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13 de noviembre de 2022

Perú: Tu marcha golpista

Juan Manuel Robles

El principal problema de tus marchas es que para tumbar a un gobierno necesitarías primero indignarte: la indignación no se puede fingir, y eso que tú sientes está bien lejos de serlo. El rechazo que tienes por Pedro Castillo es una combinación de racismo, clasismo, vergüenza arribista y mucha frustración porque este país no volvió a ser el mismo tigre neoliberal aterrado que era antes de la pandemia (y culpas a Castillo por los números malos, a pesar de todas las evidencias de lo contrario). Es un lamento muy amargo como el peor de los berrinches. Pero no es indignación. No puede serlo. La indignación, que nos mueve a ponernos las zapatillas cuando toca hacerlo, es un sentimiento de incomodidad mezclado con cierto miedo y angustia. No se ejerce desde el poder ni la prepotencia. Se padece en el cuerpo. Temblar de indignación, decimos.

Pero qué vas a saber de indignación si, para empezar, al que asume los costos de seguir sus principios lo llamas cojudigno.

La indignación nos toma por asalto y nos hace reaccionar al unísono (cómo así miles de personas se ponen de pie simultáneamente, es algo misterioso y bello). La pseudoindignación provoca un evento programado con la misma antelación tranquila con que se prepara un Corso de Wong. La indignación real nos hace salir a pie a territorios que sabemos tomados por esbirros enemigos. La indignación de mentira provoca expediciones en bus cama, como colonos con Google Maps en el lejano Centro de Lima.

Si plantearas tus marchas como un corso, serían marchas exitosas. Enunciadas como la “batalla final”, su fracaso es tan grande que da risa, aunque lo resultante, esa mancha armoniosa donde se mezclan —sin esfuerzo por esconderse— los fascistas y las barras bravas del fujimorismo, no deje de ser preocupante y penoso, como todo acto de contaminación ambiental.

Casi estoy tentado a pensar que sí sientes indignación por los manejos turbios del entorno de Castillo. Pero luego veo comandando tu marcha a Jorge del Castillo, escudero del indultador de narcotraficantes —junto a otros seres de patrimonio honradísimo—, y vuelvo a la hipótesis más convincente: el berrinche golpista.

Tu molestia no es rabia política: se parece más a la que sientes contra el mozo del chifa que te sirve mal el wantán, que a su vez se parece al encono contra el profesor que, en las universidades negocio, no te pone la nota que “mereces”. Parte de la misma confusión: esa que le grita “tú eres mi empleado” a cualquier funcionario público, la de pensar que el dinero del Estado es “tu plata”. Esa actitud de yo te pago tu sueldo, con índice levantado y gestito.

Lo interesante es que hay una impostura enorme: tú no has perdido nada con este gobierno. Castillo no es Maduro, ni siquiera es Evo. El mandato neoliberal de Castillo mantiene intactos tus privilegios y los de los dueños del país a quienes defiendes. La mentira descarada de hablar del “gobierno comunista” es una demostración más de que lo que mueve tus marchas no es indignación sino prepotencia. La indignación quiebra el miedo y grita verdades que nadie puede decir (aunque eso tenga costos). La patanería siembra el miedo con fakenews e historias conspiranoicas de francotiradores cubanos.

Se ha puesto un innecesario énfasis en que la gente de las marchas golpistas llega de La Molina, San Isidro, Surco. Yo creo más bien que esas marchas tienen mucho de Azángaro: falsifican lo que vieron en la televisión. ¿Cuánto dinero se puede gastar en construir una indignación sintética, sin poder lograrlo? Marchas bambas de utilería, que copian y pegan a quienes hicieron historia. Allí donde la indignación de artistas creó, espontáneamente, inspiradas ilustraciones contra Manuel Merino (presidente de verdad ilegítimo), ahora hay pancartas con caritas. Nada de arte voluntario. Impresión láser en acrílico cotizada al peso, no más. El concepto también se compra por kilo: pones TRAIDOR en las fotos, y le colocas un traje de terrorista al presidente Francisco Sagasti.

Y pensar que le pusimos el traje de presidiario a Fujimori cuando Montesinos mataba jueces y hostigaba periodistas.

Eso es lo más indignante —¿vas comprendiendo el término?—: esa falsificación de la lucha (a falta de motivos reales). Pero sobre todo enerva lo que viene después: hacer guiños a la dolorosa historia y jugar a víctima de la represión y el abuso policial porque te cerraron el paso con un muro de escudos.

Qué sabrás tú. Qué sabrás tú de salir a marchar con tu hermano, y que se te pierda de vista y más tarde ya no conteste el teléfono. Qué sabrás tú de la angustia. Qué sabrás tú de mirar con aprensión los nombres en la lista de detenidos. Qué sabrás tú de saber que tu hermano está bien, en una carceleta, pero el hermano de tu amiga perdió el ojo. Uno podría solidarizarse por las bombas que te tiró la Policía —pues saliste como quien va a un corso, sin vinagre ni pañuelo, googlea aunque sea— pero sales a decir que quisieron matarte. Luego aparecen imágenes en las que estás zamaqueando al guardia, choleando al uniformado, gritándole que se está poniendo del lado de Sendero Luminoso. Qué sabrás tú de vivir con temor a que la policía se enoje y te siembre “evidencia terrorista”. Qué sabrás tú de bombas lacrimógenas lanzadas no al piso sino disparadas contra tu cuerpo. Qué sabrás tú de tenerle miedo a la Policía. Miedo de verdad, no te rías. Qué sabrás tú si cuando eso ocurrió nunca te importó, porque los que mandaban eran los señores impunes de ese país lindo que añoras.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 611 año 13, del 11/11/2022, p14

https://www.hildebrandtensustrece.com/

3 de agosto de 2022

Perú: Con todo el odio desenvainado

Gustavo Espinoza M.

Se dice que la celebración de la Independencia Nacional es la fiesta de todos los peruanos. Unidos -nos dicen- hacemos un alto en las diferencias, y nos sumamos a una sola voz para celebrar a la Patria, que nos representa a todos.

Ese es el deseo de quienes creen en algo superior que “nos hermana”. Por cierto, eso, no necesariamente es así.

Para tener una idea clara del asunto, basta leer el editorial del diario “Expreso” del mismo jueves 28, día central de la festividad nacional. Nos revela cómo hay quienes reptan con todo el odio desenvainado.

Bajo un expresivo título –¡Esperamos vehementemente su vacancia!- alude al Jefe del Estado valiéndose de términos procaces, usuales en la pluma de Luis García Miró Elguera, el Director del rotativo de Orejuelas.  Veamos:

Sostiene que éste es “uno de los más desgraciados aniversarios de la Independencia”. Y es éste, es  el que le genera ira y dolor. No tolera un día más con Pedro Castillo de Presidente,  Por eso le endilga todos los insultos posibles. Nos dice -para aludir al drama que lo agobia- que el Perú vive “un alucinante desgobierno”, una “monumental crisis” y un “gravísimo trance”. No aguanta ya. Está a punto de desaparecer. Está desahuciado.  

Todo esto se debe al Jefe de Estado, al que considera como un fulano aventurero, farsante, plagiador, sin escrúpulos, tirano, ladrón, improvisado, analfabeto y demagogo. Zurdo y sudamericano. Evoca  la idea del “fraude electoral” y asegura que todo se sabía desde el primer día de este gobierno.

Acusa al Presidente del JNE “el tal Salas Arenas” al que califican de “tipejo” y a Martin Vizcarra, al que llaman “miserable”, Y por supuesto subraya que lo sabía, y lo dijo  desde el primer día condenando  a este “izquierdista sudaca”.

De todos estos adjetivos dos seguramente son para ellos los que juzgan más denigrantes, algo así como el extremo de la humillación: le dicen “sudamericano” y luego reiteran: “izquierdista sudaca”. Si fuera norteamericano, pasaba, pero sudamericano, ya no ya.

Y “sudaca” como dicen los racistas españoles para desacreditar a quienes proceden de América Latina; es más gráfico. El espíritu hispanófilo se subleva doblemente: porque celebramos los peruanos la ruptura del yugo español y porque encuentra a Castillo, un “despreciable sudaca”.

Algo de eso quiso decir María del Carmen Alva cuando aseguró que el Congreso legislaba “para los blancos y para los indios” (blancos como ella, e indios como Castillo, claro). Y claro, Aldo M.  piensa igual. Y Beto ni se diga.

Fue en ese marco, que el Presidente presentó su Mensaje desde el Congreso de la República. Ratificó allí su voluntad de perseverar en la tarea de impulsar el cambio y reflejó cifras que nadie conocía, pero tuvo vacíos y fallas. No tuvo rumbo. No hizo autocrítica, ni reconoció errores. Tampoco expuso la voluntad de superarlos confiando en las masas, y no en consejos subalternos.

Afincó una política exterior ambigua, y se hizo ilusiones con la OEA;  pero no esbozó medidas concretas para aplicar sus planes. Eludió la necesidad de recuperar las riquezas básicas, defender la soberanía, desprenderse del Neoliberalismo y sus recetas económicas, alejarse de Washington y su política de guerra.

Pero claro, no habló de ello porque le habrían dicho “terruco”, además de “sudaca”, Pero también, por cierto, por sus limitaciones de orden estratégico, ya conocidas. Alguien ha definido bien el tema: Castillo no ganó con ese discurso; la oposición, tampoco.

En el Congreso se esperaba un escenario peor. Desde la “Prensa Grande” se había anunciado: se presentará una moción previa para que se rechace la presencia del Mandatario. Y luego, en masa, la mayoría parlamentaria abandonará el hemiciclo. Pero no se atrevieron. Susurraron cuando llegó, y vociferaron cuando se iba. Mientras habló, unos cuantos se escabulleron, y enviaron Tuit para la tele. Ahí quedó todo. La fiesta terminó casi en paz.    

El Presidente afronta ahora 5 acusaciones procedentes de la Fiscalía. Y se ve amenazado por declaraciones de “colaboradores eficaces”. Ellas tienen sus bemoles. Las han publicado medios de comunicación sin respetar la reserva de la investigación procesal, pero no son prueba. Son versiones que deben ser corroboradas, para tener valor. Pero además, pueden responder a intereses propios.

Si les garantizan que no irán a la cárcel ni serán condenados, si declaran contra Castillo; y si, por el contrario, afirman que es inocente, tendrán cárcel, y condena segura ¿Dudarán?. Y no necesitan pedirles expresamente que declaren contra el Presidente. Bastará pedirles que secunden las denuncias de la Fiscalía.  El camino, quedará abierto.

