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26 de octubre de 2025

Perú: La sangre otra vez

Gustavo Espinoza

Cuando la noche del miércoles 15 de octubre cayó abatido en la Plaza Francia de Lima Eduardo Mauricio Ruiz Sáenz, un artista de la música y cantante popular de los colectivos de Hip Hop; se supo que la sangre había vuelto a la capital en el marco de una lucha muy extendida que la población libra contra una Mafia envilecida que  se resiste a abandonar las posiciones de Poder, pese incluso a que ella misma se viera forzada a cortarle la cabeza a Dina Boluarte, por considerarla una extremidad inútil y hasta putrefacta.

Fueron miles los pobladores -jóvenes y viejos- que se dieron cita en las calles de Lima para expresar su repudio al Congreso de la República que aún mantiene un 95% de desaprobación ciudadana. Pero la movilización no sólo estremeció Lima. Ocurrió también en las principales ciudades del país: Arequipa Tr8jillo Cusco, Huancayo, Ayacucho y otras, en las que el grito fue unánime: Que se vayan todos, es decir, el encumbrado Presidente, los congresistas y los nuevos ministros del Gabinete Alvarez que, como muchos han dicho, no conforman un gobierno de transición, sino de transacción,  es decir una estructura en la que se ha verificado una repartija en provecho de la Clase Dominante.

Hay que admitir que el presidente de hoy -no se sabe si en los próximos días también- inició su gestión con un “nuevo estilo”.  Se mostró atento a las cosas y al desarrollo de los acontecimientos, acudió a varios lugares, habló con gente, recibió delegaciones, y aunque en algunos sitios fue bien recibido, en otros le llovieron quejas y hasta insultos. Y es que el piso está cuarteado en este país desde hace varios años por una cúpula envilecida y en derrota.

En Ayacucho, por ejemplo, la demostración fue “pacífica”, pero allí los familiares de las víctimas de la masacre de diciembre del 2022 demandaron justicia y exigieron la investigación de la muerte de sus familiares, al tiempo que exigieron la detención de Dina Boluarte. En contrapartida, el Poder Judicial resolvió autorizar a la ex mandataria a abandonar el país cuando lo quiera, sin restricción alguna, convalidando su posibilidad de “asilo”,  o más bien de fuga..

En Arequipa, donde el Rey de España presidia un Congreso Internacional de Lengua Española, las autoridades buscaron impedir el ingreso de los manifestantes a la Plaza de Armas de la ciudad, y sólo permitieron las marchas populares, cuando su Real Majestad hizo abandono de la ciudad. Sumisión virreinal, ¿verdad?

Las movilizaciones que comenzaron el miércoles pero que continuaron en días sucesivos, se explican en tres niveles: contra el presidente Jerí, contra el Congreso de la República y contra el Gabinete Ministerial. En los tres casos, tienen fundamento de fondo.

José Jeri accedió a la presidencia de la República por un hecho casual: era presidente del Poder Legislativo al momento de ser “vacada” Dina Boluarte por la totalidad de los votos congresales, sin uno solo en contra y sin ninguna abstención. Pudo -y debió- en la circunstancia, procesarse un cambio y elegirse a un presidente que implica una modificación en la política oficial, pero no se quiso eso. Estuvo en la intención de la mayoría parlamentaria jugar una carta que implicara “más de lo mismo”. No tienen, entonces, razón para quejarse hoy de la ira pública.

Se puede objetar que las movilizaciones populares -incluida la del miércoles 15- estuvieran cargadas de violencia. La “Prensa Grande” habló de “bombas Molotov” y piedras, como “armas” de los manifestantes. Si pues.  Quienes participamos antes en esas batallas y pusimos el pecho para enfrentar la represión oficial, sabemos que las “bombas Molotov” no son nada nuevo. Se originaron en los años de la II Guerra Mundial y llegaron a fines de los 50 y a inicios de los 60. Y las usamos porque constituían la única manera de hacer frente a la brutalidad policial. Gracias a ellas, existe hoy el Pasaje Universitario, el Co Gobierno y la Autonomía Universitaria.

Lo mismo que las piedras y los palos, de los que se valen los manifestantes acorralados por robots metálicos vestidos de acero. En circunstancias como esa, los que luchan no tienen más alternativa. Y parafraseando a Mariátegui, podremos decir que, si  generan violencia, no habrá más alternativa que estar con la violencia, sin reservas cobardes.  

