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30 de agosto de 2025

Perú: Las cojudeces de Rospigliosi

Ronald Gamarra

"El Congreso ha aprobado leyes manifiestamente inválidas y pretende que los jueces las apliquen ciegamente​"

Hace solo unos días, los agentes que atroz y ridículamente representaban al Estado peruano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos argumentaban una y otra vez que en nuestro país los jueces tienen plena libertad para ignorar la ley de amnistía, aprobada recientemente para favorecer a violadores de derechos humanos, en virtud de los controles constitucional y convencional que estos tienen para no aplicar una ley al caso específico que conocen si la consideran anticonstitucional o contraria a los tratados internacionales firmados por nuestro país para el respeto de los derechos humanos. Por cierto, el argumento era tan flojo y contradictorio que hasta el más ingenuo tenía que preguntarse el porqué aprobaban entonces leyes que saben que son anticonstitucionales y anticonvencionales y que por ello mismo no serán aplicadas por los magistrados que respetan el derecho.

Pero la trama no solo era endeble y contradictoria, sino sobre todo cínica y mentirosa. Porque todos sabemos bien en qué clima político de intimidación y chantaje se tienen que desenvolver los jueces que quieren cumplir debidamente con su función en el país regido por el pacto parlamentario mafioso y su títere Boluarte. Una realidad en la que se quiere imponer la impunidad de un cártel político delincuencial, experto en coimas, lavado de activos, tráfico de influencias, negociación incompatible, cohecho, malversación y otros latrocinios, entre los cuales no pueden faltar las violaciones de derechos humanos, los crímenes de lesa humanidad. Una realidad en que los jueces y fiscales viven bajo la permanente amenaza de ser intervenidos y reorganizados arbitrariamente por la mafia parlamentaria y el gobierno.

Es lo que acaba de ocurrir con el correcto juez Richard Concepción Carhuancho, a quien el parlamentario fujimorista Fernando Rospigliosi ha denunciado ante la Junta Nacional de Justicia para que sea destituido cuanto antes. Lo acusa de magistrado prevaricador por negarse a aplicar las leyes anticonstitucionales y contrarias a los tratados internacionales sobre derechos humanos que el Perú se ha comprometido a cumplir. Rospigliosi quiere poner de rodillas a los jueces con este acto de prepotencia, para el cual pretende valerse de una entidad como la JNJ, desacreditada por su obsecuencia hacia la claque congresal y que no cesa de desenmascararse con la rehabilitación de oficio de fiscales y jueces merecidamente destituidos en su momento, como lo ha hecho con Patricia Benavides, a quien pretendió imponer como fiscal de la nación para tomar el control del Ministerio Público.

El juez Concepción Carhuancho actúa de manera irreprochable en el marco del Estado de derecho, ejerciendo sus atribuciones y obligaciones, entre las cuales se encuentra controlar que la justicia sea servida siempre en estricto cumplimiento de las disposiciones constitucionales y la normatividad internacional reconocida por nuestro país. Recordemos siempre que las disposiciones que surgen de esos tratados y de los organismos cuya jurisdicción internacional hemos admitido en decisión soberana, forman parte del derecho nacional, tal como lo establece la Constitución. Y si el magistrado, al administrar justicia en un caso concreto, encuentra una disposición contraria a la Constitución, está en la obligación legal y moral de imponer el control constitucional difuso y declarar los fundamentos correspondientes para dejar de lado la ley anticonstitucional, tal como lo hace escrupulosamente el juez Concepción Carhuancho.

El problema no es el juez, sino el Congreso que aprueba con desfachatez leyes írritas, brutalmente contrarias a la Constitución. En verdad, el juez es parte de una solución, de una enmienda, al estropicio legal propiciado por una mayoría ocasional, parcializada y corrupta del Congreso, que ha decidido hacer tabla rasa del Estado de derecho en nuestro país para imponer sus intereses espurios de casta, de clan o de banda. Efectivamente, el Congreso ha aprobado leyes manifiestamente inválidas y pretende que los jueces las apliquen ciegamente, servilmente, sin valoración jurídica y menos aún criterio de conciencia. Y si resulta que los jueces se niegan a hacerlo, pues a promover su destitución, a demandar la intervención del gobierno y el Congreso en el Poder Judicial y el Ministerio Público.