Pero hay más: contra Castillo hablan tarde mañana y noche todos los programas de la Tele, los presentadores, comentaristas o invitados que concurren a programas políticos culturales o sociales. Abogados, periodistas, parlamentarios, opinólogos; todos repiten a una sola voz lo mismo: es culpable, que renuncie, o que lo vaquen. No hay otra. ¿Tienen pruebas? Tampoco.

Ellos mismos dicen que “se deduce” de “todo lo que se sabe”, que Castillo “es culpable”. Pero todo lo que se sabe, es lo que ellos mismos dicen, o no?. Y si alguien se mostrara dubitativo o renuente a la condena y exigiera pruebas; vendría la re pregunta de rigor: ¿y si fuera culpable, usted lo vacaría? ¿A cuántos años de prisión lo condenaría?  Tengo claro que esta guerra no terminó hoy. Seguirá, sin duda. En otras palabras, la “oposición” podría parodiar imaginando a un asesino que pretende enterrar el cadáver de un difunto sin haberlo matado antes. Siniestro, verdad?

14 de abril de 2022

Perú: Calco y copia

Gustavo Espinoza M.

Lo que hubo el martes 5 de abril, a los 30 años del Golpe de Estado de Alberto Fujimori en colusión con mandos militares de la época; fue una conjura que no llegó a cuajar.

También, fue una acción golpista similar  a la que derribó, en noviembre del 2019, a Evo Morales en Bolivia.

Como se recuerda, en ese país, la ultra derecha afincada sobre todo en el Oriente y con lazos en la capital, promovió una acción sediciosa  para poner fin al gobierno del  MAS, lo que pasaba por desplazar al Jefe de Estado e instaurar un régimen como los que hubo allí con Arce Gómez, Banzer Suarez y otros.

Para ejecutar ese Plan la reacción boliviana buscó desacreditar a Evo,  acusándolo de todo: incapaz, narco, corrupto, traidor, mal padre y hasta pedófilo. Gracias a la campaña desplegada por los medios a su servicio,  logró colocar al Mandatario a la defensiva y aislarlo.

Adicionalmente, alentó rivalidades reales o inventadas en las altas esferas del gobierno y del Partido y   logró inmovilizar al pueblo que, en un inicio, no atinó a reaccionar. En ese marco, la ultra derecha logró tomar la calle.

Hizo marchas en La Paz, Oruro, y otras ciudades y levantó como una consigna de masas el slogan “Evo, fuera”, exigiendo la renuncia, o la destitución del Mandatario. Además, se valió de la representación parlamentaria que tenían los partidos de la oposición al proceso boliviano y puso en salmuera al Presidente.

En el momento más agudo de la confrontación, cuando la derecha había tomado la iniciativa y era literalmente dueña de la calle, William Kalimán, Comandante de las Fuerzas Armadas de Bolivia, se sumó a la “protesta cívica”  y “sugirió” al Jefe del Estado que diera “un paso al costado”  y dejara el Poder.

Finalmente Evo renunció y se vio forzado a abandonar el país.  Lo demás, vino por si sólo, Janinne Añez fue ungida por el Congreso y se mantuvo allí hasta que el pueblo puso a cada quien su lugar: el MAS al gobierno y la Añez a la cárcel.    

Calco y copia, eso fue lo que organizó la ultra derecha peruana desde el 28 de marzo, cuando le fracasó la segunda “Vacancia” urdida contra Pedro Castillo. Acicateada y adolorida por el fiasco que implicó la decisión del Tribunal Constitucional referida a la liberación de Fujimori –frustrada por la Corte Interamericana-; resolvió situar sus planes para el 5 de abril, como un modo adicional de “reivindicar” al reo en cárcel,  a quien rinde pleitesía.

Por eso se intensificó la campaña de prensa, potenció las limitaciones y errores del gobierno, perfiló sus fuegos contra Pedro Castillo y se valió de los graves problemas que afronta el país para azuzar descontento y protesta de las masas.

El punto de partida, fue Huancayo, donde en el pasado el APRA tuvo una “plaza fuerte” y donde el fujimorismo ganó el Gobierno Regional, hasta que fue derrotado por Perú Libre,  a través de Vladimir Cerrón.

Ya abiertamente a la ofensiva, minó el entorno de Castillo. Usó a los “topos” que sembró en su entorno, para que aparecieran con denuncias de escándalo; y agravó las tensiones entre “cerronistas”  y “caviares”, escindiendo el campo popular.

Martillando sobre la cabeza de la gente los problemas económicos y sociales, alimentados por el escenario exterior, la “Prensa Grande” logró darle vuelo a demandas y buscó convertir protestas en acciones sediciosas exigiendo, en primer lugar y antes que nada, la renuncia de Castillo.

Para el martes 5 estuvo fijado el día “D”. El gobierno –intuyendo algo- resolvió “desmovilizar” a la población, cuando debía movilizarla. Pero aun eso, lo hizo con torpeza y desatino. Emitió el dispositivo entre Gallos y Medianoche y sorprendió a una ciudadanía atosigada y confundida. Aunque no lo hizo explícito, el motivo del gobierno fue la presunción de saqueos y disturbios programados para ese día en la capital.

Hasta el mediodía del martes 5, no hubo nada: salvo la recia campaña de los medios centrando fuegos contra el gobierno y la “Inmovilidad” así dispuesta. Luego se inició la movilización de quienes se decían “muertos de hambre”.

Hacia ellos fue la información de la TV, que incitó y alentó su protesta, logrando aglutinar a una significativa muchedumbre integrada principalmente por lo que aquí se conoce como “los pitucos”, que detestan a Castillo, pero que no necesariamente estaban involucrados en un accionar golpista.

Eso explica que la Marcha hacia el centro de Lima, fuera pacífica; pero también que quienes la encabezaban, digitados por las turbas sediciosas -los comandos de Acción del APRA y los grupos fascistas del fujimorismo, como “La Resistencia” y otros- se enfrentaran agresivamente a la policía.

Esto, despintó completamente a la ultra derecha. Las bandas delictivas organizadas por ella, se desbocaron y desataron actos de pillaje por doquier. El vandalismo se entronizó en el corazón de la ciudad y consumó acciones que incluso la “Prensa Grande” debió repudiar. Entidades del Estado, como el Poder Judicial y la Fiscalía, fueron atacadas en un operativo  ciertamente direccionado.

El Congreso siguió en su papel. En lugar de leyes, “aprobó” una Declaración incompatible con su función pidiendo al Presidente Castillo su renuncia. En reciprocidad, el Consejo de Ministros podría pedir a los Congresistas, que den el ejemplo.

Aníbal Torres no es un admirador del régimen hitleriano. Pero un exabrupto suyo, le dio en la yema del gusto a la Mafia para acusarlo de “Nazi”. De paso “internacionalizo” la crisis. Hasta el régimen sionista de Israel se sumó a la “condena” pese a sus prácticas contra la población palestina.  

El nivel que ha alcanzado la campaña se explica por la frustración. La derecha, no encontró a su general Kalliman que a cambio de millones, le sacara las castañas del fuego. El Plan sedicioso, no tuvo éxito; pero la intención, le queda siempre a los golpistas.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

21 de diciembre de 2021

Perú: Enemigos ínfimos

Alberto Vergara

En los últimos meses he notado una diferencia relevante entre los periodistas extranjeros y los nacionales cuando preguntan acerca de la inestabilidad política peruana. Los nuestros, imbuidos en el pleito nuestro de cada día, quieren determinar quién es el culpable del despelote: ¿la derecha golpista o el gobierno inepto? En cambio, los extranjeros preguntan de manera más acertada: ¿qué diablos ocurre en el Perú? Notan que se vacaba y disolvía antes de que hubiéramos oído hablar de Pedro Castillo o María del Carmen Alva y que, por tanto, el nudo mayor debe estar en otro lado.

Y tienen razón porque muchos dijimos que, sin importar quién ganase la presidencia ni quiénes llegasen al Legislativo, ambos poderes intentarían disolver y vacar desde el primer día y que el descalabro nacional perduraría. Así fue. Alva se presentó en sociedad impidiéndole el paso a Sagasti a la transmisión de mando y, al día siguiente, Castillo nombró premier a Guido Bellido apostando por una confrontación de impulsos antidemocráticos. Cinco meses después, el Congreso es desaprobado por el 75% de la población y al presidente por el 65%.

¿Por qué los políticos optan por la autodestrucción? De nuevo, Castillo y Alva nada han inventado. Keiko Fujimori quiso ser Uma Thurman en Kill Bill y se convirtió en la política más rechazada. PPK intentó salvar la presidencia con técnicas de pituco sin calle y lo grabaron con un reloj made in Juliaca. Manuel Merino pensó que a punta de tanqueta se almorzaba el mundo. Mercedes Aráoz creyó que con el respaldo del hacendado Pedro Olaechea y de la jurista Karina Beteta se hacía de la presidencia. Vizcarra estaba convencido de que la popularidad lo salvaba de todo y ahora es un meme navideño. Y etcétera.

Detrás de esta retahíla de casos aparece la fuente de la inestabilidad: una política signada por enanos que se odian unos a otros y que, al pararse frente al espejo, no ven a un liliputiense sino, como diría Calle 13, al Napoleón del caserío. Padecen lo que los psicólogos llaman delusión: una distorsión importante de la autopercepción. Cuando se expande da lugar a lo que llamaré el síndrome de los enemigos ínfimos. Batallan unos contra otros de manera incansable sin que ninguno pueda vencer. Más que una guerra, escenifican un suicidio colectivo. Y no aprenden. A cada temporada se renueva el casting, pero ellos siguen detestándose y creyendo que podrán someter al país entero bajo su piecito.

El Ejecutivo interpreta este papel con brillo. El presidente más endeble de la historia contemporánea se presentó como un parteaguas definitivo: por primera vez, afirmó el 28 de julio, llegaba un presidente de los oprimidos para acabar con quinientos años de castas. Cuando lanzó la segunda reforma agraria fue más lejos y afirmó que esta iba a “hermanar la voz de Huáscar y Atahualpa”. Y el desvarío chorrea hacia su gobierno. Bellido cabalgó a Las Bambas, habló en quechua y afirmó que ese conflicto él lo resolvía en cuestión de días. Ahora Las bambas está por cerrar y Bellido es caserito de Willax. O el ministro de Economía que pareciera creer que en algún lugar del mundo se puede pasar una reforma tributaria cuando el secretario de Palacio presiona al jefe de la SUNAT y almacena billetes en el baño de su oficina. ¡Y no olvidemos a Cerrón! El arquetipo del político delusionado.