El señor Jeri tiene serios cuestionamientos.  Estuvo involucrado en una presunta violación sexual aún no esclarecida, está sindicado por manejos turbios en la Comisión de Presupuesto del Congreso de la República, tiene marcados vínculos con redes porno y -sobre todo- dio su voto aprobatorio a todas las leyes que sancionara el actual Congreso para favorecer al crimen organizado y la delincuencia en su apogeo.

En el extremo, el señor Jerí, sin asco, votó blindando a Dina Boluarte en las 6 ocasiones anteriores en las que se demandara el fin de su gestión. Así, se hizo cómplice de sus latrocinios, pero también de los crímenes que cometiera ese régimen entre diciembre del 2022 y marzo del 2023 y después. Por lo demás, en la noche del pasado 15, se preocupó muchísimo más por la salud de los policías, y le importó una higa la situación de los civiles agredidos por la represión. En otras palabras, el señor Jerí, alto y bien vestido, está muy lejos de ser propiamente una mansa paloma.

El Congreso, por su parte, fue cómplice y beneficiario directo o indirecto de todos los latrocinios consumados por Dina Boluarte. Todo lo que ella hizo, los benefició, o les dio la posibilidad de “cobrarle” algo en provecho propio. Por eso se negaron a vacarla como debieron hacerlo en diciembre del 2022 a raíz del asesinato de 67 peruanos.  Y por eso la blindaron en todos los debates a fin de que no rinda cuentas de nada y no pagara sus culpas. Cómplices, entones son casi todos, con la sola excepción de una decena de parlamentarios que libraron una lucha desigual y valerosa para marcar a fuego la iniquidad imperante.

Y el nuevo Gabinete, porque está signado desde su origen, pero también porque su composición deja mucho que desear. El propio presidente del Consejo de Ministros -militante del Partido Popular Cristiano- salió de las cavernas y se tomó la libertad de calificar a los integrantes de la “Generación Z” de “herederos del MRTA”. Y cuando supo que se convocaba a las protestas del 15 de octubre, se apresuró a considerar a quienes la promovían como “sediciosos” y “subversivos”. El viejo lenguaje de la represión salvaje. Los otros miembros del Gabinete no son mejores política ni profesionalmente.  No es cierto que sean “técnicos calificados” como lo sugiere candorosamente cierta “Prensa Grande”, ni que integraran un “equipo” en busca de “soluciones dialogantes”, como lo aseguran otros.

Las “soluciones” que ofrezcan tendrán un claro sello de clase y el diálogo, lo harán con los suyos y con los que puedan neutralizar en el camino. En ningún caso habrá un debate abierto, una confrontación de ideas o una concesión por parte de la “clase dirigente” a la que este gobierno representa por naturaleza propia.

La lucha está planteada, entonces, y el mundo será testigo de la naturaleza de la confrontación que vive la Patria de Túpac Amaru y José Carlos Mariátegui. El que otra vez haya llegado la sangre a nuestras calles, no sólo es una maldición. Es también el sello que usa la clase dominante cuando quiere “dialogar” con el pueblo.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

28 de enero de 2025

Perú: La unidad, tarea de todos

Gustavo Espinoza M.

Hoy domingo 26, cuando se cumple un nuevo aniversario de la matanza de Uchuraccay, cuando la Prensa Grande recoge palabras de Dina Boluarte asegurando que el país “recuperó el equilibrio y la paz” cuando el mundo comienza a tomar conciencia de las amenazas de Donald Trump contra la paz y América perfilando otra vez el rostro fiero del Imperio; los representantes de la  Izquierda se reúnen para promover acuerdos que faciliten la Unidad del Pueblo en la lucha contra el Neo Liberalismo y la Mafia que atenaza a la sociedad peruana. Loable propósito, sin duda.

Ahora está más claro que nunca el hecho que la derecha más reaccionaria busca perpetuar su Poder recurriendo a las maniobras más arteras y a las prácticas más mendaces. Por un lado, alienta la dispersión y el desánimo en distintos segmentos de la sociedad; y por otro, alimenta las desconfianzas y los prejuicios para desanimar cualquier esfuerzo unitario.

Para ambos propósitos se apoya también en los elementos inmaduros, corrosivos y disolventes a los que aludía Mariátegui cuando hablaba de la voz pesimista de los que niegan y de los que dudan.  Hoy, unos y otros suman en el intento de hacer naufragar cualquier esfuerzo unitario.  

Es muy importante subrayar -como lo hizo hace algunos días Indira Huilca- que la Unidad que se requiere construir, no debe ser solamente electoral. Debe ser, en primer lugar  y, ante todo, política.  Debe afirmarse y sustentarse en objetivos concretos y en puntos comunes que sirvan para sumar fuerzas, pero que reflejen una voluntad de clase, un espíritu de transformación y una batalla social por un mundo mejor, más humano y justo.