Ya ha anunciado el ministrol Santiváñez que su prioridad a corto plazo será la reforma judicial, es decir, apoderarse de estas entidades y ponerlas al servicio del pacto mafioso, tal como han hecho ya con la JNJ, la Defensoría del Pueblo y el Tribunal Constitucional. Y tiene cara de anunciarlo precisamente Santiváñez, ministro que carga con 12 procesos penales sobre sus bien rellenas espaldas. Por supuesto que esos 12 procesos en marcha son su gran incentivo personal para meter mano a fondo en casos que llevan adelante los organismos de la administración de justicia, como lo son las numerosas investigaciones penales de Dina Boluarte, Keiko Fujimori, Patricia Benavides y todos los integrantes de la mafia de los cuellos blancos del juez hermanito César Hinostroza, sus sostenedores y apoyos incondicionales.

Rospigliosi nunca pasó de ser un sociólogo menos que mediocre y ahora que pretende improvisarse como jurista no hace más que decir y hacer cojudeces. Por eso resbala con su denuncia por prevaricato contra el juez Concepción Carhuancho. Este es un delito que debe denunciarse ante el Ministerio Público y procesarse y sentenciarse en el Poder Judicial. La JNJ no tiene nada que ver en esa calificación penal. En tanto el juez observe la conducta funcional que corresponde, que en su caso es irreprochable, los amigotes de Rospigliosi en la JNJ no tienen por qué meter las narice

Peor burrada es que, a renglón seguido, Rospigliosi sostenga tan suelto de huesos que en el Perú no se han cometido crímenes de lesa humanidad. Vamos, Rospi, que ni siquiera tú te lo crees, que hace apenas unos cuantos años reconocías el contexto y sostenías exactamente lo contrario. ¿Así que no son de lesa humanidad tantos crímenes como el de Accomarca, donde 67 campesinos, entre ellos 26 niños, fueron reventados deliberadamente con granadas y balas, después de ser encerrados en un galpón? ¿No son de lesa humanidad los crímenes del destacamento militar Colina, perpetrador de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, destacamento clandestino creado directamente desde la cúspide del poder y que operaba desde el mismo Pentagonito, todo ello en la época de tu actual tótem político Alberto Fujimori y sus cómplices Vladimiro Montesinos y Nicolás de Bari Hermoza Ríos? Allá tú con tu conciencia, si algo te queda.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 747 año 16, del 29/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

27 de agosto de 2025

Perú: Gusano converso

 Caretas 15b - Autor Robtoz.png

Paco Moreno

Se solidarizaba con la viuda del periodista Hugo Bustíos y ahora le abre las rejas a Daniel Urresti

Entre los conversos más visibles, Fernando Rospigliosi no llega a ser Eudocio Ravines por falta de talento; no llega tampoco a ser Pablo Macera por falta de estudios; pero es, sin duda, el converso más notable entre los gusanos.

“Gusano” es su apelativo exacto desde los años setenta del siglo pasado, cuando estudiaba Sociología en la Universidad Católica, época en la que comenzó a reptar en los pasillos de la política buscando siempre el beneficio personal y el acomodo.

Rospigliosi comenzó en el partido Vanguardia Revolucionaria, de Javier Diez Canseco, donde actuaba como un izquierdista impetuoso, disciplinado y terminó como el punta de lanza de malos militares y policías que actuaron en los gobiernos de Belaunde, García, Fujimori y Boluarte.

Es posible que por falta de propuestas lucrativas no se haya unido a esa aplanadora que dirigían los siameses políticos Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Por esto, Rospigliosi estuvo en la oposición contra la dictadura, y muchos lo consideraban un alfil importante a favor de la democracia.

Allí están sus elogios al general Rodolfo Robles Espinoza, quien no quiso beneficiarse de la ley de amnistía que ideó Montesinos y el Congreso aprobó la madrugada del 14 de junio de 1995. Están los videos donde califica de mentiroso a su hoy compadre Jorge Montoya porque este negaba que hubiese firmado la famosa acta de sujeción de Montesinos. Cuenta también su encendido elogio a la lucha contra la impunidad en la presentación del libro El crimen de La Cantuta, de Efraín Rúa, en 1996.