No creo que haya habido otro gobierno en el cual la distancia entre la retórica grandilocuente y la terrenal incapacidad haya sido mayor. Pero el presidente, sus funcionarios y seguidores decidieron abrazar lo que Raúl Asensio llama el mito del “provinciano redentor”. La izquierda se había pasado décadas hablando de ciudadanía, pero, en realidad, seguía buscando un inca.

Entonces, ahí radica nuestra inestabilidad: el personaje accidental que se cree la figura histórica que doblegará a cuanto rival se le oponga. Eso fue el experimento Bellido. Sacamos a palazos la constituyente, las nacionalizaciones y, por qué no, negocios para los nuestros. Pero el leninismo-carterismo se frustró en manos enanas. No pudieron organizar ni un tono caleta. Pero sí consiguieron seguir envenenando el país con miedos, rabias y peleas. Pero ¿cuál era la alternativa? ¿Que el redentor dialogue y consensue? Eso es para las personas normalitas, no para quienes arrancarán de cuajo las raíces seculares de la dominación colonial. Y la consecuencia más nociva del fracaso ni siquiera es la inestabilidad, sino la manera en que defrauda a la población más pobre y excluida del país. Castillo es una oportunidad perdida descomunal.

Ahora bien, el síndrome de los enemigos ínfimos circula en todas las tiendas políticas. Por ejemplo, si por alguna casualidad López-Aliaga ganaba la elección, ¿hubiera hecho la presidencia humilde de un hombre que todos hemos visto tiene problemas para leer o al mirarse al espejo habría distinguido al Duce peruviano? ¿Y Keiko habría estabilizado al país con su ideario de bonos y cachiporrazos?

Lo mismo ocurre en el Congreso. No sé qué imagen tendrá Patricia Chirinos de sí misma, pero ella es la garantía de que cualquier iniciativa opositora se frustre. Sus gritos, su pasado con Alex Kouri y los sesudos silogismos que la llevan a concluir que el presidente debe enrumbar hacia el carajo, impiden que genere respaldo alguno. Por más que se ponga vincha y bese la blanquirroja con otros confundidos la gente sabe bien que “si ellos son la patria, yo soy extranjero”. (Felices setenta, Charly). ¿Y Hernando de Soto que se ha propuesto capitanear la nave de los locos? Con semejante reparto la derecha también fracasa en sus objetivos. Su ventaja es que, efectivamente, cuenta con los medios de comunicación. ¡Como Cuarto Poder!

Y en el “centro” el síndrome se nota menos por su desaparición, pero vale la pena recordar la intensidad de insultos que intercambiaban verónikos y morados, dos titanes de la política que se aprestaban a conseguir ocho congresistas entre ambas agrupaciones.

La raíz de la inestabilidad, entonces, se origina menos en ideologías radicales que en nuestra mediocridad radical.

¿Qué hacer con esta situación? Yo tengo una propuesta para el presidente Castillo y nuestros políticos que, sin ser extraordinaria, al menos nunca ha hecho daño: leer. Existe una literatura en ciencia política que aborda las desavenencias entre ramas de gobierno y el desorden que pueden generar. (Aquí hay una excelente revisión de libros recientes sobre la cuestión: https://larrlasa.org/articles/10.25222/larr.886/). Este campo de estudio es enorme, pero algunas ideas pueden ser útiles. Lo primero es que un presidente sin mayoría en el Congreso no es un cadáver de entrada. Como afirmaba el politólogo Gabriel Negretto, más impacto suele tener su posición programática que el tamaño de su bancada. O sea, un presidente centrista con menos escaños tenderá a ser más estable que uno extremista de bancada más grande. Porque la clave de la supervivencia está en la construcción de coaliciones, no en la esperanza de derrotar a todos. Para lograr esto, hace falta humildad. De hecho, recientemente, Aníbal Pérez Liñán, otro de los politólogos que más ha estudiado estas cuestiones, planteaba una idea que alguien podría enmarcar en Palacio: “Los presidentes más exitosos son quienes aceptan que son débiles”.

Volvamos al Perú. Si la inestabilidad la producen los enanos pleitistas, la estabilidad solo puede llegar por dos vías: o aprenden a cooperar o uno mata a todo el resto. En el primer caso, ¿de qué hablamos cuando hablamos de cooperar? Al menos de dos cosas distintas. De un lado, de generar coaliciones que empujen reformas definidas por el interés general. Del otro, arreglos para beneficiar asuntos particulares. De manera sorprendente, nuestros enanos suelen estar tan enemistados que ni siquiera pactan para robar y exculparse entre ellos. Sin embargo, en estas semanas vemos esfuerzos importantes. Por ejemplo, muy pocos muestran interés en censurar al ministro de Transportes, ni al de Educación y, más bien, cooperan para eliminar la meritocracia en el magisterio y salvar a las universidades bamba. Ejecutivo y Legislativo, derecha e izquierda, Estado y mercado, están hilando su pacto chueco. Pero este no traerá estabilidad porque los propósitos ilegítimos son los pies de barro de cualquier orden político.

La segunda vía para romper con la inestabilidad es que uno de los enanos crezca, se convierta en Gulliver y someta a todo el resto. Teóricamente es una opción. Pero, como ya he mostrado, en la práctica es improbable. Nuestros enanos no tienen organizaciones, ni bases, ninguno es carismático, nadie es brillante, casi todos son novatos sin carreras políticas y la gran mayoría guarda una anticuchería entera en el ropero. Algunos tienen plata como cancha, es verdad. Pero la billetera sola no alcanza para encubrir las otras falencias.

Entonces, a no ser que ocurra el milagro de la cooperación por objetivos legítimos los terremotos seguirán sacudiéndonos. La derecha puede seguir soñando que al desalojar a Castillo esto se compone (¿se acuerdan cuando defendían que una vez Humala saliera prosperaríamos a todo vapor?) y la izquierda puede seguir desvariando con la nueva Constitución que habrá de curarlo todo. Ninguna de las dos ocurrirá. Nos aguarda más mediocridad. Por eso este fin de año mientras coma las doce uvas de rigor, mi deseo desesperanzado para el 2022 será que cuando nuestros políticos se vean al espejo distingan con nitidez que son unos enanos mediocres. Sería un buen inicio. Pero tal vez más importante resulte desear que la población vea con claridad que ninguno de los enanos puede ser el salvador de la patria.

8 de diciembre de 2021

Perú: Los funerales de la mafia

Gustavo Espinoza M.

La ignorancia y el fanatismo de algunas gentes, las lleva a afincar la idea que el redoble de campanas es presagio de alegrías y anuncia siempre una fiesta inconcebible.

Y como se sienten en la antesala de una supuesta victoria en el tema de la Vacancia Presidencial que se habrá de discutir a partir del martes; ellos baten palmas, complacidos y grandilocuentes, al compás de la guerra mediática que han desatado contra Pedro Castillo y sus colaboradores, en colusión con la TV de todos los colores y matices.

Un mínimo de prudencia debiera llamarlos a la reflexión. Aunque alcancen a dar un paso adelante que les entusiasme un cuarto de hora, no irán muy lejos. Inexorablemente serán vencidos porque la fuerza del pueblo -que es, finalmente, la decisiva en todos los combates- no está a su lado. Luce en la vereda opuesta, y es imbatible.

Lo que ocurre es que las campanas no sólo anuncian festejos. También, funerales. Por eso, cuando el novelista norteamericano Ernest Hemingway  escribe su más célebre novela, aconseja no preguntar por quién doblan las campanas: están doblando por ti.

Y si, claro. En términos de la historia y del progreso de los pueblos, el funeral que se avecina no es el que personifica -con aciertos y errores- Pedro Castillo, sino el que encarna esa mafia putrefacta y maloliente que simboliza en los medios Phillips Butthers y Beto Ortiz, y que proyecta en el plano político López Aliaga y Keiko Fujimori. Las campanas hoy doblan por ellos, sin remedio.

Si revisáramos las portadas de “Expreso” y “Correo”, publicadas el miércoles pasado, constataríamos una extraña coincidencia. En ambas, aparece el Presidente Castillo parado sobre una resquebrajada y derruida Carretera Marginal, acompañado por una leyenda alusiva a un hundimiento simultáneo.

No les importa a los editores de ambos diarios que se quiebre la importante vía inaugurada hace algunos años por Fernando Belaunde. Lo que les interesa, es que se hunda con el mandatario y que mejor, éste desaparezca para siempre. Pocas veces se ha logrado mimetizar tan objetivamente un siniestro de la naturaleza -el sismo del domingo 28- con un terremoto político que tan artificialmente pretende provocar la mafia desesperada.

Aunque los pueblos sufran, aunque queden aislados, aunque no les lleguen víveres y aunque mueran de inanición y olvido. No importa. Lo que importa es que caiga Castillo, parecen decir a viva voz las primeras páginas de ambas publicaciones que, en su interior, traen siempre los más procaces ataques contra el Jefe del Estado. Amamantan a Patricia, pareciera.

Por eso no resulta en absoluto casual que ninguno de los congresistas “vacadores” haya asomado las narices por las zonas afectadas por la catástrofe pasada. Sólo estuvo el Presidente -y sus ministros- y un reportero avieso que no tuvo idea más genial que preguntarle a Castillo si no piensa renunciar.

A los integrantes de las bancadas coludidas en la cruzada medioeval de la vacancia les importa una higa la desgracia humana, los muertos insepultos, las casas demolidas, los heridos expuestos, la tragedia de los pueblos. Lo que les importa es librarse de Castillo porque eso va atado a sus deudas pendientes con el fisco y con la ley.

Se ha dicho, y es verdad, que tras las grandes mentiras se esconden gigantescos latrocinios. Bien mirada la cosa, tras los alcoholizados denuestos de Rafael López Aliaga yacen cuentas que no quiere pagar e intereses empresariales que busca proteger a cualquier precio en tanto que las adhesiones de Keiko y su pandilla no hacen sino esconder el pavor visceral acumulado que deriva de la condena a 30 años de cárcel que le asoma inexorable.

Es claro que todavía no se han jugado las últimas cartas en el tema. Los programas de este domingo en la TV copada por la mafia, las mostrarán casi completas: seguimientos con luces infrarrojas, audios captados por algún   servicio de inteligencia afín, fotos trucadas técnicamente impecables, serán usadas con prolija obstinación por quienes pretenden demostrar que no hay otra alternativa: o vacamos a Castillo ya o el Perú perece sepultado por una rugiente e incontenible ola roja.

Es claro que durante su mandato un Jefe de Estado no puede ser juzgado ni sancionado. Sólo podrá ser sometido a juicio después de su función dado que mientras la detente no está obligado a dar explicación alguna. Para eso están sus ministros. Y sólo podrá ser destituido por causales expresamente señaladas que hoy, ciertamente, no se cumplen.