Debemos ser conscientes que, en el Perú, lo esencial es derribar el Poder Oligárquico y su modelo de dominación. Ahora es muy claro que “los de arriba” no pueden seguir gobernando como lo hacían antes. Sólo falta que “los de abajo” se unan para estar en capacidad de forjar una nueva gestión realmente democrático, popular patriótico, nacionalista y, por eso mismo, antiimperialista. Ella nos abrirá el paso para caminos mayores.

Donald Trump no es tan sólo el presidente número 47 de los Estados Unidos, Es, sobre todo, la más viva encarnación del Imperialismo en su fase más agresiva. Su ascenso al Poder y su belicismo, nos recuerdan a Lenin, que aseguraba que la Guerra no es sólo resultado de la voluntad personal de hombres empeñados en impulsarla, sino sobre todo la expresión de la crisis de la dominación capitalista cuando ésta llega a un determinado nivel de desarrollo y acelera su proceso de extinción.

Por eso se empeña en convertir otra vez a los Estados Unidos de América en el país más poderoso del mundo. Y eso, para satisfacer los intereses de la más ambiciosa plutocracia integrada por los ricos más extremos; Elon Musk. Mark Zuckerberg y  Jeff Bezos cuya sola fortuna acumulada, es superior al PBI de todos los países de América  Latina y África, Por eso, ocuparon los tres más altos Palcos en el Capitolio el pasado lunes 20.

A ellos, y a Trump sólo les interesa -por ahora- el poderío de los Estados Unidos. Buscan apropiarse de Groenlandia, sumar a Canadá como una estrella más en la bandera de las barras, quebrar a Panamá arrebatándole el Canal, apoderarse del Golfo de México u doblegar la resistencia Azteca, destruir el legado Sandinista de Nicaragua,   hundir a Cuba en el mar con Martí,  Fidel y todos los cubanos, y  derrotar definitivamente la experiencia bolivariana de Venezuela para demostrar que, quien manda en estas tierras, es el amo yanqui.

Y eso, por cierto, con visión de futuro, porque lo que tienen entre ojos es nada menos que derrotar a Rusia para apoderarse de sus riquezas mineras y petroleras y enfrentar luego a China con la idea de asegurar el dominio mundial del Imperio. Si hipotéticamente  lo lograran, devorar el Oriente Medio y acabar con la Soberanía de los Estados energéticos de la región, sería algo así como una bicoca.  

Ante los designios de la camarilla guerrerista afincada hoy en la Casa Blanca, se juega la suerte de América Latina.  Gobiernos como Milei, en Argentina o Noboa en Ecuador, buscan hacerle el juego. Y también tienta ese mismo esquema la servil administración peruana hoy en las sucias manos de la Boluarte que ya invitó a Trump y se ofreció para ir ella a encontrarlo en Washington.  En contrapartida están unos y otros gobiernos que, en mayor o menor medida, ofrecen resistencia al dominio yanqui o concilian con él.

La batalla contra la Boluarte y su régimen espurio, debe ser el centro de nuestra actividad política.  Para abatirlo, tenemos que quebrar el Pentágono que lo sustenta: la suma de los 5 poderes maléficos que le otorgan una muy relativa estabilidad: la suma de los núcleos partidistas más reaccionarios, la “Mayoría” Parlamentaria, la corrupta cúpula castrense, el Alto Empresariado y la Prensa Grande. Y eso, podrá lograrse construyendo la Unidad desde los cimientos de la sociedad, vale decir, la base misma del pueblo.

La participación en elecciones es un reto más, pero no es el objetivo principal. No es por esa vía que vamos a lograr lo más importante: cambiar el escenario nacional. Por eso, lo decisivo no es perderse en el debate sobre candidatos presidenciales. Menos, en cuotas parlamentarias.

La Unidad no se construye para apoyar personas, sino objetivos. Sin prejuicios ni rencores, sin conceptos mezquinos  ni aldeanos. Lo fundamental es estar en la base social, en el pueblo mismo, identificado con sus banderas y sus luchas.

Deponer ambiciones, relegar intereses personales o partidistas, y reivindicar el mejor legado de hombres como Alfonso Barrantes y otros, permitiría avizorar el rumbo de nuestro movimiento. Por eso, la Unidad, es tarea de todos.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

22 de septiembre de 2024

Perú: Prensa a la medida

Daniel Espinosa

La gran prensa es fujimorista, siempre lo fue. Es fujimorista porque sus dueños y sus anunciantes son fujimoristas. El descaro con el que se manifiesta este sesgo se acrecienta o disminuye de acuerdo al clima político, tornándose francamente escandaloso en elecciones. La semana pasada, la muerte de Alberto Fujimori fue tomada como una suerte de licencia, y los pesos pesados del periodismo nacional se sacaron la careta democrática para rendirle tributo al dictador de manera abierta e irrestricta.