Podemos citar sus artículos en el semanario “Amauta”, dirigido por Óscar Dancourt, y en “Caretas”; también, sus opiniones en foros, conferencias y discusiones, sus libros publicados, y llegaremos a la conclusión de que fue un antifujimorista muy activo, y esto confirma que ahora es un verdadero Gusano converso. Sin embargo, él dice que no lo es y se enoja, y alza voz cuando los periodistas le recuerdan su pasado.

Tal vez no le guste que le digan converso, quizá prefiera que lo llamen tránsfuga. Así lo calificó el escritor Gregorio Martínez en una columna de enero del 2004 publicada en “La República” en tiempos en que el Gusano gritaba: “Soy de derecha y qué”.

Gregorio Martínez escribió: “Para ser de derecha, señor ministro del Interior, se debe tener un pensamiento y una trayectoria semejantes a lo que caracteriza a Hernando de Soto. O ser un empresario conservador con ambiciones políticas. Pero Fernando Rospigliosi no es ni lo uno ni lo otro. Si su nombre tiene cierto relieve es porque escribió y opinó en lo que fue la izquierda peruana. Si no, dígame, dónde puedo leer su ideario derechista. Entonces, Fernando Rospigliosi es solo un tránsfuga”.

De la izquierda recia de Vanguardia Revolucionaria, Rospigliosi cruzó por los pasillos de los que luchaban contra la dictadura fujimorista hasta que llegó el momento de ofrecerle sus servicios a Alejandro Toledo. Llegó a ser ministro del Interior toledista y terminó censurado y repudiado. Después, buscó espacios sin suerte en ese sancochado político que encabezaba PPK.

Entonces llegó al remanente del fujimorismo sin Montesinos ni Alberto, y sorprendió con facilidad a los keikistas sin lecturas ni habilidades finas porque un gusano con dos ojos es el tiburón en la pecera de los tuertos naranjas. Rospigliosi empezó a hacer barbaridades. La ley de amnistía que saca de la cárcel a asesinos mayores de 70 años es evidencia de que se ha convertido en una bestia.

Rospigliosi alentó casi la misma norma montesinista de 1995 que él rechazaba con ímpetu. Rospigliosi se solidarizaba con la viuda del periodista Hugo Bustíos y ahora le abre las rejas a Daniel Urresti, condenado a 12 años de prisión por ser coautor del asesinato de Bustíos. El 25 de agosto Urresti cumplirá 70 años, y pronto llegarán a tener esa edad Jesús Sosa Saavedra, Carlos Pichilingue y Martin Rivas, integrantes del Destacamento Militar Colina.

Estos malos uniformados, como lo recordó el periodista César Hildebrandt, fueron denunciados originalmente por militares honestos agrupados en COMACA (Comandantes, Mayores y Capitanes del Ejército). En 1993, los militares con honor entregaron al entonces congresista Henry Pease documentación sobre las acciones perversas de los esbirros de Montesinos.

Decíamos que Rospigliosi no llega a ser un converso como Eudocio Ravines ni Pablo Macera, pero sí hay alguien parecido a él que se ha pasado al otro bando. Dina Boluarte es la conversa tipo Rospigliosi. Ella se ha cambiado de camiseta por relojes y viajes en el cofre, por sueldos aumentados y movidas para favorecer a sus familiares, por paseos alrededor del mundo avergonzándonos a todos, por el beneficio personal y el acomodo.

Rospigliosi y Boluarte son tal para cual. Trabajan para mantener contenta a Keiko Fujimori, carecen de principios y de sangre en la cara, se traicionan a sí mismos y cada vez son peores, son imanes del desprecio de gente que algún día les regaló un aplauso, y es posible que terminen en el ostracismo total cuando ya no sean útiles para el poder oscuro que maneja este país de infortunios.