Lo que sorprende es que los voceros de esta maniobra golpista se hayan coludido para atacar, nada menos, que al Secretario General de la OEA, Luis Almagro, a quien aplaudían con las dos manos cuando se metía en los asuntos internos de Cuba, Nicaragua, Venezuela o Bolivia. Hoy, cuando dice aquí que   la vacancia no es una opción democrática lo acusan de ¡chavista…!.

Sí, es claro, que estos cadáveres insepultos no reparan en el hecho que las campanas repican hoy por ellos. Aunque les duela admitirlo se celebran ya los funerales de la mafia. Si cae Castillo (digo).

6 de diciembre de 2021

La 'prensa cacasena' del Perú

Servindi   (Editorial)

La 'prensa cacasena' se ha configurado como una nueva forma de ejercer el oficio, alejada de la rigurosidad periodística y de todo principio ético. Su objetivo es el mismo que el de los golpistas.

En los últimos meses, se ha podido apreciar el surgimiento de un nuevo tipo de prensa que se aleja de todos los principios de rigurosidad periodística y ética del oficio.

Movida por una animadversión política, esta prensa suele ser servil a grupos económicos, manipula la información, se presta a fines golpistas y presenta, cada vez con mayor recurrencia y desparpajo, vergonzosos espectáculos.

El Perú se ha visto inundado por esta prensa que calificaremos a manera gruesa de 'cacasena', una palabra usada hasta el hartazgo por uno de sus principales exponentes: Christian Hudtwalcker.

Dos cuestiones previas

Primero: Hablamos de prensa, no de periodismo; porque consideramos que los que se hallan inmersos en este tipo de prensa no son propiamente periodistas, ni de profesión ni por el estilo.

Se trata de personas que han arribado a la comunicación escrita, radial o televisiva y subsisten no porque practiquen los principios básicos del periodismo, sino porque son funcionales al sistema de poder.

Son sirvientes dóciles a grupos de poder y defienden intereses específicos –incluso los propios– más allá de la investigación, el pluralismo y el principio esencial de la búsqueda de la verdad.

Segundo: Un segundo aspecto concierne al uso de la palabra “cacasena” o “cacaseno” que alude a un personaje de los cuentos reunidos en Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, y que el diccionario de la real academia registra como sinónimo de: tonto, necio o estúpido.

Algunas características

He aquí algunas características de esta prensa:

1. Animadversión política. La prensa cacasena no juzga los hechos con pluralismo, sino con inquina, oposición, afán de deslegitimar y destruir.

Ejemplo: Si el gobierno anuncia aumento de salarios o un bono solidario se le califica de populismo y es malo de por sí. No se piensa que aumentar los ingresos a los sectores populares es un factor que ayuda a reactivar la economía debido a que se trata de personas que comprarán alimentos, ropa y servicios básicos y no sacarán su dinero fuera del país como si lo hacen los sectores pudientes.

2. Disconformidad permanente. Si se anuncia inversión en salud, educación y conexión a internet como necesidades prioritarias y básicas, la prensa cacasena cuestiona por qué no se invierte en otros gastos como seguridad ciudadana. Siempre está disconforme y busca hallar la sinrazón.

Ejemplo: El gobierno anunció priorizar la inversión en atender diversas necesidades sociales, pero la prensa cacasena señala que esto lo hace por puro populismo y porque estaría en campaña política. Es decir, no se evalúa o juzga la medida, sino que se la descalifica en base a una suposición pero que se presenta como cierta cuando es pura especulación..

3. Parcialidad con el sector empresarial. La prensa cacasena remacha las mismas ideas que ya han fracasado y llevado a la ruina social al país, como lo ha develado la pandemia del Covid-19.

Insisten en que la inversión privada extranjera es de alta prioridad para el crecimiento del país, como la minería, sin reparar en ningún instante en los daños sociales y ambientales ocasionados por esta actividad y sin mencionar los cerca de 8 mil pasivos ambientales generados por la minería.

Ejemplos:

Nunca dan espacio a las voces discrepantes o a los afectados por los proyectos mineros.

Emplean el epíteto de “antiminero” como si fuera un insulto para descalificar a quién propone el control y la regulación minera.

Peor aún, hacen guerra sucia contra los funcionarios que defienden el estricto cumplimiento de la normatividad ambiental.

4. Ignoran de manera interesada la legislación ambiental. La prensa cacasena ignora o se hace la ignorante respecto a la normatividad y a los estándares que protegen el ambiente y los derechos humanos. Los desconocen, nunca los mencionan y si lo hacen es para descalificarlos de antemano.

Ejemplo: Nunca citan la normatividad ni la jurisprudencia que protege el ambiente y la naturaleza, desconocen y no citan los compromisos internacionales suscritos por el Estado para proteger la biodiversidad, las fuentes de agua y otros bienes comunes.

5. Serviles con la derecha y el militarismo. La prensa cacasena es agresiva, intolerante, irrespetuosa frente a los políticos que piensan distinto a las ideas hegemónicas arraigadas en el poder mediático hiperconcentrado.

Sin embargo, se muestra dócil, tolerante, permisiva ante los voceros de la derecha y extrema derecha troglodita.

Ejemplo: Se les proporciona amplia tribuna a congresistas exmilitares, pero nunca se atreven a cuestionar sus antecedentes y menos a cotejar su comportamiento como el haber firmado el acta de sujeción a Vladimiro Montesinos.

6. Hacen comparsa con los discursos anticomunistas en un afán golpista. La prensa cacasena no tiene ni una pizca de democrática. Incluso se atreve a sugerir ataques políticos para acelerar el desgaste y la deslegitimidad del gobierno en una clara convicción y vocación golpista.

Ejemplo: La vacancia es para este tipo de prensa el tema principal de la coyuntura política. No hay otro tema que compita con él. A pesar de que se gastó un dineral en avisos pagados a página completa las marchas por la vacancia tuvieron escasa asistencia.

Además, hay bancadas que rechazan la vacancia para no generar inestabilidad política y afectar la gobernabilidad, pero para la prensa cacasena estos aspectos críticos no son noticia. La noticia es “levantar la vacancia” para ponerla en la agenda política y ver si logran concitar mayor interés.

7. Manipulación de la información. Algunos medios y periodistas cacasenos no solo han manipulado la información, sino que han mentido de forma grosera con el tema tributario.

A pesar de que organismos internacionales han recomendado reformas tributarias para recabar más impuestos a los que más ganan, la prensa cacasena ha hecho un escándalo buscando asustar a la población.

Ejemplo: El proyecto de Ley enviado por el Poder Ejecutivo por el cual solicita facultades extraordinarias para legislar en temas tributarios es para mejorar la educación y salud pública, el acceso al agua y la conectividad rural, y el apoyo a la agricultura.

La prensa cacasena no explica que se aplicará principalmente a las rentas altas con ingresos de más de 300.000 soles (unos 75.500 dólares) al año, es decir, a personas que ganan más de 25.000 mensuales. La gran mayoría de trabajadores no se encuentra inmerso en dicho rango.

Lo que la prensa cacasena no dice es que la mayor recaudación si afectará a las mineras con grandes ganancias, a las empresas que mantienen millonarias deudas tributarias y a las plataformas de "streaming".

8. Pérdida de la cordura y la sindéresis: En su afán destructivo la prensa cacasena pierde la cordura, la capacidad para juzgar rectamente, con acierto (sindéresis) hasta hacer el ridículo.

Ejemplos:

Si el presidente no habla lo critican. Si habla, lo critican porque habla mal o pronuncia con algún fallo o error como si equivocarse no fuera humano. No tienen la misma consideración con el candidato Rafael López Aliaga que en pleno debate electoral televisivo no pudo leer bien su discurso.

Si el presidente se encierra en Palacio de Gobierno lo critican por no dar la cara. Si viaja constantemente, también lo critican. Sin embargo, otros mandatarios que nunca viajaban como Toledo o Alan García no eran criticados por esto.

A manera de conclusión

Se pueden decir muchas cosas sobre la prensa cacasena que está en pleno apogeo en Perú como por ejemplo el trajinado uso que hace de palabrejas como "caviar", que la aplica indistintamente a un amplio espectro de personajes políticos para descalificarlas sin mayor argumento. Pero este tema amerita un desarrollo mayor en otro artículo.

Lo que si queremos remarcar es que hemos brindado algunas características de este tipo de prensa comercial que estan en mayor o menor grado presentes en algún medio o persona de la prensa.

Es decir, no existe el medio o personaje de prensa cacaseno al 100 por ciento, pues lo que buscan estos personajes –para no perder credibilidad y audiencia– es disfrazar su cacasenismo con ademanes de pluralismo, objetividad e imparcialidad.

Aunque hay casos insalvables y patológicos como el de Christian Hudtwalcker cuyo cacasenismo se acerca al 100 por ciento y hiede a flor de piel.

5 de diciembre de 2021

Perú: Izquierda rapaz

César Hildebrandt

Lo he dicho hasta aburrirme a mí mismo: jamás podré ser de derechas. Me lo impide mi biblioteca. Me lo aconseja el buen gusto. Me lo dicta la decencia. La derecha en el Perú, además, está asociada con el fracaso que somos, con la nación que no amalgamamos, con el proyecto que no pudimos darnos.

Y, sobre todo, la derecha peruana es la amante eterna de la corrupción. De Echenique para adelante, la derecha de los mil rostros ha robado como ha querido y ha contado con la complicidad de la “gran prensa”.

Son los que no quisieron pagar más impuestos en plena y perdida guerra con Chile. Los que perdonaron al traidor Prado y permitieron que un hijo de este roedor fuera, dos veces, inútil presidente del Perú. Son los que compraban los máuseres que el ejército usaba para escarmentar a los alzados del campo. Los que sostuvieron el yanaconaje y el gamonalismo. Los que estaban seguros de que los pobres no eran prójimos sino ensayos fallidos, sombras de la obediencia.

En julio de este año, sin embargo, por obra y milagro de un Jurado Nacional de Elecciones honorable, un campesino y maestro rural llegó a la presidencia.

La “gran prensa” hizo todo lo posible para propiciar un golpe de estado que impidiera la proclamación de Pedro Castillo. La llamada “gran prensa”, en manos sobre todo de una familia decadente, no dudó en darle cabida a cuanto energúmeno dijera que las elecciones habían sido robadas, las actas usurpadas, el conteo cambiado. Mario Vargas Llosa, el inmortal, se prestó al juego y se sumó a la histeria derechista.