El resultado fue un espectáculo que queda para la historia, un colofón a la medida del autoritarismo que corrompió todas las instituciones democráticas del país durante la década del noventa y que aún nos sigue jodiendo. Lo de la semana pasada fue un homenaje bruto y achorado, un tributo a la antidemocracia.

Fujimori Kenya –nombre con el que el exdictador se presentó en Japón luego de darse a la fuga– se pasó una década y media “agonizando”, y apenas murió, el circo levantó su telón sin demora. Los dos encargados de dirigir el espectáculo fueron el Gobierno y la prensa corporativa; el primero decretó tres días de luto nacional y toda clase de honores, la segunda convirtió todo lo anterior en una oportunidad para reforzar varios mensajes convenientes.

Así, con sorprendente torpeza histórica, la gran prensa hizo suyo el descrédito del Gobierno de Boluarte y abrazó el legado de un sátrapa.

¿Cómo se explica tremendo descaro? ¿Por qué el periodismo –servidor esencial e indispensable del orden democrático– asumió el rol de plañidera de un dictador que malversó millones precisamente para corromperlo y secuestrarlo? La respuesta ya la adelantamos en el primer párrafo de este texto y no podría ser más sencilla: los más importantes anunciantes de los medios de comunicación masiva también financian al fujimorismo. Prensa y partido trabajan para los mismos amos.

Veamos. En años recientes, varios fiscales decentes y el periodismo independiente sacaron a la luz los aportes económicos que varios actores privados habían hecho en beneficio de Keiko Fujimori y sus fallidas campañas electorales. Entre los interesados en poner en Palacio a la primera dama de la dictadura figuraban Dionisio Romero Paoletti, del Grupo Romero, y Vito Rodríguez Rodríguez, del Grupo Gloria. Otros actores de peso del capitalismo criollazo le apostaron a Keiko a través de la CONFIEP, que también donó un par de milloncitos.

Si prestamos atención a los informes de “Ojo Público” (entre los que destaca “Los dueños de la noticia”, de 2017) veremos que los magnates mencionados y las empresas asociadas a ellos –los más notorios financistas del fujimorismo– controlan buena parte de la torta publicitaria peruana. Como señaló el medio mencionado, en lo más alto de la lista “...aparecen anunciantes nacionales del sector como Alicorp del Grupo Romero, uno de los más fuertes del país; y Gloria, involucrada en una polémica reciente por la composición de sus lácteos”.

A esta mala leche hay que añadir que, en periodo electoral, los dólares también viajan directamente desde los partidos hasta los medios de prensa –en sobres y maletines, como en los infames vladivideos–, incurriendo sin hacerse mucho lío en presuntos esquemas de lavado de activos, como cuando José Chlimper llevó 210,000 dólares de Odebrecht a “RPP” por encargo de Keiko.

Entonces, lo sorprendente hubiera sido que la prensa corporativa no se convirtiera en vocera oficiosa del fujimorismo. Mientras tanto, los necios siguen repitiendo que la publicidad privada permite que la gran prensa sea “independiente”. Por suerte, ese discurso –base de la teoría democrática en su versión capitalista– envejeció muy mal.

La propaganda de los últimos días se realizó convirtiendo los medios de comunicación en un gran panel integrado por partidarios y fanáticos. Uno tras otro fueron desfilando por delante de los micrófonos y las cámaras. Como las voces críticas fueron dejadas afuera por “decoro”, todo fue elogio y homenaje.

La impresión dejada fue que el Perú es un país eminentemente antidemocrático, una nación capaz de celebrar de manera rabiosa y masiva a un autócrata que varias instituciones internacionales han catalogado como uno de los gobernantes más corruptos de la historia reciente. La impresión dejada fue la de un país inmoral, capaz de celebrar sin asco a un gobernante que secuestró, torturó y desapareció a peruanos, lo que equivale a decir que sus vidas y las de sus deudos no valen un carajo (si esta representación del Perú fuera cierta, la hija hubiera ganado en primera vuelta).

Para simular un poco de balance, se habló de un personaje “controvertido”, o de “luces y sombras”. Peor aún, cuando se debieron mencionar crímenes juzgados y con sentencia firme, se habló, en su lugar, de “acusaciones”. Luego se ensayaron las justificaciones de siempre: “es que estábamos en guerra” y “no había alternativa”.