Rospigliosi quiere ser senador para salvar su pellejo, y Dina Boluarte busca evitar la cárcel a toda costa. Si pudiera, Rospigliosi le diría a Boluarte: concéntrate en no caer presa, sigue golpeando a la Corte Interamericana de Derechos Humanos porque esto le conviene a Keiko, está bien que te aumentes el sueldo y que presiones para que el Reniec te suelte dinero porque necesitarás mucha plata para estar libre, buena jugada el regalo de autos de lujo para los policías de alto rango porque es una forma de comprar silencios en el proceso por las muertes, con la ley de la amnistía ganaste puntos con los militares, tranquila, yo te ayudaré porque estoy preparando otra ley para que no toquen a los policías y militares implicados en las muertes ocurridas en diciembre del 2022 y enero del 2023.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 746 año 16, del 22/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

17 de agosto de 2025

​Perú: Terroristas ustedes

Juan Manuel Robles

"Tampoco era defensa contra el terrorismo lo que hicieron después: saquear casas y quemarlas, desaparecer los cuerpos y asesinar a los testigos"

Lo más alucinante de la nueva Ley de Amnistía es que con ella viene una suerte de marcha del orgullo armado, con pistolita y charreteras, un corso de uniformes verdes y sonrisas en el que militares y policías hinchan el pecho como quien recibe un desagravio, un justo homenaje, un reconocimiento a sus aportes al Perú, como esos artistas incomprendidos que aceptan la medalla oficial en el otoño de sus vidas. No es para menos, pues esta ley se presenta como un beneficio justo, una reparación a quienes “nos defendieron del terrorismo”. El fraseo no es inocente y así colocado nos deja sin armas: ¿Cómo podría un hombre que hizo algo tan noble ir a la cárcel?

Por supuesto, hay truco y una gran cara dura. Daría risa, si no fuera porque revelar el descaro implica hablar de desapariciones, violaciones, torturas, asesinatos y fosas comunes. No, esos tipos, los que pueden aprovechar la nueva ley, no estaban defendiéndonos del terrorismo.

No estaban defendiéndonos del terrorismo los hombres que, el 14 de agosto de 1985, llegaron a la quebrada Lloqllapampa en Accomarca porque querían lidiar con el problema de un “centro de adoctrinamiento” de Sendero Luminoso. Al no encontrar material subversivo —ni armas ni volantes ni nada—, ni siquiera con ayuda de los perros, sacaron a los comuneros y los metieron en tres chozas, para dispararles a todos, con un saldo de 69 muertos, 26 de ellos menores de edad. Eso no parece defensa contra el terrorismo, entre otras cosas porque ninguno de ellos era terrorista. Tampoco podría calificarse de defendernos del terrorismo al acto de tirar luego granadas a las chozas para borrar todo rastro, y matar a los testigos que quedaban, días y semanas después, para que nadie lo sepa.

Por supuesto que no estaban defendiéndonos del terrorismo los 200 soldados que en mayo de 1988, en respuesta a un ataque de Sendero, incursionaron en Cayara y mataron a 39 civiles que no tenían nada que ver en el asunto. Tampoco era defensa contra el terrorismo lo que hicieron después: saquear casas y quemarlas, desaparecer los cuerpos y asesinar a los testigos. No sé qué forma de defensa contra el terrorismo hizo que, luego, el fiscal que investigaba el caso tuviera que salir huyendo del país, aterrado.

Definitivamente no estaban defendiéndonos del terrorismo los militares que el 14 de marzo de 1991 fueron a buscar a las autoridades de Chuschi por negarse a formar rondas campesinas, montando para ello un falso ataque senderista con disparos y todo, para luego sacar a patadas al alcalde, al secretario del consejo y al teniente gobernador y llevárselos. No, los militares que iban en la patrulla con los señores prisioneros no nos defendían contra el terrorismo cuando, al ser interceptados en el camino por los familiares, que les imploraban información, decidieron no parar sino atropellarlos, para después seguir hacia la base contrasubversiva. No era defendernos contra el terrorismo que nunca más se viera a esos desdichados.

