio público intangible, en el cual quedaría prohibido terminantemente celebrar manifestaciones. Con ello, de aquí en adelante las marchas quedarán relegadas fuera del centro de la capital. Podemos estar seguros de que no ocurrirá lo mismo con los actos públicos propicios al régimen, pues la disposición sólo se aplicará, en la práctica, a los adversarios políticos.

Todos se preguntan, por cierto, desde hace buen tiempo, de dónde aparecen tantos miles de policías, y hasta soldados armados hasta los dientes, cuando se trata de una manifestación popular de protesta o reclamo, porque cuando la gente necesita policías para que resguarden la seguridad de sus barrios y personas ante las amenazas, extorsiones, atentados y asesinatos de la criminalidad organizada, nunca se les encuentra, ni actúan de manera efectiva. Al contrario, ya todos han perdido la cuenta de las veces en que aparecen efectivos de la policía jugando a ambos lados de la ley, según les convenga, y con frecuencia implicados en las propias organizaciones criminales al más alto nivel. No hay policías para proteger a los choferes extorsionados, pero cuando estos protestan y manifiestan, entonces aparecen a montones para reprimirlos y tomarlos detenidos.

En resumen: contra la delincuencia, ninguna acción que la gente pueda percibir como mínimamente efectiva, debidamente orientada por una estrategia, bajo una política de gobierno apropiadamente concebida y fundamentada. Pero cuando la gente, cansada de tanta pasividad y corrupción de la policía y los políticos que manipulan el Congreso, se autoconvoca para salir a las calles a manifestar exigiendo que las autoridades cumplan con sus responsabilidades y el Congreso derogue las leyes procrimen aprobadas en los dos últimos años, entonces ahí sí se aparecen por miles y miles, armados y equipados como para una batalla campal.

Porque, en efecto, preparan planes de batalla urbana para enfrentar las protestas. Cómo se explica entonces que cierren con barreras metálicas las calles que dan a una arteria principal como es la avenida Abancay, por donde transita la marcha, y que en el momento en que ella está repleta de gente y llegando a la altura del Congreso, suelten masivamente gases lacrimógenos. Suerte que no haya ocurrido hasta ahora una tragedia por el pánico que causa el gaseo masivo de una manifestación y el cierre de las calles por donde los defensores de la democracia podrían salir. Parece la preparación detallada de una emboscada, de una celada, como en la guerra. Una guerra contra la ciudadanía.

Y para esas batallas urbanas se preparan con equipo a discreción. Tienen siempre el arsenal bien premunido. De hecho, el Ministerio del Interior gasta mucho más en implementos para reprimir manifestaciones ciudadanas que en equipar a la policía para combatir el crimen. Lo puede comprobar cualquiera; basta con una consulta rápida a la ley del presupuesto nacional. Puede faltar de todo en la policía, pero nunca la panoplia rompemanifestaciones. Y lo que el cerebro no les da para combatir a los criminales, a los delincuentes comunes, pues lo aplican para trazar sus plancitos de batalla contra los manifestantes, como pequeños e inútiles napoleones.

El régimen alista más medidas para matar el derecho a manifestar. Saben muy bien que no les basta con copar las instituciones. Necesitan impedir que el pueblo levante la voz y tome las calles. En el Congreso ya han anunciado iniciativas legales para sancionar con penas desproporcionadas, draconianas, de 10 años de privación de la libertad, a los manifestantes que se cubran el rostro o usen cascos.

27-11-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 760 año 16, del 28/11/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

https://www.leerydifundir.com/2025/12/peru-derecho-manifestar-amenazado/ 

23 de octubre de 2025

Perú: Jerí: ¿Dina 2.0?

Maritza Espinoza

“El pacto mafioso solo se ha deshecho de un alfil y puesto otro: Dina no gobernó sola, sino como la cara visible de un monstruo de varias cabezas.”

Hace unas semanas, el politólogo Alberto Vergara proponía, en una de sus columnas, algo que podría sonar a broma, pero que, explicado por el lúcido analista, resultaba totalmente plausible: que los congresistas sean elegidos por sorteo entre todos los ciudadanos mayores de edad y sin ningún requisito adicional. Es decir, una especie de lotería cívica. ¿La lógica implícita? Que nada puede ser peor que esto que tenemos como “representación” parlamentaria.

Estoy segura de que, si el presidente que debía suceder a Dina Boluarte hubiera salido con los números ganadores de la lotería de Lima y Callao o de la Tinka (permítanme la ucronía), habríamos tenido una mejor carta que el impresentable personaje que hoy ostenta el máximo cargo de la nación y cuyo mayor sacrifico por la patria, en sus 38 años de vida, ha sido deshacerse de sus cientos de cuentas porno.