Pero Castillo llegó a la presidencia. En este modesto semanario, a pesar de haber señalado su inexperiencia, la pobreza de sus ideas y su proximidad amenazante con el MOVADEF, defendimos su derecho de asumir el primer mando de la nación porque, sencillamente, había ganado las elecciones. Esa es la regla de oro de la democracia. Las elecciones se hicieron para eso, no para que “El Comercio” y su pandilla tengan la última palabra.

Jamás terminaremos de agradecerle a Castillo haber librado al país de que la inmundicia fujimorista llegara al poder 21 años después de que el fundador de la organización huyera del país, renunciara a la presidencia por fax y se guareciera en la nacionalidad japonesa que había ocultado.

Castillo nos salvó de Fujimori.

El problema ahora es que Castillo no puede librarnos de Castillo.

Cuatro meses después, esta frase ya no suena ni injusta ni sediciosa.

En estas páginas hemos ensayado la virtud de la paciencia, pero jamás creeremos que la resignación sea la receta de la paz.

Castillo dio tempranas señales de torpeza. Las aves carroñeras de la “gran prensa” empezaron a revolotear alrededor de ese miedo, esa cojera verbal, ese arcoíris de carencias.

Hasta ahí, todo estaba dentro de lo previsible. Un hombre asustado que no quería ir a Palacio revelaba su parálisis y la prensa que había clamado por el golpe de estado preventivo se ensañaba con él.

El drama fue cuando Vladimir Cerrón impuso a su gente y entonces vimos que Castillo se sintió protegido por matones de un leninismo provinciano que defendían sus puestos con uñas y dientes. ¿Defendían las tesis de la revolución y también sus encumbrados sueldos? Todo indica que ambas cosas.

En todo caso, ya sabemos que ese capítulo terminó en las cercanías del desastre. Pero el escenario esencial no había cambiado: el maestro rural de pocas luces seguía siendo una promesa popular, una apuesta de aquel Perú castellanamente imperfecto que buscaba su oportunidad y que era asaeteado por quienes no querían llamar a su representante lo que era legítimamente: presidente de la república. La derecha trataba a Castillo con el mismo odio que dispensó a Velasco. La ironía es que Castillo no era, en cuanto a reformas, ni la sombra de Velasco. La ventaja para la derecha es que mientras Velasco producía miedo, Castillo llamaba al desprecio.

El cuadro de un gobierno de izquierdas acosado por las derechas confederadas y peruvianamente esclavistas ha empezado a cambiar.

Las imágenes de un Castillo noctámbulo que recibe en una sucursal impropia de Palacio a la personera de una empresa que luego gana una licitación de 232 millones de soles ya no corresponden a las del telúrico arador con bueyes que nos vendieron.

Peor se pone el asunto si entendemos que la empresa que llegó segunda a la buena pro de aquella lid pertenecía, en parte, al mismo señor que era participante decisivo de la vencedora. Nos referimos al señor Marco Antonio Pasapera, a quien “El Comercio” sindica como fundador de “Termirex” y “Corporación Imaginación”, firmas que integraban los dos consorcios competidores. ¿Todo estaba amarrado? Parece que sí.

Más sospechas despierta el hecho de que el presidente del Comité de Selección de Provías, Miguel Espinoza Torres, se opuso en actas a la adjudicación argumentando sólidas razones técnicas. Los otros dos miembros no le hicieron caso y aceptaron que Consorcio Puente Tarata III obtuviera la obra.

El colega Ángel Páez, de “La República”, ha añadido un dato feroz: el hermano de Marco Antonio Pasapera es Luis Pasapera, que también es accionista de “Termirex”, la empresa que es la columna vertebral del consorcio favorecido. Y resulta que Luis Pasapera es el colaborador eficaz que confesó haberle entregado dos millones cien mil soles al condenado e izquierdista exgobernador de Cajamarca Gregorio Santos. La coima se dio para que Santos le entregara una obra de 70 millones de soles a la constructora brasileña Aterpa, con la que Luis Pasapera se había asociado.

Más sombras aún: el confeso coimeador Luis Pasapera –por eso se libró de la cárcel– fue quien, el 13 de septiembre pasado, ingresó a Provías en compañía de Karelim López Arredondo, lobista del Consorcio Puente Tarata III y visitadora frecuente, en Palacio o en Breña, del presidente de la república.

Apesta tanto el tema de la filial breñera del poder que Essalud ha despedido sin honores al funcionario que visitó a Castillo y se hizo pasar por otra persona cuando un periodista le preguntó por aquella reunión.

Y ahora resulta que Bruno Pacheco, el de los 20,000 dólares en las proximidades de un inodoro, tiene plata de más y se revela que un chofer asignado al presidente fue quien le depositó 20,000 soles.

¿Qué podemos pensar entonces del Aeródromo Regional de Orcotuna (Junín), una obra de 830 millones de soles que los expertos consideran superflua y que el gobierno del señor Castillo ha declarado “de interés nacional”, tal como lo apunta el periodista Junior Meza en “Perú21”?

Hay una izquierda melancólica que vive de los recuerdos del Che en Angola y quisiera para los peruanos el uniforme de la grisura y la pobreza impuesta por una fe que le debe tanto a Marx como a San Francisco de Asís.

Hay una izquierda hematofílica, de holocausto y purificación, que volvería a hacer lo que el monstruo Guzmán hizo en los 80.

Pero hay también una izquierda rapaz que sueña con presupuestos grandiosos, concursos arreglados y amigos dispuestos a entregar una comisión.

Ya no hay dudas: Pedro Castillo no piensa en el Che en África ni, felizmente, en repetir alguna experiencia apocalíptica. Castillo debe tener como referente a Gregorio Santos. “No más pobres en un país rico” no era un lema electoral. Era un propósito personal.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°568, del 03/12/2021   p12

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15 de octubre de 2021

Escritor busca dictadura

Juan Manuel Robles

Solo una cosa es más absurda que una dictadura: la invención de una dictadura, la denuncia disparatada de un totalitarismo que no existe. Es algo que puede resultar muy molesto. Porque no se trata solo de una fantasía delirante. Pareciera serlo, pero no lo es. Pareciera que Mario Vargas Llosa ha entrado en el desvarío absoluto cuando dice que en el Perú la libertad de prensa está recortada y va camino a una situación comparable a la de Venezuela y Cuba. Pero no es locura ni senilidad, el viejo Nobel olvida nombres y se desorienta en los eventos de su fundación facha, pero su salud mental está bien: es un sabueso de la derecha radical y quiere imponernos su peculiar versión del mundo. Por eso este escritor enorme, que durante años se aferró al realismo tan bien documentado, impone ahora, sin ascos, su fantasía berrinchuda. Lo molesto es que esta creación antojadiza viene con segunda: crea un mundo paralelo, y con él, una figura muy aprovechable, capitalizable en términos culturales: la del escritor perseguido, el contador de historias que se vuelve incómodo, y, a medida que la sociedad va perdiendo libertades, pasa a ser casi un clandestino al que luego solo le queda por opción el exilio. El proceso de cómo se transforma la función del novelista en las dictaduras es fascinante, y autores como el propio Vargas Llosa —cuando era bacán— y Orhan Pamuk han hablado de él. La novela moderna, en sociedades libres, es el género donde se ve reflejada la subjetividad colectiva, las mentes de otros; son mentiras creadas para decir verdades profundas sobre las almas de una época, de sus deseos y sueños. En las sociedades en que se restringen las libertades, en cambio, la verdad oficial pierde crédito y la novela se vuelve el lugar en el que se cuelan revelaciones urgentes, relatos sobre la verdad pública (la verdad que el sátrapa, sus censores y los noticieros oficiales quieren ocultar). La novela ya no es un artefacto de entretenimiento —o ensimismamiento— sino el repositorio de donde se grita qué ocurre, donde se relatan los tormentos, donde aparece la crítica feroz a la estupidez de los gendarmes. Pamuk va más allá: en las sociedades cerradas —dice— es en la novela donde se denuncia lo que no aparece en ninguna otra parte, y el escritor es un informante que vive en peligro.

Qué tentador es para algunos lanzarse a la impostura de que vivimos en ese escenario: Castillo va camino a ser el nuevo dictador, profetizan, y parece que desearan ya mismo convertirse en ese subproducto de las tiranías: el escritor de “la resistencia”, clandestino y perseguido. Poco les importa un detalle: la realidad. Pedro Castillo y su gobierno ni siquiera son capaces de tomar la televisión pública, sus ministros se desmienten unos a otros, su titular de economía hace lobby para mantener al presidente neoliberal del Banco Central y pocos parecen respetar mínimamente al mandatario: después de reunirse con él, cada cual revela lo hablado a los cuatro vientos, con su propia versión, sin temor a represalias (esas que deberían estar en toda fábula del dictador).

Digo: en el Perú no podemos estar más lejos de una dictadura. Pero la idea de que esta existe es conveniente para algunos en el mundo de las artes, porque abre una serie de posibilidades simbólicas. No hay nada más patético que ver a conservadores que besaron el establishment neoliberal usando la “rebeldía” como capital simbólico para el posicionamiento de su nombre. Pero ocurre.

Es horrible, por supuesto. Es horrible porque han existido autores perseguidos de verdad (Salman Rushdie, Reinaldo Arenas, Orham Pamuk) y no se debería trivializar el asunto, ni tomarlo como una ficción cualquiera que erigimos libremente sobre una hoja en blanco.

Vargas Llosa tiene algo de culpa, con su mal ejemplo. Porque juega con cosas con las que no se debe jugar —menos desde la posición en la que está—: convierte un episodio de maltrato del Ministerio de Cultura (que desinvitó ciertos autores, provocando la renuncia de varios participantes) en una situación en la que “no hay escritores de verdad” en la delegación peruana de Guadalajara, debido al nefasto gobierno. En sus foros, va sembrando la narrativa —esta palabra no es poca cosa cuando hablamos del Premio Nobel de Literatura— de un gobierno que enfrenta a los peruanos y va camino al chavismo. Que recorta la libertad de prensa. Vargas Llosa no se ruboriza en contar estas historias falsas, usa todo su poder y la credibilidad que ha amasado por décadas. Así las cosas, lo único que falta son nuevos escritores que le paren bola, que digan que efectivamente se cierne una dictadura, y se declaren rápidamente parte de la reacción.

De hecho, leo por ahí, incrédulo, a un autor que habla de los escritores peruanos “perseguidos”, los de hoy y los que vendrán. Pronostica que las voces de los escritores se alzarán contra la opresión de Perú Libre y remata diciendo que “se avecinan tiempos recios, en los que la escritura se puede considerar una operación de alto riesgo”.