¿Cómo le van a llamar defendernos del terrorismo a lo que hizo la Marina de Guerra cuando el 22 de agosto de 1984 llegó a Pucayacu, o sea, a torturar y matar a cincuenta personas y meterlas en una fosa común? ¿Cómo va a ser defendernos del terrorismo desaparecer a un periodista que llega a la base a pedir explicaciones?

Esos son algunos de los casos en que los culpables e implicados podrán acogerse a la nueva ley de amnistía. Hablamos de aquellos que pudieron ser juzgados y encarcelados: porque varios se hicieron humo, están prófugos o se encuentran viviendo tranquilamente en el extranjero. 

Siempre se podrá hablar de las circunstancias. Entre los defensores de esta gente hay quienes los quieren ver como víctimas con el cerebro dañado justamente por la subversión: rambitos en zona de emergencia con estrés postraumático, humanos al fin y al cabo, con tanta tensión que al simple crujido de una hoja disparaban la metralleta y pucha, luego aparecían los daños colaterales regados en el piso. Qué fácil es hablar de derechos humanos para el que nunca conoció el peligro de una emboscada de Sendero Luminoso.

Pero no. No engañen. No es que cualquier militar que haya estado en zona de guerra haya sido enjuiciado. Llevar al banquillo a uno de estos señores es de las cosas más difíciles que hay.

En los casos judicializados hay gravedad y denominadores comunes: premeditación, cadena de mando, decisiones conscientes. Quienes cometieron estos crímenes tienen un profundo desprecio por una masa de gente rendida, una retorcida idea de la tortura y la muerte como castigo, y la convicción de que tienen derecho a impartirlo. Los diferencia de un hombre desesperado y paranoico el hecho de que sus matanzas tienen plan y boceto: la arquitectura de la muerte.

No hablamos del disparo errado en el calor de una operación armada. Los militares no van a la cárcel por eso. Aquí hablamos de Camión y sus secuaces; del Carnicero de los Andes y su gavilla.

Y no nos hagamos los tontos: en el Perú solo se ha podido judicializar una fracción mínima de estos terroristas de Estado —eso es lo que son—, debido al silencio institucional y al espíritu de cuerpo (que no deja saber dónde están los cuerpos). La masacre de Putis, el horrendo crimen en que militares hicieron cavar a 123 víctimas una “piscigranja” que en verdad sería su propia tumba, ocurrido en 1984, no se conoció hasta el 2001 y a uno de los militares enjuiciados tuvieron que dejarlo libre por falta de pruebas. No es inusual en estos casos, donde el Ejército tiene por horas el control de las pruebas y el monopolio de la escena del crimen.

Con esto digo que lo que hicieron los militares en el Perú es de una atrocidad inocultable, de la que solo sabemos una parte pequeña. La realidad total debe ser espantosa. No importa aquí la comparación (que si se los puede colocar en un mismo saco con los subversivos), hay algo muy inhumano y vergonzoso en validar masacres por razones políticas con una ley como esta, que podría evitar que se haga justicia en los pocos casos en que es posible armar una causa judicial. Hay algo torcido —tal vez irreversiblemente— en que esta ley venga con comparsa y que salga a celebrar, con apapacho a la presidenta, un miembro del Grupo Colina, como si nada. Y así hablan de la apología del terrorismo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 745 año 16, del 15/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