Haberlo puesto en la presidencia de la República porque Dina Boluarte ya resultaba un lastre inconveniente para los intereses de los partidos que le sostenían y, sobre todo, de sus candidatos presidenciales con miras a las elecciones (Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y César Acuña, hay que recordarlo siempre), sólo demuestra dos cosas: uno, que el “fujiporkyacuñismo” no pudo encontrar en el Congreso nada más decente y, dos, que parecen no ser conscientes de que el sujeto de marras tiene vocación de yunque y que pronto habrá que deshacerse también de ese lastre.

“No, lo que planean es vacarlo pronto para que Fernando Rospigliosi sea el presidente”, especulan algunos ingenuos por ahí. ¡Naaa! Esa es una posibilidad tan inexistente como la humildad de Donald Trump. Rospigliosi sólo está allí, en la presidencia interina del Congreso, como señal de quién manda realmente en el triunvirato “fujiporkyacuñista” y lo más seguro es que, cuando llegue la hora de deshacerse del bulto (me refiero a Jerí), el lugarteniente de Keiko renuncie con el cuento de que lo hace por “desprendimiento” o que, como ha soltado gente de su bancada, se vaya a través de una “recomposición” de la Mesa Directiva.

Si Rospigliosi, o cualquier otro fujimorista, asumiera la presidencia, se convertiría de inmediato en el pararrayos del repudio popular, un Memorex en tiempo real de lo que su lideresa y su bancada han hecho con nuestro país (y nuestras leyes), lo que perjudicaría directamente la cuarta candidatura de la heredera de Fujimori, quien ya tiene su propio –y abundante- caudal de pasivos políticos.

Por eso, Keiko no puede darse el lujo de dilapidar su frágil porcentaje de intención de voto (apenas entre el 6 y 8% según las encuestas) sólo para tener un semestre de poder presidencial por interpósita persona, sobre todo ahora que está apostando a la amnesia popular reescribiendo la historia y tratando de humanizar su imagen en su podcast “Konfesiones”, en el que recorre el país en viajes en los que no se deja ver por casi nadie.  

Pero si Fujimori y sus socios del “fujiporkyacuñismo” creen que, tras vacar a Boluarte, van a tener una campaña “suavecita”, se equivocan. Un semestre es muy poco tiempo para que la gente olvide su sólido pacto y su corresponsabilidad absoluta en el desmadre que hoy vivimos. Podrán contarnos todos los cuentos que se les ocurran (como el atentado bamba a López Aliaga, por dar un ejemplo reciente) y tal vez algunos limeños ingenuos se lo crean. Pero, en el interior del país, tienen bien claro quién ha gobernado a la mala, y en la sombra, los dos últimos lustros.

También tienen muy presente que la salida de Boluarte no ha cambiado absolutamente nada: el pacto mafioso (los que siempre gobiernan, aunque pierdan) sólo se ha deshecho de un alfil y puesto otro. Porque Dina no gobernó sola, sino como la cara visible de un monstruo de varias cabezas, la enjoyada mucama de los tres principales líderes de la ultraderecha.

Pero, sobre todo, lo que no podrán borrar jamás las –sospecho- millonarias campañas que nos tendremos que tragar es que, si bien Dina Boluarte fue la responsable política del asesinato de más de medio centenar de compatriotas en los días de su ascensión al poder, sus aliados no movieron un dedo para que se haga justicia y, lo que es peor, la acompañaron entusiastamente en el terruqueo indiscriminado de toda disidencia, algo que ha calcado José Jerí, tanto que ya tiene un muerto en su haber.

Por lo que indican sus primeros discursos, su risible gabinete y su modo de enfrentar las protestas, el nuevo alfil del pacto (o mayordomo, para guardar el símil), será más de lo mismo: terruqueo y represión a las protestas populares, inoperancia en materia de seguridad, afección al show político y unas juntas oscuras que dejan a las de Boluarte como simples calichines. No por nada algunos lo llaman Dina 2.0

Yo me atrevería a sospechar que su nombramiento, si no obedeciera a una conveniente “toma de distancia” de parte de sus mentores con miras a la campaña que se viene, ha sido parte de una estrategia espléndida para que, a su lado, Keiko, Porky y Acuña terminen pareciendo unos estadistas de primer mundo.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/10/19/jeri-dina-20-por-maritza-espinoza-hnews-393224

26 de septiembre de 2025

Perú: Sé por quién no voy a votar

César Hildebrandt

"No votaría, en suma, por quienes ven en la política el modo que les queda de ascender socialmente"

No tengo la menor idea respecto de por quién votaré en las próximas elecciones. Es más: no sé si iré a votar. El escepticismo me dice que no vaya, el pesimismo me condena a la abstención, el realismo me aleja de ese simulacro de urna y tele.