Al final, el sesgo se volvió tan flagrante –tan desatada la necrofilia– que no faltaron arengas del tipo “Fujimori salvó al Perú”. Esta es la narrativa que, en las últimas décadas, la gran prensa ha conseguido instalar en las mentes más impresionables y menos reflexivas. Aquí “RPP”, la señal del conservadurismo amable y el statu quo neoliberal, merece todas las menciones especiales.

Es precisamente evitando pronunciar el término “neoliberalismo” que la gran prensa recubre los limitados logros económicos del fujimorismo de una mística de la que carecen. Ni Alberto Fujimori ni sus ministros descubrieron la pólvora en ese ámbito, sino que solamente inauguraron de manera local el sistema político y económico que se venía imponiendo sobre la región desde Pinochet. El régimen Fujimori –asesorado por ese agente de la CIA que hoy reside en un penal del Callao– no habría durado dos años sin el apoyo del poder hegemónico, promotor del Consenso de Washington y amo y señor del Fondo Monetario Internacional.

¿Para quién “salvó el Perú” Fujimori? Los grandes beneficiarios de este orden son precisamente los grandes anunciantes de la prensa corporativa, que publicitan productos y servicios tanto como ideología. Por eso no dejamos de escuchar jamás el coro de elogios, incluso cuando el neoliberalismo ya ha sido completamente desprestigiado.

En 2024, nuestro país sigue siendo uno dolorosamente precario en el que más del 40% de la niñez sufre de anemia. Nuestra educación es la peor del mundo. Claro, la masificación de la falsa narrativa fujimorista no sería posible con un sistema educativo digno de ese nombre.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 701 año 14, del 20/09/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

18 de junio de 2024

CATÁLOGO DE MORDAZAS A LA PRENSA

Natalia Sobrevilla

La larga lucha por la libertad de expresión en América Latina

Esta semana en el Congreso de LASA (Latin American Studies Association) he regresado a mi esquizofrénica peregrinación de ida y vuelta al siglo XIX y a los temas mucho más actuales que también me apasionan. Tengo colegas que se quejan del exceso de paneles (suman más de seis mil), de la variedad de los temas y de que resulta imposible verlo todo, porque las sesiones paralelas a veces son ocho a un mismo tiempo. A mí esta diversidad me resulta increíblemente enriquecedora. Durante cuatro días se discuten literalmente miles de temas relacionados con América Latina, desde todo tipo de preferencia metodológica y presentando una oportunidad única de asomarse a su realidad.

Paseando de panel en panel he caído en la cuenta de que aquellas luchas acaecidas en el siglo XIX de las que hablamos no son tan distintas a las del siglo XXI. Desde hace tiempo pienso que los medios de comunicación que conocemos ahora, que permiten a cada uno publicar en redes lo que quiera y que ofrecen espacios digitales donde plasmar las ideas propias en una (teórica) completa libertad, adolecen en cambio de una mayor precariedad respecto de los grandes medios del siglo XX, debido a que la publicidad ha dejado de ser una fuente de financiamiento efectiva, con todo lo bueno y todo lo malo que ello implica. Para empezar, como nos recordó Óscar Martínez, jefe de redacción del galardonado medio salvadoreño El Faro, un gran empresario ya no puede llamar al editor a decirle «esa nota no sale». La independencia de los medios digitales favorece el acceso directo a la publicación de noticias, sin tantos mediadores con potestad de filtrar lo que puede aparecer o no.

En el trabajo que expuse, comparo los varios periódicos titulados El Progreso que coexistían a mediados de siglo en Lima, Bogotá, Santiago, Buenos Aires y Caracas, financiados sin ninguna publicidad como la que uno podía encontrarse en El Comercio. Algunos de esos rotativos sirvieron de base para lanzar incipientes partidos políticos, conocidos como Clubs Progresistas. Un análisis comparativo muestra, sin embargo, que en muchas ocasiones las coincidencias entre estas publicaciones de nombre idéntico no eran tantas. En cada una de estas capitales se concibió el progreso de manera ligeramente diferente: el periódico bogotano, por ejemplo, apoyaba al candidato conservador en los comicios electorales, mientras que su equivalente limeño hizo otro tanto con Domingo Elías, quien representaba las esperanzas de los liberales.