22 de octubre de 2021

Perú: Volverse Rospigliosi

Juan Manuel Robles

Nada resume mejor la decadencia del viejo antifujimorismo que Fernando Rospigliosi, un referente ineludible en la lucha contra la autocracia de los noventa hoy convertido en el lamentable “analista” que vemos en los medios: un peón de Keiko Fujimori que se ha dedicado a contradecir cada una de las cosas que él mismo sostenía solo unos años atrás (la gran corrupción de la que él nos advertía, la de Fujimori, es hoy en su discurso la mejor opción para conducir el país). Su sola cercanía a la organización que combatió (una organización criminal, a decir de los fiscales) es la estampa aparente de la traición a sí mismo, algo que daría lugar al puro desprecio —o a la indiferencia— si no fuera un hecho tan decepcionante. Porque, no se confundan, este no es un transfuguismo cualquiera: Fernando Rospigliosi no es Nano Guerra García. No era un simple colaborador en la oposición férrea al fujimorismo, alguien que enarbolaba banderas y buenas intenciones. Rospigliosi fue uno de los cerebros de la resistencia. Un caviar en toda regla que había pasado del izquierdismo duro a la moderación neoliberal, un creyente del mercado pero enemigo del mercantilismo con licencias pactadas en la salita del SIN. Todas las semanas, bajo su foto sin actualizar en “Caretas”, opinaba en columnas mal escritas pero bien informadas y pensadas, revelando verdades secretas que quemaban doblemente (porque eran primicias y porque decir la verdad entonces era peligroso). Rospigliosi no solo nos daba revelaciones indignantes del poder, sino que explicaba los mecanismos de la mafia. Tenía registro intelectual. Había escrito un libro sobresaliente: El arte del engaño, sobre la desinformación y la propaganda en los medios afines a Montesinos.

Ese libro es una síntesis lúcida, didáctica, de los mecanismos de la mentira de los medios (aplicado al Perú de fines de los noventa). Los estudiantes de Comunicaciones lo teníamos como complemento, junto a los clásicos. Pero el libro de Rospigliosi tenía el encanto de la cercanía y la actualidad: era genial aterrizar los conceptos de los títulos de Paidós en el muladar peruano de los diarios chicha.

¿Qué pasó con aquel hombre? El otro día leí cómo un viejo amigo suyo oenegero —excompañero de la vida y la lucha— comentaba con tristeza que la transformación los había separado, y describía el cambio como algo más o menos repentino e inexplicable. Ahora que nos hemos enterado por un informe que la empresa de Rospigliosi cobró 180 mil soles de Fuerza Popular, a muchos les parece obvia la razón de la metamorfosis.

Pues yo no estoy seguro de que sea solo el dinero (si es que lo es). Yo creo que, como ocurre a veces, en algún momento empezaron a emerger cosas que ya estaban allí.

De hecho, creo que el de Rospigliosi no es un caso aislado. Es un síntoma. El suyo es el estado avanzado de una enfermedad que va atacando a algunos progresistas que antes fueron valientes y contestatarios pero hoy prefieren estar cada vez más cómodos: una enfermedad insidiosa que, si no se controla a tiempo, puede dejarlos en la lamentable condición del asesor de Keiko.

No sé si exagero, pero creo que varios progres que conozco ya están contagiados, y van camino a la rospiglización.

Porque no se necesita dar el paso final (irse con Keiko) para emular al analista asesor. Se va volviendo un Rospigliosi, por ejemplo, el progresista que terruquea. El que dice que no quiere terruquear pero le basta la mínima excusa para hacerlo, con la nariz arrugada, si eso es necesario para aplastar al partido atrevido que busca cambiar la constitución y renegociar contratos de recursos estratégicos. Se va volviendo un Rospigliosi el progresista que avala a ojo cerrado informes de la policía, sobre todo cuando parte del trabajo de ese progresista, en el pasado, fue denunciar los sesgos policiales, los testimonios falsos del conflicto armado: la triste normalidad de echar a un “senderista” para salvarse. Se va volviendo un Rospi el que ante la arremetida criminalizante de la derecha, allí donde ayer hubiera intervenido, hoy mira para otro lado.

Se acerca a la metamorfosis rospigliosiana el progresista que un día, de modo asombroso, descubre que le cree más a la policía que a un luchador social. Se arrospigliosiniza el progresista que afina el olfato para tratar a los sindicalistas como sospechosos pero lo pierde para recordar que en este país suele haber juicios, contra dirigentes sociales, que son una farsa.

Se aproxima a volverse un Rospigliosi total quien renuncia convenientemente a cotejar los hechos, y repite que Conare es Sendero Luminoso (cuando Sendero, el movimiento terrorista de Abimael, no existe, como explicó bien Rospigliosi antes de pasarse al lado oscuro), prestándose para la multiplicación del estigma y también para la desestabilización y el chantaje matoncito al gobierno.