Pues yo creo que no habrá dictadura alguna pero muy probablemente habrá escritores de la “resistencia” bamba, que rápidamente serán captados y promocionados en los foros de vargasllosianos, esos encuentros literarios rarísimos en que autores como Juan Gabriel Vásquez alternan mesa con Tuto Quiroga (cuyo único tema en quince años ha sido hablar mal de Evo Morales) y un referente literario puede dar paso a Iván Duque y Sebastián Piñera, en un conversatorio sobre la libertad de elegir.

Pensándolo bien, eso de la dictadura es un juego perfecto ahora que aparecen los Pandora Papers que comprometen al Nobel. Las pruebas de las evasiones de Vargas Llosa —con documentos firmados de puño y letra por el escritor— son un escándalo, tendrían que hacer que varios renuncien a Cátedras y Fundaciones. Pero si se instala la narrativa de la “dictadura” peruana, estas organizaciones pasan a ser una trinchera, un reducto: quedarse no es comodidad sino heroísmo.

Hace casi diez años, en la primera Bienal Vargas Llosa, un todavía respetado Alfredo Barnechea decía que ese premio estaba llamado a reemplazar al Rómulo Gallegos, de Venezuela, que había sido el galardón más importante de novela de habla hispana pero fue desprestigiado por el chavismo (que terminó destruyéndolo). Era una ambiciosa declaración de principios y de reivindicación del arte más allá de ideologías. Hoy está más claro que nunca que no hay nada más politizado que los foros de Vargas Llosa y que los embustes que allí pronuncian algunos de sus participantes son cada vez más descarados. Y si bien hoy se ve extremo que aparezca algún autor abanderado de la resistencia falaz contra Castillo, la tecnología de las fake news ha avanzado mucho: hoy en cosa de meses se pueden armar dictaduras falsas. El escritor “rebelde” no tardará en pescar en el río revuelto.

26 de agosto de 2021

Perú: Hay que desmontar los delirios de la derecha

Juan Carlos Ubilluz

Diecinueve días después de haber juramentado, el canciller Héctor Béjar renunció. El congreso y los medios lo tenían en la mira y bastó hacer circular un video con unas declaraciones suyas sobre la Marina de Guerra del Perú para sacarlo. Su frase más polémica en el video fue: “el terrorismo en el Perú lo inició la Marina y eso se puede demostrar históricamente y han sido entrenados para eso por la CIA”. Pero con esta frase el ex canciller no se refería a que la Marina haya dado inicio al conflicto armado entre Sendero Luminoso y el Estado Peruano, que para muchos se resume con el nombre de terrorismo.

Lejos de contravenir los hallazgos de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (la cual afirma que la violencia de los ochenta y noventa del siglo XX fue iniciada por Sendero Luminoso), Béjar hacía referencia a que, antes e independientemente del conflicto armado, la CIA instruyó a la Marina en la práctica de actos terroristas y esta los llevo a cabo. César Hildebrandt aclaró algo de este punto: en julio y octubre de 1977 se hundieron dos barcos cubanos con bombas-lapa puestas por “buzos muy expertos… solo la Marina lo podría haber hecho”.[1] Junto al atentado contra el almirante Guillermo Faura y las balaceras a las embajadas de Cuba y de la Unión Soviética, la operación terrorista contra los barcos habría tenido como objetivo debilitar las relaciones entre el gobierno peruano y los países comunistas.

A decir verdad, no sé si la Marina fue pionera del terrorismo en el Perú, pero me hubiera gustado escuchar a los historiadores debatirlo. Lo que vi, en cambio, fue una campaña mediática contra Béjar que sacaba sus palabras de contexto para hacerlas decir lo que nunca dijeron: que la Marina dio inicio al conflicto armado de los ochenta y noventa. Entre una multitud de comentaristas, Augusto Álvarez Rodrich sostuvo que Béjar “habla una serie de sandeces donde elogia a Sendero Luminoso”.[2] Y Rosa María Palacios declaró en Twitter: “Las declaraciones de Béjar son un insulto. El insulto se retira dando satisfacciones al insultado. La única satisfacción posible es su renuncia. O esperar su censura”.[3]

Aquí cabe preguntarse cómo comenzó este delirio. Se dice que comenzó con la presentación del gabinete de ministros encabezado por Guido Bellido, acusado de apología al terrorismo por elogiar a Edith Lagos y comentar que los senderistas fueron “un conjunto de peruanos que tomaron un camino equivocado”.[4] Por supuesto, ni el congreso ni los medios de comunicación se interesaron en reconocer lo evidente: que los senderistas son, en efecto, peruanos y que estaban equivocados. Tampoco se interesaron en investigar el hecho sociológico de que una parte de los asistentes al multitudinario entierro de Edith Lagos no eran senderistas sino admiradores del espíritu rebelde ayacuchano.

También se propaló la noticia de que el exesposo de la ministra de la mujer Anahí Durand fue Alejandro Astorga Valdez, exmiembro del MRTA. No importó a los “demócratas” del congreso y los medios que haya en ese ministerio una valiosa mujer profesional que se ha comprado la causa feminista. Lo que importó fue que estuvo casada con un miembro del MRTA y que tuvo el descaro de mencionarlo en sus agradecimientos por su “amor y apoyo constante y en reconocimiento a su fortaleza en medio de tanta injusticia que nos afecta”. Porque, claro, resulta escandaloso imaginar que los emerretistas puedan dar “amor y apoyo” a sus parejas y que puedan ser objeto de una injusticia judicial. Como escribe Durand en la misma tesis del 2005, su esposo resistió “quince años de cárcel” y luego tuvo que enfrentar “un nuevo pedido fiscal de cadena perpetua”.

Paralelamente, se hizo circular la noticia de que el Fenate (Federación Nacional de Trabajadores del Perú) de Castillo tenía miembros del Movadef. No se quiso entender la diferencia entre que haya miembros del Movadef en un sindicato y que el sindicato sea controlado por el Movadef. Y menos aún se quiso escuchar los artículos y podcasts de Gerardo Saravia en que intenta esclarecer que el Movadef no es el brazo legal de la facción armada de Sendero Luminoso y que tiene objetivos mucho más modestos que los de la guerra popular.[5]

Hay más, pero sin duda fue Béjar quien, por su pasado con el Ejercito de Liberación Nacional, atrajo más que nadie la atención de los autodenominados jueces de la democracia. De más está decir que obviaron la diferencia entre un guerrillero y un terrorista, así como el hecho de que el admirado presidente de Uruguay Pepe Mujica fue también guerrillero en su juventud. También pasaron por alto que Béjar trabajó luego con el SINAMOS cuando buena parte de la izquierda pensaba que el gobierno de Velasco era reformista e, incluso, semifascista. Y se zurraron en su trayectoria como escritor y profesor de la Universidad Nacional de San Marcos y de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

En resumen, fue en el contexto de la construcción mediática de los ministros terroristas que aparecieron las declaraciones de Béjar sobre la Marina y estas acabaron por incendiar una pradera que ya echaba chispas. Y sin embargo… el contexto no se construye a partir del “gabinete proterrorista” sino con una teoría conspirativa que Fuerza Popular, otros partidos de derecha y los medios de comunicación instalaron en la segunda vuelta electoral. En la mecampaña contra Perú Libre se martilló que el gobierno de izquierda moderada prometido por Castillo era el caballo de Troya de los comunistas-terroristas. Y ahora la megacampaña produce una caracterización de los ministros que corrobora lo que advertían los canales de señal abierta y los carteles en las grandes avenidas de Lima.

La megacampaña se origina con la apropiación de Keiko Fujimori y sus aliados políticos, empresariales y mediáticos de la teoría conspirativa de Rafael López Aliaga y su estrategia de repetir mentiras y medias verdades. López Aliaga utilizó esta teoría/estrategia contra la dupla “comunista” Vizcarra-Sagasti en la primera vuelta, y Keiko y sus aliados hicieron lo mismo, aunque en mucha mayor escala, contra Castillo y Perú Libre en la segunda. Pero en ambos casos se obedecía a la lógica del delirio paranoico. Así como en la paranoia el delirio intenta “reparar” una mente que se desarma, en el delirio de Keiko y sus aliados se trataba de impedir el colapso del sistema neoliberal a causa de las múltiples demandas sociales. Y para ello se urdió una narrativa en que los agentes más virtuosos de la sociedad peruana se unían a un pueblo peruano trabajador, capitalista y democrático contra la amenaza del comunismo y el desastre de Venezuela.

Sin duda, el anticomunismo no es cosa de la reciente elección, pero nunca antes se había visto un acuerdo tan grande entre partidos, medios y empresarios que tuviera tal resonancia en la población limeña. Lejos de haber desaparecido con la segunda vuelta, la megacampaña continuó en la “tercera vuelta” tratando de distorsionar la “voluntad popular” hasta naturalizarse, después de 28 de julio, como el contexto interpretativo de los acontecimientos políticos. Pero, ahora, además, el partido Morado y muchos periodistas “progresistas”, que se presentan como alternativos a los medios hegemónicos, alimentan consciente o inconscientemente la existencia de un complot comunista-terrorista contra la democracia. Lo cual quiere decir que el delirio paranoico de la derecha radical se ha normalizado en Lima y que hemos entrado al régimen de la posverdad.

El plan de Cerrón

Ya hemos visto que durante la segunda vuelta se propuso que el gobierno de izquierda moderada de Castillo era un simulacro detrás del cual se escondía la amenaza del comunismo-terrorismo. Otra manera de decirlo es que detrás del simulacro se escondía el plan Cerrón. Y, ahora, con la presentación del gabinete Bellido, se corrobora que Castillo mintió al electorado. Prometió que Cerrón no estaría ni de portero, pero ahora se ve “claramente” que el portero es en realidad un titeretero que mueve al presidente a su antojo para agudizar las contradicciones, cerrar el congreso, llamar a la Asamblea Constituyente e instaurar un gobierno comunista como el de Cuba o Venezuela. De hecho, para el politólogo Alberto Vergara, algo de esto ya ha ocurrido pues, en la práctica, “Castillo está vacado y Cerrón manda al margen de la institucionalidad democrática”.[6]

¿Qué evidencias se tiene de que existe un plan de Cerrón? Las designaciones de Guido Bellido como Presidente del Consejo de Ministros, un hombre cercano a Cerrón, Waldemar Cerrón, hermano de Vladimir, y la de algunos ministros inexpertos de PL o cercanos a PL que no están a la altura de su cargo. Hay más, pero estas designaciones demuestran que Cerrón está retando al congreso para que censure al gabinete y estar un paso más cerca a la disolución del congreso. De allí el poco interés de PL por las comisiones parlamentarias: ¿para qué van a luchar por las comisiones si el objetivo real es la disolución?  