En Santiago de Chile la postura de El Progreso fue aún más radical, tal y como mostró en su ponencia mi colega James A. Wood: dicha radicalidad llevó a que su editor, el porteño exilado Bartolomé Mitre, se viera obligado a defender ante el tribunal de imprenta al joven Benjamín Vicuña Mackenna, autor de un controvertido artículo donde este futuro historiador acusaba al candidato presidencial Manuel Montt de haber asesinado a sus opositores durante un levantamiento en Valparaíso. En abril de 1851 había estallado la violencia en la ciudad portuaria y, en el curso del enfrentamiento más sangriento, unos doscientos hombres fueron heridos y una cifra similar asesinados. Vicuña Mackenna llegaba a consignar ciento sesenta y tres nombres en Tablas de sangre, el susodicho artículo por el que fue enjuiciado, evidentemente inspirado en otro titulado Tablas de sangre de las administraciones de Rosas, desde 1825 hasta el 31 de julio de 1843, que apareciera en las páginas de El Nacional en agosto de 1843: esa concomitancia de titulares nos demuestra cómo el periodismo de aquel entonces se hallaba tan interconectado como el que se ejerce hoy.

Mitre publicó el controvertido artículo sin especificar el nombre de su autor y, dado que Vicuña Mackenna ya se encontraba en el exilio, tuvo como editor responsable que enfrentar el juicio, pues se consideraba que el texto en cuestión era sedicioso. La ley del abuso de la libertad de prensa dejaba en claro que, de ser declarado culpable el encausado (en este caso Mitre), la pena por infringir la ley podía ser el exilio, la cárcel o una multa. El editor asistió al escrutinio del asunto por parte de un juez y también de un jurado que, al condenar su acto, lo obligaron a pagar una multa de 500 pesos. La defensa no se ejerció, sin embargo, en el tribunal, ya que allí no existía posibilidad real de justicia, sino desde las páginas de El Progreso. Mitre argumentó que, debido a los múltiples procesos que enfrentaba su imprenta, así como a la falta de independencia de los miembros del tribunal, la libertad de prensa había dejado de existir en Chile. Un mes más tarde, el candidato Mitre partió rumbo a Montevideo, desde donde se uniría a la campaña contra Juan Manuel de Rosas.

Si bien en el Perú no contamos aún con un trabajo así de exhaustivo sobre los tribunales de prensa durante el siglo XIX, Marcel Velasques nos recordó que este tipo de ataques como el descrito en el contexto chileno se dieron también en nuestro país. Luego hizo referencia a la tesis doctoral de Lucía Salazar, defendida en la Universidad de San Marcos, donde se muestra que, con la independencia nacional, la libertad de imprenta trajo consigo que ya no se pudieran cambiar los textos antes de su publicación, pero sí limitar la circulación de los medios que los albergaban. Otros trabajos futuros sobre los tribunales de prensa que también ejercieron su labor censora en el Perú mostrarán con mayor detalle cómo se buscó limitar la libertad.

Pero volvamos al presente: el jueves 13 de junio, la periodista Paola Ugaz recibió el premio LASA de periodismo y en su presentación nos recordó la persecución de la que viene siendo objeto por su trabajo de denuncia de los crímenes cometidos por la secta católica Sodalicio. Si bien ya no existen tribunales de prensa y se supone que la libertad es irrestricta, la judicialización de los ataques que ha sufrido nos muestra que lo que sucedía hace más de ciento cincuenta años sigue ocurriendo en la actualidad.

Nos toca defender a los periodistas para que puedan seguir haciendo su trabajo porque, si la búsqueda de la verdad está bajo amenaza, todos estamos amenazados.

https://jugo.pe/catalogo-de-mordazas-a-la-prensa/

29 de agosto de 2023

Perú: DINA Y LA PRENSA

Ybrahim Luna

Para cualquier televidente o lector más o menos perspicaz es fácil detectar las deficiencias comunicacionales y argumentativas de la presidenta Dina Boluarte, sobre todo cuando se dirige a la nación para defenderse de alguna acusación o para anunciar evidentes elefantes blancos. Lo singular es que la prensa no suele hacer hincapié en ello (ni en la retórica ni en el contenido) como sí lo hacía cuando gobernaba su antecesor, el profesor rural Pedro Castillo, hoy preso por un torpe golpe de Estado y una acusación de repartija de obras.

En su momento, Pedro Castillo despertó el horror de lingüistas y politólogos que hacían fila en los medios para desmembrar al mandatario que se equivocaba al leer y que luego se enredaba al explicar lo que había leído. La prensa fue el megáfono de quienes aseguraban que no podíamos seguir con el ridículo personalizado ocupando el sillón presidencial (Dina no tiene credenciales muy superiores, que digamos). Y el horror se atizaba si el sombrero chotano hacía presencia en algún acto protocolar local o internacional. Por primera vez asistíamos a una posible vacancia por incapacidad de imagen. Y la prensa formaba parte del juego, dando espacio a quienes priorizaban “el mal ver” del presidente antes que su gestión. Gestión fugaz que, dicho sea de paso, fue un desastre por las acusaciones de corrupción, la improvisación al elegir malos funcionarios y por el cotidiano boicot de un Congreso más desprestigiado aún.