Se va convirtiendo en Rospigliosi el progre que trata a los votantes de Perú Libre y la izquierda como gente pintoresca que debe calmarse, ceñirse a la ley y olvidarse del cambio constitucional, sin considerar que ganó el candidato que ofreció acabar con la constitución del 93. Se va convirtiendo en Rospigliosi el progresista que cambia reflexión social y diálogo por autoritarismo de clase.

Se acerca al rospigliosismo antiizquierdismo macartismo el joven caricaturista que le pinta traje a rayas de terrorista al ministro en una viñeta, porque, vamos, hay que acabarlos de una vez y si el editorial del diario de derecha radical en que trabajas dice que estuvo con los terrucos, pues vamos a terruquear. Ser progre un día y luego ser cómplice de la criminalización gratuita: rospigliosísimo.

Se va volviendo un Rospigliosi el escritor que en su programa le tira dedo a un ministro que se reúne con cocaleros —¡horror!—, como si eso fuera sinónimo de ser delincuente. El progresista que —consciente del fracaso de la estrategia contra el narco en el Perú— alienta la satanización de la hoja de coca y de sus dirigentes, plegándose a la DEA como brigadier o chupe —¡antes creía en la soberanía nacional!—, a ese progre le pasará un día de estos lo de Samsa: despertará en la mañana convertido en… Rospigliosi.

Está en camino del rospigliosismo agravado el progre que se escandaliza por la recolección de firmas para una asamblea constituyente y se refiere a eso como un acto delincuencial y piraña, silenciando a los constitucionalistas que apoyan la viabilidad del referéndum. El progre que habla con tono policial sobre el movimiento ciudadano que busca cambiar la carta magna, y espera ansiosamente el informe de inteligencia filtrado que criminalice a alguno de los promotores —da igual qué acusación— para sumarse al cargamontón, está claramente rospigliosiado.

Seguramente, esos progresistas pensarán: nada que ver, yo jamás estaría con Keiko ni renunciaría a mis principios por comodidad; no soy un Rospigliosi, solo soy liberal. Pero la zona de confort que cambia al progresista, que lo vuelve un señor más conserva —y años después lo volverá un viejo lesbiano—, no siempre es tan obvia ni vergonzosa como Fuerza Popular. También puede ser la Fundación del gran escritor offshore de derecha, el auspicio de la empresa minera, la cartera de clientes para las asesorías, la colaboración semanal (cuota caviar en el periódico facha), el media training que funciona mejor con la economía neoliberal intacta, el gigante de la telefonía que te paga por dar talleres literarios. Suave, amigo progre. Puede que no estés tan lejos del Rospi como crees.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°561, del 15/10/2021   p18

28 de mayo de 2014

La farsa del Movadef


Fernando Rospigliosi

El 9 de abril el Gobierno anunció un golpe demoledor y definitivo al terrorismo en el país, luego de detener a 24 personas que no estaban realizando actos terroristas ni planeaban hacerlos.

En efecto, el Movadef nunca ha sido acusado de haber realizado ningún atentado terrorista. Tampoco la Policía le ha encontrado armas, explosivos o campos de entrenamiento para realizar acciones armadas. El Movadef no ha realizado ni realiza propaganda a favor de la lucha armada o la violencia revolucionaria.

Es un grupo que aplica la nueva estrategia de Abimael Guzmán, expresada públicamente en 1993 y ratificada varias veces después: la guerra terminó, fueron derrotados y ahora hay que buscar soluciones políticas. Actualmente están dedicados a hacer propaganda a favor de la amnistía para sus líderes y a tratar de conseguir la inscripción legal de su movimiento para participar en elecciones. Son repudiados y repudiables, pero no terroristas.

No se necesitan dos años de investigación ni 300 policías y 47 fiscales y abogados dedicados a eso —como dijo el presidente Ollanta Humala desde Canadá— para llegar a esa conclusión.

Tampoco para detener a decenas de dirigentes del Movadef —varios de la tercera edad— que no estaban en la clandestinidad sino haciendo vida pública, con direcciones conocidas.