Seamos claros: Cerrón puede tener en efecto un plan para disolver el congreso (asumámoslo como cierto, aunque esto no deje de ser una conjetura), pero él no controla toda la bancada de PL ni mucho menos a la alianza PL-JP. Recuérdese que hay 13 maestros congresistas de PL cercanos a Castillo que han estado contra la designación de Bellido y que posiblemente acaben armando su propia bancada. Y recuérdese además que los aliados de JP se inscriben claramente dentro de la institucionalidad democrática.

Se me dirá que Cerrón se sirve de los “caviares” de JP para blanquearse hasta que ya no le sirvan más. Todo cabe dentro de lo posible, pero eso todavía no ha sucedido y por el momento habría que pensar lo siguiente. Si JP hubiera ganado las elecciones en alianza con PL, ¿le habrían dado a este partido el Ministerio de Economía, el más importante de todos, el cual reparte la plata a otros ministerios? ¿Y no es un signo de apertura ideológica que, a pesar de la mentalidad machista de Castillo, Cerrón y PL, le hayan dado el ministerio de la mujer a alguien como Anahí Durand? Todo esto sugiere que hasta el momento Castillo valora a sus aliados en dos puntos claves: la política económica y la política de género.

Se me dirá también que Castillo y Cerrón son socios políticos que tienen objetivos en común. Sí, lo son, y lo extraño sería que no los tuvieran. Pero es más extraño aún que la derecha liberal pida ahora a uno renegar del otro, cuando se ha pasado décadas lamentando la falta de institucionalidad de los partidos, convertidos en vientres de alquiler. Castillo y Cerrón son socios políticos; sin embargo, no están de acuerdo en todo. Si lo estuvieran, Pedro Francke y sus “Chicago boys” no estarían en el Ministerio de Economía.

Se me dirá, no obstante, que la designación de Waldemar Cerrón como vocero de la bancada demuestra la influencia de Cerrón en el gobierno. Una influencia negativa, además, pues si Betssy Chavez hubiese sido la vocera, PL no habría perdido todas esas comisiones parlamentarias. Y yo concedo este punto: no solo Waldemar Cerrón sino la designación de algunos ministros inexpertos de (o cercanos a) PL pueden hacer que el gobierno acabe disparándose en el pie. Pero una cosa es que Cerrón tenga influencia en el gobierno y otra distinta que pueda determinar lo que ocurre en él.

Hay que dejar de mirar al Gobierno como una sólida unidad que responde al plan de Cerrón, pues allí hay más bien una multiplicidad de la cual Cerrón es solo uno de sus elementos. De hecho, es esta multiplicidad no del todo consistente la que retarda las buenas decisiones; la otra parte sería la inexperiencia. Pues las decisiones tardías abundan desde la campaña: recuérdese cómo se demoró Castillo para proponer un equipo técnico, o un plan alternativo al Ideario, o para calmar al empresariado y al “centro” progresista dando más protagonismo a Pedro Francke. Es, junto a la inexperiencia, la dificultad para conciliar distintas posiciones la que casi le cuesta a Castillo una elección ganada (la otra parte es la megacampaña en su contra) y la que en las tres primeras semanas de gobierno le ha costado la mesa directiva del congreso y las más importantes comisiones.

En el psicoanálisis lacaniano, se piensa que la cura de un paciente pasa por atravesar el fantasma fundamental (es decir, relativizarlo, restarle fuerza). Y la cura del análisis político en este caso pasa por atravesar la teoría conspirativa llamada “plan de Cerrón”. Si uno lo consigue, se podría ver que más que un proyecto totalitario, hay en el gobierno inexperiencia y dificultad para conciliar diversas posiciones. Y también que hay ministros y proyectos muy buenos en las carteras de economía, salud, justicia, educación, mujer, etc. De manera que, si uno se deja arrastrar por las teorías conspirativas de la derecha, puede acabar perdiendo una gran oportunidad de cambiar algo o mucho en el país. Pero para resistir la potencia de esas teorías, se necesita no solo espíritu crítico sino también convicción.

Recuperar la convicción

No me sorprende que los progresistas o la derecha liberal se dejen arrastrar por las teorías conspirativas de la derecha radical y conservadora. Tampoco me sorprende que lo haga cierta “izquierda” capitalina. Pero me preocupa que PL lo haya hecho. Porque, retrocediendo sobre nuestros pasos, no fue la derecha quien sacó a Béjar de su puesto sino el gobierno de Castillo.

Así como a muchos en la izquierda, al gobierno le temblaron las piernas. Sí, seamos francos. Cuando irrumpe el terruqueo cerca de nosotros, nos sentimos tentados de decir: “El terruco es él, no yo”. Y es esto mismo lo que a fin de cuentas hizo el gobierno con Béjar: “El terruco es él. Nosotros, el gabinete, el gobierno, nos solidarizamos con la gloriosa Marina de Guerra del Perú y le agradecemos su esfuerzo contra el terrorismo”.

No quiero decidir aquí si el gobierno actuó bien o mal haciendo renunciar a Béjar. Quizás Béjar no era un canciller para un congreso tan adverso. O quizás este era el precio a pagar por que pueda prosperar el gabinete Bellido. Pero quizás también el retroceso del gobierno haya sido como entregar a los perros un hueso jugoso y nutritivo que los incentive a venir por más y con más fuerza. De hecho, un día después de la salida de Béjar, el almirante Montoya anunció que seguirán con las interpelaciones de ministros, y Rosa María Palacios y Álvarez Ródrich manifestaron en coro que Bellido no es el ministro que necesita el país, que Castillo debería salirse del plan de Cerrón, presentar un gabinete nuevo que responda a la “voluntad popular” (la cual no es más que la voluntad de la derecha) y sepultar de una vez por todas las aspiraciones a la Asamblea Constituyente.

El tiempo permitirá evaluar mejor la decisión del gobierno de abandonar a Béjar, pero por lo pronto se ha perdido una oportunidad para empezar a desmontar las teorías conspirativas de la derecha que le dan contexto a las acciones políticas. Quiero terminar concentrándome en esto. Si las piernas tiemblan ante el terruqueo, es porque este es parte de una teoría conspirativa potente y extendida en la población. Pero también tiemblan las piernas porque muchos de nosotros en la izquierda no estamos seguros de lo que pensamos y creemos. Basta con unas pocas y sencillas preguntas para probarlo. ¿Cómo debemos lidiar en la izquierda con nuestro pasado violento?, ¿debemos aceptarlo o rechazarlo de plano?, ¿seguimos todavía creyendo que nuestro norte es la superación del sistema capitalista? Y si esto es así, ¿cuál es el nombre de nuestro proyecto alternativo?

No puedo explayarme aquí con las respuestas. Pero sí puedo decir algo que ponga en marcha la discusión. Con respecto al pasado violento de la izquierda, provoca responder que lo rechazamos de plano ya que, actualmente, por buenas razones, hemos optado por la institucionalidad democrática. Pero ese rechazo nos condenaría a no poder establecer diferencias éticas entre el terrorismo de Sendero Luminoso y la guerrilla del Ejercito de Liberación Nacional, entre los Jemeres Rojos y los communards de París, o entre el periodo estalinista y los primeros años de la URSS. No se puede simplemente decir que toda la violencia fue necesaria para cambiar el mundo, pues hubo violencia que no solo obstaculizó el cambio, sino que lo hizo retroceder. Pero tampoco se puede decir que toda la violencia fue negativa porque sencillamente no es verdad. ¿Acaso el alabado mundo de la democracia liberal no vio la luz con la revolución francesa? ¿Acaso la nación peruana que hoy celebra su bicentenario no nació de una cruenta guerra de independencia?

La izquierda no debe dejarse arrinconar por la cínica indignación moral de una derecha que deniega su propio pasado violento. Los que apoyan a la Marina citan a la CVR para refutar a Béjar, pero no dicen nada sobre el terrorismo de los Infantes de Marina en la sierra. Urge a la izquierda hacer una revisión crítica de su pasado y sacar sus propias conclusiones.

Con respecto al proyecto de superación del capitalismo, en mi último libro Sobre héroes y víctimas me pregunto sobre cuál debería ser nombre del proyecto: democracia radical, socialismo o comunismo. Junto a Alain Badiou, Slavoj Zizek y otros, Daniel Bensaïd opta por la palabra comunismo y arguye que “es la que conserva más sentido histórico y carga programática explosiva. Es la que mejor evoca lo común del reparto y de la igualdad, la solidaridad enfrentada al cálculo egoísta y a la competencia generalizada, la defensa de los bienes comunes de la humanidad, naturales y culturales, la extensión de los bienes de primera necesidad de un espacio de gratuidad (desmercantilización) de los servicios, contra la rapiña generalizada y la privatización del mundo”. Pero yo, emulando a José Carlos Mariátegui con su Partido Socialista Peruano, opto provisionalmente por el nombre socialismo para darle apertura a un proceso que recién comienza, o mejor, re-comienza.

En cualquier caso, aún si se escoge socialismo, o democracia radical (como lo hacen Ernesto Laclau y varios movimientos sociales en el siglo XXI), o algún otro nombre que evoque la urgencia ecológica, sería un error repudiar o desentenderse de comunismo. No solo por lo expuesto por Bensaïd sino porque eso implica desconectarse de la sucesión de luchas históricas que, en los siglos XIX y XX, afianzaron un trayecto hacia una nueva organización colectiva.[7] Sin duda, las soluciones del comunismo del siglo XX no pueden ser las nuestras, tenemos que asumir la invención como nuestra principal consigna, pero se hace mal en no reconocer a nuestros antecesores bajo la excusa de que somos ahora una “izquierda democrática y moderna”, pues entonces uno se extravía del trayecto y se encuentra a la deriva contra el embiste de las teorías conspirativas de la derecha.

Hay que aceptar críticamente las experiencias comunistas en los últimos dos siglos. Es una manera de empezar a cobrar el valor y la fuerza necesarios para resistir las megacampañas de terruqueo que vienen de todas partes. Oscar Wilde llamó a la homosexualidad “el amor que no osa decir su nombre”. A manera de pastiche, Slavoj Zizek titula uno de sus últimos libros Una izquierda que osa decir su nombre para luego explicar, en la última frase de la Introducción, que ese nombre vergonzoso es comunismo.[8]

Los homosexuales tienen mucho que enseñarnos. En una época se les decía en EE. UU. queers (raros), pero en vez de rechazar el nombre, o decir “No, yo no soy raro, el raro es el otro”, lo aceptaron como un objeto de identificación y posteriormente desarrollaron la “teoría queer” que da inicio a todo el pensamiento sobre el género, hoy tan cuestionado por la derecha radical. De igual manera, cuando alguien nos dice comunista, no deberíamos recurrir a la denuncia del prójimo para sugerir implícitamente que “Nosotros somos tan buenos como quien nos denuncia”, sino afirmar: “Soy, en efecto, comunista porque soy parte de un largo proceso político disciplinado y azaroso que explora la posibilidad de hacer existir un orden colectivo donde no estén reñidas la libertad y la igualdad”.