Lo curioso es que, siendo indefendible Pedro Castillo, Dina Boluarte ha pasado a ser casi una estadista de lujo para un sector de los medios que antes la llamaba por el infame sobrenombre de “Dina-mita”. Ahora, Dina es una mezcla de Margaret Thatcher con Eva Perón para los sectores empresariales que la ven seguir sus instrucciones al pie de la letra, y es una grata sorpresa para los medios de comunicación que esperaban “otra cosa” de la sucesora de Castillo. Pero pobre de la señora Boluarte si no sigue al pie de la letra el guión que la derecha le ha redactado, porque entonces los medios semioficialistas la corregirán a punta de titulares. Y no hablamos de su silencio ante los 49 muertos durante las protestas, sino de molestar a las secciones económicas de los grandes diarios. Por ahora, Dina y su premier Alberto Otárola solo tienen felices coincidencias con la ultraderecha y las Fuerzas Armadas. Saben que es la única forma de eludir las investigaciones por las masacres y la cárcel.

Hace unos días, durante la transmisión del desfile de la Parada Militar, dos conocidas periodistas de Latina comentaron en vivo sobre el paso de la presidenta en un jeep saludando al público: “–Bueno, y la gente allí está. / –Está con sus banderitas. / –Medimos la temperatura de la calle. / –Sí, una cosa son las encuestas, las cifras en papel y [otra] cosa son las imágenes que, como siempre se dice, hablan y valen a veces más que mil palabras”. El problema aquí no es la simpatía o no de las comunicadoras por la mandataria, sino que el periodismo como profesión desconozca la información científica cuantitativa de las encuestas comparándola con un pasacalle en Lima donde la gente se reúne para ver un espectáculo cívico-militar. Por situaciones como esta es que los grandes medios de comunicación han perdido credibilidad y, peor aún, se han convertido en agentes de desinformación –o reinterpretación– al servicio del poder.

En un contexto ficticio, si Castillo siguiese en el gobierno durante las celebraciones patrias, los medios sin duda hubiesen hablado de “las portátiles” de Perú Libre y denunciado a un mandatario que se dice de pueblo pero que se aprovecha de los programas sociales para movilizar a la gente a su favor. Sin embargo, ahora que la señora Dina Boluarte visita distritos de la sierra, donde no es bienvenida, donde centenares de policías tienen que hacer cerco para mantener a raya a los manifestantes que gritan: “Dina asesina”, y en donde solo está permitido el ingreso a los pobladores que lleve el alcalde o el gobernador regional afín al gobierno, nadie habla de manipulación o aprovechamiento.

Qué triste y qué peligroso es que el pueblo le pierda el respeto a la prensa. Sin una prensa objetiva, veraz y bien informada no hay democracia que sostenga una idea de igualdad. Los grandes medios no entienden que muchas veces son los principales azuzadores del descontento popular. Son esos mismos medios que denuncian la violencia en las protestas los que ponen el combustible para la indignación. En Perú, la mayoría de diarios ni siquiera juega a la imparcialidad para vender un poco más. Y la señora Boluarte no sabe el daño que sufre al ser arropada por radios y canales del país. Eso solo la condena a seguir descendiendo en las encuestas. Y, por supuesto, cuando ya no sea necesaria, la irán descartando poco a poco.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 648 año 14, del 11/08/2023, 

https://www.hildebrandtensustrece.com/

14 de mayo de 2023

Perú: Prensa y falacias

César Hildebrandt

Hay quienes creen que la prensa es un santuario de la libertad.

Depende. Es cuestión de revisar, sin espíritu gregario, algunas cosas.

La prensa peruana, por ejemplo, no tiene mucho de qué jactarse en relación a su pasado reciente y su presente muchas veces ominoso.

Por ejemplo: ¿qué hizo la prensa, en general, ante la dictadura de Fujimori?

Recordemos el susto, la anuencia, la agachadita, la coartada siempre dispuesta a otorgarse a quien la requería.

Regresé al Perú a mediados de 1995 y lo que encontré fue el escenario del Pigalle parisino interpretado por las geishas del fujimorismo infiltradas en todo el espectro de las comunicaciones. Sus vocecitas, sus kimonos, sus inclinaciones colmaban las radios, las televisiones y las redacciones. Maullaban en japonés, sobaban en esperanto, pedían favores en inglés de Baja California.