Pero si venciera toda esa pesadumbre y llegara a votar, lo que sí sé es por quiénes no votaría.

No votaría por los canallas que dicen tener resuelto todo, agendado el Perú, claras las cosas, visionaria la mirada, de piedra el pulso. Esos son los peores. Son los del ego obeso y la criollada en la punta de la lengua. Esos juran por su madre que lo que menos tienen es la ambición de coronarse y que lo único a lo que aspiran es a servir al país.

Tampoco votaría por los imbéciles que no saben conciliar género y número y que creen que el castellano en ruinas es otra maravilla del mundo. Me cansé de ser benévolo con la miseria intelectual y la falta de educación. Me he salido del club paternalista que considera que hablar mal es señal de irreprochable etnicidad. (No aludo a los quechuahablantes que, por culpa de la miserable escuela pública, no tuvieron la oportunidad de aprender correctamente el idioma de la invasión peninsular).

No votaré por aquellos que reinciden porque están convencidos de que el destino manifiesto les espera esta vez con un anforazo celestial. En esa categoría hay un puerco que vuela en tren fantasma y una señora que recibía dinero de Montesinos cuando su padre hacía llorar hasta a las vírgenes. Ambos buscan vengarse del rabo retorcido y macondiano que los hace inconfundibles. Porky se castiga hasta sangrar para no pecar y la señora se autolesiona homenajeando a su padre.

Tampoco votaré por los que prometen el oro y el moro en materia de seguridad pública, como si restablecer cierta paz en las calles no fuera un proceso complejo y difícil si consideramos el grado de pudrición al que ha llegado la policía y los focos de infección que roen la fiscalía y el poder judicial. Esos que dicen que tienen la solución inmediata para acabar con el dominio del crimen son charlatanes peligrosos. Cambiar la cara de Ciudad Gótica pasa por una reforma del sistema judicial, por un cambio drástico en Migraciones, por un esfuerzo concertado de municipios y agentes del orden, por algunas modificaciones del código penal. Y por un largo proceso de reconstrucción de la inteligencia policial (luego de fumigar el Ministerio del Interior y la mismísima PNP).

No votaría jamás por los que han borrado las malas pulgas de sus hojas de vida, por los que se han inventado esas maestrías que apasionan a los bobos formalistas, por los que tienen tesis forjadas en la copiandanga y títulos tenues de universidades de cartón. No votaría por quienes no han tenido éxito honesto en sus oficios o profesiones. No votaría, en suma, por quienes ven en la política el modo que les queda de ascender socialmente. Esos son los que van a robar todo lo que puedan.

Seré frívolo: no votaría por los que tienen notorias cadenas de oro de las que cuelgan cruces que podrían ser gamadas. Tampoco votaría por alguien que tenga parentesco o proximidad con César Acuña: sé que la estupidez se contagia. Y jamás lo haría por alguien que no pueda decir que el experimento socialista de Cuba es un fracaso colosal. Del mismo modo que no le daría un voto sino puro desprecio a quien alabara a Donald Trump y a su entenado pervertido: Javier Milei.

No votaré por el que no pueda condenar el genocidio de Gaza perpetrado por el gobierno criminal de Netanyahu ni por el que diga que Dina Boluarte merece comprensión y respeto. Y mucho menos votaré por quienes tengan algún parecido moral con Fernando Rospigliosi, el enterrador.

En resumen, creo que no votaré.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 751 año 16, del 26/09/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

11 de junio de 2025

Perú: ¡Pobre Porky!


Maritza Espinoza

Solo en el último año de su gestión como burgomaestre limeño, don Rafa se ha ausentado casi una quincena de veces de su cargo con los pretextos más diversos

Tal vez ilusionado porque en alguna encuesta salió que, de ir a una segunda vuelta con Keiko Fujimori, él ganaría por 33 contra 27%, don Rafael López Aliaga -todavía alcalde de Lima en funciones, por si usted no se había dado cuenta- se encuentra en plena campaña electoral recorriendo el país de cabo a rabo mientras, de otro lado, se pelea con medio mundo (especialmente con la prensa) a ver si así los medios de comunicación lo mantienen en vigencia. O eso le han dicho sus asesores, claro.

En una reciente investigación de Ojo Público, se supo que, sólo en el último año de su gestión como burgomaestre limeño (del 2024 a lo que va del 2025), don Rafa se ha ausentado casi una quincena de veces de su cargo con los pretextos más diversos, entre ellos, el de asistir a eventos de diverso cuño que, en la mayoría de los casos, terminaron en sendos mítines de campaña con su fiel portátil gritando “¡Porky presidente!” y él, haciendo decenas de promesas e-lec-to-ra-les como si no hubiera mañana.