La acusación se basa en declaraciones de arrepentidos, algunas de las cuales se han demostrado falsas. Por ejemplo, como ha verificado IDL-Reporteros, la reunión entre Alfredo Crespo y Artemio el 14 de abril del 2008 en el Alto Huallaga, en la que Crespo supuestamente dijo “hay que liberar a los camaradas para que la lucha armada no caiga”, nunca se realizó. En esa fecha Crespo estaba en la Base Naval visitando a Guzmán. El otro abogado y dirigente del Movadef, Manuel Fajardo, tampoco estuvo en Tingo María en esa oportunidad.

Es más: desde principios del 2013 la Policía sabía que esa versión del arrepentido era falsa, y un informe de Dircote enviado al ministro del Interior y los mandos policiales así lo confirmaba.

Sin embargo, un año después el Mininter filtró a sabiendas esa falsa información a los medios para apoyar y sustentar la denuncia del Gobierno.

La versión del medio millón de soles proveniente del narcotráfico que supuestamente entregó Artemio al Movadef se basa en una suposición con muy poco asidero. Según el semanario Hildebrandt en sus Trece, un contador de la Policía calculó que eso es lo que habría gastado el Movadef para intentar su inscripción, y luego deduce que el dinero proviene del narcotráfico. Ambos supuestos sin prueba alguna.

Aún más: toda la acusación se basa en hechos presuntamente ocurridos hace seis u ocho años. Artemio fue detenido en febrero del 2012 y en ese momento su banda ya estaba agonizando.

Que existe una relación directa entre Guzmán y Crespo es algo obvio y no se requiere dos años de investigación e inmensos recursos para demostrarlo. Como no se requiere una gran pesquisa para saber que el abogado de Alberto Fujimori, William Castillo, está tratando de crear un movimiento —ya compró el kit electoral— para abogar por el indulto de su defendido. El tema es que eso no es un delito, como afirman Humala, el ministro Walter Albán y el Gobierno.

Desde Canadá Humala se dio tiempo para anunciar el gran éxito: los del Movadef “fueron capturados en la operación Perseo 2014 por ser presuntos autores de los delitos de terrorismo y financiamiento al terrorismo con dinero proveniente del narcotráfico”. Pero, como ya es indudable ahora, hasta hoy no hay ninguna evidencia de ninguno de esos delitos.

El periodista Pedro Tenorio ha revelado que en octubre del 2013 las más altas autoridades del Mininter dijeron confidencialmente que ya tenían todo listo para dar un gran golpe contra el Movadef. Probablemente era cierto. Tenían preparada la operación propagandística para hacerla pública cuando creyeran que la necesitaban.

Esto abona la idea de que se trata de una maniobra política del Gobierno destinada a mostrar a la ciudadanía que hace algo por la seguridad y cubrir su rotundo fracaso en la lucha contra la delincuencia.

Con la ayuda de los medios, han tenido relativo éxito: el 77% de los que conocen el asunto (que son el 65% del total) aprueba la detención de los dirigentes del Movadef, según la encuesta de Ipsos de abril.

Han repetido la experiencia del operativo “Bokassa 2012”, cuando anunciaron que habían descubierto a “narcoterroristas” que lavaron 100 millones de soles de los senderistas del VRAE. El ministro del Interior de aquel entonces recorrió las propiedades incautadas en el sur chico. Tuvieron primeras planas durante una semana. El presidente Humala mencionó la operación en su mensaje del 28 de julio de ese año como una muestra de los avances de su Gobierno en la lucha contra el terrorismo.

Dos años después, todos los capturados están libres. Jamás se demostró su relación con los senderistas del VRAE. Pero sirvió para el propósito propagandístico del Gobierno en ese momento. Los medios que le dieron cobertura nunca se ocuparon de rectificar las mentiras oficiales.

Finalmente, es triste que un ministro como Walter Albán, que adquirió prestigio en la Defensoría del Pueblo como sostenedor de los derechos de los ciudadanos y garante de la justicia y la legalidad, hoy se preste a una artimaña burda con el único propósito de tratar de levantar la alicaída popularidad de su jefe, en lugar de dedicar sus energías a luchar contra los verdaderos enemigos, la delincuencia y los remanentes terroristas del ahora VRAEM.


http://revistaideele.com/ideele/content/la-farsa-del-movadef