RPP era, una vez más, la emisora oficial y “El Comercio” y adjuntos demostraban una cautela infinita para sugerir, en pocas ocasiones, que algo podría estar mal, que algo podía estar oliendo a carroña. ¡Cuánto sigilo! ¡Cuánta prudencia! ¡Cuánta publicidad! ¡Cuántas comilonas!

Esas delicadezas se mantuvieron cuando perdimos la guerra del Cenepa, aquella que ganamos según el relato de los corresponsales limeños, durante la discusión sobre la “interpretación auténtica” del artículo constitucional que impedía la segunda reelección de Alberto Fujimori y hasta cuando aparecieron los primeros y sólidos indicios de corrupción de la cúpula dictatorial.

Fue una vergüenza.

No lo olvidemos: decenas, centenares de presuntos periodistas embarraron con calumnias de la peor especie a la poca oposición de aquellos tiempos. Lo hicieron desde la prensa chicha sostenida con dinero público, desde Cable Canal de Noticias, desde el “Expreso” de Calmell del Solar y desde las solemnes trincheras de la prensa tradicional. Nunca vivimos una pesadilla como esa. Un régimen corrompido en su esencia halló en la prensa, con algunas contadas excepciones, el aliado ideal. ¿O es que ya nos olvidamos que desde la covacha de Bresani, empleado de Montesinos, se emitían las órdenes para que “La Chuchi” o “El Chino” pintaran como homosexual a Gustavo Mohme Llona?

Fujimori arrasó con las instituciones y la prensa no se sublevó. Si las turbas de Leguía no pudieron asaltar “El Comercio” porque el diario se defendió a balazos, esta vez el hampa entintada de Fujimori no requirió de balas o vociferaciones para domar al decano y hacerle entender que la agenda del gobierno era la del país. La del país tal como lo entendían la derecha más reaccionaria, los señores Joy Way, Yoshiyama o Camet, los generales Hermoza Ríos y Villanueva Ruesta, los sicarios del Grupo Colina y los locutores y locutoras del chicheñó.

La democracia peruana estaba en ruinas y la infección era tan virulenta que hasta la CIA había decidido tomar higiénica distancia del régimen fujimorista. Y ni siquiera por eso tuvimos una prensa aguerrida que se enfrentara a las hienas. A mí me volvieron a botar de la televisión, me sacaron de Radio 1160 y me dejaron alguna vez sin imprenta cuando fundé y dirigí “Liberación”. Pero ese periódico anómalo, “La República” y a veces “Caretas” éramos poco enemigo para tamaña maquinaria de propaganda. Sólo al final del régimen, “El Comercio” libró la batalla en torno al oficialista fraude electoral en Huánuco. Era tarde. Fujimori había sido re-reelecto y el diario de los Miró Quesada, en editorial que no olvido, terminó pidiéndole al país que aceptara la ilegal reincidencia de quien pensaba quedarse otros diez años en el país-burdel que había erigido. Y en relación a Canal 2, apoyó rabiosamente a Fujimori hasta que tuvo un pleito de índole mortal con Montesinos y se convirtió en trinchera de la resistencia.

¿Dónde estuvo la gran prensa cuando Martha Chávez calumniaba a los muertos de La Cantuta? ¿Dónde estuvo cuando el Ejecutivo se tragó al Poder Judicial y regurgitó jueces con pasamontañas? ¿Dónde se escondió cuando “Liberación” publicó las cuentas millonarias en dólares de Montesinos?

La prensa de hoy es un eco de aquella destrucción. No es la polarización la que la explica: es el odio.

La derrota electoral del 2021 le hizo creer a la vieja derecha sin escarmientos que las calles son enemigas, que la oposición concilia con el terror y que los caviares ocupan todos los círculos del infierno dantesco. Por eso apoya a Dina Boluarte, que ha prometido no hacer nada y que está cumpliendo escrupulosamente ese compromiso.

Es cierto: Pedro Castillo fue un imbécil en pos de los sencillos que encontrara. Pero eso no hace a Dina Boluarte una presidenta ni al Congreso una auténtica representación de los intereses populares.

Y un gran sector de la prensa sigue mintiéndole a la gente. Habla de leyes que la amenazan y de cárceles imaginarias, cuando lo que le quita credibilidad y pone en peligro su existencia es su entrega al poder del dinero. En países como el nuestro no se requiere a Fidel Castro para acabar con la prensa: su tendencia al suicidio es imparable.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 635 año 14, del 12/05/2023, p16

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