Está en su derecho, dirá usted, despistado lector. Pues no, lamentablemente no lo está. Sobre todo, porque ese caballerito que lanza proclamas electorales, vestido con los colores de su partido, en diversas regiones del país en los que, ¡caramba, no fue elegido para nada (Junín, Ica, Loreto, Apurímac, Piura, Puno, San Martín, Huánuco, Ucayali y Arequipa, por lo pronto), está haciendo campaña política “con la nuestra”. Es decir, desde el privilegio del cargo para el que lo elegimos en Lima y violando toda ley electoral sobre la neutralidad de las autoridades.

Y con esa ambigüedad moral en la que se maneja como buen supernumerario del Opus Dei, don Porky jura que la gente no se da cuenta de que está abandonando el cargo que le asignamos y que él pasa piola haciendo evidente cruzada electoral en lugares donde apenas han escuchado hablar de las promesas que hizo para ser electo alcalde limeño y que, dicho sea de paso, apenas ha cumplido en un escuálido porcentaje.

Pero, dejando de lado esos detallitos, ¿realmente tiene posibilidades como candidato presidencial? Escasas. Todas las encuestas en las que se sondea la intención de voto le dan, en primera vuelta, menos del 6%, cifra con la que, aparentemente, pasaría la ansiada valla electoral, pero no olvidemos que la campaña ni  siquiera ha comenzado y que, cuando salgan a la pista las docenas de candidatos que esperan en el partidor y la gente recuerde lo mal que se ha desempeñado él como alcalde y, de paso, la bancada de Renovación Popular, el partido que él dizque lidera, lo más probable es que el pobre ni siquiera llegue al 5% de los votos suficientes para poner a un par de congresistas.

E incluso si lograra pasar la valla, nada asegura que don Porky pase a segunda vuelta, sobre todo porque la candidata de ultraderecha con mayores opciones se bandea en alrededor de 12% y es muy difícil que los simpatizantes de ese sector desperdicien su voto en tantas opciones (Butters, Carlos Álvarez, el propio Porky y todos los que vayan saliendo en el camino), sobre todo porque todas sus propuestas son calcaditas una de otra, tanto en el plano económico, mercantilismo del peor, y en sus propuestas contra la delincuencia y la inseguridad, las principales preocupaciones de la ciudadanía: mano dura, bukelebukelebukele, pena de muerte y el inoperante  bla bla bla  de toda la vida.

De otro lado, por una curiosa coincidencia de nuestra política, la experiencia nos demuestra que el candidato que más madruga no es el que llega primero. Al contrario, es el que recibe todos los golpes y llega desgastado y jadeante al final de la carrera, como lo demostró George Forsyth en el 2021. López Aliaga, que ya está en campaña hace más de un año -aunque de dientes para afuera diga que necesita algunos días para pensarlo-, lo comprobará en carne propia cuando, en los últimos tres minutos del partido, algún desconocido candidato se le meta por los palos y pase a la ansiada segunda vuelta.

Por último, Porky olvida que el cementerio electoral de nuestro país está alfombrado de alcaldes (algunos, muchísimo más exitosos que el cerdito de marras) que quisieron ser presidentes. Sin ir lejos, su extrañadísimo Luis Castañeda Lossio (QEPD) y don Alberto Andrade, ambos reelectos varias veces en el cargo edil, pero que se quedaron con los crespos hechos en lo que atañe a sus aspiraciones presidenciales.

Don Rafael, que tiene el carisma de un refrigerador malogrado y la capacidad oratoria de Demóstenes (el de Don Gato y su pandilla, obvio), cree que llegará a segunda vuelta con Keiko Fujimori y que, como es la tendencia general en las encuestas, la derrotará en dos papazos. Es hora, tal vez, de que el pobre despierte de su sueño: eso nunca ocurrirá.

No sabemos si Keiko irá a segunda vuelta (hay un alto porcentaje de posibilidades, porque será la pitufa mayor de la Pitufilandia de candidatos que se nos vienen), pero lo que podemos apostar, sin lugar a dudas, es que no irá con López Aliaga, sino con cualquier otro que signifique alguna diferencia sustancial a su candidatura y ese candidato podría, como Pedro Castillo, aparecer en el último tramo de la campaña.

Y allí, ¡pobre Porky!, se chocará con la dura realidad.

https://larepublica.pe/opinion/2025/06/11/pobre-porky-por-maritza-espinoza-hnews-969166

https://www.leerydifundir.com/2025/06/peru-pobre-porky/