No podemos seguir permitiendo que se utilicen los nombres comunismo y terrorismo como si fueran sinónimos. Hay que salir del closet, aceptar lo que es parte de nosotros y comenzar a recuperar la convicción para desmontar los delirios de la derecha. Solo desmontándolos podremos pensar y actuar sin sentir en la nuca un aliento rabioso. Y solo así podremos analizar sobriamente las decisiones, designaciones y estrategias del gobierno de Castillo, y apoyarlo críticamente. Sí, apoyarlo, críticamente, pero apoyarlo, pues –hace falta recordar, y es curioso que haga falta– este no es simplemente el gobierno de Castillo sino el de una tensa coalición de izquierda que en este momento se enfrenta a la determinación del status quo por convertirlo en un segundo humalismo o, de lo contrario, sepultarlo.


[1] “Hildebrandt: La marina estuvo metida en actos terroristas, así que no me vengan con cuentos”. En La República. 18/08/21. https://larepublica.pe/politica/2021/08/18/cesar-hildebrandt-la-marina-estuvo-metida-en-actos-de-terrorismo-asi-que-no-me-vengan-con-cuentos/

[2] Augusto Alvarez Rodrich, Claro y directo. 16/08/21.  https://www.youtube.com/watch?v=8T3h5E9YJDI

[3] Rosa María Palacios. Tweet del 16/08/21. https://twitter.com/rmapalacios/status/1427424508076511241

[4] Perú Digital Noticias. https://www.youtube.com/watch?v=QbJ7zQgHxlY

[5]Gerardo Saravia, “Castillo y el Movadef” . https://www.revistaideele.com/2021/06/04/castillo-y-el-movadef/

[6] Entrevista a Alberto Vergara en La República. 01/ 08/21. https://larepublica.pe/politica/2021/08/01/alberto-vergara-en-los-hechos-pedro-castillo-ya-fue-vacado-por-vladimir-cerron/

[7] Bensaïd, D. (Diciembre, 2009). “The Powers of Communism”. En. Marxist Internet Archive. Recuperado de https://www.marxists.org/archive/bensaid/2009/12/powers.htm

[8] Slavoj Zizek, A Left that Dares to Speak its Name. Cambridge, Uk. Polity Press, 2002. Pg 6.

https://www.revistaideele.com/2021/08/23/hay-que-desmontar-los-delirios-de-la-derecha/?fbclid=IwAR3uc4VAE2V3T85iuTLGLA8dEj0s2_8rkLIxqPEybYEC8yjqwGueRdYTtmI

25 de agosto de 2021

Perú: El trauma que nos silencia

Eduardo González

El terrorismo como método criminal tiene diversas formas: ataques dinamiteros indiscriminados, ejecuciones arbitrarias, secuestros, matanzas y otros actos que, presuntamente, deben desmoralizar —aterrorizar—  a un grupo que se conceptúa enemigo.

En tanto método, ninguna tendencia o nación tiene la exclusividad de su uso. Nacionalistas cometieron magnicidios en Europa y apristas los cometieron en el Perú. En la Segunda Guerra Mundial, los alemanes desaparecieron prisioneros y los rusos ejecutaron a oficiales de los países ocupados. Volviendo a nuestro caso, las alegaciones indican que los extremismos se parecen: a fines de los 70, para atacar al gobierno militar al que consideraban su enemigo, marinos de ultraderecha atacaron barcos cubanos y Sendero Luminoso dinamitó la tumba del general Velasco.

Estos son hechos, pero no sabemos cómo nombrarlos. Y mientras menos los nombramos, más se hunden en la desmemoria o en un retrato a la medida de quienes quieren mantener la impunidad. En el Perú se enfrentaron grupos subversivos y el Estado, ambos usando métodos de terror, pero solo los subversivos son llamados “terroristas” y, en consecuencia, el conflicto armado es conocido coloquialmente como “la época del terrorismo”.

Cuando el renunciante canciller Béjar dijo que el terrorismo se había iniciado antes de 1980, se refería al método, y no faltaba a la verdad. Cuando el público escuchó que el terrorismo había sido iniciado por la Marina, entendió que Béjar se refería al período histórico, y lo consideró un ultraje.

Nuestra historia reciente es, entonces, una colección de hechos innombrables. Preferimos el silencio, o bien una narrativa estándar y tranquilizante: lo que ocurrió lo hicieron otros, no nosotros. Esa autocensura es mucho más grave que el caso Béjar y no se limita al “conflicto armado” o a la “época del terrorismo”, sino que invade toda nuestra vida en común e impide ver los problemas a la cara.

24 de agosto de 2021

Perú: Antes de llegar a la guerra civil

Luis Pásara

El centro político se ha ido angostando en el país hasta casi desaparecer. El “estás conmigo o estás contra mí” está presente en pensamientos y actitudes de ambos bandos. Las invocaciones al diálogo y el consenso son, en algunos, un gesto ingenuo y, en otros, una hipocresía. Se ha ingresado a la antesala de un enfrentamiento que podría llegar a ser sangriento.

¿Exageraciones? Basta mirar a la historia para darse cuenta de que las guerras civiles y las matanzas entre compatriotas empiezan por excesos verbales en los que el adversario es convertido en enemigo y los recursos democráticos se desvirtúan al ser utilizados como armas de combate, hasta que se desemboca en la violencia abierta. España (1936) o Chile (1973) son dos ejemplos bien conocidos que importa tener presentes.

El desgraciado curso seguido por la democracia peruana en los últimos cuarenta años –durante los cuales a la ineptitud para atender los graves problemas nacionales se ha superpuesto la corrupción institucionalizada en todos los gobiernos– ha llevado en abril de 2021 a unas elecciones en las que la mayoría ciudadana percibió que no había a quien elegir. Si la dispersa votación de la primera vuelta generó un parlamento fragmentado, el disparadero de la segunda vuelta parió un gobierno elegido por una mayoría escasa, cuya ineptitud se ha hecho evidente en pocas semanas.

Mientras tanto, no solo la esfera política se ha polarizado: la sociedad misma se ha resquebrajado en mitades incapaces de entenderse e incluso de tolerarse. Esto es precisamente lo que ocurrió en casos como los de España o Chile antes de que empezara la matanza. Un clima en el que la opinión del otro no importa porque la tolerancia ha dejado de existir, en el que si tú no piensas como yo no tienes derecho a nada, esto es, un ambiente tóxico en el que la democracia no puede funcionar.

Las discusiones sobre tal o cual ministro, acerca de las vacunas o de cualquier otro tema ahora son solo ocasión para la descalificación del que no piensa como tú. “Fake news”, memes y calumnias circulan como la munición alegórica que precede a la metralla propiamente tal. Pero el todo-vale está en operación desde hace meses. En algún momento justificará el asesinato.

Es posible que se esté a tiempo de evitar lo peor, de esquivar la guerra civil a la que el país se está acercando. Pero salir de esa ruta letal requiere líderes, actores y protagonistas que a estas horas escasean.

El silencio de Pedro Castillo, que ha seguido a sus pésimas decisiones en el nombramiento de ministros, es un factor negativo. Pero es solo uno entre varios. Las estentóreas manifestaciones de Vladimir Cerrón y de Guillermo Bermejo nos apuran hacia el enfrentamiento. La abierta búsqueda de la vacancia presidencial –haya o no motivos que la justifiquen– por parte de los voceros de la ultraderecha aviva el fuego. Los extremismos, como es usual, se alimentan mutuamente.

Como parte de su estrategia, ambos lados han buscado lapidar a quienes podían considerarse moderados. Verónika Mendoza fue, desde hace mucho, denunciada por la derecha bruta y achorada que no acepta otro gobierno que el de los suyos, y por la izquierda reaccionaria, misógina, homofóbica y xenófoba. Que Francisco Sagasti ahora sea presentado como comunista demuestra que cada vez hay menos lugar para ejercer la sensatez.

Mientras no se llegue a la guerra civil, habrá posibilidades de hacer política en democracia. Pero, al tiempo que se mantienen las apariencias de las instituciones democráticas –el Congreso funciona, la libertad de expresión está vigente, etc.–, el país está cayendo en el tobogán de un enfrentamiento en el que, conforme se avanza, la caída se acelera. O se hace un esfuerzo enorme para detener esta caída o el golpe será traumático.

Cuando se toma un camino así, nadie puede prever dónde se desembocará ni cuáles serán los costos. Es posible imaginar que hay quienes creen que estamos en una fase necesariamente conducente a la revolución, la que creen verdadera y que no consiste en haber llegado a Palacio de Gobierno sino en una transformación radical del país –pese a haber ganado por apenas 44 mil votos. Acaso para alcanzar el objetivo no les importe cuántos muertos caerán en el intento, que seguramente desembocaría en el fracaso.

Del otro lado, y a tenor de las proclamas desembozadas de estas semanas, es seguro que un gobierno de las derechas extremas no se limitaría al mantenimiento del modelo económico que consideran sacrosanto. Como Franco en España o Pinochet en Chile, seguramente tratarían de “desenraizar” el mal que ven en las izquierdas a las que adjudican todos los problemas de la situación actual. Desde luego, también a ellos los muertos los tendrían sin cuidado.

Estamos, pues, ante una sociedad que, como consecuencia del fracaso de cuatro décadas de democracia incompetente, de pronto se encuentra atrapada entre dos fanatismos. Y, como también enseña la historia, no es preciso que los fanáticos sean mayoría para que su acción destructiva se imponga. Si alguien lo duda, puede consultar la historia del surgimiento y la imposición del nazismo en Alemania.

¿Seremos capaces de evitarlo cuando los medios de comunicación y las redes sociales se han convertido en reproductores del enfrentamiento? Alguno de los actores tendría que dar un frenazo a la espiral de la locura. Hoy, probablemente el pedal está a disposición de Pedro Castillo, quien puede evitar el siguiente tramo del despeñamiento si sustituye a algunos ministros antes de este jueves 26, cuando se presente el gabinete en el Congreso para solicitar el voto de confianza.

Ese paso parece difícil y acaso sea insuficiente frente al encono de la oposición. Pero acaso, pese a todo, todavía estemos a tiempo… antes de llegar a la guerra civil.